Capítulo 5 de 20
Las cosas que seguían venciendo
El recibo de la luz llegó el lunes.
Sara lo encontró debajo de la puerta y se quedó mirándolo con un desconcierto que habría resultado cómico en otra semana. Javier se había ido, los niños preguntaban por él y ella llevaba dos noches durmiendo por intervalos; aun así, la compañía esperaba su pago antes del jueves.
Puso el recibo sobre el refrigerador.
Luego volvió al dormitorio.
Había salido de la cama para recoger un papel y aquello ya le parecía suficiente trabajo.
• • •
A las seis y cuarenta, Liliana se asomó.
Llevaba puesta la falda del uniforme, pero todavía tenía la camiseta del pijama.
—Mamá, ¿nos vamos a levantar?
Sara abrió los ojos.
El despertador había sonado. Recordaba haberlo apagado con una convicción extraña: cinco minutos más y podría volver a ser una persona capaz de preparar desayunos.
Habían pasado cuarenta.
—Sí, mi amor. Ya voy.
Se incorporó demasiado rápido y tuvo que sujetarse del colchón.
En la cocina encontró a Ángel tratando de servir cereal. Varias hojuelas habían caído al suelo.
—No te enojes —dijo él antes de que ella hablara.
Sara miró el cereal.
—No estoy enojada contigo.
Buscó los platos, calentó leche y metió dos panes en bolsas de plástico. No cortó nada en triángulos. No escribió notas. No encontró la liga del recipiente rojo.
Salieron con ocho minutos de retraso.
En el automóvil, Ángel preguntó si podían llamar a su papá.
—Después de la escuela.
—Ayer dijiste después de cenar.
Sara apretó los labios.
Lo había dicho.
Javier no había contestado.
En su primera clase, escribió una fecha equivocada.
Un alumno se lo señaló desde la segunda fila.
—Maestra, hoy es lunes.
Ella borró el número.
Más tarde, mientras explicaba el proyecto final, perdió el hilo de una frase que había usado durante años. Miró sus apuntes, reconoció cada palabra y no supo cómo continuar.
—Trabajen en equipos —dijo—. Voy a pasar a resolver dudas.
Nadie discutió.
Sara se sentó y abrió una carpeta para parecer ocupada.
Al terminar la clase, un estudiante se acercó con una hoja.
—No vine el viernes porque operaron a mi mamá. ¿Puedo entregar después?
Sara lo miró.
El muchacho esperaba una respuesta que dependía de ella. Una respuesta sencilla.
—Sí. Envíamelo el miércoles.
—Gracias, maestra.
La gratitud le hizo sentir algo parecido al dolor. Allí todavía podía resolverle una pequeña dificultad a alguien, aunque no consiguiera recordar si había cerrado la llave del gas en casa.
• • •
Mariela le llevó un sándwich a media mañana.
—No tengo hambre —dijo Sara.
—Déjalo aquí por si te da.
La envoltura quedó sobre el escritorio.
Una hora después seguía intacta.
Sara tenía el estómago vacío y revuelto. A ratos quería comer todo lo que encontraba; a ratos, masticar le parecía una exigencia insoportable.
También había dejado de abrir la aplicación de la dieta.
La última notificación decía que estaba perdiendo una racha.
La desactivó sin leer el resto.
• • •
El martes Javier mandó una fotografía de una transferencia.
Había enviado tres mil pesos, menos de la mitad de los ocho mil que confirmó el domingo para esa quincena.
Sara respondió con una lista: escuela, alimentos, dentista, transporte.
Él llamó de inmediato.
—No puedes seguir gastando como si nada hubiera pasado.
Sara estaba en el estacionamiento, esperando a que salieran los niños.
—Ellos siguen comiendo igual.
—Yo también tengo gastos ahora.
—Eso lo decidiste tú.
Hubo un silencio.
—No te pongas así. Estoy haciendo lo que puedo.
Sara vio aparecer a Liliana entre otros alumnos y bajó la voz.
—Necesitamos cantidades y fechas. No puedo estar pidiéndote cada semana.
—Luego hablamos.
La llamada terminó.
Liliana abrió la puerta del coche.
—¿Era papá?
—Sí.
—¿Va a venir?
Sara guardó el teléfono.
—Todavía no me dijo cuándo.
Su hija dejó la mochila a sus pies y miró por la ventana durante todo el trayecto.
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Por la tarde, Ángel derramó agua sobre unos trabajos.
Sara levantó las hojas y gritó antes de pensar.
—¡Te dije que no pusieras el vaso aquí!
El niño se quedó inmóvil.
La mancha se extendía sobre comentarios escritos con tinta azul.
Sara vio sus ojos y dejó los papeles.
Se agachó.
—Perdón. Te asusté.
Ángel abrazó el dinosaurio.
—¿También tú te vas a ir?
Ella sintió el golpe de la pregunta en el pecho.
—No, mi amor.
Lo acercó, pero él tardó un momento en permitir que lo abrazara.
Sara esperó.
—El agua se limpia —dijo después—. No debí gritarte así.
Esa noche puso los trabajos a secar sobre la mesa.
Dos calificaciones quedaron borrosas.
Las volvió a escribir.
• • •
El miércoles tenía una cita con la psicóloga cuyo número le había dado Mariela.
Estuvo a punto de cancelarla porque no había terminado de lavar y porque la consulta costaba dinero.
Verónica llegó a cuidar a los niños.
Traía un juego de cartas.
—Tenemos un torneo pendiente —anunció.
Ángel preguntó si había premio.
—Derecho a presumir toda la semana.
Sara buscó las llaves.
—No sé si voy a tardar mucho.
—Ve tranquila.
En el coche, antes de arrancar, escribió a Javier:
Estoy saliendo. Si necesitas hablar con los niños, llama a mi número después de las siete.
Pensó en añadir adónde iba.
Borró la frase.
• • •
El consultorio tenía un sillón verde y una planta con algunas hojas secas.
Aquello le produjo alivio. Había imaginado un lugar impecable, lleno de frases motivadoras que no tendría fuerzas para soportar.
La psicóloga se llamaba Elisa.
—¿Qué te hizo pedir la cita?
Sara acomodó su bolso entre los pies.
—Mi marido se fue con otra mujer.
Elisa esperó.
—Pero creo que el problema soy yo —añadió Sara.
—¿Qué te hace pensar eso?
La respuesta salió organizada, casi como una exposición: había subido de peso, se había descuidado, no tenía tiempo, discutía por dinero, estaba siempre cansada.
Cuando terminó, Elisa miró sus notas.
—Me has contado lo que él te reclamaba. Quisiera saber qué te pasaba a ti.
Sara abrió la boca.
La cerró.
Por la ventana se veía una pared de ladrillo.
• • •
Habló del recipiente azul.
Del cuerpo después de los embarazos.
De las frases que escuchaba al vestirse y en la cama.
Algunas las dijo mirando el suelo. Otras no logró repetirlas completas.
—Yo quería hacerlo bien —explicó—. Tener una familia. Un solo hombre. Envejecer con él.
—Ese deseo tenía mucho valor para ti.
Sara asintió.
—Esperé hasta casarme. Él fue el único. Y ahora siento que fui una tonta.
Elisa no intentó convencerla de que debía alegrarse por la separación.
—Elegiste conforme a lo que querías y creías entonces. Que él te haya lastimado no vuelve ridícula esa elección.
Sara pasó el pulgar por la costura de su bolso.
Nunca había pensado que podía conservar algo de su historia sin tener que defender a Javier.
• • •
Después hablaron de la comida.
Sara contó las dietas, los días de restricción y los momentos en que comía deprisa, de pie, escondiendo luego las envolturas.
Elisa preguntó desde cuándo ocurría y cómo se sentía después.
Sara respondió con más vergüenza que cuando habló de la infidelidad.
—No tengo fuerza de voluntad.
—Quiero que revisemos esos episodios con cuidado —dijo Elisa—. Qué pasa antes, cuánto estás comiendo durante el día y cómo te sientes después. También puedo recomendarte a una nutrióloga que trabaje con estas dificultades, para que no vuelvas a recibir una dieta como castigo.
También preguntó por el sueño, el cansancio y la dificultad para levantarse.
Sara habló de las mañanas.
De mirar el techo mientras escuchaba a los niños moverse.
De bañarse solo porque debía ir a trabajar.
De un vacío que no mejoraba cuando terminaba los pendientes.
Elisa le propuso continuar las consultas y valorar atención médica si los síntomas persistían o empeoraban.
Sara escuchó sin discutir.
Por primera vez en días, alguien describía lo que le estaba pasando sin llamarlo flojera.
• • •
Cuando regresó, encontró a Ángel debajo de la mesa buscando una carta.
Liliana estaba riéndose.
Verónica llevaba una corona hecha con servilletas.
—Perdí —explicó—. Hay consecuencias.
Sara sonrió apenas.
Su hija la miró con atención.
—¿Te fue bien?
—Sí.
—¿Dónde fuiste?
Sara dejó el bolso.
—A hablar con alguien que me está ayudando porque estoy muy triste.
Liliana bajó las cartas.
—¿Como cuando me ayudaron en la escuela porque no quería participar?
—Algo parecido.
Ángel salió de debajo de la mesa.
—¿Te dieron una estrella?
Sara se agachó para recibir la carta que él le ofrecía.
—No.
—Yo te doy una.
Buscó en su mochila y volvió con una pegatina arrugada.
Sara la guardó en la cartera.
• • •
El viernes Javier anunció que recogería a los niños el domingo a las once.
Sara preparó una muda para cada uno.
Liliana eligió una blusa amarilla. Ángel dejó sus zapatos junto a la puerta desde la noche anterior.
El domingo, a las diez y media, ya estaba vestido.
A las once preguntó si su papá sabía llegar.
A las once y veinte, Sara llamó.
No contestó.
A las doce recibió un mensaje.
Se me complicó. La próxima semana.
Sara permaneció unos segundos frente a la pantalla.
Luego fue a la sala.
Liliana dejó de mirar la ventana en cuanto vio su cara.
—No va a venir, ¿verdad?
—Hoy no.
Ángel se quitó un zapato.
—¿Está trabajando?
Sara se sentó junto a él.
—No me dijo.
Liliana llevó su bolsa de ropa al dormitorio.
Sara no fue detrás de ella de inmediato. Se quedó con Ángel hasta que terminó de descalzarse.
• • •
A la una llamó Mariela.
—¿Cómo vas?
Los zapatos de Ángel seguían junto a la puerta, con las puntas apuntando hacia la salida.
—Hoy no quiero cocinar.
Hubo un breve silencio.
—Espérenme. Hoy cocinan los del pollo asado, que para eso tienen negocio. Yo llevo platos.
Sara estuvo a punto de decir que tenía ropa por doblar.
Miró hacia el dormitorio, donde Liliana seguía callada.
—Sí —respondió—. Ven.
Antes de salir, guardó las mudas de los niños en sus cajones.
No dejó las bolsas preparadas para otro domingo.
En el parque, Ángel corrió hasta los columpios. Liliana caminó junto a Mariela, que la escuchaba hablar de su clase de dibujo.
Sara se quedó en una banca con los platos de cartón sobre las piernas.
Comió despacio.
Seguía triste. Le dolía la cabeza y por momentos quería regresar a la cama.
Pero cuando Ángel gritó que mirara qué tan alto llegaba, levantó la vista.
Lo vio impulsarse con las piernas, serio y decidido.
—Te estoy viendo —le dijo.
Y siguió mirando.