Capítulo 13 de 20

El departamento con vista

Seis meses después de que Javier saliera de la casa familiar, el departamento que compartía con Deyanira ya acumulaba avisos de pago debajo de un imán del refrigerador. Él los movía cuando llegaban visitas. Ella había dejado de apartarlos.

Deyanira abrió la puerta con una uña rota y el teléfono pegado a la oreja.

—Ya llegó —dijo antes de colgar.

Javier entró cargando una bolsa del supermercado. Había comprado vino, fruta y unas empanadas que ella pidió por mensaje.

Sobre el sofá vio dos maletas.

Una estaba abierta. La otra tenía un pañuelo anudado en el asa.

—¿Vas a salir?

Deyanira le quitó la bolsa para buscar el vino.

—Me voy.

Javier dejó las llaves sobre la barra.

—¿Adónde?

—A otro departamento.

Ella encontró la botella, leyó la etiqueta y la devolvió a la bolsa.

Javier miró las maletas otra vez. El departamento seguía lleno de objetos que él había comprado durante los últimos meses: una cafetera que casi no usaban, un espejo iluminado, cojines blancos donde nunca podía apoyar los zapatos.

—¿Con quién?

Deyanira cerró una cremallera.

Cuando lo conoció, Javier le habló de una separación que supuestamente ya estaba decidida. Ella había seguido trabajando en el club hasta que él insistió en que no le hacía falta; después descubrió que cada gasto llegaba acompañado de preguntas sobre sus horarios. Había querido salir de ese empleo y vivir de otra manera. También había aceptado cosas que no podía sostener por sí misma y aprendido a usar el entusiasmo de Javier para conseguirlas. Ahora tenía veintiún años, un curso de maquillaje inconcluso y otra promesa de un departamento mejor. No pensaba en Sara ni en los niños. Estaba ocupada calculando qué cabría en las maletas.

—Con alguien que no hace veinte preguntas por cada cosa.

• • •

Durante semanas, Javier había reconocido las señales y decidido no reconocerlas.

Las llamadas contestadas en el balcón.

Las tardes en que ella no sabía cuándo volvería.

Un brazalete que apareció después de una cena con amigas.

Cuando preguntó por él, Deyanira respondió:

—Un regalo.

Javier no insistió.

Había empezado a elegir el momento para preguntar y a aceptar explicaciones que no lo convencían. Le molestaba reconocer cuánto se parecía esa espera a la que Sara había vivido con él.

Cada vez que discutían, Javier proponía una compra o una salida. Luego se enfurecía porque ninguna resolvía lo que no se atrevían a hablar.

Una salida no reemplazaba la siguiente.

Un vestido no impedía otro reclamo.

Deyanira no quería escucharlo hablar de créditos, clientes indecisos o comisiones retrasadas.

—Siempre estás pensando en dinero —decía.

Javier empezó a llevarla a lugares que no podía pagar sin recurrir a la tarjeta.

Cuando la cuenta llegaba, volteaba el recibo sobre la mesa.

• • •

Ahora ella estaba metiendo perfumes entre la ropa.

Javier reconoció la botella que Sara había visto en el correo compartido.

—Te compré todo eso.

Deyanira levantó la cara.

—¿Quieres que te lo devuelva?

Él no había esperado una pregunta tan práctica.

—No se trata de eso.

—Entonces no lo saques.

Javier se acercó a la maleta.

—Yo dejé mi casa por ti.

Deyanira soltó una risa breve.

—Tú me dijiste que tu matrimonio ya no existía.

—Porque estaba contigo.

—Eso lo decidiste tú.

Javier había repetido que sus hijos estaban bien atendidos y que pronto arreglaría los papeles. Deyanira dejó de creer que aquello fuera una vida nueva cuando él empezó a revisar su teléfono. En vez de hablarlo, buscó una salida con Rodrigo. Esa decisión tampoco tenía la limpieza con que ahora pretendía explicarla.

Él la miró.

La muchacha llevaba unos pendientes que no le había visto antes. El teléfono volvió a vibrar.

Ella sonrió al leer la pantalla.

Javier quiso quitárselo.

Deyanira apartó la mano.

—Ni se te ocurra.

• • •

Se llamaba Rodrigo.

Javier obtuvo el nombre después de preguntar tres veces.

Treinta y un años. Un automóvil que él había visto en el estacionamiento sin imaginar para quién estaba esperando. Un departamento que Deyanira había descrito, días antes, como si hablara de una fotografía de revista.

—Tiene una vista preciosa —dijo ella.

Javier se pasó una mano por la frente.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Un hombre con más dinero?

—Quiero alguien con quien pueda hacer cosas sin que parezca que le estoy arruinando la vida.

—Te llevé a todas partes.

—Y luego te pasabas dos días quejándote de lo que gastabas.

Él apretó las llaves.

—También es más joven.

Deyanira cerró la maleta.

—Sí.

No intentó suavizarlo.

• • •

La discusión terminó junto a la puerta.

Javier bloqueó el paso durante unos segundos.

—Después de todo lo que hice por ti, me cambias así.

Deyanira se quedó quieta.

—Hazte a un lado.

—Mírame.

Ella lo miró, cansada.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que voy a quedarme porque me compraste cosas?

Javier golpeó la pared con la palma.

La muchacha retrocedió y su expresión cambió.

—No vuelvas a hacer eso.

Él bajó la mano.

Había querido asustarla para detenerla y ahora no sabía cómo recuperar la escena.

—Somos una pareja —dijo.

Deyanira levantó el asa de la maleta.

—No quiero seguir contigo.

Javier empezó a insultarla.

Ella respondió con una crueldad que parecía haber guardado para ese momento.

Lo llamó viejo decrépito.

Dijo que estaba cansada de escuchar lo joven que él se sentía cuando después no tenía ganas de nada.

También habló de la intimidad, comparándolo con Rodrigo.

Javier sintió que cada frase encontraba un lugar exacto donde herirlo.

Se hizo a un lado.

Deyanira pasó.

• • •

Cuando se cerró la puerta, el departamento quedó demasiado limpio.

No había juguetes debajo de la mesa ni cuadernos abiertos. Ninguna olla en la estufa. Ninguna voz llamándolo desde otro cuarto.

Javier abrió la bolsa del supermercado.

Las empanadas seguían tibias.

Comió una de pie.

La otra quedó sobre un plato hasta el día siguiente.

El banco llamó el lunes por una cuota vencida. Javier pagó con parte de una comisión y dejó incompleto el siguiente depósito de los niños. Patricia le recordó una firma que había olvidado confirmar; él respondió mal y tuvo que llamar después al cliente. Compró una botella para dormir. Al principio la guardó en una alacena. Más adelante empezó a beber antes de terminar los pendientes y a decirse que una mala semana explicaba cualquier retraso.

Por la mañana encontró un broche de cabello debajo del sofá. Lo recogió, lo dejó sobre la barra y abrió el teléfono.

Deyanira no respondía.

Escribió un mensaje largo.

Lo borró.

Escribió otro.

Al cabo de una hora, comprendió que ella había bloqueado su número.

• • •

Sara supo de la ruptura una semana después.

No por Deyanira.

No por Javier.

Teresa la llamó mientras salía del gimnasio.

—Necesito hablar contigo.

Sara se sentó en una banca para escucharla.

Su suegra preguntó primero por los niños. Luego guardó un silencio que parecía preparado.

—Javier está pasando un momento muy difícil.

Sara bebió agua.

—¿Qué pasó?

—Esa mujer lo dejó.

La frase produjo un movimiento rápido dentro de ella: sorpresa, satisfacción y algo parecido a una vieja esperanza que tuvo que mirar con atención antes de creerla.

Teresa continuó:

—Está solo. Casi no come. Dice que todo le sale mal.

Sara miró sus tenis.

—Lo siento.

—Tú lo conoces. Sabes cómo hablarle.

Ahí estaba el verdadero motivo de la llamada.

• • •

—No voy a ir a cuidarlo —dijo Sara.

Teresa respiró fuerte.

—No te estoy pidiendo que lo cuides. Solo que tengas consideración. Fue tu marido tantos años.

—Y es el padre de mis hijos. Podemos hablar de ellos.

—Una familia no se abandona por orgullo.

Sara se quedó inmóvil.

En el parque de enfrente, un hombre ayudaba a una niña a levantarse después de caer de su bicicleta.

—Yo no abandoné a la familia —respondió.

Teresa empezó a decir algo.

Sara la interrumpió con suavidad.

—No quiero discutir contigo. Pero no me pidas que arregle lo que está viviendo Javier.

Terminó la llamada.

Luego abrió el chat de Mariela.

Ya dejó de estar con Deyanira.

Su amiga respondió:

¿Cómo te sientes?

Sara tardó en escribir.

Confundida.

• • •

Aquella noche no se lo contó a Ernesto de inmediato.

Habían quedado en cenar en casa de Sara. Los niños querían enseñarle una película y él había prometido verla sin mirar el teléfono.

Ángel se sentó a su lado para explicarle algunas escenas antes de que ocurrieran.

Liliana protestó.

—Así se la vas a contar toda.

Ernesto levantó una mano.

—Yo todavía no entiendo por qué el señor dejó abierta la puerta.

El niño se tomó en serio la pregunta.

Sara los observó desde la cocina.

Había dejado comida preparada y Ernesto la ayudó a servirla sin convertir ese gesto en una exhibición. Después llevó sus platos al fregadero.

Al despedirse, ella lo acompañó a la puerta.

—Deyanira dejó a Javier —dijo.

Ernesto permaneció callado.

—Su mamá me llamó.

—¿Te pidió algo?

Sara asintió.

—Que me hiciera cargo, aunque no lo dijo así.

• • •

Ernesto apoyó una mano en el marco, lejos de ella.

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta le costó más que todas las opiniones que habría podido recibir.

Sara miró hacia el pasillo.

—No quiero volver. Pero me movió cosas.

—Entiendo.

—No significa que esté pensando en dejar de verte.

Él asintió.

—Me cuesta escuchar eso sin ponerme nervioso —admitió—. Pero prefiero que me lo digas. No hace falta que hoy lo tengas todo ordenado.

Sara sintió aflojarse algo en los hombros.

No le prometió que nunca volvería a dudar.

Él no se lo pidió.

Se despidieron con un beso breve.

Después Sara cerró la puerta y fue a revisar que los niños hubieran preparado sus mochilas.

• • •

El viernes Javier apareció a la hora acordada para recogerlos.

Sara llevaba un vestido sencillo y el cabello suelto. Había llegado de una presentación en una tienda y todavía tenía la credencial de Vértice dentro del bolso.

Javier la miró sin disimulo.

—Estás muy bien.

Ella entregó la mochila de Ángel.

—El medicamento va en el bolsillo delantero. No le toca tomarlo contigo, pero lo lleva por si hay algún retraso.

Javier no tomó la mochila enseguida.

—Sara.

Ella levantó la cara.

Él sonrió de un modo que conocía desde la preparatoria.

—Podríamos salir a comer los cuatro.

Liliana apareció detrás de su madre.

Javier amplió la sonrisa.

—Como antes.

Sara vio el entusiasmo inmediato en los ojos de Ángel.

Por eso eligió sus palabras despacio.

—Hoy les toca salir contigo. Yo tengo otros planes.

• • •

Javier se acercó un paso.

—No te cuesta nada.

Sara bajó la voz.

—No lo propongas frente a ellos sin hablar conmigo.

Él frunció los labios.

—Antes querías que estuviera aquí. Ahora que quiero arreglar las cosas, te pones así.

Sara sostuvo la mochila hasta que él la tomó.

—Nuestros acuerdos son para que estés con tus hijos.

Javier la miró de nuevo, esta vez con menos agrado.

—Ya sé lo del empresario.

Sara sintió que Liliana se había quedado muy quieta detrás de ella.

—No vamos a hablar de eso ahora.

Javier soltó una risa seca.

—Claro. Ahora tienes mejores planes.

Sara abrió la puerta.

—Regresan a las seis.

No repitió ninguna otra explicación.

• • •

Cuando el coche se fue, apoyó la espalda contra la puerta.

Se sentó en el escalón de la entrada hasta que pudo levantarse sin sujetarse a la pared.

Había sido capaz de decir que no y aun así había necesitado todo el cuerpo para sostenerlo.

Se quitó los zapatos, dejó la mochila de trabajo sobre una silla y llamó a Mariela.

—Creo que quiere regresar.

Su amiga esperó.

Sara miró el espacio del pasillo donde meses atrás había quedado atravesada la maleta gris.

—Y creo que no entiende que ya no estoy esperándolo.

Al otro lado de la línea, Mariela preguntó si quería compañía.

Sara miró la hora.

—Sí. Pero primero voy a comer.

En el refrigerador había un recipiente con su nombre escrito en una etiqueta.

Lo sacó, calentó la comida y puso un solo plato sobre la mesa.