Capítulo 2 de 3

Elena se rebela ante el abuso de poder de las autoridades docentes

—Repítelo una vez más—pidió el profesor González a Elena que se encontraba arriba del estrado recitando el discurso para practicar antes de llegar a las jornadas académicas y culturales de Huetamo. 


Elena obedeció con respeto y resignación. 


—Lo ves, te ha quedado excelente, ya estás lista vámonos que apenas tenemos tiempo de llegar. Te llevaré en mi carro porque todos los autobuses que llevan a los alumnos ya están allá. 


Elena volvió a guardar silencio y obedecer las indicaciones de su profesor. Durante el trayecto el maestro hablaba de una y mil cosas, pero Elena no le ponía atención, solo se dedicaba a mirar el paisaje con profunda rabia y serenidad. Pero su semblante se mantenía lleno de profunda dignidad sin mostrar el menor rastro de vulnerabilidad.


Momentos después llegaron al municipio de Huetamo, justo a tiempo para la presentación del concurso de oratoria. Elena esperaba serena su turno mientras veía pasar a los demás concursantes nerviosos y emocionados por querer obtener un galardón. 


Pero ella no sentía la menor emoción ni ilusión al respecto. Solo quería poder ser libre y salir de aquel lugar que la asfixiaba de rabia. Pero su profesor a un lado de ella la miraba tajante, haciéndole saber que era la autoridad y ella estaba obligada a obedecerla.


Por fin llegó el momento, el estado la llamó. Elena se dirigió al estrado con total serenidad, amaba hablar en público, disfrutaba sentir la emoción de su corazón palpitando aceleradamente por estar frente a un gran número de personas mirándola y escuchando lo que ella tenía necesidad de expresar.


No obstante, esta vez no sintió nada de eso, solo había un profundo vacío y desesperanza en su alma. 


En cuanto el jurado se lo indicó, Elena se posicionó en el centro del estrado y volteó a ver con serenidad a todos los presentes. Los de la derecha y después los de la izquierda. Allí estaba la mirada de su profesor, la observaba fijamente y de manera sostenida, con un aire de autoridad amenazante. 


—Me llamo Flor Elena Gomar Madriz y represento al Plantel de Bachilleres del municipio de Apatzingán, mi discurso se titula: “Los nuevos retos de la mujer mexicana en la sociedad contemporánea”. Gracias—dijo Elena tajante.


Acto seguido, Elena guardó silencio, esta vez no volteó a mirar a nadie. Solo levanto la cabeza y la mirada con profundo orgullo y dignidad, sus ojos se clavaron en la puerta que daba hacia la salida y se encontraba abierta de par en par. Se dirigió hacia ella como si fuera el sendero más próximo hacia su libertad.


En la sala había un silencio total, nadie entendía lo que pasaba, a Elena nada le importaba. Camino pausada y segura de sí misma hacia la puerta de la salida en búsqueda de su dignidad, sin bajar en ningún momento la frente ni voltear a ver a nadie más solo la luz del paisaje fuera de aquella sala oscura y fría. Esa dignidad que le habían arrebatado y que ella no había tenido el coraje de defenderla aquel día que sus letras fueron robadas. 


En cuanto Elena puso un pie fuera de la puerta de aquel recinto, pudo sentir como sus pulmones se llenaban de aire puro y fresco. Su alma por fin se había atrevido a desafiar las órdenes de la autoridad de los adultos. Era libre al fin, libre para decidir lo que quería o no quería hacer. Libre para decidir lo que debía o no debía hacer. Libre para salir en búsqueda de su felicidad. 


No volteó a mirar hacia atrás. Solo miró a su alrededor a infinidad de adolescentes caminando de un lado a otro en aquel evento estudiantil rodeado de un paisaje hermoso lleno de árboles y la frescura verde de la naturaleza. Entonces, Elena se dispuso a perderse entre ellos para no ser encontrada por su profesor ni por nadie más. 


Ya no iba a permitir que ningún adulto la obligara a hacer nada que ella no quisiera hacer. 


Ahora era libre, completamente libre, porque por primera vez en su vida había tenido el valor suficiente para revelarse ante la impunidad de aquellos adultos corruptos que tanto la habían decepcionado.