Capítulo 12 de 20

Una tarde con cuatro sillas

Ernesto supo que Sara tenía un hijo que desconfiaba de las películas donde los perros hablaban antes de saber cuál era su restaurante favorito.

—Dice que si pueden hablar, también deberían pagar la comida —le contó ella durante su segundo café.

Él se quedó mirándola.

Luego se rio.

—Tiene un argumento.

Sara tomó agua. Aquella tarde había llegado menos nerviosa, aunque todavía dejó el bolso sobre las piernas durante los primeros minutos.

Hablaron de sus familias. Ernesto le contó que su madre conservaba los comprobantes de garantía de aparatos que ya no tenía. Sara describió la forma en que su padre fingía entender las aplicaciones del teléfono hasta que terminaba llamándola.

Sus padres se habían mudado a otra ciudad después de jubilarse. Hablaba con ellos los domingos y su madre le mandaba fotografías de prendas que seguía arreglando para las vecinas. Habían ofrecido ir por unas semanas después de la separación. Sara aceptó una visita corta, pero no quiso convertir sus cuidados diarios en una mudanza que ellos no deseaban. Aquella distancia explicaba algunas dificultades; no significaba que estuviera sola.

No hablaron del divorcio.

Sara agradeció poder pasar una hora sin explicar su dolor.

Cuando terminó el café, Ernesto preguntó:

—¿Te gustaría cenar conmigo algún día?

Ella miró por la ventana.

—Sí. Pero necesito organizarme.

—Me dices cuándo.

Sara empezó a buscar mentalmente una fecha.

Después se detuvo.

No tenía que resolverlo antes de levantarse de la mesa.

• • •

La cena ocurrió dos semanas más tarde.

Para entonces, Sara ya había descubierto que Ernesto podía mandar un mensaje sin exigir una respuesta inmediata. También que algunas noches estaba ocupado y se lo decía sin adornarlo.

Ese ritmo le gustaba.

Aun así, dejó a Verónica el nombre del restaurante y la hora en que esperaba volver.

Su amiga miró el mensaje.

—Bien. ¿Quieres que te llame a las diez para ofrecerte una emergencia inventada?

Sara se rio.

—No.

—Está disponible el servicio.

Había elegido un vestido color vino que compró después de probarse varios. No era una recompensa por haber adelgazado ni una talla que esperaba usar algún día. Le quedaba esa tarde.

En el probador giró para verse de espalda.

Se sentó, levantó los brazos y se miró de espalda. Le gustó el color y la caída de la tela. No necesitó imaginar a Javier aprobándola al otro lado de la cortina.

Se llevó el vestido.

En el restaurante, Ernesto se levantó para recibirla.

La miró y sonrió.

—Qué gusto verte.

Sara notó que no estaba esperando un examen de su apariencia.

Se sentó.

Durante la cena discutieron sobre un libro que a él le había gustado y a ella no. Ernesto defendió al protagonista con tal seriedad que Sara le pidió que no lo contratara en Vértice.

—Tiene pésimo criterio —dijo.

—Tal vez necesite una buena asesora.

—Necesita aceptar un no.

Ernesto levantó las manos.

—Retiro mi defensa.

Sara se rio tanto que tuvo que dejar el vaso.

Más tarde, él le habló de un viaje que quería hacer a Oaxaca. Ella contó que sus hijos nunca habían volado.

—Ángel cree que los pilotos tienen que abrir las alas —explicó.

Ernesto inclinó la cabeza.

—No pienso corregirlo. Esa versión me gusta más.

• • •

Al despedirse, él se detuvo junto al coche.

Habían caminado hablando hasta allí. La calle estaba iluminada y dos personas salían del restaurante detrás de ellos.

Sara sostenía las llaves.

Ernesto miró su cara.

—¿Puedo besarte?

Ella no respondió de inmediato.

No fue miedo a él lo que sintió. Fue el peso de una idea antigua: Javier había sido el único, debía seguir siendo el único, todo lo demás demostraría que ella no había creído de verdad en lo que prometió.

Pero Javier ya no estaba allí.

Sara tampoco era la muchacha que había hecho aquella promesa.

—Sí —dijo.

El beso fue breve.

Ernesto se apartó antes de que ella necesitara hacerlo.

Sara miró sus manos y luego volvió a levantar la cara.

Lo besó otra vez.

• • •

Lloró al llegar a casa.

No de arrepentimiento.

Tampoco podía decir que fuera felicidad.

Se quitó el vestido, se puso el pijama y se sentó en el borde de la cama. Había disfrutado la cena. Había querido besar a Ernesto. Sin embargo, una parte de ella seguía buscando a quién pedir permiso para haberlo hecho.

Al día siguiente se lo contó a Elisa.

—Siento que rompí algo.

La psicóloga esperó.

—Yo quería un solo hombre. Toda la vida.

—¿Ese deseo sigue siendo lo que quieres para tu futuro?

Sara miró la alfombra.

—Ya no puedo tenerlo como lo imaginé.

—Puedes estar triste por eso sin castigarte por querer algo distinto ahora.

Sara respiró hondo.

No salió de la consulta con todas las contradicciones resueltas.

Pero esa noche no borró el mensaje de Ernesto donde le decía que había disfrutado estar con ella.

Respondió que también.

En la empresa fueron cuidadosos.

Mónica conocía la situación y habló con Sara por separado. Quería saber si se sentía cómoda y recordar cómo se revisarían su trabajo y sus condiciones laborales.

Sara agradeció que la conversación fuera concreta.

La responsable de Recursos Humanos, Laura Medina, dejó un acuerdo escrito. Mónica asignaría proyectos y evaluaría resultados; cualquier cambio de sueldo o puesto pasaría por Laura y por el responsable financiero, con los mismos criterios usados para el resto del equipo. Ernesto no participaría en la deliberación ni autorizaría individualmente esos cambios. Sara podría acudir a Laura sin avisarle a él.

El procedimiento también contemplaba qué hacer si terminaban la relación. Sara pidió una copia antes de firmar. Ernesto entregó su propia declaración de abstención y el acuerdo quedó incorporado al expediente laboral.

El trabajo continuó.

Sara descubrió que podía discutir una propuesta suya durante una reunión y recibir, esa tarde, un mensaje sobre un libro. 

• • •

Javier empezó a llamar más.

Casi siempre por asuntos que Sara podía resolverle: un documento, una fecha, el nombre del médico de Ángel.

Una tarde preguntó si ella estaba saliendo con alguien.

Sara estaba pelando una mandarina.

—Eso pertenece a mi vida personal.

—Mientras no metas a cualquiera con mis hijos.

Dejó de pelar.

—También son mis hijos. Estoy cuidándolos.

—Pues acuérdate de cómo eras antes.

Sara miró las cáscaras sobre el plato.

Antes había aprendido a contestar preguntas que no quería responder para evitar discusiones.

—Si quieres hablar de la visita del domingo, podemos hacerlo. De esto, no.

Javier colgó.

Sara terminó la mandarina y se la llevó a Ángel.

No le contó nada a Ernesto aquella noche. Quería hablar con él por gusto, no porque necesitara que otro hombre respondiera por ella.

• • •

Fue Liliana quien preguntó.

Estaban doblando una sábana y Sara se rio al leer un mensaje.

—¿Quién te escribió?

—Ernesto.

La niña sostuvo su extremo de la tela.

—¿El amigo del café?

—Sí.

—¿Te gusta?

Sara dejó la sábana sobre la cama.

—Sí, me gusta.

Liliana se quedó callada.

—¿Y a él?

—Creo que también.

Su hija miró el teléfono.

—¿Nos conoce?

—Sabe de ustedes. No se han visto.

Liliana dobló una esquina.

—¿Se va a quedar a vivir aquí?

Sara se acercó.

—No. Estamos conociéndonos. Eso no significa que vaya a vivir con nosotros.

La niña asintió, pero Sara esperó.

Había otra pregunta.

—¿Mi papá sabe?

—No necesitamos pedirle permiso. Pero nadie va a pedirte que guardes secretos sobre esto.

• • •

Sara habló también con Ángel.

El niño escuchó la explicación con atención y luego preguntó si Ernesto tenía hijos.

—No.

—Entonces no tiene juguetes.

Sara tuvo que contener una sonrisa.

—No lo sé. Podemos preguntarle, pero tus juguetes siguen siendo tuyos.

—Puede usar los míos, pero no el camión amarillo.

Acordaron conocerlo una tarde, en un lugar donde los niños pudieran estar cómodos y marcharse si se cansaban.

Sara habló con Ernesto.

Le pidió que no llevara regalos.

—No quiero que sientan que tienen que quererte porque les compraste algo.

—De acuerdo.

—Liliana puede estar distante.

—No tiene que facilitarme las cosas.

Sara dejó el teléfono sobre la mesa y pensó en esa respuesta durante un buen rato.

• • •

Eligieron una cafetería con jardín cerca del parque.

Ernesto estaba junto a una mesa de cuatro sillas cuando llegaron.

Se levantó.

—Hola, Liliana. Hola, Ángel.

El niño observó sus zapatos.

—¿Tú trabajas con mi mamá?

—Sí.

—¿Tú mandas?

Ernesto miró a Sara un instante.

—En algunas cosas. En otras manda gente que sabe más que yo.

Ángel pareció satisfecho.

Liliana respondió al saludo y se sentó junto a su madre.

Ernesto no intentó abrazarlos.

Tampoco llenó el silencio con preguntas rápidas.

Les ofreció el menú y esperó.

• • •

Ángel eligió una bebida de chocolate.

Liliana pidió agua.

Después de unos minutos, el niño sacó del bolsillo dos coches.

Uno cayó debajo de la mesa.

Ernesto lo recogió y se lo devolvió.

—Este tiene una rueda torcida.

—Se cayó de un puente.

—Eso explica bastante.

Ángel contó cómo había construido el puente, cuántos coches soportó y por qué el dinosaurio no debía probarlo.

Ernesto escuchó.

Cuando quiso mover uno de los coches, preguntó antes.

Liliana dibujaba en una servilleta.

Él no comentó el dibujo hasta que ella lo dejó en medio de la mesa.

Era un pájaro.

—Tiene unas patas largas —dijo.

—Es una garza.

—Entonces hice bien en no adivinar.

La niña sonrió apenas.

• • •

La tarde duró cuarenta y cinco minutos.

Ángel empezó a inquietarse y Liliana preguntó por la tarea del lunes.

Sara se levantó.

Ernesto no propuso prolongar el encuentro.

Se despidió de ellos en la entrada.

—Gracias por dejarme ver el puente, Ángel.

—No lo viste. Te lo conté.

—Cierto. Gracias por contármelo.

El niño levantó una mano.

Liliana dijo adiós.

En el coche permanecieron callados al principio.

Sara no preguntó si les había gustado. Dejó que fueran ellos quienes hablaran.

Ángel lo hizo al llegar al primer semáforo.

—No sabe mucho de garzas.

Liliana miró por la ventana.

—Pero no fingió que sabía.

• • •

Esa noche, mientras preparaban las mochilas, su hija se acercó.

—Mamá.

Sara cerró una lonchera.

—¿Qué pasa?

—Con él te ríes diferente.

Sara apoyó la mano sobre la tapa.

No sabía cuánto habían observado los niños durante aquellos años. Qué tono habían aprendido a reconocer antes de que ella fuera capaz de nombrarlo.

—¿Diferente cómo?

Liliana pensó un momento.

—Como cuando estás con Verónica y Mariela.

Después se fue a buscar su libro.

Sara permaneció en la cocina.

Había cuatro recipientes secándose junto al fregadero: dos de los niños, uno suyo y otro donde había guardado fruta para compartir esa tarde.

Los acomodó en el cajón.

Luego apagó la luz y fue a escuchar la lectura de su hija.