Capítulo 2 de 20

La casilla de contacto de emergencia

El formulario del dentista tenía una pregunta que Sara no supo contestar sin mentir.

Persona a quien llamar en caso de emergencia.

Escribió el nombre de Javier por costumbre. Después miró el teléfono, donde seguía sin respuesta un mensaje enviado cuarenta minutos antes.

¿Puedes recoger a Liliana? Vamos retrasados.

Ángel estaba sentado junto a ella, apretando un dinosaurio de plástico.

—¿Me van a quitar todos los dientes?

—Solo van a revisar el que te duele.

—¿Y si se les va la mano?

Sara dejó de escribir para mirarlo.

—Voy a estar contigo.

El niño asintió, satisfecho con una garantía que no necesitaba más explicaciones.

Ella volvió al formulario. Debajo del nombre de Javier escribió el número de Mariela como segundo contacto.

• • •

Aquella mañana, la siguiente a la visita a la oficina, había preparado únicamente dos almuerzos.

Javier abrió el refrigerador, movió un frasco de mostaza y preguntó:

—¿Y lo mío?

Sara estaba trenzando el cabello de Liliana.

—Ayer te dije que no iba a prepararte comida.

Él cerró la puerta con fuerza.

La niña levantó los ojos hacia el rostro de su madre, reflejado en el vidrio de la ventana.

—Me estás jalando.

—Perdón, mi amor.

Sara aflojó los dedos.

Javier soltó una risa sin alegría.

—Qué manera de hacer un drama por unas sobras.

Sara quiso recordarle que no habían sido sobras. Había cocinado para él, separado la salsa, calentado las tortillas. Pero Liliana tenía la espalda demasiado recta y Ángel había dejado de balancear los pies debajo de la mesa.

—Puedes comprar algo —dijo.

—Claro. Para eso trabajo.

Antes de salir tomó una manzana del frutero.

La misma clase de manzana que ella había comido el día anterior como almuerzo completo.

• • •

En la escuela, Sara descubrió que había olvidado imprimir una rúbrica.

No era grave. Podía proyectarla.

Sin embargo, se quedó mirando la pantalla de su computadora con una irritación desproporcionada. Había recordado el medicamento de Ángel, la autorización de Liliana, el recibo del agua y una cita de Javier con el mecánico. La hoja necesaria para su propia clase era lo que había quedado fuera.

Mariela la encontró buscando el archivo.

—Traes cara de haber discutido con una impresora.

—Todavía no. Dale cinco minutos.

Su amiga dejó una taza de café junto al teclado.

Sara quiso agradecerle y terminó contando lo del recipiente azul.

Lo dijo deprisa, como si necesitara reducir la importancia del hecho antes de que alguien más lo escuchara.

—Quizá no tenía hambre. Lo que me molestó fue encontrarlo ahí. Y luego hizo un comentario…

Mariela acercó una silla.

—¿Qué comentario?

Sara miró hacia la puerta.

—Que para qué iba a devolverme la comida. Que si quería comérmela yo.

Mariela esperó.

—Mirándome —añadió Sara, tocándose el abdomen.

Su amiga no hizo el gesto de sorpresa que ella esperaba.

Eso le dolió de una manera distinta.

—¿Desde cuándo te habla así?

—No siempre.

—Te pregunté desde cuándo.

Sara deslizó el dedo sobre una esquina levantada de la computadora.

—Desde que nació Ángel se puso más… exigente.

—Ángel tiene seis años.

En el pasillo sonó el timbre.

Sara se levantó con una rapidez agradecida.

—Tengo clase.

Mariela no la detuvo.

—El sábado te guardamos un lugar —dijo.

• • •

El dentista encontró una caries pequeña.

Ángel soportó la revisión con los ojos cerrados y una mano aferrada a la de Sara. Cuando terminaron, pidió saber si había sido valiente o solamente quieto.

—Las dos cosas —respondió ella.

Al salir había tres llamadas perdidas de Liliana.

Sara marcó de inmediato.

—¿Dónde estás?

—Con la maestra del taller. Ya todos se fueron.

—Voy para allá.

—¿Mi papá no viene?

Sara miró el último mensaje enviado a Javier. Ahora aparecía como leído.

—Voy yo, mi amor. Espérame adentro.

Condujo sintiendo las uñas contra el volante.

Ángel hablaba del instrumento que succionaba saliva. Quería uno para rescatar insectos de las albercas.

Sara le contestaba mientras calculaba cuánto tiempo llevaba Liliana esperando.

Cuando llegó, su hija estaba sentada en la recepción con la mochila entre las rodillas.

La maestra sonrió con cansancio.

—No se preocupe. Nos quedamos juntas.

Sara se disculpó dos veces.

Liliana subió al coche sin reclamar.

Eso empeoró todo.

Javier llegó a casa a las nueve y media.

Los niños estaban cenando.

—¿Por qué no recogiste a Liliana? —preguntó Sara.

Él dejó las llaves sobre la barra.

—Estaba ocupado.

—Te escribí desde el consultorio.

—Y yo estaba mostrando una casa.

Liliana bajó la cuchara.

—La maestra cerró después por mí.

Javier se volvió hacia ella.

—Bueno, pero tu mamá llegó, ¿no?

La niña asintió.

Él abrió una botella de agua. El asunto parecía resuelto para él.

Sara llevó los platos al fregadero porque necesitaba mover las manos.

Desde allí escuchó a Javier preguntar por el diente de Ángel, bromear con el dinosaurio y prometer que algún día irían a un parque de diversiones.

El niño se iluminó.

Sara apoyó ambas palmas en el borde del fregadero.

Quería que sus hijos tuvieran esos momentos con su padre. Quería que los disfrutaran sin hacer cuentas. También quería que las promesas no terminaran convirtiéndose en otra tarea suya.

• • •

Después de acostarlos, fue al dormitorio.

Javier estaba sentado en la cama mirando videos. En la pantalla apareció una mujer haciendo ejercicio; luego otra enseñando un vestido.

Sara tomó su camisón del cajón.

—Necesito que me ayudes más.

Él no levantó la vista.

—¿Con qué?

La pregunta era tan amplia que ella se quedó sin una respuesta breve.

—Con los niños. Con la casa. Hoy tuve que salir del dentista corriendo porque Liliana…

—Ya hablamos de eso.

—No. Me dijiste que estabas ocupado.

Javier dejó el teléfono.

—¿Y tú crees que yo no tengo presión? Si no vendo, no gano. No me pagan por ir a pararme frente a un salón.

Sara lo miró.

—No me pagan por pararme.

—Sabes a qué me refiero.

Ella sabía exactamente lo que había dicho.

Se quitó la blusa dando la espalda a la cama.

—Podrías llevarlos a la escuela dos días por semana.

Javier soltó aire por la nariz.

—Podría. También tú podrías organizarte mejor.

Sara se puso el camisón.

Él la observó entonces.

—Y usar ese tiempo para hacer algo por ti.

La frase pudo haber sido amable. Bastó la mirada para arruinarla.

• • •

Se acercó a la cama de todos modos.

Aún existían noches en que Sara buscaba al muchacho de la papelería dentro del hombre que dormía a su lado. A veces lo encontraba durante un minuto: una mano en la espalda, una broma antigua, una manera de pronunciar su nombre.

Se acostó junto a él y le tocó el brazo.

Javier respondió al contacto. Durante unos instantes ella sintió alivio, y ese alivio la hizo callar lo que todavía necesitaba decir.

Más tarde, cuando intentó besarlo, él giró la cara.

—Así no.

Sara se apartó un poco.

—¿Qué pasa?

Javier hizo un gesto hacia su cuerpo.

—Pues que las cosas cambian después de dos hijos.

Ella se cubrió con la sábana.

Él continuó, impaciente, como si estuvieran discutiendo una falla doméstica:

—Estás aguada, Sara. Ya no se siente igual. Podrías preguntar qué se hace para eso.

El ruido del ventilador llenó el dormitorio.

Sara tenía una mano debajo de la sábana, cerrada sobre la tela.

—No me hables así.

Javier volvió a tomar el teléfono.

—Luego quieres que te diga la verdad y te ofendes.

Ella se levantó.

En el baño abrió el grifo para que el agua cubriera cualquier sonido. Se sentó sobre la tapa del inodoro y se quedó allí hasta que escuchó apagarse el televisor del dormitorio.

No recordaba cuándo había empezado a necesitar una puerta cerrada para estar triste.

• • •

El sábado fue a desayunar con sus amigas.

Salió después de barrer, dejar ropa lavándose y preparar fruta para los niños. Javier protestó desde el sofá porque había pensado llevar el coche a revisar.

—Las llaves están en la entrada —respondió Sara.

—¿Y los niños?

—Están contigo.

Lo dijo mientras se ponía los aretes, sin concederse tiempo para corregirlo.

En el restaurante, Verónica se levantó a abrazarla.

—Por fin. Ya iba a mandar imprimir tu foto en cartones de leche.

Sara se rio.

Pidieron café, huevos y pan para compartir.

Durante los primeros minutos habló de sus estudiantes. Después, Mariela preguntó cómo había seguido la semana.

Sara partió un sobre de azúcar por la mitad. El contenido cayó sobre el mantel.

—Dice que ya no le gusto.

Ninguna de las dos se apresuró a responder.

Eso le permitió continuar.

Contó lo del almuerzo. Lo de Liliana. Algunas frases del dormitorio, dejando otras dentro de la garganta.

—Yo sé que subí de peso —dijo—. Tampoco estoy ciega.

Verónica puso una servilleta sobre el azúcar derramado.

—No le debes una talla para que te respete —dijo Verónica—. Me está dando un coraje tremendo escucharte.

Por la ventana pasó una pareja cargando una caja entre los dos.

—Es mi marido.

—Ya sé que es tu marido —dijo Mariela—. No te estoy diciendo que hoy decidas nada. Estoy diciendo que eso que te dijo duele, y con razón.

Llegó la comida.

Sara sintió hambre y vergüenza al mismo tiempo.

• • •

El lunes empezó una dieta que encontró en su teléfono.

No se la contó a nadie.

Redujo comidas, se pesó por las mañanas y descargó una aplicación que celebraba cada día en que registraba menos de lo previsto. Los mensajes de felicitación le resultaron absurdamente agradables.

Al tercer día se mareó mientras explicaba un ejercicio.

Apoyó una mano en el escritorio y fingió revisar una respuesta.

Un estudiante le ofreció agua.

Esa tarde llegó a casa con hambre suficiente para que le temblaran los dedos. Comió frente al refrigerador abierto. Después guardó los envases con una prisa que parecía limpieza y era vergüenza.

Cuando Javier regresó, ella estaba lavando una cuchara.

—¿No ibas a cuidarte? —preguntó él, mirando un envoltorio sobre la barra.

Sara lo cubrió con un trapo.

—Sí.

—Pues échale ganas.

Esa noche borró el registro de la aplicación y volvió a llenarlo con cifras menores.

El teléfono la felicitó.

• • •

El jueves, Verónica le envió un mensaje sobre una vacante en una agencia.

Buscan a alguien con experiencia en marketing. Pensé en ti.

Sara abrió el enlace.

Leyó funciones, horario, sueldo. Se detuvo en una línea que pedía capacidad para desarrollar campañas y coordinar proyectos.

Recordó una presentación suya, años atrás, con el logotipo de un cliente en la esquina y su nombre en la última diapositiva.

Guardó la oferta.

Todavía no sabía qué hacer con ella.

A las seis llegó una notificación de la escuela de Liliana: había que actualizar los contactos autorizados para recoger a los alumnos.

Sara abrió el formulario.

Javier seguía registrado en primer lugar.

Debajo aparecía su nombre.

Esta vez cambió el orden.

Después añadió a Mariela.

Antes de enviar el formulario, fue al dormitorio por su teléfono de trabajo. La chaqueta de Javier estaba tirada sobre la cama; el teléfono de él vibraba dentro de un bolsillo. Al moverla para alcanzar el suyo, una tarjeta se deslizó al suelo.

Era una tarjeta negra.

Deyanira.

Un número escrito a mano.

Sara la recogió y la dejó junto al reloj de Javier.

Luego terminó el formulario de su hija.

Al pulsar «guardar», comprobó dos veces que su número hubiera quedado arriba.