Capítulo 6 de 20

Un nombre al final de la página

La fotografía del currículum seguía mostrando a una mujer que Sara ya no era.

La abrió un martes por la noche, después de que los niños se durmieran. La muchacha de la blusa blanca tenía veintinueve años y una expresión concentrada que Sara recordaba haber ensayado frente al espejo.

Seleccionó la imagen.

Pulsó eliminar.

El espacio vacío desplazó el resto del documento y mandó una línea a la segunda página.

Sara soltó una palabra que habría corregido si la hubiera escuchado de uno de sus alumnos.

Durante los siguientes cuarenta minutos acomodó márgenes, cambió fechas y recuperó nombres de proyectos antiguos. Una campaña para una clínica dental. El lanzamiento de una tienda de productos regionales. Una investigación de consumidores que había terminado coordinando ella porque su jefe se enfermó.

Luego llegó al apartado de habilidades.

Escribió «organización».

Lo borró.

Tenía ropa esperando en la lavadora, un cajón lleno de recibos y dos mensajes de padres de familia pendientes de responder. Le parecía una mentira.

Después escribió «desarrollo de estrategias de comunicación».

Aquello sí podía demostrarlo.

• • •

—Estás castigándote hasta cuando haces una solicitud —observó Verónica al día siguiente.

Estaban en una cafetería cerca de la escuela. Sara había llevado la computadora para que su amiga revisara el documento.

—No quiero que parezca que estoy vendiendo humo.

—Aquí te faltó medio trabajo. Mira: si yo vendiera un coche y solo pusiera que tiene volante, tampoco me lo comprarían.

—Pues eso hago.

Verónica giró la pantalla hacia ella.

—Planeas cursos, adaptas información, diriges grupos, evalúas resultados. También organizaste la feria de proyectos y conseguiste que participaran negocios de la ciudad.

Sara tomó la taza.

—Eso fue parte del trabajo.

—Exacto. Ponlo.

Le costó describir sus logros sin añadir una disculpa. «Coordiné» le sonaba demasiado grande. «Diseñé» parecía pertenecer a alguien con un escritorio propio y una placa en la puerta.

Verónica le pidió que explicara cada actividad en voz alta.

Cuando Sara terminó, su amiga señaló el teclado.

—Escribe eso.

• • •

La vacante de la agencia ya había cerrado.

Habían transcurrido tres semanas desde que Verónica le compartió el anuncio. Sara había dedicado buena parte de ellas a sostener lo más urgente.

Sara leyó el aviso dos veces.

Verónica abrió otra pestaña.

—Hay más.

—Esta llevaba semanas ahí. Tuve tiempo.

—Sí. Y estabas pasando por algo difícil.

Sara se quedó callada.

Seguía pensando en los días que había perdido mirando el teléfono, esperando explicaciones de Javier, revisando fotografías que la lastimaban. Ahora incluso aquello podía convertirse en otro motivo para reprocharse.

Encontraron tres ofertas.

Una pedía disponibilidad para viajar. Otra ofrecía un sueldo menor al que recibía como docente. La tercera buscaba una especialista de marketing para una empresa de moda llamada Vértice.

El anuncio incluía investigación de mercado, campañas digitales y coordinación con ventas.

Sara conocía varias de sus tiendas. Había entrado años atrás para comprar un vestido y había salido sin nada después de encontrar únicamente tallas que no le servían.

—No creo que me llamen —dijo.

Verónica leyó los requisitos.

—Primero manda la solicitud.

Sara adjuntó el archivo.

Antes de pulsar «enviar», comprobó tres veces que su nombre estuviera escrito correctamente.

• • •

El jueves, Elisa le preguntó qué esperaba que ocurriera si Javier regresaba.

Sara había mencionado la solicitud de trabajo, los niños, las cuentas. Había dejado aquella posibilidad para el final, como si fuera un asunto menor.

—No sé —respondió—. A veces pienso que todo sería más fácil.

—¿Qué parte?

Sara miró la planta del consultorio. Una de las hojas secas había desaparecido.

—Que Ángel dejara de preguntar. Que Liliana no estuviera tan seria. No tener que explicar por qué se acabó mi matrimonio.

Elisa esperó.

Sara se frotó las manos.

—También quiero que me elija.

La frase le produjo vergüenza.

—Después de todo lo que hizo, todavía quiero que diga que cometió un error.

—Puedes desear esa reparación y, al mismo tiempo, preguntarte si volver con él te haría bien.

Sara permaneció mirando sus manos.

Había confundido esas dos cosas tantas veces que no sabía cómo separarlas.

• • •

Javier llamó esa tarde.

Sara contestó porque pensó que quería organizar la visita del domingo.

—Necesito unos papeles del seguro —dijo él.

—Están en el cajón donde los dejaste.

—¿Puedes buscarlos y mandarme fotos?

Sara miró la pila de exámenes sobre la mesa.

—Puedes venir por ellos mañana después de las cinco.

—Estoy trabajando.

—Yo también.

Él guardó silencio.

—Antes no eras tan complicada.

Sara sintió el impulso de explicarle su horario, demostrarle que no estaba negándose por rencor, ofrecerle alguna alternativa.

Miró el reloj.

Tenía que salir por los niños en veinte minutos.

—Mañana después de las cinco —repitió.

Cuando terminó la llamada, le temblaban los dedos.

No había gritado. No había discutido. Aun así, necesitó sentarse.

• • •

El sábado llegó un correo de Vértice.

Querían una entrevista el lunes a las cuatro.

Sara lo abrió mientras Ángel le pedía que desatorara el cierre de su sudadera.

—Espera un segundo, mi amor.

Leyó la fecha, la dirección y el nombre de la persona que la recibiría.

Volvió al inicio.

Estimada Sara:

—¿Mamá?

Sara bajó el teléfono y liberó la tela atrapada en el cierre.

—Ya está.

Después llamó a Verónica.

• • •

El problema de la entrevista empezó frente al armario.

La falda negra no cerraba. Una blusa tenía un botón ausente. El saco que había usado en su última presentación profesional le apretaba los brazos.

Sara tiró de la tela y sintió subir el enojo.

No sabía si estaba molesta con la ropa, con su cuerpo o con los años transcurridos.

Liliana apareció en la puerta.

—¿Vas a una fiesta?

—A una entrevista de trabajo.

—¿Ya no vas a ser maestra?

Sara dejó el saco sobre la cama.

—Todavía no sé. Estoy viendo si puedo trabajar en lo que estudié.

La niña se acercó.

—¿Y quién va a recogernos?

Era una pregunta razonable. Sara la recibió como una acusación y tuvo que detenerse antes de responder.

—Voy a organizarlo. No tendrán que resolverlo ustedes.

Liliana tocó una manga del saco.

—Este te hace una raya aquí.

Señaló el brazo.

Sara estuvo a punto de llorar.

Su hija no estaba juzgándola. Solo describía lo que veía.

—Entonces usaré otro —dijo.

• • •

Verónica le prestó un saco azul.

Mariela se ofreció a quedarse con los niños el lunes.

Sara anotó los horarios, dejó comida preparada y volvió a comprobar la dirección de la empresa.

El domingo Javier canceló otra visita.

Esta vez avisó temprano.

No puedo hoy. Traigo un asunto.

Sara respondió:

Necesito que propongas un día y una hora que puedas cumplir.

Él escribió:

No empieces.

Ella no contestó.

Más tarde explicó a los niños que su padre no vendría.

Ángel preguntó si podían ir otra vez al parque.

Liliana dijo que quería terminar una pintura.

Sara permaneció con ellos en la mesa de la cocina. El niño dibujó un edificio con ventanas torcidas. Su hija mezcló colores en una tapa de plástico.

Ella hizo una lista de preguntas para la entrevista.

Durante un rato, cada uno trabajó en lo suyo.

• • •

Vértice ocupaba dos pisos de un edificio de cristal.

Sara llegó veinticinco minutos antes y esperó diez en el coche para no parecer demasiado ansiosa.

En recepción le pidieron identificación.

Llevaba la bolsa vieja que usaba para dar clases. Antes de salir había retirado de ella un dinosaurio, tres marcadores secos y una cuchara.

La entrevistadora se llamaba Mónica.

Le ofreció agua y comenzó con una pregunta sencilla:

—¿Por qué quieres volver al marketing?

Sara tenía preparada una respuesta sobre crecimiento profesional.

La abandonó a mitad de la primera frase.

—Porque lo extraño —dijo—. Me gusta dar clases, pero también quiero desarrollar proyectos y ver qué ocurre cuando salen al mundo.

Mónica tomó una nota.

—Has pasado varios años fuera del sector. ¿Cómo te has mantenido al día?

Esta pregunta sí la había practicado.

Sara habló de sus cursos, de los proyectos con estudiantes y de las herramientas que utilizaba para enseñar.

Mientras explicaba, dejó de acomodarse el saco.

• • •

Le mostraron una campaña.

Había tres imágenes de mujeres jóvenes, delgadas, fotografiadas en habitaciones casi vacías. El mensaje prometía ropa para «la mujer real de hoy».

—¿Qué cambiarías? —preguntó Mónica.

Sara observó las piezas.

—Primero comprobaría a quién le están vendiendo.

—Nuestro público principal tiene entre treinta y cuarenta y cinco años.

Sara volvió a mirar las imágenes.

—Entonces estas piezas podrían estar excluyendo a parte de sus clientas.

Mónica apoyó el bolígrafo.

—¿Por la edad de las modelos?

—También por las tallas, por las situaciones que muestran y por lo que implica el mensaje. Dicen “mujer real”, pero presentan una sola posibilidad.

Sara señaló un vestido.

—Yo preguntaría quién entra a una tienda, busca algo así y se va sin comprar. Quizá el problema no esté únicamente en la publicidad.

Mónica se inclinó hacia la pantalla.

—¿Cómo lo investigarías?

Sara pidió una hoja.

• • •

Salió cuarenta minutos después con una pequeña prueba para desarrollar en casa.

Debía proponer una campaña y explicar cómo mediría sus resultados.

No tenía el puesto.

Lo sabía.

Sin embargo, mientras caminaba hacia el estacionamiento, recordó algo que llevaba tiempo sin experimentar: una conversación en la que sus ideas habían provocado nuevas preguntas.

En el coche vio tres mensajes de Mariela.

Una fotografía de Ángel comiendo.

Otra de Liliana con su pintura.

El último decía:

Todo bien. No corras.

Reclinó el asiento unos centímetros y se quedó allí, sin encender el motor.

Lloró un poco, con el saco abierto y las manos sobre el volante.

Después llamó a su amiga.

—Me dieron una prueba.

—¿Y qué te pareció?

Sara miró el edificio.

—Creo que sé hacerla.

• • •

Esa noche extendió hojas sobre la mesa.

Liliana se sentó a su lado para terminar la tarea. Ángel construyó una torre en el suelo.

Sara buscó datos, revisó la página de la empresa y escribió preguntas sobre las clientas que no aparecían en sus anuncios.

A las diez llevó a los niños a la cama.

Volvió al comedor.

Todavía le dolía la ausencia de Javier. Seguía pendiente de un mensaje suyo que no llegaba. El miércoles tendría otra consulta y el dinero continuaba justo.

La entrevista no había resuelto las cuentas ni el dolor.

Abrió una diapositiva nueva.

En la parte inferior escribió:

Propuesta elaborada por Sara.

Observó su nombre durante unos segundos.

Luego continuó trabajando.