Capítulo 20 de 31
Los bienes que cambiaron de dueño
Febrero de 2016. Paula llevaba un traje claro que Teresa había ajustado después de varios meses de entrenamiento. Al sentarse, comprobó que el pantalón no tiraba de la cintura y abrió el expediente de Irene. Había aprendido a disfrutar su imagen sin convertirla en una explicación de su capacidad profesional. Los documentos seguirían necesitando el mismo cuidado con cualquier ropa.
La casa desapareció de los documentos de Rafael cuatro días después de que recibiera la demanda. No desapareció de la calle. Seguía allí, detrás de una reja negra, con dos automóviles en la cochera y un jardinero que llegaba los martes. Rafael continuaba durmiendo en la habitación principal. Su ropa seguía dentro del vestidor. Pero, según la escritura más reciente, la propietaria era su hermana. Irene puso las fotografías sobre el escritorio de Paula.
—Ahora dice que no tiene nada.
Paula examinó las imágenes sin responder de inmediato. Paulina abrió el expediente. Paola acercó una silla para la clienta. Irene tenía cuarenta y siete años, dos hijos adolescentes y una sentencia que Rafael llevaba meses intentando incumplir. Había llegado al despacho recomendada por Elena. No necesitaba convencer a nadie de que su exmarido sabía ganar dinero. Necesitaba demostrar dónde estaba intentando esconderlo.
Rafael había dirigido durante años una empresa de distribución de material médico. Durante la separación declaró que el negocio atravesaba una crisis. Después dejó de cumplir regularmente con las obligaciones alimentarias fijadas. Irene había trabajado media jornada como auxiliar administrativa mientras se ocupaba de sus hijos. Cuando comenzaron los incumplimientos, amplió su horario. Eso no cubría todo. Los pagos escolares se atrasaron. Uno de los muchachos suspendió una terapia. La familia empezó a comprar algunos medicamentos por partes.
—Mientras él me pide paciencia, cambia de camioneta —dijo.
Paola anotó la fecha.
—¿La camioneta está a su nombre?
—No lo sé.
—Entonces vamos a verificarlo.
Irene soltó el aire con impaciencia.
—Todo hay que verificarlo.
Paula levantó la mirada.
—Sí. Para que no dependa solamente de que tú lo sabes.
La documentación registral mostró una transmisión a favor de la hermana de Rafael. La escritura describía una compraventa. El precio asentado era considerablemente inferior al valor que Irene recordaba de un avalúo anterior, aunque necesitaban una valoración técnica y revisar las circunstancias antes de sacar conclusiones. También aparecieron otras operaciones. Una participación empresarial había cambiado de titular. Un vehículo figuraba a nombre de otra persona. Rafael alegaba que había vendido bienes para pagar deudas. Paulina extendió una cronología. Las obligaciones. Los requerimientos. Las transmisiones. Las fechas comenzaron a formar una secuencia inquietante. Pero una secuencia no bastaba para deshacer una escritura.
Tenían que identificar qué acto podían impugnar, con qué fundamento y contra quiénes. La demanda alimentaria a la que Irene se refería era anterior a la ejecución que ahora promovían. Rafael había transmitido la casa después de ser emplazado en aquel procedimiento; la sentencia y los atrasos reclamados vinieron después. Paula reunió las constancias para no confundir esas fechas. El crédito alimentario y la insolvencia alegada exigían su propio estudio, y la transmisión tenía que atacarse con una acción que correspondiera a los hechos demostrables. Adriana Cossío volvió a colaborar con el despacho. Revisó los antecedentes y señaló dos posibilidades que no debían confundirse.
Una operación podía ser aparente, sin responder a lo que realmente habían querido hacer las partes. También podía tratarse de una transmisión efectiva, pero realizada en perjuicio de una persona acreedora y susceptible de impugnación si se acreditaban los requisitos correspondientes.
—No vamos a llamar simulación a todo lo que nos parezca sospechoso —advirtió.
Paula tomó notas. Debían examinar la existencia y fecha del crédito, la situación patrimonial de Rafael, la naturaleza del acto y el conocimiento de las personas involucradas. La hermana tendría derecho a defender su adquisición. No podían borrarla del litigio porque Irene la considerara cómplice. Al terminar la reunión, Irene permaneció callada.
—Pensé que con ver las fechas alcanzaba.
Paulina cerró la carpeta.
—Las fechas nos dicen dónde mirar.
El nombre de Esteban apareció al día siguiente. Representaba a Rafael en las actuaciones relacionadas con el incumplimiento. Cuando supo de las nuevas solicitudes, llamó a Paulina. Pidió hablar con Paula. Ella estaba sentada a unos metros. Paulina le preguntó con un gesto si quería atender. Paula extendió la mano.
—Buenas tardes.
—Están intentando convertir una operación legítima en un escándalo —dijo él.
Paula abrió su libreta.
—¿Hay alguna propuesta concreta?
—Mi cliente tiene derecho a disponer de sus bienes.
—Y nosotras vamos a revisar los efectos de esas disposiciones frente a las obligaciones reclamadas.
Esteban hizo una pausa.
—Siempre fuiste buena ordenando papeles. No significa que sepas lo que encuentras.
Paula sintió que la frase buscaba devolverla a una cocina, con facturas ajenas sobre la mesa y una olla al fuego. Miró su despacho. Después miró el calendario.
—Envía por escrito cualquier cuestión del asunto.
Colgó. Le temblaba una rodilla bajo el escritorio. No se levantó hasta que pudo hacerlo sin prisa.
La primera pieza útil llegó de los propios documentos de Rafael. En un escrito afirmó que ya no utilizaba la casa. En otro señaló aquel domicilio para recibir correspondencia. La contradicción no demostraba por sí sola que la compraventa fuera ficticia. Pero obligaba a pedir una explicación.
Irene aportó mensajes posteriores a la transmisión en los que Rafael hablaba de reparaciones como propietario. Uno decía: No voy a gastar en otra impermeabilización este año. Otro mencionaba el pago del impuesto del inmueble. Paula conservó las conversaciones completas y registró sus fuentes. Paulina preparó las solicitudes pertinentes.
Paola entrevistó a Irene de nuevo para corregir dos fechas que no coincidían. La clienta terminó exhausta.
—Siento que me están examinando a mí.
Paola dejó el bolígrafo.
—Si algo no encaja, prefiero que lo aclaremos aquí contigo.
Irene la miró. Después tomó agua y volvió a empezar.
Las cuentas de la supuesta compraventa abrieron otro problema. Había que acreditar el pago. La escritura contenía declaraciones de las partes, pero la forma en que se decía cubierto el precio exigía revisar sus respaldos. La hermana de Rafael sostuvo que había utilizado ahorros propios.
Los informes y documentos obtenidos dentro del procedimiento permitieron examinar movimientos relacionados con la operación. Apareció una transferencia. Y otra anterior por una cantidad semejante, proveniente de Rafael. No bastaba con señalar dos cifras parecidas. Paula construyó la secuencia completa, considerando fechas, conceptos y movimientos intermedios. Llamaron a un especialista contable para valorar lo que podía sostenerse. Su informe distinguió lo acreditado de las lagunas.
El préstamo alegado por la hermana no apareció en los respaldos que ofreció. El dinero que presentaba como precio había salido de Rafael, pasado por una cuenta intermedia y regresado a él el mismo día; la secuencia quedó documentada mediante informes admitidos judicialmente. No habían encontrado una compra financiada de manera independiente. Rafael conservó la posesión, los gastos y el aprovechamiento de la casa.
Adriana delimitó la acción por simulación absoluta contra ambos contratantes. Explicó que una venta real hecha para perjudicar acreedores habría requerido discutir los presupuestos de la acción revocatoria, incluida la situación de la adquirente. Aquí sostendrían algo distinto: el precio no había representado un intercambio real y la compraventa era la apariencia elegida para ocultar la titularidad. El parentesco y la permanencia en la vivienda, aislados, no habrían bastado. La circulación completa del dinero y la conducta de los dos debían valorarse juntas. La conclusión no era una novela de dinero escondido. Era una explicación técnica de operaciones que necesitaban respuesta.
Mientras tanto, los hijos de Irene seguían necesitando comer. El despacho atendió por separado el cumplimiento de los alimentos. No podían esperar a que terminara toda la controversia patrimonial. Solicitaron las medidas de ejecución y aseguramiento que consideraron procedentes sobre bienes o derechos identificados, con los límites y garantías aplicables. Algunas gestiones tardaron. Otras requirieron aclaraciones. Una produjo un pago parcial.
Irene llevó el comprobante a la oficina y preguntó si debía suspender lo demás. Paulina negó suavemente.
—Lo registramos y se descuenta de lo que corresponda. Recibir una parte no significa que debas renunciar al resto.
Irene comprobó el depósito en el teléfono. Aquella tarde compró completos los medicamentos de su hijo.
Paula canceló una cena con Leonardo por revisar un informe que acababa de llegar. Él respondió sin molestarse. Dos horas después escribió: ¿Ya comiste? Paula miró el recipiente vacío junto a la computadora. Había comido. No había bebido agua desde hacía horas. Le respondió que sí y que terminaría pronto. Al llegar a casa encontró a Diego preparando una exposición. Se sentó con él veinte minutos. Después guardó el teléfono en un cajón.
Esteban seguía teniendo la habilidad de ocuparle la cabeza después de una llamada. Aquella noche no le daría también la conversación con su hijo.
La controversia avanzó durante meses. La hermana de Rafael compareció con representación propia. Hubo documentos, objeciones, informes y oportunidades para que cada parte sostuviera su versión. La prueba de la circulación del dinero se relacionó con las fechas, la conducta posterior de Rafael y las inconsistencias de la operación. Examinó los actos concretos que habían sido cuestionados.
Cuando llegó la primera decisión favorable, Paulina pidió a sus compañeras que la leyeran antes de llamar. La sentencia declaró la simulación absoluta de aquella compraventa. Una vez firme, se ordenaría cancelar la inscripción derivada del acto y restablecer la situación registral, con las actuaciones necesarias para continuar la ejecución alimentaria. La hermana había sido parte, pudo ofrecer pruebas e impugnar; no se la había despojado mediante una petición presentada en un expediente del que nunca supo.
Eso permitía continuar las actuaciones para que aquella maniobra no frustrara el cobro en los términos determinados judicialmente. No convertía a Irene en propietaria automática de la casa. Tampoco autorizaba a venderla al día siguiente. Todavía había pasos que cumplir.
Irene escuchó la explicación sentada junto a la ventana.
—¿Puede volver a ponerla a nombre de alguien más?
Paula le mostró las medidas y anotaciones que habían solicitado y las que se habían acordado. Le explicó su alcance sin prometer que el expediente quedaba libre de cualquier obstáculo. Irene apoyó las manos sobre las rodillas.
—Llevo tanto tiempo persiguiendo que haga lo que le toca.
Paola asintió. Lo sabía. Las tres lo sabían. Pero aquella mañana tenían algo más que cansancio compartido. Tenían una resolución y una ruta de ejecución. Rafael terminó planteando una propuesta seria cuando las consecuencias sobre su patrimonio dejaron de ser una amenaza lejana.
Esta vez incluyó un pago inmediato relevante, un calendario para el saldo y garantías verificables. La negociación se hizo con Irene informada de cada condición. No aceptaron sustituir los alimentos futuros por promesas indefinidas. Tampoco cerraron actuaciones antes de que se cumplieran los requisitos acordados. El primer pago llegó. Después se formalizaron las garantías. El seguimiento continuaría.
En septiembre de 2016 se completaría la primera etapa del convenio: ciento ochenta mil pesos de atrasos, una garantía hipotecaria por el saldo liquidado y un calendario separado para la pensión corriente. La cancelación del embargo dependería del cumplimiento y de las garantías sustitutas aprobadas, no de que Rafael se mostrara dispuesto a negociar. Irene recuperó estabilidad sin recibir una casa que no le pertenecía. El despacho continuó verificando depósitos después de la firma. Irene salió de la reunión sin sonreír. Ya en recepción, se detuvo.
—Ahora sí voy a poder dormir.
Jimena le abrió la puerta.
Esteban alcanzó a Paula en el estacionamiento después de una de las últimas actuaciones.
—Has aprendido a elegir casos que te dan publicidad.
Ella guardó la carpeta en el automóvil.
—No hemos publicado nada de Irene.
Él la observó. Paula llevaba el cabello recogido, un traje claro y los aretes pequeños que Leonardo le había regalado por su cumpleaños. Esteban reparó en ellos.
—¿Son nuevos?
Paula cerró la puerta del coche.
—Sí.
Esperó un segundo, por si tenía alguna cuestión profesional pendiente. Él no dijo nada. Paula se despidió y subió.
Aquella noche, las tres se reunieron con Rebeca. Habían llevado la resolución del asunto de Irene porque contenía elementos que querían estudiar. La abogada la revisó, hizo dos observaciones y después abrió su propia carpeta.
—Ahora necesito enseñarles algo.
Colocó sobre la mesa unos antecedentes registrales relativos a uno de los bienes discutidos en el asunto de Paula. Había un cambio de titularidad. La fecha era reciente. Paula reconoció la dirección de inmediato. Era el local para cuyo anticipo había vendido la cadena de su madre. Leyó el nombre de la adquirente. Valeria. La pareja de Esteban. Durante unos segundos no pudo hablar. Paulina acercó su silla. Paola tomó una hoja en blanco. Rebeca apoyó un dedo sobre la fecha.
—Primero vamos a verificar todo el acto.
Paula respiró hondo. Luego abrió su libreta. Paula comenzó por la fecha de la transmisión y por el modo de pago.