Capítulo 1 de 3

Elena es obligada a respetar las órdenes de la autoridad docente

—Maestro Miranda, ¿le puede dar permiso a la alumna Elena de salir un momento, por favor? —pidió el maestro González desde afuera de la puerta del salón de clases con un tono serio y tajante.


Todos los alumnos en la clase voltearon a verlo y seguidamente a la alumna en cuestión, sorprendidos por el tono tan serio y molesto que mostraba el profesor González. Elena también lo miró sorprendida y un poco temerosa.


—Por supuesto, profesor. Adelante Elena, sal por favor a atender a tu maestro. 


Elena se levantó de su butaca y se encaminó hacia la puerta del salón donde se encontraba el profesor González esperándola molesto. Al llegar junto a él le indicó enseguida que la siguiera hacia la sala de usos múltiples que se encontraba justo enfrente del salón, apenas separados por dos banquetas y una jardinera. 


—Pero, ¿quién te has creído tú que eres? —le gritó molesto una vez que ambos estuvieron solos en el salón de usos múltiples. —¿Qué haces aquí, no deberías de estar en las jornadas de Huetamo? Hoy es tu presentación en el concurso de oratoria —Continuó el profesor regañándola.


—No sabía que yo había quedado seleccionada —respondió Elena con serenidad sin dejarse intimidar por los gritos de su docente. 


—Claro que fuiste seleccionada, ya basta de tu inmadurez. Tienes que ir a este concurso, te llevaré en mi carro a Huetamo ahora mismo, justo estamos a tiempo, el concurso es unas cuantas horas.


—No tengo nada preparado, no sabía que tenía que ir a participar en este concurso —volvió a responder Elena serena y sin el menor índice de querer ir a ese evento, en su mirada todavía quedaba un rastro de tristeza y resentimiento.

—Cuando presentaste tu discurso para la preselección nos diste lo hiciste con ese que hablaba de los nuevos retos de la mujer mexicana en la sociedad contemporánea, aquí está el escrito con el que lo presentaste ante el jurado. Dale una leída y luego te subes al estrado y lo practicas enfrente de mí, todavía estamos a tiempo. Adelante —ordenó el docente tajantemente a Elena mientras ponía en la mano de Elena el documento con el discurso que ella había escrito.


Elena respetuosa bajo la mirada y obedeció las órdenes de su profesor, no sin sentir una profunda indignación e impotencia en su corazón de tener que soportar las imposiciones arbitrarias de las autoridades docentes. 


Mientras Elena leía el discurso el profesor vociferó para que ella lo escuchara y tal vez se sintiera un poco agradecida de saber aquello que él le contaba:


—Y, por si no lo sabes, quedaste en segundo lugar en aquel concurso de belleza, así que eso quiere decir que no te fue tan mal, debes sentirte orgullosa de eso. Ya deja de autocompadecerte de ti misma y aprende a perder, si otra chica ganó es porque se esforzó por eso y se lo merece. Ahora tú debes esforzarte por ganar este concurso.


Esta vez Elena no respondió nada, solo guardó silencio. Detuvo su lectura en silencio para volver a sentir esa indignación que le desgarraba el alma y la asfixiaba de rabia e impotencia. Esa sensación de saber que había sido víctima de una injusticia y que tuvo que guardar silencio por respeto a la autoridad de los mayores de edad, porque su los usos y costumbres de la sociedad así se lo exigían. 


Las palabras de su profesor le hicieron comprender que él desconocía aquel oscuro secreto de las dos profesoras que le habían robado sus discursos escritos en aquel concurso de belleza para dárselos a las demás concursantes, porque ninguna de ellas había podido escribirlos y eso valía el 70 % de la puntuación en aquel concurso de belleza. 


Si Elena era la única que los tenía, ninguna de las otras habría podido ganar, y las profesoras no querían que Elena tuviera esa ventaja. Por eso la obligaron a fotocopiar los 7 discursos que ella había escrito, para que los compartiera con las demás concursantes y estas los memorizaran. De tal manera que le hicieran creer al jurado calificador que esas creaciones literarias de ellas y que además de belleza tenían inteligencia para construir un pensamiento crítico y profundo de la realidad social. 


En ese momento, con las palabras de su profesor Elena lo supo, ni él ni el jurado calificador estuvieron enterados de aquella injusticia. Tal vez nadie más lo sabía, solo aquellas dos profesoras, organizadoras del concurso de belleza a nivel plantel Apatzingán, y las otras cuatro finalistas de aquel concurso de belleza. 


Eso hirió más el corazón adolescente de la joven, la impotencia rasgó todavía más profundo todo su ser. Quiso llorar de rabia, pero su orgullo se lo impidió, no dejaría que aquel docente descubriera su fragilidad. Sus lágrimas recorrieron a mares el sendero de la parte interna de las mejillas de su piel y se clavaron en lo más profundo de su corazón juvenil. 


Esos docentes a los que ella antes tanto había admirado y respetado, le mostraron el punto más álgido de la impunidad de aquellos que ostentan una posición de autoridad sobre ella, una adolescente de escasos 16 años.