Capítulo 1 de 20

Instrucciones para tirar un almuerzo

A las seis con diecisiete de la mañana, Sara descubrió que el amor también podía medirse en recipientes de plástico.

El azul era para Javier: pechuga asada, arroz con verduras, dos tortillas envueltas aparte para que no se humedecieran. El amarillo, para Liliana, llevaba un sándwich cortado en triángulos. Ángel quería el rojo, aunque la tapa perteneciera a otro y hubiera que sujetarla con una liga.

Llevaba doce minutos buscando esa liga.

Mientras tanto, la cafetera goteaba, una camisa esperaba la plancha y su teléfono mostraba tres mensajes de estudiantes que no encontraban la tarea en la plataforma.

—Mamá, ¿los caracoles tienen dientes?

Ángel apareció descalzo, con el pantalón del pijama torcido y un dinosaurio bajo el brazo.

—Creo que sí, muchísimos.

—¿Más que papá?

—Más que todos nosotros juntos.

El niño consideró aquello con gravedad.

—Entonces no quiero uno de mascota.

Sara le besó la cabeza. Olía a almohada y a sueño caliente.

Desde el dormitorio llegó la voz de Javier.

—¿Dónde está mi camisa blanca?

—En la tabla. Ya voy.

—Te dije que hoy tenía una firma.

También ella tenía una clase a las siete y media y una reunión a las once, además de treinta y ocho trabajos que revisar. La firma de Javier, sin embargo, había adquirido en la casa la importancia de un acontecimiento nacional.

Encontró la liga alrededor de una bolsa de orégano.

• • •

Había conocido a Javier cuando ambos tenían diecisiete años, en una papelería donde él trabajaba durante las vacaciones.

Sara compraba cartulinas para una exposición. Él escribió su número en el reverso del recibo y le dijo:

—Por si se te ofrece algo que no vendamos aquí.

Durante meses conservó aquel papel dentro de un libro.

Javier fue su novio de preparatoria, su acompañante en la graduación, el muchacho que esperaba afuera de la universidad con dos elotes y una paciencia que entonces parecía inagotable.

Cuando Sara le explicó que quería esperar hasta el matrimonio para tener relaciones, él contestó que podía esperar con ella.

Esa respuesta ocupó durante años un lugar privilegiado en su memoria. Cada vez que algo dolía, Sara regresaba a ella como quien presenta un recibo para demostrar que una compra fue buena.

Se casaron cuando ella tenía veinticinco.

Sara terminó su licenciatura en Mercadotecnia, trabajó en una agencia pequeña y disfrutó de algo que todavía podía recordar con precisión: llegar a una reunión, colocar una propuesta sobre la mesa y escuchar que sus ideas servían.

Después nació Liliana.

Tres años más tarde llegó Ángel.

La docencia apareció como una solución sensata: horarios compatibles con la escuela de los niños, vacaciones parecidas, tardes disponibles.

Las tardes resultaron menos disponibles de lo anunciado.

Había exámenes, planeaciones, cursos, mensajes, juntas. Había también calcetines, vacunas, fugas de agua, tareas escolares y una despensa que nunca se compraba sola.

En una libreta de recién casados, Sara había escrito:

Construir juntos. Cincuenta y cincuenta.

La libreta estaba ahora debajo de las pólizas del seguro.

Javier entró en la cocina acomodándose el reloj.

Sara le entregó la camisa todavía tibia.

Él se la puso frente al vidrio oscuro del microondas.

—¿Otra vez arroz?

—Ayer dijiste que querías comer más sano.

—Comer sano no es comer lo mismo siempre.

Ella cerró el recipiente azul.

—También lleva pollo. Y te puse la salsa aparte.

Javier se sirvió café. La miró de arriba abajo mientras bebía.

Sara llevaba pantalones negros y una blusa verde que había elegido porque no necesitaba plancha. Se había recogido el cabello con una pinza. Una pequeña mancha de pasta dental le aclaraba el hombro.

—¿Vas a ir así?

Sara bajó la vista.

—¿Qué tengo?

—Nada. Ese es el problema.

Liliana entró buscando una hoja para una autorización escolar. Javier cambió de tono con facilidad.

—Buenos días, princesa.

Le besó la frente.

Sara frotó la mancha con un trapo húmedo.

• • •

A los cuarenta años, su cuerpo conservaba señales que ella podía asociar con fechas.

Una cicatriz baja: el nacimiento de Liliana.

Estrías claras a los lados: los últimos meses del embarazo de Ángel.

El peso que no había perdido entre una lactancia, noches interrumpidas y temporadas en que almorzaba de pie mientras guardaba los platos.

Antes podía mirar esas marcas con cierta ternura.

Ahora se examinaba con las frases de Javier.

Te estás dejando.

Con media hora diaria bastaría.

Otras mujeres tienen hijos y siguen bien.

Las decía al verla vestirse, durante la cena, al pasar frente a una mujer delgada por la calle.

Sara había comprado unos tenis para caminar.

Seguían en su caja porque la semana en que los estrenó Ángel tuvo fiebre; después llegaron los exámenes; después Javier necesitó que lo acompañara a una cena con clientes.

Aquella mañana volvió a prometerse que saldría al regresar del trabajo.

Entonces Liliana recordó que necesitaba una maqueta para el viernes.

• • •

—Hoy voy a salir tarde —anunció Javier.

—¿Qué tan tarde?

—No sé. Clientes.

—Mañana Ángel tiene cita con el dentista a las seis. Pensé que podrías llevarlo mientras yo recojo a Liliana del taller—

—Sara, no puedo detener una negociación por un diente de leche.

Ella levantó el recipiente azul.

—Tu comida.

Javier lo metió en el portafolio sin mirarla.

Al despedirse besó a los niños. Sara esperó junto a la puerta con la mano apoyada en el marco.

Él pasó frente a ella.

—Y compra café. Este está horrible.

El automóvil salió de la cochera.

Sara permaneció allí unos segundos.

—Mamá —dijo Ángel—, ya encontré mis zapatos.

Se dio vuelta.

—Qué bueno, mi amor.

Uno de los zapatos tenía una pieza de construcción adentro.

• • •

En el salón de clases, Sara dibujó dos círculos en el pizarrón.

—Una necesidad y un deseo no siempre son lo mismo.

Un estudiante de la última fila levantó la mano.

—¿Como necesitar un teléfono y querer uno carísimo?

—Exactamente.

Explicó segmentación de mercado, percepción de valor, promesas de marca. Caminó entre las filas, escuchó ejemplos, corrigió una confusión sin hacer sentir torpe a nadie.

Allí su voz salía firme.

Una alumna se acercó al terminar.

—Maestra, ¿usted trabajó en publicidad?

—Sí, hace años.

—Se nota. Mi prima está en una agencia y explica todo bien complicado. Usted hace que parezca fácil.

Sara sonrió.

La muchacha se fue y ella guardó los marcadores lentamente, prolongando el pequeño placer de haber sido vista en algo que sabía hacer.

Su teléfono vibró.

Javier: Me mandaste tortillas de ayer.

Sara escribió una disculpa.

La borró.

Comenzó otra: Las calenté esta mañana.

También la borró.

Al final respondió:

Perdón. Mañana te pongo otras.

En la sala de maestros, Mariela le apartó una silla.

—Te guardé una quesadilla.

—No, gracias.

—¿Ya comiste?

—Desayuné.

Mariela miró el reloj: doce con cuarenta.

—Eso fue hace una vida.

Sara abrió su bolso y sacó una manzana golpeada. Era la que Ángel había rechazado.

—Traigo esto.

Su amiga la observó sin insistir.

—El sábado iremos a desayunar Verónica y yo. Vente.

—Tengo que limpiar.

—La casa puede esperar dos horas.

—Y Javier quizá quiera que salgamos.

Mariela apoyó los codos en la mesa.

—Pues que quiera hoy, para que puedas organizarte.

Sara soltó una risa breve.

Le costaba explicar que Javier no acostumbraba organizar los fines de semana con anticipación. Si ella hacía planes, él podía decidir justo ese día que necesitaban visitar a su madre, ir por un mueble o comer con algún colega.

Entonces Sara cancelaba.

Mariela empujó el plato hasta dejarlo a mitad de la mesa.

—Por si cambias de opinión.

Sara comió un trozo cuando su amiga se levantó a buscar café.

Después otro.

Le supieron bien. La culpa llegó antes de terminar.

A las cuatro, mientras doblaba uniformes, recibió una llamada de Patricia, asistente de Javier.

—Perdón por molestarte, Sara. ¿De casualidad tienes la carpeta gris del fraccionamiento Los Olivos?

Miró el escritorio del comedor.

La carpeta estaba debajo de una revista de automóviles.

—Aquí la tengo.

—Ay, gracias. La necesitan para cerrar una operación.

Sara calculó el tiempo: recoger a Liliana del taller de dibujo, llevar la carpeta a la oficina y volver por Ángel, que se había quedado jugando en casa de un compañero. La cita del dentista era al día siguiente; ese pendiente todavía le concedía una noche.

—Puedo llevarla en unos veinte minutos.

—Nos salvas.

La frase la acompañó hasta el coche.

Era agradable salvar a alguien y que lo dijera.

• • •

En la oficina de bienes raíces olía a ambientador de bambú.

Patricia recibió la carpeta con alivio.

—Javier salió, pero regreso esto al expediente de una vez.

—¿Tardará?

—No creo.

Sara acomodó la correa del bolso.

—Le dejé comida. ¿Puedo recoger el recipiente? Luego se le queda aquí y…

—Claro. Debe estar en la cocineta.

Había ido muchas veces. Conocía la mesa alta, la cafetera de cápsulas, la ventana que daba al estacionamiento.

El recipiente azul estaba en el escurridor.

Vacío.

Sara lo tomó y sonrió apenas. Quizá el mensaje de las tortillas había sido una tontería. Quizá sí había comido bien.

Buscó la tapa.

No estaba entre los platos.

Se inclinó hacia el bote de basura porque a veces Javier la dejaba dentro de una servilleta y alguien la tiraba sin darse cuenta.

El pollo estaba allí.

La pieza completa, con las marcas doradas de la sartén.

Debajo había arroz con zanahoria y chícharos. A un lado, las tortillas seguían envueltas.

Sara dejó de buscar la tapa.

Reconoció una tira de pimiento que había cortado mientras escuchaba a Ángel hablar de caracoles.

Desde la recepción llegaban las teclas de Patricia.

Sara sostuvo el recipiente contra el vientre. Le pareció absurdo que estuviera lavado. Alguien había dedicado tiempo a borrar del plástico una comida que ella había preparado antes de que amaneciera.

La tapa apareció detrás del microondas.

La colocó sin hacer ruido.

• • •

Javier entró cuando ella salía de la cocineta.

Traía una bolsa de un restaurante.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a traer la carpeta.

—Podrías haberme avisado.

Sara miró la bolsa.

—¿No te gustó la comida?

Él siguió su mirada y luego miró el recipiente.

—Tenía una reunión. Pedimos algo.

—La tiraste.

Javier bajó la voz.

—No empieces aquí.

Patricia dejó de escribir.

Sara sintió que la cara se le calentaba.

—Podías habérmela devuelto.

—¿Para qué? ¿Para que te la comieras tú?

La mirada de él bajó hacia su cintura.

Lo dijo suavemente, casi con cansancio.

Apretó la correa del bolso hasta que le dolieron los dedos.

—Tengo que recoger a Ángel.

—Bueno. Entonces ve.

En el estacionamiento se sentó al volante y colocó el recipiente en el asiento de al lado.

Tenía quince minutos para recoger a su hijo.

Lloró durante tres.

• • •

Esa noche Javier regresó después de las once.

Sara estaba revisando tareas en la mesa del comedor. Había dejado su cena tapada sobre la estufa.

Él se acercó y le puso una mano en el hombro.

Sara levantó la cara con una esperanza tan rápida que después le dio vergüenza.

—No hagas escenas en mi oficina —dijo él—. Me haces quedar mal.

Ella dejó el bolígrafo.

—No hice una escena.

—Pues Patricia estaba ahí.

Javier abrió el refrigerador.

La tinta había dejado una raya roja en su dedo. La frotó sin conseguir borrarla.

—Mañana no te preparo comida.

Él cerró la puerta.

—Como quieras.

Fue a bañarse.

Sara permaneció sentada. Había dicho una frase pequeña, pero le latía el corazón como si hubiera roto algo costoso.

Al recoger la mesa encontró, entre las tareas de sus estudiantes, una hoja de Ángel.

Era un dibujo de cuatro personas frente a una casa. Javier tenía piernas larguísimas. Liliana llevaba una corona. Ángel sostenía su dinosaurio.

Sara tenía seis brazos.

Cuando le había preguntado por qué, el niño contestó:

—Porque tú haces muchas cosas.

Acomodó el dibujo dentro de su bolso.

Después fue a la cocina.

Abrió el refrigerador y sacó dos recipientes: el amarillo y el rojo.

Preparó los almuerzos de sus hijos.

El azul quedó en el escurridor.