Capítulo 4 de 20
La maleta que estorbaba en el pasillo
Javier tomó el teléfono de Sara y amplió la fotografía con dos dedos.
Estudió el encuadre, las mesas del fondo, una parte del vestido rojo.
—¿Fue Claudia?
Sara le quitó el aparato.
—Eso no importa.
Él se pasó una mano por la boca. Llevaba la camisa abierta en el cuello y una pequeña mancha de salsa cerca del último botón.
—Sí. Es Deyanira.
Sara había esperado aquella respuesta durante días. Escucharla no le produjo alivio. Le dejó las manos frías.
—¿Desde cuándo?
Javier apartó la silla y se sentó.
—No hagamos un interrogatorio.
—¿Desde cuándo?
Él miró hacia el pasillo.
—Unos meses.
Sara intentó recordar qué había pasado durante esos meses. El cumpleaños de Ángel. Una infección de garganta de Liliana. La tarde en que el refrigerador dejó de enfriar y ella tuvo que pedirle prestado dinero a Mariela para pagar la reparación.
Javier había estado allí, entrando y saliendo, comiendo lo que ella preparaba, durmiendo a su lado.
—¿Cuántos?
—Sara…
—Necesito saber cuánto tiempo llevas acostándote conmigo y con ella.
Javier bajó los ojos.
La palabra, dicha por ella, parecía incomodarlo más que los hechos.
• • •
La casa emitía sus pequeños ruidos nocturnos: el motor del refrigerador, un goteo en el patio, Ángel hablando dormido.
Sara se volvió hacia el pasillo.
Esperó hasta que su hijo quedó en silencio.
—¿Quién es?
—Ya sabes su nombre.
—Quiero saber quién es.
Javier movió el reloj sobre la mesa.
—Tiene veinte años.
Sara lo miró.
Al principio creyó haber oído mal.
Veinte.
La edad de algunas de sus alumnas. Una edad a la que ella todavía vivía con sus padres, tomaba el autobús para ir a la universidad y guardaba el número de Javier entre las páginas de un libro.
—¿Veinte?
—Es mayor de edad.
—No te pregunté eso.
Él enderezó la espalda.
—Con ella puedo estar tranquilo. No tengo que llegar y encontrar una lista de problemas.
Sara miró alrededor: una mochila junto a la pared, los colores de Liliana sobre el aparador, un recibo pendiente debajo del frutero.
—¿Dónde la conociste?
Javier tardó en responder.
—En un club.
—¿Qué club?
—Uno de esos lugares donde vamos a veces con los clientes.
Sara entendió antes de que él terminara de explicarlo.
—¿Un table dance?
Javier hizo un gesto de fastidio.
—Trabaja ahí. ¿Y qué?
Sara bajó la mirada hacia sus propias manos.
Durante años había usado su historia como una promesa de seguridad: un solo novio, un matrimonio, una vida compartida. Había esperado porque así quería vivir su intimidad. Había creído que Javier entendía el valor que eso tenía para ella.
Ahora él hablaba de una muchacha a la que compraba perfumes mientras regateaba los gastos escolares.
—Yo te elegí para toda mi vida —dijo.
Javier se quedó callado.
• • •
La conversación se rompió en preguntas que él respondía a medias.
¿Había otras?
—No —respondió Javier después de una pausa—. No había otras.
Sara no supo si creerle. La conversación ya no podía devolverse al punto donde una respuesta suya bastaba para tranquilizarla.
¿Deyanira sabía que estaba casado?
—Sabe mi situación.
¿Cuál situación?
Javier respiró hondo.
—Que las cosas entre nosotros llevan mucho tiempo mal.
Sara se levantó.
Necesitaba estar de pie para escuchar aquello.
—¿Y cuándo me dijiste que llevaban mal?
—Lo hemos hablado mil veces.
—Me dijiste que estaba gorda. Que me organizaba mal. Que ya no te gustaba mi cuerpo. Eso no es hablar de nuestro matrimonio.
Él se frotó la frente.
—No te hagas la sorprendida. Casi no tenemos vida juntos.
—Tenemos dos hijos juntos.
—Precisamente. Todo son los niños, la escuela, los pendientes.
Sara abrió la boca y luego la cerró.
En el dormitorio, la ropa de Javier estaba limpia. En el refrigerador había comida para el día siguiente. Su cita con el mecánico figuraba en el calendario de ella.
No sabía por cuál de esas cosas empezar.
• • •
—¿Qué quieres hacer? —preguntó al fin.
Javier miró el pasillo otra vez.
—Irme un tiempo.
Sara sintió el impulso de decir que no. La palabra llegó hasta su lengua, junto con una lista de ofertas: podían buscar ayuda, salir juntos, ella podía adelgazar, cambiar de ropa, acostar antes a los niños.
Le dio vergüenza reconocer cuántas soluciones dependían, en su cabeza, de corregirse ella.
—¿Con Deyanira?
Él no respondió enseguida.
Fue suficiente.
Sara se sujetó del respaldo de una silla.
—¿Y tus hijos?
—Voy a seguir viéndolos.
—¿Cuándo?
—Nos organizamos.
—¿Quién va a explicárselo?
Javier miró el reloj del microondas.
—Mañana.
Eran las dos con ocho.
Sara pensó que ya era mañana.
• • •
No durmió.
Se acostó junto a Liliana después de oírla toser y permaneció en el borde de la cama, cuidando no despertarla.
Su hija tenía una mano debajo de la mejilla. El esmalte rosa que se había puesto el domingo estaba saltado en dos uñas.
Sara recordó a Javier sosteniéndola recién nacida, aterrado de hacerle daño. Recordó una fotografía de los tres en el hospital. Ella llevaba el cabello pegado a la frente y una felicidad que nunca había puesto en duda.
Quiso regresar a ese cuarto.
Quiso encontrar en algún detalle el momento exacto en que lo habían perdido.
A las cinco se levantó para ir al baño.
Javier dormía en su cama.
La maleta salió del armario a las ocho y media.
Era grande, gris, con una rueda que se atoraba.
Sara la vio desde la cocina mientras calentaba leche.
Habían usado esa maleta en su viaje de bodas. Después, durante años, sirvió para guardar cobijas.
Javier puso encima de la cama camisas, pantalones, una bolsa con zapatos.
—¿Dónde están mis playeras negras?
Sara sostuvo la cuchara dentro de la olla.
—En tu cajón.
—Solo hay dos.
Las otras estaban en el tendedero.
Ella estuvo a punto de decirlo. De ir por ellas. De doblarlas para que él pudiera marcharse con todo en orden.
Apagó la estufa.
—Busca.
Javier apareció en la puerta y la miró, sorprendido por una palabra que no acostumbraba recibir de ella.
Ángel entró detrás.
—¿Vamos de viaje?
Sara dejó la cuchara.
• • •
Se sentaron con los niños en la sala.
Javier eligió el sillón individual. Sara quedó junto a Liliana y Ángel, que tenía el dinosaurio entre las piernas.
—Su mamá y yo vamos a vivir en casas diferentes por un tiempo —dijo Javier.
Liliana miró primero a él y luego a Sara.
—¿Se van a divorciar?
Javier se movió en el asiento.
—Todavía no sabemos.
Sara sintió que su hija necesitaba algo más firme que aquello.
—Ahora sabemos que papá se va a vivir a otro lugar —dijo—. Ustedes se quedan aquí conmigo. Van a seguir yendo a su escuela.
Ángel frunció la cara.
—¿Porque rompí el control?
—No, mi amor. No tiene nada que ver contigo.
—Yo dije que fue un accidente.
Sara lo acercó a su cuerpo.
—Te creímos. Esto es un asunto de adultos.
Liliana mantenía las manos sobre las rodillas.
—¿Dónde vas a vivir?
—Después les enseño —respondió Javier.
La niña no volvió a preguntar.
• • •
Javier sacó la maleta poco antes del mediodía.
La rueda defectuosa golpeó el marco y la dejó atravesada en el pasillo.
—Ayúdame a pasarla —le dijo a Sara.
La maleta dejaba libre un hueco demasiado estrecho entre la pared y el asa.
—Levántala.
Él lo hizo.
Ángel corrió detrás cuando abrió la puerta.
—¿Vienes mañana?
Javier se agachó.
—Te llamo, campeón.
—Pero ¿vienes?
—Voy a intentar.
Sara escuchó aquella respuesta y supo quién tendría que sostener la espera.
Liliana se quedó en el sofá.
Javier fue a besarla. Ella ofreció la mejilla sin levantarse.
Después él salió.
El automóvil arrancó mientras Ángel todavía estaba en la puerta.
• • •
Sara preparó quesadillas.
Quemó la primera.
Tiró la segunda porque también se quemó mientras buscaba platos.
Liliana se acercó y bajó la flama.
—Está muy fuerte, mamá.
Sara miró la perilla.
—Sí. Gracias.
Comieron en la mesa pequeña de la cocina. Ángel preguntó si su papá tendría televisión en la otra casa.
Sara dijo que probablemente.
Liliana retiró la orilla tostada de su tortilla.
—¿Se fue porque tú no le pusiste comida?
Sara levantó la cabeza.
—No.
—Porque ese día se enojó.
Sara dejó su plato.
—Escúchame, mi amor. Yo no tengo que prepararle comida a alguien para que se quede con nosotros. Y tú tampoco tienes que hacer nada para que papá te quiera.
Liliana la miró con atención.
—¿Entonces por qué se fue?
Sara acarició el borde de la mesa.
—Porque tomó una decisión de adulto. Yo también estoy tratando de entenderla. Tú no causaste esto, Liliana.
• • •
A las tres llamó a Mariela.
Cuando su amiga contestó, Sara solo consiguió decir:
—Se fue.
Mariela llegó veinte minutos después con pan, una bolsa de mandarinas y su cargador del teléfono.
No preguntó dónde poner las cosas.
Se lavó las manos, cortó fruta para los niños y se sentó junto a Sara.
—¿Desde cuándo sabes?
Sara empezó por la fotografía.
Terminó hablando de Deyanira.
—Veinte años —dijo—. Yo tengo cuarenta.
Mariela dejó de pelar una mandarina.
—Qué barbaridad, Sara. Ven acá.
La abrazó antes de buscar otra cosa que decir.
Después mencionó el club, la tarjeta, el perfume. La voz se le quebró al recordar que había pagado sola el dentista.
—Me dejó por una mujer de un table. Yo hice todo para…
No pudo terminar.
Mariela le acercó un pañuelo.
—Entiendo lo que te duele. Pero ella no hizo los votos contigo. Javier sí.
Sara se limpió la nariz.
No quería absolver a nadie. Tampoco tenía fuerzas para sostener toda su rabia.
—Me siento usada —dijo.
Mariela le tomó la mano.
Esta vez Sara no añadió ninguna excusa por él.
• • •
Al anochecer, Verónica llegó para llevar a los niños por un helado.
Sara quiso protestar porque todavía no habían hecho la tarea.
—Es sábado —le recordó Liliana.
Había perdido incluso la cuenta de los días.
Cuando cerraron la puerta, se quedó sentada junto a Mariela.
El teléfono vibró.
Javier: Dejé unos documentos en el cajón del comedor. No los muevas.
Sara leyó el mensaje dos veces.
Después escribió:
Los niños necesitan saber cuándo vas a verlos. También tenemos que acordar sus gastos.
Él no respondió.
Sara puso el aparato boca abajo.
En la pantalla de la computadora seguía abierto su currículum. Desde allí podía ver la fotografía antigua, el encabezado con su nombre y una frase incompleta en el apartado de experiencia.
Mariela miró el documento, pero no dijo nada.
Sara tampoco se acercó a terminarlo.
Fue al dormitorio, abrió el armario y encontró varios ganchos vacíos. Se sentó en el suelo, entre un zapato de Javier y una bufanda suya que había caído.
Lloró por el hombre que se había ido y por el que llevaba años esperando que volviera.
Cuando Mariela tocó la puerta, Sara levantó apenas la cara.
—Quédate hasta que se duerman los niños.
—Sí —respondió su amiga.
Sara recogió la bufanda.
El zapato quedó donde estaba.
• • •
Al día siguiente, Sara insistió por mensaje en hablar de los gastos. Javier aceptó enviar ocho mil pesos por quincena para las necesidades habituales de los niños y cubrir la mitad de los gastos escolares y médicos extraordinarios. Ella anotó lo hablado y se lo mandó. Él respondió «sí». Era un acuerdo provisional, sin revisar todavía todas las cuentas, pero Sara necesitaba saber con qué contaría el martes.