Capítulo 7 de 20
Una silla junto a la pantalla
Sara borró la palabra perfecta de la presentación a las doce con treinta y seis de la noche.
La había escrito sin darse cuenta:
Ropa para acompañar a la mujer perfecta en cada etapa de su vida.
Se quedó mirando la frase. Podía imaginarla en un anuncio, debajo de una mujer sonriente con el cabello intacto y una casa luminosa al fondo. También podía escuchar a sus estudiantes señalando que prometía algo imposible.
Seleccionó la línea completa.
En su lugar escribió:
Vestirte no debería ser otra cosa que tengas que resolver sola.
No le convenció.
La borró también.
Desde el dormitorio llegó la tos de Ángel. Sara guardó el archivo y fue a buscar el vaso de agua.
Al volver, decidió cerrar la computadora.
La propuesta tendría que esperar hasta que ella hubiera dormido.
• • •
A la mañana siguiente, Liliana se sentó frente al cereal con una hoja doblada.
—Necesito que firmes esto.
Era la autorización para una visita al museo.
Sara buscó un bolígrafo.
—¿Cuándo van?
—El viernes.
En el apartado de acompañantes, su hija había escrito el nombre de Javier.
Sara dejó la punta del bolígrafo sobre la línea.
—¿Le preguntaste?
Liliana asintió.
—Me dijo que a lo mejor.
La niña no la miraba. Movía la cuchara dentro del tazón aunque ya no quedaba leche.
Sara firmó la autorización.
—Hoy voy a hablar con él para que te diga si puede.
—No quiero que se enoje.
—Preguntarle no es hacer algo malo.
Liliana dobló el papel con cuidado.
Sara esperó a que los niños salieran al coche para enviar el mensaje.
Liliana te anotó como acompañante para el museo. Necesita una respuesta hoy.
Esta vez Javier respondió pronto.
No puedo. Tengo una firma.
Sara escribió:
Díselo tú. Está esperando.
• • •
Terminó la propuesta esa tarde.
Había organizado tres acciones: revisar la experiencia de las clientas en las tiendas, probar mensajes con mujeres de distintas edades y tallas, y medir las compras junto con las devoluciones. Si una campaña atraía gente pero los vestidos no quedaban bien, las cifras de visitas servirían de poco.
Usó imágenes del catálogo de Vértice y señaló preguntas, no acusaciones.
En la última diapositiva incluyó un presupuesto pequeño para una prueba inicial.
Luego pidió a Verónica que escuchara la presentación por videollamada.
Su amiga apareció con una taza enorme.
—Adelante.
Sara habló durante nueve minutos.
Al terminar, Verónica levantó una mano.
—Cuatro disculpas en nueve minutos. Te las conté porque soy una amiga insoportable.
—¿Cuándo?
—Antes de sugerir cambios. “Quizá sea una tontería”, “perdón si me equivoco”, “no conozco la empresa, pero…”. Si no conoces algo, dilo una vez. No necesitas pedir permiso para cada idea.
Sara revisó sus notas.
Tenía escrito disculpar aclaración en un margen.
Lo tachó.
Mónica la citó para el jueves a las cuatro.
En el correo añadió:
Estará también Ernesto Valdés, director general de Vértice.
Sara buscó su nombre en la página de la empresa.
Encontró una fotografía, una breve biografía y varias entrevistas sobre la expansión de las tiendas. Tenía cuarenta y seis años. Había trabajado en distribución antes de hacerse cargo de la dirección.
En una imagen aparecía con un traje gris, sosteniendo unas tijeras frente a un listón inaugural. En otra, revisaba telas junto a dos empleadas.
Sara cerró la pestaña.
Le preocupaba que estuviera en la reunión. Una cosa era explicar ideas a la responsable de marketing y otra hacerlo frente al hombre que podía decidir que todas eran equivocadas.
Abrió su presentación y ensayó de nuevo.
Esta vez duró ocho minutos.
• • •
La noche anterior, Javier llamó a Liliana.
Sara le pasó el teléfono y se fue a la cocina.
No quiso escuchar, pero la casa era pequeña.
—Está bien —dijo su hija.
Hubo una pausa.
—Sí, papá.
Otra.
—No, no pasa nada.
Cuando regresó, Liliana había dejado el teléfono sobre el sofá.
—¿No puede ir?
La niña negó con la cabeza.
—Dice que luego me lleva a un museo más bonito.
Sara se sentó a su lado.
—¿Quieres ir con tu grupo?
—Sí.
—Entonces vas.
Liliana arrancó un hilo suelto de su falda.
—La maestra pidió papás que ayudaran a cuidar.
—Puedo preguntar si necesitan a alguien más. Pero aunque yo tampoco pueda acompañarte, tú vas a tener tu salida.
Su hija apoyó la cabeza en su hombro.
Sara dejó que permaneciera allí.
La presentación del día siguiente podía esperar diez minutos.
• • •
El jueves, antes de ir a Vértice, tuvo consulta con una nutrióloga recomendada por Elisa.
Había pensado cancelarla. No quería escuchar cuánto pesaba ni recibir otra lista de alimentos prohibidos.
La profesional, una mujer llamada Beatriz, le preguntó primero por sus horarios.
Sara explicó cómo desayunaba mientras preparaba a los niños, cuánto tardaba en llegar a la escuela y qué sucedía cuando Javier mandaba mensajes durante el almuerzo.
Beatriz tomó notas.
—¿A qué hora puedes sentarte a comer sin trabajar al mismo tiempo?
Sara no respondió enseguida.
La pregunta parecía sencilla hasta que intentó encontrar un momento verdadero.
Hablaron de mareos, hambre, culpa y de la dificultad de reconocer cuándo había comido suficiente después de pasar horas restringiéndose.
No salieron de la consulta con una cifra que Sara tuviera que alcanzar.
Salieron con algunos cambios posibles.
Entre ellos, llevar comida para ella.
Su propia comida.
Antes de la entrevista comió un sándwich en una banca cerca del edificio.
Lo había preparado con el mismo cuidado que solía dedicar al almuerzo de Javier. Pan, pollo, jitomate. Una servilleta limpia.
En el bolso llevaba una botella de agua y la computadora.
Miró el reloj.
Todavía tenía quince minutos.
Terminó de comer sin abrir el correo ni revisar los trabajos de sus estudiantes.
Después guardó el envoltorio y fue a recepción.
• • •
Ernesto Valdés estaba colocando una silla junto a la pantalla cuando Sara entró.
No se parecía del todo a sus fotografías. Llevaba la camisa remangada y tenía una pequeña marca de tinta en el dorso de la mano.
—Buenas tardes, Sara.
Ella le estrechó la mano.
—Buenas tardes.
Mónica señaló la mesa.
—Puedes conectar aquí.
Sara sacó la computadora. El cable se enganchó en el cierre del bolso y tardó unos segundos en liberarlo.
Ernesto acercó la silla.
—Desde aquí se ve mejor la pantalla.
No hizo ningún comentario sobre su nerviosismo.
Sara se sentó, abrió el archivo y reconoció la primera diapositiva.
Había pasado suficiente tiempo con ella para sentirla propia.
• • •
A los tres minutos, Ernesto la interrumpió.
—¿Por qué propones entrevistar también a las mujeres que salen sin comprar?
Sara sostuvo el control de la presentación.
—Porque las ventas nos cuentan qué eligieron quienes encontraron algo. No nos dicen qué les faltó a las demás.
Él miró a Mónica.
—Tenemos datos de tickets, pero casi nada de eso.
Sara cambió de diapositiva.
Explicó que una clienta podía llegar buscando un vestido para trabajar, probarse cuatro y marcharse convencida de que su cuerpo era el problema, cuando tal vez los cortes no estaban pensados para ella.
—¿Eso te ha pasado? —preguntó Ernesto.
Sara levantó la mirada.
La respuesta era sí. Lo recordó con una precisión incómoda: el espejo de un probador, un cierre que no subía, Javier esperando afuera con fastidio.
—Sí —dijo—. Pero para tomar decisiones necesitamos saber cuántas clientas tienen esa experiencia y por qué.
Ernesto asintió.
Sara continuó.
• • •
Cuando llegó al presupuesto, Mónica pidió ver los cálculos.
Revisaron costos, tiempos y la cantidad de tiendas que podían participar.
Ernesto cuestionó una estimación.
Sara comprobó el dato.
—Aquí tendría que ajustarlo. Usé un costo aproximado porque no tengo acceso a sus proveedores.
No pidió disculpas.
Anotó la observación.
Después él señaló una propuesta de mensaje.
—Esta frase me gusta.
Sara volvió a leerla: Encuentra ropa que te quede a ti.
Era breve. Había tardado una hora en escribirla.
—Necesitaríamos comprobar que la experiencia en tienda cumpla con eso —dijo ella.
Ernesto dejó el bolígrafo.
—De acuerdo.
La reunión siguió veinte minutos más.
Al discutir el calendario, Ernesto propuso iniciar en cinco tiendas. Mónica señaló que el equipo no podía atenderlas al mismo tiempo. Él insistió una vez; después abrió su agenda y quitó dos sucursales. Sara registró el cambio. Había sido una reunión de trabajo, con prisa, desacuerdos y una decisión que tuvo que corregirse.
• • •
Al terminar, Mónica recogió sus notas.
—Nos gustaría avanzar contigo.
Sara permaneció quieta.
—¿Para el puesto?
—Sí. Te enviaremos la propuesta formal, con sueldo, horario y fecha de ingreso.
Ernesto cerró la carpeta que tenía enfrente.
—Tu experiencia como docente puede ayudarnos. Necesitamos que el equipo de ventas entienda lo que vamos a cambiar.
Sara comprobó que Mónica tenía abierto el formulario del puesto, no una hoja de observaciones para despedirla.
Tenía preparada una sonrisa para aceptar un rechazo con dignidad. No sabía qué hacer con esta respuesta.
—Gracias —dijo al fin—. Quiero revisar las condiciones y organizar la transición con la escuela.
—Claro —respondió Mónica—. Te damos unos días.
A Sara le sorprendió que no necesitaran una respuesta inmediata.
• • •
En el ascensor abrió el chat con Javier.
Había sido su costumbre contarle las noticias antes que a nadie.
Escribió:
Me ofrecieron un trabajo.
Observó la frase.
La borró.
Llamó a Verónica.
Su amiga contestó entre ruido de platos.
—¿Cómo te fue?
Sara apoyó una mano contra la pared del ascensor.
—Me lo ofrecieron.
Verónica gritó tan fuerte que tuvo que apartar el teléfono.
Sara empezó a reírse.
Las puertas se abrieron en la planta baja. Cruzó la recepción todavía hablando, con el bolso golpeándole la cadera.
Al salir a la calle, se detuvo.
No había revisado el espejo antes de levantarse de la reunión. No había pensado en su cintura ni en el saco ni en cómo se veía sentada.
• • •
En casa, Mariela y los niños habían improvisado una cena.
Había tostadas, frijoles y queso repartidos en tres platos.
Sara dejó la computadora sobre una silla.
—Tengo una noticia.
Ángel la miró con la boca llena.
Liliana dejó de rallar queso.
—Me ofrecieron el trabajo de marketing.
Su hija sonrió primero.
—¿El de tu computadora?
—Ese.
Ángel tragó.
—¿Vas a salir en comerciales?
—No. Voy a ayudar a hacerlos.
—Podemos poner al dinosaurio.
Sara se acercó a besarle la cabeza.
—Lo tendré en cuenta.
Mariela levantó su vaso de agua.
Sara fue por un plato.
Antes de sentarse, vio en la mesa un papel que Liliana había escrito con letra redonda.
Felicidades, mamá.
La niña se encogió de hombros.
—Lo hice por si te decían que sí.
Pasó un dedo por la última letra, donde Liliana había añadido una pequeña flor.
Después se sentó entre sus hijos y pidió que le pasaran los frijoles.