Capítulo 10 de 20

La firma de Sara

La abogada puso tres carpetas sobre el escritorio y apartó una taza que había dejado un círculo de café en la madera.

—Antes de empezar, quiero que me cuentes cómo están viviendo ahora.

Sara había llevado una lista de preguntas, comprobantes de gastos y una copia de su acta de matrimonio. También llevaba una fotografía de Javier con Deyanira que no sabía si debía mostrar.

Abrió la bolsa.

La abogada, Inés Robles, esperó mientras ella sacaba los papeles.

—Él se fue hace casi tres meses. Los niños viven conmigo. Manda dinero, pero nunca la misma cantidad. A veces dice que va a recogerlos y luego cancela.

—¿Tienen algún acuerdo por escrito?

Sara mostró el intercambio donde Javier aceptaba la aportación provisional. Inés lo leyó y lo añadió a los comprobantes.

—Esto nos ayuda a reconstruir lo hablado, pero necesitamos dejar claro el arreglo completo —dijo.

—Solo esos mensajes —aclaró Sara—. No hemos firmado un convenio.

Inés tomó una hoja.

—Entonces vamos a empezar por lo que necesitan tus hijos y por lo que necesitas tú para organizar su vida.

Sara miró la copia del acta.

Su nombre estaba junto al de Javier, unidos por una fecha que todavía recordaba sin esfuerzo.

• • •

Había aplazado aquella cita dos veces.

Una porque Ángel tuvo tos.

Otra porque se convenció de que no era urgente.

En realidad, cada llamada para confirmar el horario le producía una resistencia que no sentía al hablar con la psicóloga. Podía aceptar que estaba triste, que necesitaba ayuda, que su matrimonio había sido más doloroso de lo que admitía.

Solicitar el divorcio era otra cosa.

Le parecía estar actuando contra la muchacha que había elegido el vestido blanco, contra la mujer que había aprendido a hacer el arroz como le gustaba a Javier, contra todas las versiones de sí misma que habían insistido en quedarse.

Elisa le había preguntado qué creía que aquella muchacha necesitaba de ella ahora.

Sara no supo responder entonces.

Frente a la abogada, empezaba a sospecharlo.

Hablaron durante una hora.

Inés revisó los gastos, preguntó por los horarios escolares y le pidió que describiera las visitas de Javier sin omitir las que sí había cumplido.

Sara lo hizo.

Después explicó las noches en que Ángel preguntaba si también ella se iría y cómo Liliana intentaba hacerse cargo de su hermano. A sugerencia de Elisa, había buscado a Irene, una psicóloga infantil. Los dos habían empezado consultas por separado; Sara recibía orientación sin pedirles que le contaran cada conversación. La primera cita de Ángel ocurrió después de la segunda visita cancelada. Liliana aceptó ir cuando entendió que no tendría que defender a ninguno de sus padres.

Había llevado a los niños a comer una vez. Otra tarde los recogió para comprarles zapatos. Ángel regresó contento; Liliana, callada, porque su padre pasó buena parte del tiempo hablando por teléfono.

También hablaron de la vivienda, los bienes y las deudas que tendrían que revisar.

La casa estaba a nombre de los dos y todavía tenía un crédito. Inés pidió el contrato y los estados de cuenta. Sara y los niños permanecerían allí mientras se resolvía qué hacer con ella; no podían decidir sobre el patrimonio con las mismas frases vagas con que Javier cancelaba una visita.

La abogada distinguió lo que podían proponer de lo que todavía necesitaba comprobar.

Sara agradeció esa precisión. No le prometió que todo sería rápido ni que Javier se convertiría en alguien razonable al recibir documentos.

—¿Ya decidiste divorciarte? —preguntó al final.

Sara miró sus manos.

—Sí —dijo.

Luego respiró.

Era la respuesta más corta que había dado en toda la consulta.

• • •

Se lo comunicó a Javier aquella noche.

Esperó a que los niños se durmieran y lo llamó desde la cocina.

—Fui con una abogada. Quiero que formalicemos el divorcio y los acuerdos de los niños.

Hubo un ruido de televisión al otro lado.

—¿Ahora qué te aconsejaron tus amigas?

Sara observó la puerta del refrigerador.

Había un dibujo nuevo de Ángel y el horario de Rebeca.

—Es una decisión mía.

—Pues haz lo que quieras.

Ella permaneció callada.

Javier añadió: —Siempre que no quieras dejarme sin nada.

—La abogada te hará llegar la propuesta. Necesitamos revisar los gastos y las visitas.

—Qué rápido se te olvidó que yo mantuve esta casa.

Sara estuvo a punto de enumerar sus aportaciones. Tenía años de cifras disponibles y recuerdos que él prefería ignorar.

No empezó.

—Hablaremos de eso por el conducto correspondiente.

Terminó la llamada y se quedó junto a la mesa.

Después lloró.

La decisión no la había vuelto inmune.

• • •

En Vértice, el proyecto avanzaba más despacio de lo que Sara esperaba.

Corregir una tabla era sencillo. Cambiar la forma en que compras, diseño y tiendas se comunicaban requería reuniones, pruebas y personas que a veces defendían un error porque llevaban años trabajando con él.

Sara encontró útil su experiencia docente.

Aprendió quién necesitaba datos, quién ejemplos y quién sentirse escuchado antes de aceptar una modificación.

Mónica comenzó a incluirla en decisiones de campaña.

Tomás le mandaba cifras con notas que decían: Esto quizá te sirva.

Una encargada de tienda llamó para contarle que habían logrado resolver varias compras sin sugerir a las clientas que cambiaran su cuerpo.

No era una victoria espectacular.

Sara la anotó.

Había aprendido a desconfiar de los cambios que prometían arreglarlo todo de una vez.

• • •

Las caminatas del sábado se volvieron habituales. Algunas semanas Sara añadió una vuelta corta los martes o los jueves, mientras Rebeca todavía estaba con los niños.

Después encontró un gimnasio pequeño a seis calles de su casa. Ofrecía clases de fuerza a primera hora y tenía una entrenadora llamada Paula, que le preguntó por lesiones, cansancio y experiencia antes de entregarle una rutina.

Sara dijo que quería adelgazar.

Paula asintió.

—También podemos trabajar para que te sientas más fuerte. Vamos viendo qué puedes sostener.

Las clases de Rebeca comenzaban a las nueve. Aceptó llegar a las seis y media dos mañanas a la semana, durante el tiempo que Sara iba al gimnasio. Lo sumaron a sus horas pagadas y acordaron que, si un cambio en la universidad impedía mantenerlo, buscarían otra distribución. Sara revisó el gasto antes de comprometerse.

El primer día volvió con las piernas temblando.

Ángel la vio subir un escalón sujetándose del pasamanos.

—¿Te peleaste?

—Con unas sentadillas.

El niño quiso saber quién había ganado.

Sara dejó las llaves.

—Todavía estamos discutiendo.

• • •

Durante las semanas siguientes cambió cosas pequeñas.

Preparó desayunos que podía comer sentada.

Dejó de pesarse cada mañana.

Volvió a tener hambre a horas previsibles y empezó a reconocer cuándo estaba buscando comida porque llevaba demasiado tiempo sin comer y cuándo necesitaba compañía, descanso o llorar.

No siempre acertaba.

Una tarde, después de una discusión con Javier por una transferencia incompleta, comió con prisa y terminó sintiéndose mal.

Estuvo a punto de castigarse saltándose la cena.

En lugar de hacerlo, se lo contó a Elisa.

La vergüenza perdió algo de fuerza cuando dejó de ser un secreto.

Una mañana pudo cargar las bolsas del supermercado sin dejarlas a mitad de la escalera. Dormía mejor algunas noches y había dejado de llegar a la primera clase con el estómago vacío.

Esa mejoría le gustó de un modo que no dependía de un espejo.

• • •

Ernesto no volvió a invitarla a salir.

La saludaba, preguntaba por los proyectos y respetaba el horario acordado. Si una reunión se prolongaba, Mónica organizaba quién continuaría y quién debía retirarse.

Sara notaba ese cuidado precisamente porque él no lo anunciaba.

Un miércoles presentaron los primeros resultados de la prueba.

La devolución de dos modelos había bajado después de corregir la información de las prendas. Las ventas crecían en las tiendas que habían recibido tallas suficientes.

Ernesto pidió que incluyeran en el informe las dificultades, no solo las cifras favorables.

Al salir, se quedó junto a Sara mientras esperaban el ascensor.

—Buen trabajo.

—Todavía falta comprobar si se sostiene.

—Sí. Pero ya sabemos más que hace un mes.

Las puertas se abrieron.

Él pulsó el botón de la planta baja y se hizo a un lado.

Sara sintió ganas de seguir hablando.

Le preguntó por las telas que siempre veía en su oficina.

• • •

Ernesto le explicó que había empezado a trabajar en un almacén de ropa de un tío.

—Aprendí a distinguirlas antes de saber llevar una contabilidad.

—¿Por eso las guardas?

—Por eso y porque a veces me ayuda tocar lo que estamos vendiendo. Paso demasiadas horas viendo números.

En recepción se detuvieron.

Sara llevaba el bolso sobre un hombro.

—Mi mamá cosía —dijo—. Yo reconocía algunas telas por el ruido de las tijeras.

Ernesto sonrió.

—Eso sí no lo sé hacer.

Hablaron un momento más.

Después ella miró el reloj.

—Tengo que irme.

—Hasta mañana, Sara.

En el automóvil, se sorprendió recordando la conversación sin buscar un significado oculto.

Había sido agradable.

Podía dejarla así.

• • •

El divorcio llegó a los niños en una tarde de lluvia.

Sara no quiso mencionarlo de paso ni anunciarlo como una catástrofe. Se sentó con ellos después de merendar.

—Papá y yo vamos a dejar de estar casados.

Ángel sostuvo el vaso con ambas manos.

—¿Ya no va a vivir aquí nunca?

—No vamos a volver a vivir juntos.

Liliana miró hacia la ventana.

—¿Pero sigue siendo nuestro papá?

—Sí. Eso no cambia.

Respondió preguntas que ya le habían hecho y algunas nuevas. No habló de Deyanira ni convirtió a los niños en testigos de lo que Javier le había hecho.

Ángel lloró.

Liliana se fue a su cuarto y regresó diez minutos después con una pregunta sobre Navidad.

Sara no tenía resuelto diciembre.

Se lo dijo.

Podían conocer la verdad sin recibir promesas que ella no estaba en condiciones de cumplir.

• • •

A finales de ese mes, Vértice organizó un encuentro de trabajo por los resultados de la campaña.

Sara recibió la invitación y pensó en rechazarla.

Era por la tarde. Requería cambiar el horario de Rebeca y llegar después de la cena.

Liliana la encontró probándose un vestido negro que llevaba años guardado.

Hacía tiempo que no lo usaba. Se sentó con él antes de decidir si estaría cómoda toda la tarde.

La niña se sentó sobre la cama.

—Te queda bonito.

Sara se sentó de nuevo, movió los brazos y comprobó que la tela no tiraba al levantar el vaso de agua. Había elegido algo que le gustaba y podía llevar durante varias horas.

—¿Te gusta? —preguntó Liliana.

Sara acomodó el cuello.

—Sí.

Lo dijo antes de examinar otro defecto.

• • •

En el encuentro, Ernesto llevaba una corbata que no le había visto en la oficina.

Se acercó cuando ella dejó su bolso en una silla.

—Me alegra que hayas venido.

—Rebeca pudo quedarse más tiempo.

Él preguntó cómo iban los niños.

Sara respondió sin dar una explicación completa de su vida.

Después hablaron con Mónica y Tomás de una campaña futura. Hubo comida, algunas bromas y un discurso breve que Ernesto acortó cuando alguien le señaló, riendo, que los platos se estaban enfriando.

Más tarde Sara salió a una terraza pequeña.

Necesitaba aire.

Ernesto apareció unos minutos después y se quedó junto a la puerta.

—¿Quieres estar sola?

Sara miró la silla vacía a su lado.

—Puedes sentarte.

Él lo hizo.

Durante un rato escucharon el ruido de la calle.

• • •

—Voy a divorciarme —dijo Sara.

No había planeado contárselo.

Ernesto volvió la cara hacia ella.

—Debe de ser un momento difícil.

—Lo es.

Sara alisó la falda sobre sus rodillas.

—A veces pienso que nunca voy a querer volver a estar con alguien.

Él permaneció en silencio.

Ella agradeció que no aprovechara la frase para ofrecerse como excepción.

—No sé por qué te lo estoy diciendo —añadió.

—No soy muy bueno para saber qué decir cuando alguien me cuenta algo así —admitió—. Puedo escucharte. O podemos hablar de otra cosa.

Sara negó.

Se quedó mirando las ventanas del edificio de enfrente.

Cuando volvió al salón, Ernesto caminó a su lado sin tocarla.

Al despedirse, ella le dio las gracias por la conversación.

Luego regresó a casa.

Los niños dormían. Rebeca había dejado una luz encendida en el pasillo.

Sara entró a su dormitorio, se quitó los zapatos y colgó el vestido.

Antes de acostarse, encontró en el bolso una copia de la propuesta que había revisado con su abogada.

En la última página estaba su firma.

La observó un momento y guardó el documento en la carpeta de sus papeles importantes.