Capítulo 21 de 31

Una madre contra el calendario

La mañana de marzo de 2016 en que Rebeca mostró la escritura del local, el procedimiento de Irene todavía seguía abierto. Paula conocía las preguntas que aquel asunto había enseñado a formular; también sabía que una respuesta obtenida en otro expediente no podía convertirse en prueba del suyo. El local había cambiado de titular por una compraventa. Paula leyó aquella palabra tres veces.

En la escritura, Valeria declaraba haber pagado el precio. Esteban manifestaba haberlo recibido. Todo parecía ordenado. Las firmas. Los sellos. La descripción del inmueble. Paula recordó una cadena de oro envuelta en un pañuelo, el mostrador de una casa de empeño y la vergüenza de preguntar cuánto podían darle.

—Necesito saber de dónde salió el dinero —dijo.

Rebeca cerró suavemente la carpeta.

—Necesitamos averiguar qué ocurrió. No vamos a trasladar las conclusiones del asunto de Irene al tuyo.

Paula asintió. Lo entendía. Aun así, le costó apartar las manos del documento. Antes de irse acordaron las siguientes actuaciones y la información que debían solicitar. En el automóvil, Paula permaneció un minuto sin encender el motor. Después llamó a Leonardo.

—Hoy no tengo ganas de fingir que estoy bien.

Él respondió sin pedir explicaciones.

—No hace falta.

A la mañana siguiente, Jimena encontró a una mujer esperando frente al edificio. Llevaba una bolsa con documentos y una libreta escolar.

—Tengo cita a las nueve.

Faltaban cuarenta minutos. Jimena abrió la oficina y le ofreció pasar. La mujer se llamaba Cecilia Durán. Su hijo, Luis, tenía diecisiete años y había conseguido un lugar en un programa de preparación universitaria fuera de su colonia. El costo del transporte había sido la última cuenta que Cecilia no pudo acomodar. Por eso estaba allí. No porque su hijo hubiera empezado a necesitar dinero. Porque ella llevaba diecisiete años consiguiéndolo casi sola.

—Su papá dice que ya es demasiado tarde —explicó.

Paulina revisó el acta de nacimiento. La filiación paterna estaba reconocida desde que Luis era pequeño. Cecilia y Ramiro nunca se habían casado. Vivieron juntos poco más de dos años. Después él se marchó y aportó dinero de manera esporádica. Primero entregaba efectivo. Luego enviaba pequeñas transferencias. Había periodos completos sin nada.

—Yo nunca demandé —dijo Cecilia—. Trabajaba, mi mamá me ayudaba y pensé que, mientras pudiera, no tenía sentido pelear.

Paola acercó la libreta. Estaba llena de fechas. Consultas. Zapatos. Inscripciones. Préstamos. Cecilia había llevado cuentas desde que Luis tenía tres años.

—¿Él sabe que viniste? —preguntó Paulina.

—Le dije que necesitábamos acordar algo. Respondió que si antes no le cobré, ahora no podía inventarle una deuda.

Paula dejó de escribir.

—¿Tienes ese mensaje?

Cecilia sacó el teléfono.

La primera tarea fue distinguir lo que estaban reclamando. No existía una pensión fijada durante aquellos años, así que no podían tratar toda la historia como mensualidades judiciales vencidas y sumar una cantidad imaginada. Debían estudiar la reclamación de alimentos correspondiente al periodo anterior, sus bases y las circunstancias concretas. También atender las necesidades actuales de Luis.

La reclamación pertenecía a Luis. Cecilia comparecería en su representación mientras fuera menor y se revisarían los actos necesarios al cumplir dieciocho. El fundamento incluía la obligación paterna de contribuir desde el nacimiento y los criterios que la Suprema Corte había desarrollado sobre alimentos retroactivos. La filiación ya asentada no transformaba en voluntario el sostenimiento que Ramiro había dejado a cargo de Cecilia.

Paula dividió la reconstrucción en etapas escolares y cruzó depósitos con constancias de empleo del padre. Separó los préstamos hechos a Cecilia de la deuda alimentaria: la abuela no se convertía por ello en acreedora de todo lo reclamado a Ramiro. Tampoco pedirían simultáneamente a nombre de Cecilia y de Luis el mismo gasto. La demanda describió las necesidades no satisfechas por el padre, las aportaciones existentes y la forma de calcular el periodo anterior. La defensa podría cuestionarlo y tendría que aportar su propia información. Paulina lo explicó despacio.

—No vamos a prometerte diecisiete años multiplicados por una cifra. Necesitamos reconstruir lo ocurrido, revisar las aportaciones y plantear lo que jurídicamente corresponda.

Cecilia miró la libreta.

—Entonces esto no sirve.

Paula extendió una mano, sin tocarla.

—Sirve para empezar a reconstruir. No necesitas convertir cada comida de tu hijo en un recibo para que podamos escucharte.

La mujer respiró hondo. Había llegado preparada para defenderse de su propia tardanza.

Luis acudió a la segunda entrevista. Era alto, delgado y llevaba una carpeta llena de dibujos de mecanismos. Quería estudiar ingeniería. Se sentó junto a su madre y dejó el teléfono boca abajo.

—No quiero que mi papá piense que estoy haciendo esto para castigarlo.

Paola reconoció la preocupación.

—¿Qué quieres tú?

Luis miró a Cecilia.

—Que pueda descansar un poco.

Su madre comenzó a negar con la cabeza. Él continuó:

—Y estudiar sin sentir que cada pasaje que gasto le quita algo a la casa.

Paulina les explicó que el asunto debía construirse alrededor de derechos y necesidades, con la participación de Luis acorde con su edad y la representación que correspondiera. No necesitaba demostrar cariño o rechazo por su padre. Luis abrió la carpeta. Dentro había una carta de aceptación y el costo del programa. Paula tomó una copia.

Los documentos llegaron en bolsas distintas. La madre de Cecilia conservaba recibos de préstamos. Una escuela pudo expedir constancias. Había comunicaciones en las que Ramiro sabía de enfermedades, cambios de grado y gastos extraordinarios. También aparecieron depósitos que Cecilia había olvidado. Paula los incorporó.

—Ese fue para un cumpleaños —dijo Cecilia.

—Lo registramos y revisamos su contexto. No vamos a ocultarlo.

La reconstrucción tenía que incluir lo que favorecía y lo que complicaba su pretensión. Hubo años con información suficiente y otros con grandes vacíos. Cecilia se desesperó.

—Yo estaba viviendo. No estaba juntando pruebas.

Paulina levantó la mirada.

—Lo sabemos.

Después volvieron al calendario.

Mientras preparaban aquel asunto, Rebeca recibió documentación sobre el local de Esteban. Paula acudió sola a revisarla. Valeria no había recibido el inmueble gratuitamente, al menos según el acto formalizado. Afirmaba haberlo comprado con recursos propios y un préstamo. Había que examinar los respaldos de esa versión, la fecha y situación de las reclamaciones de Paula y los efectos jurídicos de la transmisión.

Rebeca también revisó las medidas que podían solicitarse para evitar que el resultado del procedimiento quedara frustrado.

—No voy a llamarla —dijo Paula.

La abogada levantó los ojos.

—¿A Valeria?

Paula asintió. Había imaginado esa conversación durante la noche. Preguntarle si sabía. Contarle lo de la cadena. Exigirle que mirara las cuentas.

—Lo que tenga que preguntarse se hará por la vía que corresponda —añadió.

Rebeca tomó una nota. Paula salió agotada, pero agradecida de no haber convertido su rabia en una llamada imposible de retirar.

Ramiro recibió la demanda y buscó a Cecilia en el trabajo. Ella estaba atendiendo una tintorería. Él llegó con una carpeta bajo el brazo y esperó hasta que salió una clienta.

—¿De dónde sacaste esa cantidad?

Cecilia miró hacia el mostrador. Su compañera permanecía cerca.

—Habla con mis abogadas.

Ramiro soltó una risa breve.

—Ahora resulta que me estás cobrando por ser madre.

La frase le cortó la respiración. Durante un instante estuvo a punto de disculparse. Luego recordó a Luis contando monedas para el transporte.

—Estoy trabajando —respondió—. Si tienes algo del juicio, hazlo por el conducto correspondiente.

Ramiro se marchó enfadado. Cecilia terminó de registrar una entrega antes de llamar al despacho. Cuando Paola contestó, comenzó a llorar.

La defensa sostuvo que Cecilia había podido mantener a Luis y que Ramiro siempre entendió que no necesitaban más apoyo. Presentó depósitos. Alegó periodos sin trabajo. Cuestionó el alcance temporal de lo reclamado y los cálculos. Paulina leyó la contestación con Paula.

Necesitaban atender cada argumento, acreditar lo que afirmaban y evitar que la capacidad de Cecilia para sostener el hogar se confundiera con la inexistencia de necesidades del hijo. Paola preparó con la clienta una cronología de empleos. Dos jornadas. Turnos de fin de semana. Una lesión de espalda. Dinero prestado. Su madre recogiendo al niño. Aquella historia explicaba cómo habían sobrevivido. No demostraba que Ramiro hubiera cumplido.

El paso de los meses complicó también la relación entre padre e hijo. Ramiro llamó a Luis para decirle que su madre estaba exagerando. El muchacho llegó alterado a una entrevista.

—Me pidió que le dijera que retire todo.

Paulina cerró la carpeta.

—No tienes que negociar entre ellos.

Luis miró el piso.

—Pero es mi papá.

—Sí —respondió ella—. Puedes quererlo y no asumir esa responsabilidad.

Al cumplir dieciocho, revisaron con él cómo debía continuar su participación procesal y qué información necesitaban sobre sus estudios y situación. Luis acudió sin su madre a parte de aquella reunión. Hizo preguntas. Pidió copias. Firmó únicamente después de entender lo que estaba haciendo.

La resolución no reconoció todo en los términos exactos planteados. Delimitó periodos, valoró las aportaciones acreditadas y determinó las obligaciones correspondientes conforme a las circunstancias examinadas. Pero acogió sustancialmente la reclamación. La sentencia reconoció trescientos ochenta y cuatro mil pesos por el periodo anterior acreditado y fijó alimentos actuales de acuerdo con las necesidades de Luis y la capacidad de ambos progenitores. No aceptó varios desembolsos incluidos sin respaldo suficiente ni el cálculo que usaba el ingreso más alto de Ramiro para todos los años. El resultado fue inferior a la primera estimación de Cecilia. Luis preguntó por qué se habían rechazado esas partidas y Paulina le mostró el razonamiento completo. Decidieron defender lo reconocido y concentrarse en hacerlo efectivo.

Un vehículo libre de gravamen quedó embargado y se identificaron derechos de cobro que Ramiro tenía frente a un cliente. La propuesta de pago llegó cuando esas medidas dejaron de ser remotas. El acuerdo de cumplimiento conservó una garantía bastante hasta liquidar el saldo; Luis, ya mayor de edad, participó con asesoría y sin renunciar a sus derechos por una recomendación familiar. La obligación corriente se revisaría conforme avanzaran sus estudios y su situación real.

La falta de un juicio anterior no había borrado, por sí sola, los años en que Luis necesitó manutención. Rebeca no intervenía en aquel expediente; aun así, Paulina recordó su primera conversación con ella cuando llamó a Cecilia.

—Tenemos una decisión favorable. Necesitamos revisarla completa y hablar de lo que sigue.

Cecilia llegó con Luis esa tarde. Escucharon los alcances, las cuestiones susceptibles de impugnación y la diferencia entre obtener una resolución y conseguir su cumplimiento. Luis tomó notas. Su madre sostuvo la libreta vieja sobre las piernas. No la abrió.

La firmeza y el cobro requirieron más tiempo. Hubo actuaciones de ejecución y una negociación sobre la forma de cubrir lo determinado, respaldada con garantías y sin abandonar las obligaciones actuales que correspondieran. El primer pago importante llegó una mañana en que Cecilia tenía las manos dentro de una lavadora industrial. Su compañera le alcanzó el teléfono. Cecilia miró la pantalla. Se sentó en una silla de plástico. No pensó primero en comprar nada. Pensó en su madre.

En cuánto dinero había sacado ella de una pensión pequeña para completar zapatos y medicinas. Aquella noche la invitó a cenar. Luis pagó el transporte con una sonrisa que Cecilia no le veía desde hacía meses.

El sábado, Cecilia pasó por la oficina. Llevaba una fotografía de Luis frente al edificio donde comenzaría sus clases. También llevó la libreta.

—Esta me la quedo —dijo, tocando la pasta gastada—. Pero ya quiero dejar de escribir aquí.

Paula sonrió. Le entregó el estado actualizado del asunto y los comprobantes correspondientes. Cuando Cecilia salió, Paulina permaneció mirando la puerta. Había casos que terminaban con bienes recuperados. Otros permitían recuperar una parte del futuro.

Esa tarde, Paula encontró una copia de la fotografía de la cadena de su madre. Daniela la había localizado en un álbum y se la envió sin añadir comentarios. Paula amplió la imagen. Su madre aparecía joven, con la cadena sobre una blusa blanca. La guardó en una carpeta personal. Después abrió el correo de Rebeca.

Ya había una nueva actuación acordada en relación con el local. Tendrían que preparar documentación y atender la respuesta de Esteban y Valeria. Paula anotó la fecha. El teléfono vibró. Leonardo preguntaba si seguía en pie la caminata del domingo. Sí, respondió. Por la noche tendría tiempo de extrañar a su madre. El lunes seguiría con el expediente.

Y el domingo, por unas horas, caminaría junto al hombre que estaba aprendiendo a querer. El cobro principal se completaría en 2017. Durante la primavera de 2016, cuando Luis aún tenía diecisiete años y preparaba su ingreso universitario, Cecilia se había marchado de la primera entrevista con una lista de documentos. Aquel mismo mes las socias recibieron el anuncio de la casa de Amalia y reorganizaron sus agendas para atender la urgencia.