Capítulo 3 de 20

Los gastos que no cabían en la cuenta

Dejó la tarjeta donde Javier pudiera encontrarla.

No debajo de nada. No junto a una nota. Sobre su reloj, con el nombre hacia arriba.

Después regresó a la cocina y sacó del congelador una bolsa de chícharos. Había decidido preparar sopa, aunque ya no recordaba si tenía fideos.

Deyanira.

Mientras abría una alacena, probó mentalmente el nombre.

Podía ser una clienta. Una propietaria. Alguien que quisiera vender una casa. Javier conocía a decenas de personas cada semana y muchas le daban sus teléfonos en papeles que terminaban en el cesto de la ropa.

Pero aquella tarjeta no tenía apellido ni dirección ni logotipo.

Solo un nombre y un número escrito con tinta violeta.

Sara encontró los fideos detrás del café.

El agua ya estaba hirviendo.

• • •

Javier llegó mientras Ángel intentaba pegar una rueda a un camión de juguete.

—Papá, ¿tienes pegamento del fuerte?

—Ahorita vemos.

El niño lo siguió hasta el dormitorio. Sara escuchó abrirse un cajón y luego la voz de Javier, más alta:

—Ve con tu mamá. Que te ayude ella.

Ángel regresó con el camión contra el pecho.

Sara puso una pequeña cantidad de pegamento sobre un plato viejo y lo ayudó a sostener la rueda.

Javier apareció en la puerta de la cocina.

—¿Estuviste revisando mis cosas?

Ella no levantó la vista.

—Levanté tu chaqueta de la cama. Se cayó una tarjeta.

—Pues déjala donde estaba.

—Eso hice.

Él miró al niño.

Sara esperó hasta que Ángel se fue a mostrarle el camión a Liliana.

—¿Quién es Deyanira?

Javier abrió el refrigerador.

—Una conocida.

—¿De dónde?

—Del trabajo.

Sacó una cerveza y buscó el destapador.

Se secó las manos en el borde del delantal y volvió a preguntar.

—¿Es una clienta?

—Sara, conozco a mucha gente. No tengo que darte una ficha de cada persona.

La chapa cayó sobre la barra.

Él bebió.

—La sopa está en la estufa —dijo ella.

No había conseguido una respuesta, pero ya estaba sirviéndole la cena.

Se dio cuenta mientras sacaba su plato.

• • •

El viernes le depositaron su sueldo.

Sara abrió la aplicación del banco y fue haciendo cuentas: colegiaturas, dentista, gas, una parte de la despensa. Quedaba menos de lo previsto porque Javier no le había transferido el dinero que acordaron para los gastos de los niños.

Le escribió.

¿Puedes pasarme lo de esta quincena? Tengo que pagar la escuela.

La respuesta llegó durante su segunda clase.

Este mes estuvo flojo. Ponlo tú y luego te repongo.

Sara cerró el mensaje.

Un estudiante le preguntó si podían usar una marca ficticia para el proyecto final.

—Sí. Pero el presupuesto tiene que ser realista.

Al decirlo sintió ganas de reírse.

• • •

En casa llevaba una hoja de cálculo con los gastos.

Javier la había celebrado al principio del matrimonio.

—Por eso me casé con una mujer preparada.

Después dejó de abrirla.

Sara continuó llenándola sola, con fechas, colores y fórmulas que mostraban exactamente cuánto faltaba. No había ninguna columna para registrar el tiempo dedicado a recordar pagos o pedir el dinero.

Aquella tarde, buscando un recibo en el correo compartido, encontró la confirmación de una compra.

Un perfume.

El precio equivalía a varios días de su trabajo.

Miró la fecha: miércoles.

Abrió el mensaje completo. La compra había sido pagada con la tarjeta de Javier en una tienda departamental.

No reconoció el nombre de la fragancia.

Se quedó esperando una explicación que no iba a aparecer debajo del importe.

Javier llegó a las siete para cambiarse.

Sara estaba sentada frente a la computadora.

—¿Compraste un perfume?

Él se quitó los zapatos.

—Sí.

Ella esperó.

—¿Para quién?

—Un regalo.

—¿Para quién, Javier?

Él la miró por fin.

—Una persona que me ayudó con una operación.

Sara giró la pantalla.

—Me dijiste que no había dinero para la escuela.

—Dije que este mes estuvo flojo. No que estuviéramos en la ruina.

—Entonces transfiéreme.

Javier se pasó una mano por el cabello.

—De verdad tienes una habilidad para recibir a alguien con problemas.

La aplicación del banco siguió abierta. No retiró la computadora de la mesa.

Él sacó su teléfono con fastidio. La transferencia llegó un minuto después.

No era la cantidad completa.

Ella estuvo a punto de reclamar la diferencia, pero Javier ya se había encerrado en el baño.

En la pantalla, el perfume seguía costando más.

• • •

El domingo fueron a comer con la madre de Javier.

Teresa tenía una casa pequeña, impecable, donde Sara se levantaba siempre antes de que alguien tuviera que pedirle ayuda.

Ese día también lo hizo.

Recogió platos, envolvió tortillas, limpió una mancha de refresco que Ángel dejó junto a su vaso.

Javier hablaba de una propiedad de lujo.

—Tres recámaras, roof garden, acabados de primera. La pareja llegó y la señora se enamoró de la cocina.

—Así son las mujeres —dijo Teresa—. Una buena cocina y ya las tienes contentas.

Sara entró con la jarra de agua.

—Depende de la mujer.

Su suegra sonrió.

—Tú sí sabes hacer un hogar.

Sara sirvió los vasos. Años atrás, aquel elogio la habría acompañado toda la tarde.

Ahora se preguntó si alguien en esa mesa sabía algo más de ella.

• • •

Mientras los niños jugaban en el patio, Teresa la llamó a la cocina.

—Te noto seria.

—Estoy cansada.

—Pues cuídate, hija. Te estás viendo desmejorada.

Sara dejó una fuente en el escurridor.

—He tenido mucho trabajo.

Teresa bajó la voz.

—Javier también. Y los hombres, con tanta presión, necesitan llegar a una casa tranquila.

Sara miró las manos de su suegra. Una articulación hinchada le deformaba un dedo. Recordó cuántas veces Teresa había servido la comida esperando a un marido que llegaba tarde y de mal humor.

—Yo también necesito tranquilidad —dijo.

La mujer frunció apenas los labios.

—Claro. Pero tú sabes llevarlo.

Desde la sala, Javier pidió café.

Teresa volvió la cabeza.

Sara tomó su bolso del respaldo de una silla.

—Ahora lo preparo —dijo su suegra.

• • •

El martes, Mariela la encontró comiendo galletas detrás de un archivero de la sala de maestros.

Sara cerró el paquete.

—No alcancé a desayunar.

Su amiga acercó una silla.

—Ven, siéntate acá conmigo. Si alguien pregunta, estamos conspirando contra la impresora.

—No me estoy escondiendo.

Ambas miraron el archivero.

Sara soltó una risa incómoda.

Luego empezó a llorar sin haber decidido hacerlo.

Mariela se quedó a su lado mientras ella buscaba pañuelos.

—Estoy haciendo todo mal —dijo Sara—. Intento cuidarme y termino comiendo cualquier cosa. Me enojo con los niños. No duermo. Y él me ve como si le diera vergüenza.

—¿Qué estás comiendo durante el día?

Sara evitó responder.

Al cabo de un rato, Sara contó lo que no había querido responder.

Le habló de una psicóloga a la que había acudido su hermana. Le ofreció el contacto, sin convertirlo en una tarea.

—Puedes escribirle y preguntar. No tienes que resolver nada hoy.

Sara guardó el número.

Durante unos minutos permanecieron sentadas sin hablar.

Antes de entrar a clase, Sara terminó las galletas.

• • •

Esa noche buscó a la psicóloga.

Escribió: Buenas noches. Quisiera información sobre una consulta.

Se quedó mirando la frase.

Le pareció demasiado formal para el desastre que sentía dentro.

Aun así, la envió.

Después abrió la vacante que Verónica le había compartido. El anuncio seguía disponible.

Sacó de una carpeta su viejo currículum.

La fotografía era de una mujer de veintinueve años, con el cabello suelto y una blusa blanca. Sara recordó el día en que la tomaron. Había escogido esa ropa para parecer competente; no había pensado en esconder ninguna parte de su cuerpo.

Actualizó su edad.

Añadió los años de docencia.

Al llegar al apartado de experiencia profesional, dudó. Había pasado demasiado tiempo desde su último empleo en marketing.

Escribió, de todos modos, los proyectos que recordaba.

A mitad de una frase escuchó entrar a Javier.

Cerró la computadora.

No supo explicar por qué.

• • •

Él dejó las llaves y salió al patio con el teléfono.

Sara fue a cerrar la puerta de la cocina para que no entraran mosquitos.

Lo oyó reír.

Una risa ligera, paciente.

—No, preciosa. El viernes sí puedo.

Sara dejó la mano sobre el picaporte.

Javier estaba de espaldas, junto a la maceta de limonero que nunca había regado.

—Te lo llevo yo. Pero me debes una cena.

Se volvió y la vio.

La sonrisa desapareció.

—Luego hablamos —dijo al teléfono.

Sara no retrocedió.

—¿Otra clienta?

Javier pasó junto a ella.

—No empieces con tus celos.

—Te escuché.

—Escuchaste lo que quisiste.

Él entró al dormitorio.

Sara permaneció junto a la puerta abierta hasta que un mosquito se le posó en el brazo.

Lo espantó demasiado tarde.

• • •

El viernes Javier dijo que tendría una cena de negocios.

Sara asintió.

Durante toda la tarde había pensado en seguirlo. Le avergonzaba la idea, pero también la facilidad con la que él podía negar cualquier cosa y dejarla a ella defendiendo lo que había visto u oído.

No lo siguió.

Acostó a los niños.

Revisó tres trabajos.

Abrió el currículum.

A las once y cuarenta, su teléfono vibró.

Era un mensaje de Claudia, una antigua compañera de universidad con quien apenas intercambiaba felicitaciones de cumpleaños.

Sara, necesito preguntarte algo incómodo.

Debajo apareció una fotografía.

Javier estaba sentado en un restaurante. Una muchacha ocupaba la silla junto a él, tan cerca que sus hombros se tocaban. Llevaba un vestido rojo y una bolsa pequeña sobre las piernas.

Él tenía la mano sobre la rodilla de ella.

Sara amplió la imagen.

Reconoció el reloj.

La camisa que había planchado esa mañana.

La expresión de Javier: atento, entretenido, inclinado hacia la muchacha como si nada en el resto del restaurante mereciera distraerlo.

Claudia escribió otra vez.

Estoy en la mesa de enfrente. ¿Ustedes siguen juntos? No sabía si decirte.

Sara apoyó el teléfono sobre la mesa.

La pantalla se apagó.

Volvió a encenderla para mirar la fotografía.

No lloró de inmediato.

Fue al refrigerador, tomó agua y regresó. Tenía la boca seca.

Después contestó:

Sí. Seguimos casados.

Claudia llamó.

Sara rechazó la llamada porque Ángel acababa de moverse en su cama y no quería que la escuchara.

Escribió:

Gracias por avisarme. Mañana hablamos.

• • •

Javier llegó después de la una.

Sara estaba sentada en el comedor, con la luz encendida.

Él la miró y luego vio el teléfono.

—¿Qué pasó?

Ella puso la fotografía frente a él.

Javier no la tomó.

Durante unos segundos, ambos miraron la pantalla.

—¿Quién te mandó eso?

Sara levantó la cara.

Había imaginado que negaría ser él, que explicaría un malentendido, que pediría perdón. La pregunta la dejó extrañamente quieta.

—¿Es Deyanira?

Javier se quitó el reloj.

—Baja la voz. Vas a despertar a los niños.

Sara miró el objeto que él acababa de dejar sobre la mesa.

Luego volvió a la fotografía.

—¿Es Deyanira? —repitió.

Él apartó una silla, pero no se sentó.

—Tenemos que hablar.

Sara apoyó los pies en el suelo. El camisón se le había subido sobre las rodillas y lo acomodó despacio.

—Entonces habla.

Por una vez, Javier no encontró una respuesta rápida.