Capítulo 14 de 20
Las flores devueltas
Durante las cinco semanas siguientes, Javier alternó visitas puntuales con mensajes que no tenían nada que ver con los niños. Inés recomendó fijar un canal único para horarios, gastos y avisos. Sara abrió una dirección de correo para esos asuntos. Javier confirmó que la usaría; los cambios de visita debían notificarse allí, no decidirse al llegar a la puerta.
El ramo llegó a las diez con veinticuatro.
La recepcionista de Vértice llamó a Sara para preguntarle si autorizaba que subieran unas flores.
—¿De quién?
—La tarjeta dice Javier.
Sara miró el informe que tenía abierto.
—No las subas, por favor.
Bajó ella.
El ramo ocupaba buena parte del mostrador: rosas rojas, follaje brillante y un papel dorado que crujió cuando tomó la tarjeta.
Para la mujer de mi vida.
No había firma debajo. Javier suponía que no hacía falta.
Sara recordó las flores de su aniversario número diez. Las había comprado ella y colocado en un florero antes de que él llegara. Javier dijo que eran bonitas y preguntó cuánto le habían costado.
La recepcionista esperó.
—¿Quieres que te consiga agua?
—No. Gracias.
Sara llamó a Javier desde un rincón del vestíbulo.
—No mandes cosas a mi trabajo.
—Buenos días para ti también.
—Te estoy hablando en serio.
—Te mando flores y todavía me reclamas.
Sara sostuvo la tarjeta entre dos dedos.
—No quiero recibirlas.
Él guardó silencio.
Luego preguntó:
—¿Porque las va a ver ese hombre?
Sara colgó.
Pidió a recepción que devolvieran el ramo al servicio de entrega si aún era posible.
Subió con la tarjeta.
No sabía por qué la había conservado.
• • •
A mediodía, Javier escribió siete mensajes.
El primero preguntaba si había comido.
El segundo recordaba una canción de su noviazgo.
En el tercero aparecía una fotografía de los dos en la playa, tomada años antes de tener hijos.
Después cambió el tono.
No puedes borrar más de veinte años por una equivocación.
Sara dejó el teléfono boca abajo.
Los siete mensajes habían interrumpido dos reuniones y el informe seguía sin terminar. Guardó las pruebas y redactó una sola respuesta.
En el siguiente descanso hizo capturas de los mensajes y las guardó junto con la imagen de la tarjeta.
Luego escribió:
Te pedí que no me contactaras por asuntos personales. Para lo relacionado con Ángel y Liliana, utiliza el correo que ya acordamos. No voy a hablar de regresar.
Releyó el mensaje antes de enviarlo.
No había ninguna frase que prometiera considerar la posibilidad después.
• • •
Ernesto se enteró por ella.
Lo llamó al salir y le dijo que Javier había mandado flores.
—Las devolví.
—¿Estás bien?
Sara se sentó en el coche.
—Enojada. Y me molesta estar nerviosa por algo que debería poder rechazar sin más.
Ernesto escuchó.
—¿Ha ido a buscarte?
—Todavía no.
Ella miró por el espejo antes de arrancar.
Ernesto notó el silencio.
—Si vuelve a mandar cosas o aparece, avisa a recepción y a Mónica. Podemos dejar instrucciones claras.
Sara pasó una mano por el volante.
—Voy a hablar con ellas mañana.
No quería que su vida privada se extendiera por la oficina, pero tampoco quería fingir que un ramo enorme no había llegado al mostrador.
La siguiente visita de Javier ocurrió el sábado.
No era su fin de semana con los niños.
Sara estaba cortando fruta cuando sonó el timbre. Ángel corrió hacia la puerta y ella lo detuvo antes de que abriera.
—Yo voy.
Javier llevaba una bolsa de pan.
Detrás de él, estacionado sobre la banqueta, estaba su coche.
—Traje conchas.
Sara no se apartó.
—No acordamos una visita.
—Vine a ver a mis hijos.
Ángel apareció junto a ella.
—¡Papá!
Javier levantó la bolsa.
—Y a desayunar.
Sara sintió cómo la situación se cerraba alrededor: si se negaba, él convertiría su respuesta en un rechazo al entusiasmo del niño.
Se agachó.
—Ángel, ve con Liliana un momento. Necesito hablar con papá.
El niño miró el pan.
—¿Me guardan una?
—Sí.
Cuando se fue, Sara volvió a ponerse de pie.
—No uses a los niños para entrar.
Javier bajó la bolsa.
—Estás exagerando.
—No vamos a volver —dijo ella.
Él miró hacia el interior de la casa.
—Podemos hablar sin hacer una sentencia.
—Ya lo hablamos.
—No, tú has decidido y yo tengo que aceptarlo.
Sara permaneció en la puerta.
Javier dejó la bolsa en el suelo y se acercó.
—Mírame. Estoy solo. Reconozco que me equivoqué.
Ella escuchó la frase que durante meses había querido recibir.
No sintió lo que había imaginado.
—¿En qué te equivocaste?
Él respiró con impaciencia.
—En irme.
Sara esperó.
Javier movió una mano.
—En todo eso. Lo de Deyanira.
—¿Y lo de antes?
Él frunció el ceño.
—Ahora vas a sacar todo.
Sara esperó a que mencionara alguna de las frases del dormitorio o la comida en la basura. Javier solo volvió a hablar del departamento vacío.
• • •
—Te traté bien muchos años —dijo Javier.
Sara miró la bolsa de pan a sus pies.
—También me hiciste daño muchos años.
—Nunca te faltó nada.
Ella sostuvo su mirada.
—No quiero seguir hablando en la puerta. Vete, por favor.
Javier la recorrió con los ojos.
Llevaba una camiseta ajustada y pantalones de ejercicio. Había salido temprano al gimnasio y todavía tenía el cabello recogido.
—Ahora sí te arreglas.
Sara no contestó.
—Si te hubieras puesto así antes, quizá no…
Se detuvo.
Ella abrió un poco más la puerta para mantenerse firme sobre ambos pies.
—Termina la frase.
Javier apretó la mandíbula.
—No lo dije por eso.
—Vete.
Esta vez su voz no tembló hasta después de cerrar.
• • •
Ángel quería saber por qué su padre no entró.
Sara llevó la bolsa de pan a la cocina.
—Vino sin que acordáramos la visita.
—Pero podía desayunar.
—Hoy no.
Liliana estaba sentada frente a la fruta. Miraba a su madre con una atención que le resultaba dolorosa.
—¿Te está pidiendo volver?
Sara dejó el cuchillo.
—Sí.
Ángel levantó la cara.
—¿Va a volver?
Ella se sentó con ellos.
—No vamos a volver a vivir juntos.
El niño empezó a llorar.
Sara lo abrazó sin intentar distraerlo con el pan.
Liliana permaneció callada hasta que su hermano se tranquilizó un poco.
—¿Porque ya no lo quieres?
Sara eligió una respuesta que no les entregara más de lo que podían sostener.
—Porque estar casados no nos estaba haciendo bien. Yo no quiero vivir como vivíamos.
• • •
El lunes, Mónica la acompañó a recepción.
Hablaron con la encargada y dejaron instrucciones: no subir entregas personales de Javier ni darle acceso a las oficinas. Si llegaba, debían avisar a Sara antes de cualquier contacto.
La encargada anotó su nombre.
No hizo preguntas sobre el matrimonio.
Sara agradeció la discreción.
Después informó a Inés y le envió los mensajes. La abogada le pidió que continuara registrando los incidentes y que le avisara si Javier aparecía de nuevo o la amenazaba.
Aquella tarde, Elisa la encontró agotada.
—Siento que me está obligando a explicarme todo el tiempo —dijo Sara—. Y cuando termino de hablar, actúa como si no hubiera dicho nada.
Elisa le pidió leer en voz alta la última respuesta que había enviado.
—¿Hay algo que no hayas dicho ahí? —preguntó.
Sara pensó en los mensajes, en las llamadas, en el tiempo que dedicaba a redactar respuestas imposibles de malinterpretar.
—Que no quiero volver —contestó.
Ya lo había dicho.
El miércoles, Javier llamó desde un número que no tenía guardado.
Sara contestó pensando que era una tienda.
—¿Por qué no respondes?
Ella se levantó del escritorio.
—Porque ya te dije cómo podemos comunicarnos.
—Necesito hablarte.
—¿Les pasó algo a los niños?
—No. Pero necesito hablarte.
Sara se detuvo junto a una sala vacía.
—Entonces escribe al correo.
—¿Ya te acuestas con él?
La pregunta llegó con una violencia que no necesitaba volumen.
Sara sintió náuseas.
—Voy a colgar.
Javier empezó a insultarla antes de que cortara.
Ella permaneció unos segundos con el teléfono junto a la oreja, aunque la llamada había terminado.
Después anotó la hora.
Escribió la hora y el número en una nota para Inés. Tuvo que esperar antes de guardar la captura: los dedos no acertaban a pulsar la pantalla.
• • •
Ernesto la encontró al salir de la sala.
No intentó tocarla.
—¿Quieres que busque a Mónica?
Sara asintió.
Él fue por ella.
Los tres se sentaron en una oficina. Sara contó la llamada y pidió salir veinte minutos antes para hablar con la abogada.
Mónica aprobó el cambio.
Ernesto esperó a que ella terminara de explicar.
—¿Te acompaño al estacionamiento?
Sara lo miró.
—Sí.
Caminaron juntos al final de la jornada.
No había nadie junto a su coche.
Aun así, él se quedó hasta que ella estuvo dentro.
Antes de cerrar la puerta, Sara apoyó una mano sobre la de él.
—Gracias.
Ernesto le apretó los dedos.
—Avísame cuando llegues.
Ella asintió porque quería hacerlo.
• • •
Aquella noche recibió una fotografía de Teresa.
Era Javier de joven, sentado en el patio de la casa familiar.
Debajo había un mensaje:
Este es el hombre del que te enamoraste. No lo olvides por un mal momento.
Sara amplió la imagen.
Reconoció la camiseta. El verano. Una tarde en que ella había pasado horas hablando con él de la vida que tendrían.
Sintió tristeza por ese muchacho.
También por la muchacha que lo escuchaba fuera del encuadre.
Respondió:
No lo he olvidado. Pero estoy tomando decisiones sobre cómo vivimos ahora. Te pido que no intervengas para convencerme de regresar.
Dejó el teléfono en la cocina.
En su dormitorio, Liliana la llamó para pedir ayuda con una pulsera que no conseguía cerrar.
Sara fue.
La niña extendió la muñeca y esperó mientras su madre acomodaba el broche.
—¿Ya quedó?
Sara lo comprobó con un pequeño tirón.
—Ya.
Liliana levantó el brazo para verla bajo la luz.
Sara se sentó junto a ella un momento, sin el teléfono, sin ninguna respuesta pendiente entre las manos.