Capítulo 9 de 20
Las prendas devueltas
En la tienda había un espejo que favorecía a todo el mundo.
Sara lo descubrió porque una clienta salió del probador, se miró en él y regresó a compararse con el otro.
—Aquí me veo diferente —dijo.
La vendedora sonrió.
—La luz ayuda.
Sara anotó la frase en su cuaderno.
Llevaba una semana en Vértice y aquella era su primera visita de trabajo a una sucursal. Había llegado con Tomás para observar devoluciones, escuchar a las encargadas y entender qué ocurría entre una campaña atractiva y una bolsa que regresaba con las etiquetas puestas.
La clienta se volvió hacia ella.
—¿Tú qué opinas?
Sara cerró el cuaderno.
La mujer llevaba un vestido azul que se tensaba al sentarse.
—¿Te sientes cómoda?
—De pie, sí.
Se sentó en un banco.
El cierre hizo un pequeño arco sobre su espalda.
—Así, no.
La vendedora buscó otra talla.
Sara miró el espejo, luego el vestido y después la etiqueta de «corte perfecto».
Subrayó algo en sus notas.
• • •
Al mediodía habían encontrado cuatro problemas distintos.
Una tabla de tallas que no coincidía con ciertas prendas.
Fotografías que ocultaban la caída de las telas.
Un vestido cuya manga impedía levantar bien el brazo.
Y una práctica que nadie había escrito, pero varias empleadas conocían: sugerir a algunas clientas que bajaran de peso antes de comprar.
—Yo no lo digo así —aclaró una vendedora—. Les digo que se lo lleven como motivación.
Sara señaló el vestido que la vendedora sostenía.
—¿Y si necesitan un vestido para esta semana?
La joven movió una percha.
—Entonces les buscamos otro.
Había más prendas de tallas pequeñas, más modelos disponibles, más colores.
Sara contó los ganchos vacíos de un perchero.
Tomás fotografió las etiquetas, con autorización de la encargada.
Antes de salir, la clienta del vestido azul regresó al mostrador.
No había comprado nada.
• • •
En la reunión del miércoles, Ernesto escuchó el informe sin tocar el café.
Sara presentó datos, comentarios y fotografías de prendas. Había eliminado cualquier imagen donde aparecieran clientas reconocibles.
—La publicidad está prometiendo una experiencia que algunas tiendas no pueden ofrecer —explicó—. Podemos atraerlas, pero después pierden tiempo, se frustran y no vuelven.
El responsable de compras apoyó los brazos sobre la mesa.
—Las tallas grandes no se venden igual.
Tomás mostró una gráfica.
—En algunas sucursales casi no llegan. Así no podemos comparar demanda.
Sara señaló una columna.
—Aquí se agotaron en cuatro días.
Ernesto miró al responsable de compras.
—Probemos disponibilidad real antes de concluir que no hay mercado.
Después preguntó cuánto costaría corregir las tablas.
La conversación dejó de girar alrededor de las mujeres que «no se acomodaban» a la ropa y empezó a tratar de inventario, medidas y decisiones.
En el cuaderno quedaron responsables y plazos junto a cada acuerdo.
• • •
Al terminar, Ernesto la llamó desde la puerta.
—¿Tienes cinco minutos?
Sara tomó su cuaderno.
En su oficina había muestras de tela sobre una silla y una fotografía de dos personas mayores en un aparador.
Él apartó las muestras.
—Siéntate, por favor.
Sara se sentó.
—Mónica me contó que tú preparaste parte del material para capacitar a las tiendas.
—Todavía es un borrador.
—Me gustaría que participaras en la capacitación.
Ella pensó en su horario.
Ernesto lo notó antes de que dijera algo.
—Será dentro de la jornada. Mónica coordina contigo.
Sara aflojó la mano que sostenía el cuaderno.
Hablaron de ejemplos, de ejercicios y de cómo corregir sin avergonzar a las empleadas.
Cuando salió, tenía una tarea nueva y un plazo concreto.
También tenía la impresión, todavía incómoda, de que Ernesto la observaba más allá de la presentación.
• • •
Aquella tarde no llegó a tiempo a casa.
Una avenida estaba cerrada y avanzó casi cuarenta minutos entre semáforos.
Llamó a Rebeca.
—Voy retrasada.
—No te preocupes. Ya les calenté la comida.
Sara quiso pedirle perdón por tercera vez.
Se detuvo.
—Gracias. Te pago el tiempo adicional.
Al llegar encontró a Liliana acostada en el sofá con un libro sobre el pecho.
—Pensé que te había pasado algo —dijo la niña.
Sara dejó el bolso.
—Debí avisarte a ti también.
—Rebeca me dijo, pero yo quería escucharte.
Se sentó a su lado.
Acordaron que, cuando fuera a tardar, llamaría para hablar con los dos.
No era suficiente tener un sistema que funcionara para los adultos. Los niños también necesitaban saber dónde estaba su madre.
Sara lo escribió después en la hoja del refrigerador.
• • •
El sábado fue a caminar con Mariela.
Habían acordado veinte minutos.
Sara apareció con los tenis que habían pasado meses en su caja. Una suela todavía llevaba un fragmento de la etiqueta.
—No me hagas correr —advirtió.
—Yo tampoco quiero.
Dejaron a los niños con Verónica, que había organizado una tarde de películas, y fueron al parque.
Durante los primeros minutos Sara habló de trabajo. Luego se quedó sin aire y tuvo que bajar el paso.
Mariela hizo lo mismo.
No consultó un reloj ni la animó a aguantar más.
Se sentaron junto a una cancha donde unas muchachas jugaban voleibol.
Sara estiró las piernas.
—Antes Javier decía que caminar no servía. Que tenía que hacer algo de verdad.
Mariela miró sus tenis.
—Pues yo llevaba dos semanas queriendo contarte lo de mi vecino. Solo por eso ya valió la pena salir.
Sara soltó una risa.
En el regreso dejó de pensar en cuántas calorías habría gastado.
Le dolían un poco las pantorrillas. También había disfrutado la conversación.
Las dos cosas podían existir juntas.
• • •
El lunes recibió una llamada de Javier mientras revisaba el material de capacitación.
—Necesito cambiar lo del sábado.
Había acordado ver a los niños de once a cinco.
Sara cerró el archivo.
—¿A qué hora puedes?
—Todavía no sé. Tengo que llevar a Deyanira a un asunto.
El nombre quedó entre ellos.
Sara miró hacia el pasillo para comprobar que nadie estuviera cerca.
—Entonces avísame cuando tengas una hora que puedas cumplir.
—Te lo estoy avisando.
—Me estás diciendo que no sabes.
Javier chasqueó la lengua.
—Desde que entraste ahí te sientes muy importante.
Sara dejó el bolígrafo.
—Estoy organizando el día de nuestros hijos.
—Ya te dije. Luego te confirmo.
Colgó.
Sara permaneció mirando la pantalla apagada de su teléfono.
El estómago se le cerró. Intentó volver al material, leyó tres veces una misma línea y terminó levantándose por agua.
En la sala de descanso había vasos limpios junto al dispensador.
• • •
Ernesto estaba junto al dispensador.
Al verla, se apartó.
—Adelante.
Sara llenó el vaso demasiado rápido y derramó un poco.
Buscó servilletas.
Él le acercó una.
—Gracias.
Ernesto esperó un momento.
—¿Necesitas tomar unos minutos?
Sara lo miró.
Podía inventar una explicación. También podía decir algo limitado y verdadero.
—Tuve una llamada difícil.
Él asintió.
—La revisión del material puede esperar.
—Estoy bien.
Sara escuchó su propia respuesta y añadió:
—Voy a estar mejor en unos minutos.
Ernesto no preguntó quién había llamado.
Se llevó su taza.
Aquella falta de curiosidad le permitió quedarse junto a la ventana hasta que pudo volver al escritorio.
• • •
La capacitación se realizó el jueves.
Había nueve encargadas de tienda y dos supervisores.
Sara comenzó con una situación concreta: una mujer necesitaba ropa para una entrevista y salía del probador sin encontrar nada cómodo.
—¿Qué preguntas le harían? —planteó.
Las primeras respuestas fueron sobre talla y presupuesto.
Después alguien preguntó por el tipo de trabajo.
Otra mencionó cuánto tiempo estaría sentada.
La conversación fue abriéndose.
Sara escribió las ideas en un rotafolio.
Una encargada levantó la mano.
—Yo he dicho eso de llevar una talla menor para motivarse.
Se hizo un silencio breve.
Sara dejó el marcador.
—Podemos ofrecerle una prenda que le sirva hoy. Si su cuerpo cambia, sus necesidades también pueden cambiar. No hace falta convertir la compra en una tarea pendiente.
La mujer asintió despacio.
Al final pidió una copia de las preguntas.
• • •
Ernesto asistió a los últimos quince minutos.
Se quedó cerca de la puerta, escuchando.
Cuando todos se fueron, ayudó a recoger unas hojas que habían quedado sobre las sillas.
—Ahora entiendo por qué Mónica quería que tú lo hicieras.
Sara guardó los marcadores.
—Extrañaba esto.
—Se nota.
Ella levantó la cabeza.
Él sostenía una hoja donde Sara había escrito ejemplos a mano.
—Cuando explicas —añadió—, haces que la gente participe sin sentirse examinada.
Sara tardó en responder.
—Gracias.
Ernesto dejó la hoja sobre la mesa.
—Hay una cafetería cerca que tiene un pan bastante bueno. Si algún día te apetece tomar un café al salir, me gustaría invitarte.
Sara se quedó quieta.
El silencio se alargó.
Él no intentó llenarlo con una broma.
—No puedo —dijo ella al fin—. Tengo que llegar con mis hijos.
—Entiendo.
Sara cerró la caja de marcadores.
—Y no estoy… No quiero conocer a nadie de esa manera.
Ernesto asintió.
—Gracias por decírmelo.
No insistió.
Le abrió la puerta para que pudiera pasar con la caja.
• • •
En el coche, Sara repasó la conversación varias veces.
Había rechazado la invitación y él seguía siendo cordial.
No había preguntado qué le faltaba a él, ni le había dicho que estaba exagerando, ni convertido su negativa en un problema de trabajo.
Eso la inquietó más de lo que esperaba.
Cuando llegó a casa, Ángel quiso mostrarle un dibujo.
Liliana preguntó si la capacitación había salido bien.
Sara puso la caja de marcadores sobre un estante.
—Sí. Me gustó mucho.
Esa noche, al preparar su ropa para el día siguiente, encontró en un cajón la blusa verde que llevaba la mañana del almuerzo tirado a la basura.
La extendió sobre la cama.
No tenía nada malo.
Un botón estaba flojo.
Buscó hilo, aguja y se sentó a coserlo mientras escuchaba a sus hijos discutir, desde sus camas, sobre quién había elegido la película del sábado.
Terminó en pocos minutos.
Después colgó la blusa junto al saco azul.