Capítulo 1 de 31

Las esposas de la fotografía

Ciudad de México, septiembre de 2009. La invitación al aniversario del bufete había llegado a nombre de los tres socios y sus acompañantes. Paulina dejó el sobre en la cocina. A los cuarenta y dos años todavía podía reconocer una exclusión escrita con buena caligrafía; lo que no sabía era cuánto tiempo seguiría aceptándola.

Paulina supo que algo había terminado cuando el fotógrafo le pidió que se apartara.

Había llegado a la fiesta después de probarse cuatro vestidos. Los tres primeros ya no le cerraban: los había comprado cuando pesaba menos y seguían ocupando espacio al fondo del armario. El verde cedía en la cintura y le apretaba en los brazos. Paulina tenía sobrepeso visible en el abdomen, las caderas y el rostro; se había acostumbrado a comprar prendas amplias para no pensar en cuánto había cambiado. Llevaba el cabello castaño recogido con una pinza, las puntas secas y varios centímetros de raíz entrecana. Al buscar sus cosméticos encontró una base reseca y un rímel que había dejado de usar. Terminó poniéndose crema y un poco de bálsamo en los labios. En el espejo del ascensor vio las ojeras que aquella noche no había disimulado.

Paola también había aumentado varias tallas durante los años de matrimonio. La blusa ancha le cubría el vientre y una falda oscura le rozaba las piernas al caminar. Su cabello largo, sin corte desde hacía meses, estaba sujeto de cualquier manera; las primeras canas se veían entre los mechones oscuros. Había salido sin maquillaje después de dejar preparada la cena de Tomás y revisar un encargo de Ricardo. Paula llevaba unos pantalones holgados con el elástico vencido y una blusa que había planchado a toda prisa. Tenía el rostro más redondo, los brazos gruesos y el abdomen abultado; tampoco se había maquillado. El cabello oscuro, opaco y con canas en las sienes, caía sobre un hombro porque se le había soltado la coleta.

Las tres rondaban los cuarenta años. Sus caras conservaban los rasgos que las habían distinguido de estudiantes; lo que había cambiado era el peso acumulado, la ropa y la atención que se reservaban. No había ocurrido de un día para otro. Fueron las noches durmiendo poco, las comidas a deshoras, las consultas propias pospuestas y el ejercicio que siempre podía esperar. Para aquella fiesta conocían el horario de sus hijos, el traje de sus esposos y la lista de invitados. Ninguna había reservado una tarde para arreglarse. Paulina miró a sus amigas antes de subir a la tarima y reconoció en ellas la misma prisa con que se había tratado a sí misma.

—Ahora una solamente con los socios.

Todavía tenía una mano apoyada en la espalda de Alejandro. La retiró despacio, cuidando de no enganchar el brazalete en la tela de su saco. A su derecha, Paola dejó de sonreír. Paula fue la primera en bajar de la pequeña tarima.

Detrás de los tres hombres, unas letras doradas anunciaban el vigésimo aniversario de Valdés, Beltrán y Cárdenas, Abogados. Paulina había corregido el texto de aquella invitación dos semanas antes, sentada a la mesa de la cocina mientras su hija Lucía terminaba una maqueta del sistema solar. Alejandro había escrito veinte años construyendo justicia. Ella le había cambiado una coma. Ahora lo observó acomodarse la corbata para la fotografía.

—Más juntos, licenciados. Perfecto.

Los flashes iluminaron a los hombres que alguna vez habían estudiado con ellas en una cafetería universitaria donde el café sabía a agua quemada. Paulina recordó los apuntes extendidos sobre una mesa, las monedas reunidas para pagar unas copias y la voz de Alejandro diciéndole que algún día tendrían un despacho. Tendremos. Durante años había vivido dentro de aquel plural.

—Nos faltó cobrar derechos de autor —murmuró Paola.

Paulina volvió la cabeza.

—¿Por qué?

—Por haberlos ayudado a inventarse.

Paula soltó una risa breve. Luego miró hacia el otro extremo del salón. Esteban conversaba con una joven de vestido azul, aunque todavía lo estaban llamando para otra fotografía. La muchacha le acomodó la solapa con una familiaridad que hizo que Paula bajara los ojos hacia su propia copa. No bebió.

Paulina conocía ese gesto. Paula dejaba las cosas intactas cuando estaba a punto de romperse.

—¿Quién es? —preguntó.

—Valeria. Trabaja con ellos.

—¿La de recepción?

—Ya no sé qué puesto tiene.

La respuesta quedó entre las tres. En el escenario, Alejandro recibió un micrófono. Paulina alisó su vestido verde. Había pasado la tarde preguntándose si le ajustaba demasiado en la cintura. Ahora le dio vergüenza haber dedicado tanto tiempo a aquella preocupación.

—Hace veinte años —comenzó él—, tres jóvenes abogados decidimos arriesgarlo todo.

Paola levantó las cejas. Paula siguió mirando la copa.

—Trabajamos noches enteras. Sacrificamos comodidad, descanso y tiempo para levantar esta firma.

Paulina vio, con una claridad incómoda, una noche de hacía muchos años: ella amamantando a Sofía junto a una lámpara mientras repasaba en voz baja las tarjetas con las que Alejandro prepararía su examen profesional. Recordó haberle hecho preguntas hasta las tres de la mañana. Recordó que él aprobó.

También recordó su propia solicitud de baja, doblada dentro de una carpeta amarilla.

—Y hoy podemos decir que el esfuerzo valió la pena.

Los aplausos comenzaron antes de que terminara. Paulina juntó las manos por costumbre. Alejandro agradeció a los clientes, a los colaboradores, al personal administrativo y a un profesor jubilado que ocupaba una mesa cerca del escenario. Cuando devolvió el micrófono, Paulina seguía esperando. Habían sido conocidas como las tres pes desde el primer semestre.

Paulina Serrano tenía cuarenta y dos años; Paola Mendoza, cuarenta y uno, y Paula Robles, cuarenta y dos. Habían ingresado juntas a Derecho a finales de los ochenta. Sus embarazos interrumpieron la carrera cuando aún les faltaban asignaturas, prácticas y titulación. Sus esposos pudieron terminar porque ellas asumieron una organización familiar que, con el tiempo, dejó de discutirse. Ahora los tres se presentaban como hombres hechos a sí mismos. Paulina, Paola y Paula.

Un profesor insistía en confundirlas hasta que Paola le respondió durante el pase de lista:

—Puede llamarnos por los apellidos, maestro. Para eso también sirven.

Las tres terminaron expulsadas del aula aquella mañana por no poder dejar de reír. Paulina había querido dedicarse al litigio. Le gustaba encontrar la frase que alteraba el sentido de un argumento entero. Paola quería hablar ante un tribunal. Tenía una facilidad inquietante para descubrir cuándo alguien cambiaba de versión.

Paula soñaba con contratos y sociedades. Le fascinaba entender cómo podía levantarse una empresa sobre acuerdos escritos y cómo un párrafo mal redactado podía hundirla. Después llegaron los embarazos. Primero Paulina. Luego Paula. Paola unos meses más tarde. Los hombres siguieron asistiendo a clases. Ellas comenzaron a faltar.

Hubo náuseas, consultas médicas, trabajos pendientes, dinero insuficiente y familiares convencidos de que resultaba más práctico que ellos terminaran primero.

—En cuanto me titule, sigues tú —le prometió Alejandro.

Paulina había tomado aquella promesa como una fecha que su esposo podía aplazar. Pero después de Sofía llegó Mateo. Después llegó Lucía. Entre un nacimiento y otro hubo enfermedades, cambios de escuela, la apertura del bufete, mudanzas y jornadas de trabajo que Alejandro describía como imposibles. Nunca encontró un momento adecuado para volver. O quizá dejó que él decidiera cuáles momentos eran adecuados. Aquella idea le molestó más que el vestido.

—Quiero presentarte a alguien.

Alejandro apareció a su lado cuando los meseros comenzaban a retirar los platos. Lo acompañaba una joven de cabello lacio y vestido blanco. Paulina reconoció el reloj que llevaba la muchacha. Había visto la caja sobre el escritorio de su esposo una semana antes. Él le dijo que era un obsequio para un cliente.

—Mariana colabora con nosotros —explicó.

—Mucho gusto —dijo la joven.

Tenía una voz suave. Paulina no logró calcular su edad con precisión, pero recordó que Sofía acababa de cumplir veintiuno y sintió una punzada desagradable.

—¿Estudias Derecho?

—Sí. Voy en cuarto semestre.

—Mariana tiene un futuro brillante —intervino Alejandro—. Es muy disciplinada.

Paulina miró el reloj otra vez.

—Qué bueno.

Alejandro frunció apenas la boca, ese aviso privado con el que le pedía no incomodarlo frente a otras personas. Durante veinte años ella había aprendido a obedecer señales diminutas. Aquella noche sintió cansancio. Un cansancio pesado, antiguo.

—Voy al baño —dijo.

No esperó respuesta. Encontró a Paola frente al espejo, frotándose una mancha de vino en el puño.

—Ricardo dice que hago demasiados comentarios.

Paulina se apoyó en el lavabo.

—Alejandro le regaló un reloj a Mariana.

La mano de Paola quedó inmóvil.

—¿La estudiante?

Paulina asintió. La puerta se abrió y Paula entró con el teléfono apretado entre los dedos.

—Valeria tiene veinte años —dijo.

Ninguna preguntó cómo lo sabía. Paula dejó el teléfono sobre el mármol y respiró por la boca.

—Esteban me pidió que no hiciera una escena. Yo no había dicho nada.

Paola abandonó la mancha. Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido del secador de manos del baño contiguo.

—Tengo una cana aquí que no se pinta bien —dijo Paula, tocándose la sien.

Paulina sintió ganas de llorar. No por la cana. Por la facilidad con la que su amiga había convertido la crueldad de Esteban en un defecto de su propio cabello. Le tomó la mano y se la apartó de la cabeza.

—Te estoy escuchando —dijo—. Mírame a mí.

Paula levantó los ojos. Aquello bastó para que empezara a llorar.

Alejandro esperó a llegar a casa. Paulina dejó los zapatos junto a la puerta y fue a revisar a Lucía. Dormía atravesada en la cama, con un libro abierto sobre el pecho. Le retiró el libro, acomodó la cobija y permaneció unos instantes contemplándola. Cuando regresó a la sala, encontró una carpeta sobre la mesa. Alejandro se había quitado el saco.

—Necesitamos hablar con madurez.

Paulina miró la carpeta. Había oído aquella frase en su voz muchas veces, casi siempre por teléfono con alguna clienta del despacho.

—Habla.

—Lo nuestro ya no funciona.

La frase no la sorprendió tanto como había imaginado. Le temblaron las rodillas de todos modos. Se sentó.

—¿Desde cuándo?

—No empecemos con fechas.

—Para ti son importantes cuando cobras.

Alejandro exhaló con impaciencia.

—Precisamente quiero evitar una situación desagradable. Tengo preparada una propuesta.

Empujó la carpeta hacia ella. Paulina leyó la primera página. Después la segunda. Encontró sus nombres completos, el régimen de separación de bienes y varias cláusulas relacionadas con la vivienda y los hijos. En un apartado se afirmaba que ambos contaban con medios suficientes para atender sus necesidades. Paulina levantó la cabeza.

—Yo no tengo ingresos.

—Puedes trabajar.

—Lucía tiene diez años.

—Hay miles de madres que trabajan.

Ella volvió al documento. La propuesta asignaba a Paulina el cuidado cotidiano de los menores y describía unas aportaciones paternas tan vagas que no encontró una cantidad, una fecha ni una forma de pago.

—¿Y esto?

—Me haré cargo de lo necesario.

—Entonces escríbelo.

Alejandro se quedó callado. Paulina pasó otra página. Vio una declaración sobre bienes adquiridos durante el matrimonio y sintió que las palabras comenzaban a volverse ajenas. Conocía algunos términos. Había olvidado demasiadas cosas. Él pareció advertirlo.

—Lo preparé para que podamos resolverlo sin abogados metidos entre nosotros.

Paulina apoyó las hojas sobre la mesa.

—Tú eres abogado.

—Sabes a qué me refiero.

Lo miró. Aún podía reconocer al muchacho que le llevaba pan dulce a la universidad. Eso fue lo más doloroso: no haber dejado de reconocerlo por completo.

—¿Te vas con Mariana?

Alejandro se frotó la frente.

—No quiero lastimarte.

Paulina esperó. Él no respondió la pregunta.

A las once y cuarenta y siete llegó el mensaje de Paola. Ricardo se fue. Dice que mañana hablará conmigo de dinero. Dos minutos después escribió Paula. Esteban quiere que firme unos papeles. Paulina fotografió la portada de su carpeta, sin enviar las páginas que contenían datos de los niños. Alejandro también. El teléfono comenzó a sonar. Era Paola, en llamada de grupo. Ninguna habló al principio.

Paulina escuchó a Paula sonarse la nariz. Oyó una puerta cerrarse del lado de Paola.

—¿Firmaste? —preguntó finalmente.

—No —respondió Paula.

—Yo tampoco —dijo Paulina.

—Pues por hoy ya hicimos algo bien —murmuró Paola.

Aquella frase pequeña les permitió respirar.

Se reunieron a la mañana siguiente en la cocina de Paulina. Sobre la mesa había tres carpetas, una calculadora y una libreta escolar con la mitad de las hojas utilizadas. Paula llegó con pan. Paola llevó café y los ojos hinchados. Paulina puso el teléfono en silencio después de avisar a la escuela que podrían localizarla por la línea de casa.

—Tenemos que buscar a alguien que los conozca —dijo Paula.

—A alguien que conozca el derecho —corrigió Paulina—. Y que no trabaje para ellos.

Paola abrió su carpeta.

—Ricardo dice que no puedo mantener el nivel de vida que tenía casada.

—Una cosa es lo que podamos gastar —dijo Paula— y otra lo que necesitan los niños.

Comenzaron a anotar. Colegiaturas. Transporte. Comida. Medicamentos. Uniformes. Al principio se les olvidaron los zapatos. Después los tratamientos dentales. Luego Paula preguntó quién pagaría el alquiler si Esteban cumplía su amenaza de dejar de cubrirlo. La lista creció hasta ocupar dos páginas.

Paulina miró su propia letra. Seguía siendo pequeña e inclinada, como en los apuntes universitarios.

—Tengo mis documentos de la carrera —dijo.

Paola dejó de sumar.

—¿Qué?

—La constancia. Las materias que aprobé. Todo.

Paula se recargó en la silla.

—Yo también.

—No sé si todavía sirvan —admitió Paulina—. Tendríamos que preguntar por equivalencias, por un plan vigente… No lo sé.

Reconocer lo que ignoraba le permitió formular una pregunta que llevaba años aplazando. Paola la observó largamente.

—¿Quieres volver?

Paulina miró las carpetas de sus esposos. Después miró la lista de gastos.

—Sí.

Paula se cubrió la boca con una mano.

—Vamos a tener que trabajar.

—Sí.

—Y estudiar de noche, seguramente.

—Puede ser.

Paola dejó la calculadora sobre la mesa.

—Voy a necesitar lentes.

Las tres se echaron a reír. La risa terminó en lágrimas, pero ninguna apartó la silla. Cuando lograron calmarse, Paulina abrió una página nueva. Escribió tres pendientes: buscar representación independiente, reunir documentos, consultar universidades. Paula acercó su carpeta.

—Primero nuestros hijos.

Paola puso la suya encima.

—Y esta vez, también nosotras.

Paulina tomó el teléfono. Buscó el número de una antigua profesora con la que no hablaba desde hacía casi veinte años. Antes de llamar, vio su reflejo en la ventana: el cabello recogido de cualquier manera, las ojeras de una noche sin sueño, la blusa manchada de café. No tuvo ganas de esconderse. Marcó.

—Buenos días, profesora. Soy Paulina Serrano. Fui su alumna.

Escuchó la respuesta y apretó la mano de Paula debajo de la mesa.

—Sí —dijo—. Paulina. La de las tres pes.

Esta vez pudo sonreír sin esfuerzo.

—Necesitamos ayuda para empezar.