Capítulo 8 de 20
La hora que faltaba
La oferta de Vértice llegó en un archivo de dos páginas.
Sara imprimió ambas y las colocó sobre la mesa, junto a su contrato de la escuela. Usó un bolígrafo azul para marcar el sueldo y uno rojo para el horario.
El sueldo era mejor.
El horario terminaba a las seis.
A las seis, en su vida actual, ya había recogido a los niños, empezado la cena y preguntado varias veces si habían hecho la tarea. También estaba cansada, irritada y todavía tenía trabajos por revisar, pero conocía esa distribución del tiempo. Cambiarla le parecía mover una pared de la casa sin saber qué sostenía.
Hizo una cuenta en una hoja:
Transporte.
Comida.
Cuidado de los niños.
Restó.
Volvió a sumar.
Liliana se acercó con un lápiz que no tenía punta.
—¿Ya aceptaste?
—Todavía estoy revisando.
—¿Por qué?
Sara giró la hoja para que su hija no viera las cifras.
—Porque tenemos que organizarnos.
La niña apoyó los brazos en la mesa.
—Yo puedo cuidar a Ángel hasta que llegues.
Sara dejó el bolígrafo.
—No, mi amor. Tú tienes nueve años. Eso lo voy a resolver yo.
Liliana pareció decepcionada de no poder ofrecer una solución.
Sara le sacó punta al lápiz y se lo devolvió.
• • •
El lunes pidió hablar con Mónica.
Antes de llamar, escribió sus preguntas para no acabar diciendo que sí a todo.
Fecha de ingreso.
Prestaciones.
Posibilidad de ajustar la hora de salida.
Mónica escuchó sin interrumpir.
—El puesto requiere que estés aquí para las reuniones de la tarde —explicó—. Pero podemos acordar entrada a las ocho y salida a las cinco, salvo días específicos de campaña. Hay otras personas del equipo con ese horario.
Sara miró la primera línea de sus notas.
—¿Podría quedar por escrito?
—Sí. Te mando la versión actualizada.
La llamada duró siete minutos.
Al terminar, Sara permaneció con el teléfono en la mano. Había pedido algo necesario y nadie la había acusado de ser difícil.
Revisó sus cuentas otra vez.
Ahora cabía una posibilidad.
• • •
La directora de la escuela recibió su aviso de renuncia con una expresión que Sara conocía: la de alguien que ya estaba calculando cómo cubrir un grupo.
—Nos dejas en una fecha complicada.
Sara sintió el impulso de retirar el documento.
Había acordado incorporarse a Vértice en tres semanas. Podía entregar materiales, cerrar evaluaciones y explicar a otra persona lo que quedaba pendiente.
—Voy a dejar todo organizado —dijo.
La directora suspiró.
—Eres de las pocas que no necesitan que una esté detrás.
Era un elogio y una cuerda.
Sara sostuvo el papel sobre el escritorio.
—Les agradezco estos años. Pero voy a aceptar el otro empleo.
La directora lo tomó al fin.
Hablaron del reemplazo, de las fechas y de los grupos.
Al salir, Sara fue directamente al salón. Tenía clase en cuatro minutos y las manos frías.
• • •
Esa tarde Javier pasó por los documentos del seguro.
Llegó sin avisar, mientras Ángel se bañaba y Liliana terminaba una maqueta.
Sara lo atendió en la puerta.
—Están aquí.
Le entregó un sobre.
Javier miró detrás de ella.
—¿No puedo entrar?
Sara se hizo a un lado porque los niños ya habían escuchado su voz.
Ángel salió del baño envuelto en una toalla.
—¡Papá!
Javier se rio y lo levantó. El niño dejó un rastro de gotas hasta la sala.
Durante unos segundos, Sara sintió una felicidad automática. Los cuatro en el mismo espacio. Javier haciéndole cosquillas a su hijo. Liliana acercándose con su maqueta.
Después él la miró.
—¿Qué es eso?
Señalaba los papeles de Vértice.
—Una oferta de trabajo. Voy a aceptarla.
Javier dejó a Ángel en el suelo.
—¿Vas a dejar la escuela?
—Sí.
—¿Y quién va a cuidar a los niños?
Sara se cruzó de brazos antes de darse cuenta.
—Estoy organizándolo.
—Qué bien. Ahora resulta que te estorbaban.
Liliana miró a su madre.
Sara bajó los brazos.
—Los niños no me estorban. Estoy cambiando de empleo.
—En la escuela salías temprano.
—Y trabajaba aquí por las tardes.
Javier soltó una risa breve.
—Todo mundo trabaja, Sara.
Ella miró a Ángel, todavía mojado.
—Ve a ponerte el pijama, mi amor. Yo te ayudo enseguida.
• • •
No discutieron más.
Javier estuvo doce minutos con los niños, prometió llamar y se fue con el sobre.
Sara cerró la puerta.
Liliana seguía de pie junto a su maqueta.
—¿Vas a estar menos con nosotros?
La pregunta necesitaba una respuesta verdadera.
—Algunas tardes, sí —dijo Sara—. Pero voy a dejar de revisar tareas de mis alumnos por las noches. Tendremos tiempo para otras cosas.
Su hija pasó un dedo por el techo de cartón.
—¿Y si no me gusta?
Sara se sentó a su lado.
—Me lo dices. Lo vamos ajustando.
Liliana tardó un momento en asentir.
Sara no intentó convertir la noticia en algo maravilloso. El cambio también iba a costarles.
• • •
Encontró a una cuidadora mediante la recomendación de la maestra de Liliana.
Se llamaba Rebeca, estudiaba por las mañanas y tenía experiencia acompañando a dos hermanos del colegio. Sara habló con ella, verificó sus referencias y la invitó una tarde para que conociera a los niños.
Ángel le preguntó si sabía construir puentes.
Rebeca respondió que algunos se le caían.
Eso le pareció una credencial suficiente.
Liliana fue más cautelosa.
Quiso saber si le corregiría las tareas.
—Puedo ayudarte —dijo Rebeca—. Pero las haces tú.
Sara estuvo presente durante toda la visita.
Al despedirse acordaron unos días de prueba. También anotaron teléfonos, horarios y qué hacer si ella se retrasaba.
La hoja quedó pegada al refrigerador.
Rebeca recogería a los dos en el colegio, donde Liliana permanecería en el taller hasta que Ángel saliera de su actividad de la tarde. Sara la registró como persona autorizada, recorrió con ella el trayecto y dejó claras las horas de comida, el pago y el margen para retrasos. No se trataba de dejarles una instrucción general de «cuídamelos».
Junto al recibo de la luz, ahora marcado como pagado.
• • •
En su última semana de clases, un grupo le llevó un pastel pequeño.
Alguien había escrito con betún:
Éxito en su nueva campaña, maestra.
Sara se rio al verlo.
Le pidieron una fotografía y un estudiante le prometió que algún día la contrataría para promocionar su negocio.
—Primero termina el proyecto —respondió ella.
Guardó sus marcadores en una caja de zapatos. Dejó al profesor que la reemplazaría las planeaciones, las rúbricas y una nota sobre los alumnos que necesitaban seguimiento.
Cuando vació el cajón del escritorio, encontró un separador hecho por una alumna. Lo guardó entre sus libros. En la cartera seguía la única estrella arrugada que Ángel le había dado después de la primera consulta con Elisa.
• • •
El primer lunes en Vértice llevaba zapatos bajos.
Había estado a punto de elegir unos tacones que no usaba desde una boda. Los probó en el dormitorio y se quitó uno antes de terminar de caminar hasta la puerta.
No necesitaba comenzar el empleo con los pies lastimados.
Mónica la presentó al equipo.
Había seis personas: diseño, redes sociales, análisis comercial y coordinación con las tiendas. Sara intentó recordar todos los nombres mientras le entregaban una computadora y le explicaban cómo pedir acceso a las carpetas.
Su escritorio estaba cerca de una ventana.
No era grande.
Tenía un cajón que cerraba bien y una silla que podía ajustar a su altura.
Sara dejó su botella de agua a la derecha.
Luego sacó el cuaderno.
Antes del mediodía cometió un error.
Confundió dos versiones de un catálogo y comentó cifras que correspondían a la temporada anterior.
Tomás, el analista, la corrigió.
—La carpeta actual es la que dice “final dos”.
Sara abrió la equivocada otra vez.
Había una “final”, una “final nueva” y una “final dos definitiva”.
Tomás sonrió.
—Nos pasa a todos.
Ella notó cuánto esfuerzo necesitaba para creerle.
Revisaron juntos los datos. Sara anotó la ruta correcta y volvió a formular la observación.
Esta vez sí había encontrado algo: un conjunto de prendas con muchas devoluciones y ventas aparentemente buenas.
Tomás giró hacia su pantalla.
—Esto merece revisarse.
Sara abrió una página limpia en el cuaderno.
• • •
Ernesto pasó por el área a las dos.
Saludó a varias personas antes de detenerse frente a su escritorio.
—¿Cómo va el primer día?
Sara miró las carpetas abiertas.
—Ya aprendí que “definitivo” puede ser una aspiración.
Él soltó una carcajada.
Tomás levantó la mano desde su silla.
—Estamos trabajando en eso.
Ernesto preguntó por el análisis de devoluciones. Sara explicó lo que habían encontrado, cuidando de mencionar que Tomás estaba verificando las cifras.
Él escuchó y pidió que lo llevaran a la reunión del miércoles.
Después señaló el recipiente que ella acababa de sacar del bolso.
—¿Te interrumpí la comida?
—Estaba por empezar.
—Entonces seguimos mañana.
Se fue.
El almuerzo seguía abierto sobre su escritorio. Acercó la silla.
Luego abrió su almuerzo.
• • •
A las cinco y siete salió del edificio.
Se había despedido de Mónica dos veces y había vuelto a comprobar que ningún archivo quedara abierto.
Rebeca le mandó una fotografía de Ángel construyendo un puente. Liliana aparecía al fondo leyendo.
Sara condujo con una mezcla de cansancio y urgencia. Quería llegar antes de que surgiera cualquier dificultad, como si su presencia fuera lo único que podía mantener la tarde en orden.
Encontró a sus hijos tranquilos.
Habían comido. La tarea de Liliana estaba terminada. Ángel había perdido una pieza debajo del sofá y Rebeca le había dicho que esperarían para moverlo.
Sara dejó las llaves.
—¿Cómo les fue?
—El puente aguantó tres coches —informó Ángel.
Liliana cerró el libro.
—Bien.
Sara dejó de buscar señales de un desastre y escuchó lo que Liliana tenía que contarle del libro.
• • •
Aquella noche cenaron sopa y pan.
La sopa era del día anterior.
Sara no preparó nada adicional para compensar sus horas fuera.
Después Liliana le mostró un dibujo, Ángel le contó algo sobre un compañero y los tres buscaron la pieza perdida.
Cuando los niños se durmieron, encontró un mensaje de Javier.
¿Sobrevivieron a tu nuevo horario?
Sara apoyó el teléfono sobre la mesa.
No contestó.
Sacó de su bolso la credencial que le habían entregado en recepción. Su fotografía era reciente; la habían tomado esa mañana, con una cámara pequeña y una pared blanca detrás.
Debajo decía:
Sara — Marketing.
La miró sin buscar diferencias con la mujer de veintinueve años.
Luego la dejó junto a las llaves, preparada para el día siguiente.