Capítulo 19 de 31
Volver a desear
En enero de 2016 las tres se inscribieron en una carrera recreativa de cinco kilómetros. Paulina alternaría caminata y trote; Paula pidió que le guardaran una bolsa con sus zapatos cómodos y Paola quiso entrenar para llegar corriendo. Lorena revisó los planes por separado. Los expedientes de Abril, Patricia y Valeria seguían abiertos o en sus últimas actuaciones: habían aprendido a convivir con asuntos que duraban meses sin aplazar por ello el cuidado de su salud.
Paula dejó el vestido sobre la cama y lo miró como si perteneciera a otra persona. Era negro, sencillo, con un escote que no habría considerado atrevido en ninguna otra mujer. En ella le parecía una declaración. Daniela apareció en la puerta.
—¿Ese te vas a poner?
Paula se volvió.
—No sé.
Su hija entró y alisó una manga.
—Te queda bonito.
Paula se tocó el abdomen.
—De aquí se marca.
Daniela levantó los ojos.
—Mamá, de ahí tienes cuerpo.
La respuesta la hizo reír. Cuando su hija salió, Paula se probó el vestido otra vez. Se contempló de frente y de perfil. Tenía cincuenta y tantos motivos para sentirse insegura, aunque ninguno podía contarse con precisión: una cicatriz, la piel más suave en el vientre, las marcas de dos embarazos, la costumbre de buscar primero lo que debía esconder. Tomó una chaqueta. Después la dejó sobre la silla. Podía llevarla por si hacía frío. No necesitaba ponérsela para atravesar su propia puerta.
Leonardo ya estaba en la cafetería cuando ella llegó. Se levantó, sonrió y esperó a que Paula decidiera cómo saludarlo. Ella le dio un beso en la mejilla. Le gustó el olor de su camisa. Aquella percepción, tan pequeña, la desconcertó más que cualquier cumplido. Hablaron primero de la ciudad.
Él le contó de un edificio antiguo que intentaba restaurar sin borrar las huellas de quienes lo habían habitado. Paula habló de la oficina, de los muebles usados y de una persiana que seguía atorándose pese a todos sus intentos de arreglarla.
—Podría recomendarte a alguien —dijo Leonardo.
Ella se tensó apenas. Él lo notó.
—Si quieres.
Paula sonrió.
—Te lo voy a pedir cuando terminemos de pelear con ella.
Leonardo rio. No intentó convertir la conversación en un presupuesto ni en una demostración de lo que podía resolverle. Paula apoyó los brazos sobre la mesa. Poco a poco dejó de pensar en el vestido.
En el probador había vuelto a notar cuánto había cambiado su cuerpo. La tela seguía sus curvas sin la tensión de las prendas que usaba antes de separarse. Le gustaban sus piernas más firmes y la cintura que el entrenamiento había ayudado a definir. También conocía el esfuerzo que había detrás de aquella imagen: las sesiones cumplidas con cansancio, la comida preparada antes de trabajar y las consultas a las que ya no faltaba por un pendiente de Esteban. Había elegido un escote y un largo con los que se sentía sexy. A mitad de la conversación con Leonardo dejó de vigilar si el vestido estaba ocultando algo. En la tercera salida tuvieron una discusión por una reserva que Leonardo había cambiado sin consultarle. Le parecía mejor un restaurante dentro de un hotel, más tranquilo; Paula había elegido un sitio donde podía pagar su parte y regresar a casa con facilidad. Él explicó su intención hasta que ella se cansó.
—Te escuché. Ahora escucha por qué yo había elegido el otro.
Leonardo tardó en dejar de justificar la reserva. Acabaron caminando hacia el lugar original, sin el encanto impecable de las primeras citas. Paula se marchó molesta. Él llamó al día siguiente y reconoció que había tratado su preferencia como una decisión provisional que alguien con más experiencia podía mejorar. No volvió a cambiar planes de los dos sin preguntar. Paula necesitó ver eso varias veces antes de sentirse tranquila. Le gustaba, pero no estaba dispuesta a confundir cortesía con un acuerdo real.
Paulina seguía viendo a Andrés por el asunto de su empresa. Por eso había cuidado cada conversación. Le gustaba su voz. Le gustaba que recordara lo que ella decía y que sus correos fueran claros, sin exigencias disfrazadas de urgencia. También sabía que necesitaba mantener límites profesionales.
El expediente contractual se resolvió mediante un acuerdo que permitió reorganizar el proyecto sin prolongar una controversia costosa. Quedaron documentadas las obligaciones pendientes y el cierre de la intervención del despacho. En la última reunión, Andrés guardó su copia y permaneció unos segundos sentado.
—Quiero preguntarte algo fuera de esto.
Paulina levantó la mirada.
—Dime.
—¿Te gustaría cenar conmigo?
Ella sintió un calor inesperado bajo el cuello de la blusa. Miró la carpeta cerrada. Después lo miró a él.
—Sí. Pero necesito que dejemos claro que cualquier asunto nuevo de tu empresa tendrá su propio cauce profesional.
Andrés asintió.
—Me parece razonable.
Paulina sonrió. Lo había dicho con firmeza. Por dentro tenía diecinueve años y no sabía dónde poner las manos.
Paola fue la primera en contar que había besado a Gabriel. Lo anunció un lunes, mientras Paula revisaba una factura y Paulina intentaba abrir una botella de agua. La tapa cayó al suelo.
—¿Qué? —preguntó Paulina.
Paola se sentó sobre el borde de una silla.
—Eso.
Paula cerró la carpeta.
—¿Y?
Paola miró hacia recepción para comprobar que Jimena no estuviera cerca.
—Y me gustó muchísimo.
Las tres se echaron a reír. Después Paola se quedó seria.
—Luego me dio culpa.
Paulina recogió la tapa.
—¿Por qué?
—No sé. Por los niños. Por estar gastando tiempo en esto. Por sentirme tan contenta cuando todavía hay tantas cosas pendientes.
Paula apoyó la mano sobre la mesa.
—Las cosas pendientes no se van a terminar todas juntas.
Paola bajó la mirada. Tenía el teléfono en el bolso. Gabriel le había enviado un mensaje temprano, preguntándole cómo había dormido. Todavía no respondía porque no quería parecer demasiado ilusionada. Sacó el aparato. Respondió que bien. Y añadió que había disfrutado la noche anterior.
El mensaje de Ricardo llegó esa tarde. ¿Quién es Gabriel? Paola lo leyó sin moverse. Regina le había contado que su madre salía con alguien. No lo hizo para provocar una discusión; lo mencionó durante una conversación cualquiera, como parte de su vida. Ricardo llamó inmediatamente después.
—Me preocupa con quién conviven mis hijos.
Paola cerró la puerta del privado.
—Tomás coincidió con él y con su hijo en un taller. Las otras veces he salido sola.
—No lo conoces.
—Lo estoy conociendo.
—Espero que no estés deslumbrada.
Paola miró su reflejo en el vidrio. Recordó cuánto tiempo había pasado intentando evitar aquel tono.
—Si necesitas hablar de un asunto concreto de los niños, podemos hacerlo. No voy a discutir mis citas contigo.
Ricardo respiró fuerte.
—Has cambiado mucho.
Paola terminó la llamada. Le temblaban las manos. Esperó a que se le pasara antes de volver al contrato que estaba revisando.
La cena de Paulina fue en un restaurante donde no conocía a nadie. Andrés había preguntado qué comida le gustaba. Ella respondió sin consultar el menú más barato. Solía elegir el plato que menos comentarios pudiera provocar. Aquella noche pidió pescado y una copa de vino.
Andrés habló de su hija, Elisa, y de las dificultades de acompañar a una adolescente sin vigilar cada paso. Después mencionó a su esposa. Había muerto seis años antes. Andrés conservaba algunas rutinas que Paulina no entendió al principio. Evitaba hablar del cumpleaños de su esposa y esperaba que Elisa resolviera con naturalidad cualquier visita nueva a casa. Una noche canceló la cena con Paulina diez minutos antes porque su hija estaba molesta; después dejó pasar dos días sin llamarla. Paulina no le reprochó que atendiera a Elisa. Le reclamó haberse quedado esperando sin saber si tenían un problema.
—Yo también tengo hijos. No te estoy pidiendo que la dejes sola. Necesito que me digas qué puedes ofrecer y que avises.
Andrés se mostró a la defensiva. Mencionó su viudez y se detuvo al oírse. La pérdida no le daba derecho a convertir a las otras personas en pacientes indefinidas. Hablaron de lo que podía compartir de Elisa y de lo que debía mantener privado. Paulina aceptó ir más despacio; no aceptó volver a organizar su semana alrededor de un silencio. Paulina dejó los cubiertos.
—No tienes que evitar hablar de ella.
Él la observó.
—Gracias.
La conversación se volvió más tranquila después de eso. Paulina habló de sus hijos, de la universidad y de las primeras clases particulares. No contó toda la historia de Alejandro. No quería pasar la noche demostrando cuánto había sufrido para merecer estar allí. Cuando salieron, caminaron una cuadra. Andrés le ofreció la mano. Paulina la tomó.
Le sorprendió lo sencillo que podía sentirse algo que había temido durante tanto tiempo.
Paula tuvo menos facilidad. La segunda vez que Leonardo intentó besarla, ella giró ligeramente el rostro. Él se apartó de inmediato.
—Perdón. Pensé…
—Yo también quería.
La frase salió antes de que pudiera ordenarla. Leonardo esperó. Estaban junto al automóvil de Paula, bajo la luz amarilla de una farola. Ella apretó las llaves.
—Me cuesta.
—Podemos ir despacio.
Paula miró hacia la calle.
—No quiero que te sientas rechazado cada vez.
Él se acercó solo lo suficiente para que pudiera escucharlo sin ruido.
—Puedes decirme que no, aunque antes hayas querido.
Paula sintió ganas de llorar y le molestó sentirlas por una frase que debería haber sido normal. Guardó las llaves. Esta vez fue ella quien se acercó. El beso fue breve. Después apoyó la frente en su hombro y se rio, avergonzada. Leonardo no preguntó de qué se reía. Se quedó con ella hasta que quiso apartarse.
La semana siguiente, el despacho recibió el pago final del convenio de Patricia. Paula comprobó la transferencia y llamó a la clienta. Luego revisaron las obligaciones ya cumplidas y los documentos que correspondía entregar. Patricia las invitó a desayunar en su local.
Llegó a atenderlas con un delantal verde y una mancha de harina en la muñeca. Tenía pedidos suficientes para contratar ayuda algunas mañanas. Antes de sentarse, preguntó por cada una. Paola dijo que estaba saliendo con alguien. Patricia le dio una palmada en el hombro.
—Qué bueno.
No preguntó si ya pensaba casarse. No habló de edades. Siguió sirviendo café. Paola agradeció aquella naturalidad. Había contado algo importante sin quedar obligada a convertirlo en destino.
Gabriel la invitó un sábado a su casa. Paola conocía ya algo de su situación económica. Él dirigía una empresa de infraestructura y tenía inversiones que nunca utilizaba para imponer el tema de conversación. Aun así, la casa la impresionó. Había ventanales, árboles altos y una cocina donde cabía entero su antiguo comedor. Se quedó unos segundos junto a la entrada. Gabriel recibió su bolso.
—¿Todo bien?
Paola miró alrededor.
—Necesito acostumbrarme a esto.
Él no fingió que la casa era pequeña.
—Entiendo.
Le mostró la terraza y le preguntó dónde quería sentarse. Prepararon juntos una cena sencilla. Cuando Gabriel intentó cortar una cebolla con un cuchillo inadecuado, Paola se lo quitó entre risas. Después se detuvo.
—Perdón. Te invadí la cocina.
—Me salvaste un dedo.
Comieron sin prisa. Más tarde, al besarlo, Paola sintió deseo con una claridad que le dio miedo. Se apartó apenas. Gabriel la miró.
—¿Quieres que te lleve a casa?
Ella pensó en la pregunta. Podía irse. Él no iba a enfadarse. Podía quedarse sin prometer nada para el resto de su vida.
—Quiero quedarme un rato más —respondió.
Paulina encontró a Sofía preparando café cuando regresó de su tercera cita. Su hija levantó la cabeza.
—Te ves contenta.
Paulina dejó el bolso.
—Lo estoy.
Sofía sonrió y volvió a la cafetera. Durante unos segundos, Paulina sintió la necesidad de aclarar que no estaba descuidando nada, que había terminado el trabajo, que Lucía cenó y Mateo avisó que llegaría tarde. No dijo ninguna de esas cosas. Se sirvió agua.
—Andrés es viudo —comentó—. Tiene una hija.
Sofía asintió.
—Cuando quieras me cuentas más.
Paulina la observó. Su hija le estaba permitiendo tener una vida que no necesitaba examinar entera aquella noche. Subió a su habitación. Antes de dormir, encontró un mensaje. Me gustó caminar contigo. Paulina respondió: A mí también.
El viernes, las tres salieron temprano del despacho. Lorena las esperaba en el centro comunitario. Habían cambiado algunas rutinas y progresado en otras. Todavía había ejercicios que Paulina adaptaba por su rodilla. Paola resopló durante la última serie.
Gabriel también se equivocó. Quiso añadir a Paola a una reunión de su empresa como si acompañarlo fuera un descanso entre sus audiencias. Ella le preguntó a qué hora terminaría y qué haría mientras él trabajaba. Hablaron del viaje con menos facilidad que del primer café. A él le costaba admitir que una invitación generosa podía exigir a otra persona un tiempo que no había decidido entregar. Paola terminó diciéndole que no iría. Dos semanas después él propuso un sábado sin compromisos de trabajo y preguntó por la agenda antes de reservar. Esa corrección les dio más confianza que haber evitado toda discrepancia. Paula perdió la cuenta.
Al terminar la sesión anotaron lo que habían logrado en seis años de constancia irregular: Paulina podía subir varias plantas sin detenerse, Paula cargaba sus carpetas con menos dolor y Paola había mejorado su resistencia. La báscula había cambiado, pero también la manera de comprar, descansar y pedir ayuda. Habían recibido orientación profesional para ajustar la alimentación a sus horarios; no siguieron la dieta de un anuncio ni tomaron productos para adelgazar.
Las tardes de cocina incluyeron verduras asadas, leguminosas y porciones listas para llevar. Si una audiencia se prolongaba compraban comida y seguían con el día. Paola aún disfrutaba una concha después del entrenamiento del sábado; Paulina procuraba no sustituir el almuerzo por café y Paula programó una pausa de comida en la agenda compartida. Hablar de salud dejó de limitarse a la cintura. También revisaron el sueño, sus consultas pendientes y el cansancio que ninguna chaqueta elegante podía ocultar.
En la carrera recreativa llegaron separadas. Paola cruzó antes, se recuperó y volvió a buscar a Paulina. Paula terminó caminando el último tramo porque le molestaba una pierna. Se reunieron fuera de la meta y pidieron a una mujer que les tomara una foto. Llevaban la ropa húmeda y el cabello desordenado. El lunes habría trajes, maquillaje y una audiencia difícil; aquella mañana quisieron desayunar sentadas al aire libre. En otra sesión, al terminar los ejercicios, se quedaron riendo junto a las colchonetas. Después, frente a los espejos del vestidor, Paulina se recogió el cabello. Paola se puso unos aretes. Paula revisó un mensaje de Leonardo y sonrió.
—¿Quién diría? —murmuró Paola.
Paulina la miró a través del espejo. No necesitó preguntar a qué se refería. Recogieron sus cosas y salieron juntas. En la esquina se despidieron. Cada una llevaba trabajo pendiente, hijos a quienes llamar y un hombre al que todavía estaba aprendiendo a conocer.
Paula caminó hacia su automóvil con el vestido negro dentro de una bolsa. Aquella noche pensaba volvérselo a poner.