Capítulo 11 de 20
Dos cafés y una salida
Javier avisó que recogería a los niños el sábado a las diez.
A las nueve con cincuenta y ocho, Sara recibió un mensaje.
Estoy afuera.
Lo leyó con una sorpresa incómoda. Había pasado tantos fines de semana explicando cancelaciones que la puntualidad le pareció un acontecimiento que debía agradecer.
No lo hizo.
Ayudó a Ángel a ponerse la mochila y comprobó que Liliana llevara el suéter.
—Les mando mensaje después de comer —dijo su hija.
—Si quieres. Disfruten.
Javier esperaba junto al coche.
Cuando Sara abrió la puerta, su mirada bajó al pantalón deportivo, subió hasta la blusa y se detuvo en su cara.
—Estás diferente.
Ella sujetó la puerta mientras Ángel pasaba.
—Regresan a las seis, ¿verdad?
—Sí. ¿Estás haciendo ejercicio?
Liliana ya había abierto la puerta trasera.
Sara miró a los niños.
—A las seis, entonces.
Javier sonrió de lado.
—Ahora sí encontraste tiempo.
Ella entró antes de contestar.
La casa quedó silenciosa de un modo que Sara todavía no sabía aprovechar.
No tenía que preparar una salida, cuidar una fiebre ni revisar trabajos. Había ropa limpia en el tendedero y una lista de compras sobre la mesa, pero ambas cosas podían esperar.
Fue a caminar.
En el parque, se cruzó con Paula, su entrenadora, que llevaba un perro pequeño con una expresión indignada.
—No le gusta madrugar —explicó.
Sara miró el reloj.
Eran casi las once.
—Tiene opiniones firmes.
Caminaron juntas una vuelta. Hablaron de las clases, de un dolor que Sara había sentido en el hombro y de una cafetería nueva frente al parque.
Paula le sugirió ajustar un ejercicio.
No comentó su peso.
Al despedirse, Sara continuó sola.
Podía andar más rápido que cuando había vuelto a salir con Mariela. Lo notó al llegar a la subida del sendero.
Redujo el paso porque quería mirar unos árboles florecidos.
No porque necesitara detenerse.
• • •
Ernesto le escribió al mediodía.
Sara vio su nombre mientras guardaba las compras.
Encontré una tienda con unas telas que quizá reconocerías por el sonido de las tijeras. Me acordé de nuestra conversación.
Debajo había una fotografía de rollos de colores.
No era un mensaje de trabajo.
Sara apoyó una bolsa sobre la encimera.
Leyó de nuevo.
Respondió: Mi mamá diría que la mitad son difíciles de coser.
La contestación llegó unos minutos después.
Entonces ya sabemos a quién no consultar para una recomendación técnica.
Sara sonrió.
Después dejó el teléfono y siguió guardando la despensa.
Lo miró otras tres veces antes de terminar.
• • •
No había olvidado la invitación que rechazó semanas atrás.
Tampoco había olvidado que Ernesto dejó de insistir.
Eso complicaba las cosas de una manera inesperada. No podía enojarse con él para evitar pensar en lo que sentía cuando aparecía su nombre.
En la siguiente consulta se lo contó a Elisa.
—Me gusta hablar con él.
—¿Y qué te preocupa?
Sara movió un anillo sencillo que llevaba en la mano derecha.
La alianza estaba guardada en una caja desde hacía un mes.
—Que sea porque me trata bien. Como si con eso ya fuera suficiente.
Elisa le pidió que pensara qué más conocía de Ernesto.
Sara mencionó su forma de escuchar, cómo aceptaba que alguien corrigiera una idea suya, su humor, el cuidado con que hablaba a las empleadas de las tiendas.
Luego se quedó callada.
—También sé que es mi jefe.
—Eso merece que lo pienses con atención.
Sara asintió.
No quería sustituir una dependencia por otra, aunque esta viniera acompañada de amabilidad.
• • •
El jueves, Ernesto pasó por el área de marketing para hablar con Mónica.
Sara continuó trabajando mientras los escuchaba discutir una fecha.
Al terminar, él se acercó a su escritorio.
—¿Cómo va el informe?
—Lo envié hace diez minutos.
Ernesto miró el teléfono.
—Entonces todavía no me da tiempo de decir que no lo encontré.
Ella se rio.
Él iba a marcharse cuando Sara lo llamó.
—Ernesto.
Se volvió.
Sara dejó las manos sobre el cuaderno.
—Podría tomar un café contigo el sábado.
Él no respondió de inmediato.
—Me gustaría.
—Una hora. En la cafetería frente al parque.
—De acuerdo.
Sara respiró.
—Pero quiero que hablemos de algo antes.
Ernesto acercó una silla, sin sentarse.
—¿Ahora?
—Sí.
• • •
Fueron a una sala pequeña con la puerta de cristal.
Sara eligió sentarse cerca de la salida, aunque no necesitaba huir de nada.
—Me preocupa que trabajemos en la misma empresa —dijo.
Ernesto dejó el teléfono boca abajo.
—Lo entiendo.
—Estoy empezando. Quiero que mis decisiones y mi trabajo se evalúen por lo que hago.
—Así debe ser.
Sara lo miró con atención.
—Y si tomo un café contigo, no estoy aceptando nada más.
Él asintió.
—Un café.
—Estoy en un divorcio. Tengo dos hijos. Hay días en que todavía no sé qué quiero.
—No necesitas decidirlo para el sábado.
Sara bajó la mirada hacia su cuaderno, cerrado sobre la mesa.
Ernesto añadió:
—Mónica es tu responsable directa, pero yo sigo teniendo autoridad sobre la empresa. No basta con que te diga que voy a ser justo. Antes de que esto avance, lo hablaríamos con Recursos Humanos: evaluaciones, sueldo, proyectos y una vía para que puedas plantear cualquier problema sin pasar por mí. Yo tendría que apartarme de esas decisiones.
Sara no respondió enseguida.
—Quiero saber quién las tomaría y que quede por escrito.
—Lo averiguamos. Si no podemos resolverlo de una forma que te dé confianza, no vamos a fingir que no importa.
Sara permaneció unos segundos en silencio.
—Está bien.
• • •
El viernes recibió los avances del trámite de divorcio.
Javier había aceptado discutir algunos acuerdos y rechazado otros. Inés le explicó qué documentos faltaban y cuál sería el siguiente paso.
Sara leyó todo después de cenar.
Todavía le dolía encontrar su matrimonio convertido en apartados.
Sin embargo, agradecía que los gastos de los niños tuvieran una forma verificable. Que una visita cancelada no desapareciera simplemente porque Javier cambiaba de tema.
Guardó el correo en su carpeta.
Luego abrió el armario.
Probó una blusa azul, después una blanca.
Al notar que llevaba veinte minutos decidiendo, se sentó en la cama.
Iba a tomar café.
No a demostrar que merecía ser elegida.
Se quedó con la azul porque le gustaba el color.
• • •
El sábado llevó a los niños a casa de Verónica.
Liliana había preparado una bolsa con sus materiales de dibujo. Ángel llevaba dos coches y el dinosaurio de siempre.
—¿Vas a trabajar? —preguntó la niña.
Sara terminó de anudarle el zapato antes de responder.
—Voy a tomar un café con un amigo.
Liliana la observó.
—¿Luego vienes?
—A las doce y media.
La niña asintió.
Sara no añadió más explicaciones.
Todavía no había nada que los niños necesitaran conocer.
• • •
Ernesto llegó antes.
No había reservado una mesa apartada ni elegido un lugar que ella no conociera. Estaba junto a la ventana, con un vaso de agua frente a él.
Se levantó al verla.
—Hola.
Sara respondió y se sentó.
Durante los primeros minutos hablaron de la cafetería, del perro de Paula y de una obra que bloqueaba dos calles cercanas.
La conversación tenía bordes torpes.
Eso la tranquilizó.
Ernesto también parecía estar pensando qué decir.
Cuando llegó el menú, él esperó a que ella eligiera.
Sara pidió café y pan con nueces.
No consultó mentalmente lo que había comido el día anterior.
• • •
—¿Siempre trabajaste en ropa? —preguntó.
Ernesto negó.
Le contó de un empleo en una empresa de transporte que detestaba, de un socio con quien había discutido durante años y de una tienda que tuvieron que cerrar porque él tardó demasiado en aceptar que no funcionaba.
Sara se sorprendió.
—En las entrevistas todo suena mucho más ordenado.
—Porque cortan las partes donde uno reconoce que hizo tonterías.
Ella soltó una carcajada.
Ernesto sonrió y siguió hablando.
Había estado casado. Su divorcio ocurrió siete años atrás. No tenía hijos.
—Queríamos vidas distintas —dijo—. Nos costó admitirlo.
Sara no pidió detalles.
Él tampoco convirtió a su exesposa en una explicación de todos sus errores.
• • •
Cuando le preguntó por la docencia, Sara habló durante varios minutos.
Contó el caso de un alumno que quiso vender un producto sin saber cuánto costaba fabricarlo, de una feria donde se fue la luz y terminaron exponiendo bajo las ventanas.
Ernesto escuchaba.
Una vez hizo una pregunta que le permitió seguir.
Otra vez se rio antes de que ella llegara al final.
Sara tomó un trozo de pan.
Se dio cuenta de que estaba contando recuerdos en los que Javier no aparecía.
Tenía una vida mucho más extensa que su matrimonio, aunque durante meses apenas hubiera podido verla.
• • •
A las doce y diez miró el reloj.
Ernesto lo notó.
—¿Vamos pidiendo la cuenta?
Sara asintió.
Ella sacó su cartera.
—Quiero pagar lo mío.
—Está bien.
No hubo una negociación incómoda.
Al salir, caminaron hasta la esquina donde Sara había dejado el coche.
El viento le movió el cabello sobre la cara y tuvo que sujetarlo con una mano.
Ernesto se detuvo a una distancia prudente.
—La pasé bien.
—Yo también.
Sara sostuvo las llaves dentro de la palma.
Él no intentó besarla.
Aquello le permitió quedarse unos segundos más.
—Podríamos repetirlo —dijo ella.
Ernesto sonrió.
—Cuando tú quieras.
• • •
En casa de Verónica encontró a Ángel durmiendo en el sofá y a Liliana dibujando un pájaro de patas larguísimas.
—Llegaste a la hora —dijo su hija.
Sara dejó el bolso.
—Te dije que vendría.
Liliana siguió coloreando.
Verónica le lanzó una mirada desde la cocina. Sara negó apenas, sonriendo, para indicar que hablarían después.
Se sentó junto a Ángel.
El niño tenía una mano abierta sobre el cojín y el cabello húmedo de sudor.
Sara le acarició la frente.
En su teléfono apareció un mensaje de Ernesto.
Gracias por el café y por la historia del alumno que quería fabricar sin presupuesto.
Ella respondió:
Todavía creo que algún día va a lograrlo.
Después guardó el aparato.
Liliana acercó su dibujo.
Sara lo sostuvo por las esquinas y le preguntó por el pájaro.
Tenía tiempo para escuchar la respuesta.