Capítulo 16 de 20
La pregunta dentro del cajón
Ernesto compró el anillo un jueves y lo dejó durante varias semanas en el cajón donde guardaba las llaves de un coche que ya había vendido.
Cada mañana abría ese cajón para buscar alguna cosa que no estaba allí.
Luego lo cerraba.
Sara no sabía nada.
Habían transcurrido diez meses desde la separación y algo más de cinco desde el primer café juntos. Ernesto había pensado en proponerle matrimonio, pero cada vez que abría el cajón recordaba una conversación pendiente. No conocían todavía sus rutinas de convivencia.
Seguía organizando su vida en intervalos manejables: el trabajo, las consultas, los niños, las caminatas. Después del incidente en Vértice había pasado varios días sobresaltándose con llamadas de números desconocidos. Todavía revisaba el estacionamiento antes de acercarse al automóvil.
Javier ya no podía entrar al edificio. La respuesta a la solicitud de protección estableció que no debía buscarla en su casa ni en sus lugares habituales; los asuntos de los niños continuarían por el correo acordado y las entregas se harían sin contacto directo entre ambos. Inés le entregó copia, explicó qué hacer ante un incumplimiento y pidió que no confundiera el documento con una garantía de que Javier obedecería.
No era tranquilidad completa.
Era suficiente para empezar a dormir mejor.
• • •
El divorcio quedó formalizado cuando había pasado casi un año desde la salida de Javier.
Sara recibió la confirmación durante una mañana de trabajo.
Leyó el documento en una sala pequeña y llamó a Inés para aclarar dos detalles. Después guardó una copia y regresó al escritorio.
El convenio fijaba las aportaciones para los niños, los gastos extraordinarios y las condiciones de las visitas. También resolvía la vivienda: la venderían, cancelarían el saldo del crédito y repartirían lo restante según lo convenido. Sara y los niños podrían permanecer en ella hasta completar la venta. Habían separado las deudas familiares de las compras que Javier hizo después de irse. Inés revisó los comprobantes antes de cerrar ese apartado.
Tomás le preguntó por una gráfica.
Ella respondió.
A las cinco salió como cualquier otro día.
Solo en el coche, con el cinturón puesto y las llaves en la mano, se permitió llorar.
No quería a Javier de vuelta.
Eso no impedía que le doliera el final definitivo de algo en lo que había invertido casi toda su vida adulta.
Llamó a Mariela.
—Ya terminó.
Su amiga no le dijo que debía festejar.
—¿Quieres que vaya?
—Sí.
• • •
Comieron las tres en casa de Sara.
Verónica llevó pan. Mariela preparó té mientras los niños terminaban una película en la sala.
—No sé por qué sigo triste —dijo Sara—. Se supone que esto era lo que quería.
Verónica partió un trozo de pan.
—También querías que tu matrimonio fuera distinto. No se te tiene que olvidar eso hoy.
Sara miró hacia la sala.
Ángel estaba sentado en el suelo, con las rodillas recogidas. Liliana había apoyado los pies sobre un cojín.
La casa seguía siendo una casa.
No estaba completa de la manera que ella había imaginado, pero tampoco se había convertido en el fracaso que temió durante años.
Mariela le sirvió más té.
—Puedes estar triste y cenar con nosotras.
Sara tomó la taza.
Aquello sí sabía hacerlo.
Ernesto no fue esa noche.
Ella le había dicho que necesitaba estar con sus amigas y él respondió que hablarían al día siguiente.
El viernes se encontraron después del trabajo.
Caminaron por un parque cercano, sin entrar a ninguna cafetería.
Sara le contó que el divorcio ya era definitivo.
Ernesto escuchó.
—No quiero que pienses que ahora tengo que decidir algo sobre nosotros —añadió ella.
Él se detuvo junto a una banca.
—No lo pienso.
Sara miró sus zapatos.
Había pasado tanto tiempo anticipando expectativas ajenas que a veces preparaba defensas antes de recibir una pregunta.
Se sentaron.
Hablaron de los niños y de una reunión de trabajo que Ernesto había salido evitando porque sabía que acabaría pidiendo un proyecto imposible para la semana siguiente.
Sara se rio.
Después apoyó la cabeza en su hombro.
• • •
Su relación con el cuerpo había cambiado durante aquellos meses.
No de una semana a otra.
Había ganado fuerza y perdido parte del peso, aunque no al ritmo de una promesa publicitaria. Podía terminar una rutina sin marearse y elegir ropa por su comodidad o por el color, en vez de buscar únicamente lo que la escondiera.
También había estrías.
Una cicatriz.
Días en que se veía cansada.
Paula ajustaba las rutinas según su capacidad y Beatriz la ayudaba a no volver a los extremos.
Sara compró un pantalón porque le quedaba bien, no porque prometiera caber en él después.
Cuando lo estrenó, Liliana le preguntó si era nuevo.
—Sí.
—Te gusta cómo te ves.
No fue una pregunta.
Sara miró su reflejo en el vidrio del comedor.
—Hoy sí.
• • •
Javier vio ese pantalón cuando coincidieron en una entrega acordada de los niños.
Llevaba la camisa arrugada y una sombra oscura debajo de los ojos. Olía a cigarro.
Sara se mantuvo a distancia.
La visita se realizaría según las condiciones que habían establecido y cualquier cambio debía avisarse antes.
Javier miró a los niños, luego a ella.
—A ti sí te fue bien.
Sara entregó la mochila a Verónica, que acompañaba la entrega en el punto público acordado. Ella permanecería hasta que Javier se marchara con los niños y volvería a estar allí al regreso; no supervisaba toda la salida.
—Liliana necesita llevar su libro de regreso. Va en el bolsillo grande.
Él soltó una risa.
—Ya ni me miras.
Sara levantó los ojos.
Lo vio.
No encontró al joven de la papelería esperando que lo rescataran dentro de aquel hombre.
Encontró a Javier, molesto porque ella ya no organizaba su vida alrededor de lo que él deseaba.
Se despidió de sus hijos.
No discutió.
• • •
Con Ernesto, los encuentros se hicieron más frecuentes.
A veces cenaban solos.
Otras tardes él iba a casa y ayudaba a Ángel a terminar construcciones que inevitablemente incluían accidentes. Liliana empezó a mostrarle sus dibujos sin que su madre estuviera cerca.
Una tarde le pidió su opinión sobre un paisaje.
Ernesto lo observó.
—Me gusta el cielo.
—Todo mundo dice eso.
Él acercó un poco la hoja.
—Entonces dame tiempo para encontrar otra cosa.
Liliana esperó, divertida.
Sara los escuchó desde la cocina.
• • •
La primera discusión ocurrió por algo pequeño.
Ernesto había reservado una salida para el cumpleaños de Sara sin consultarle la fecha. Incluía una noche fuera de la ciudad.
Se lo anunció creyendo que sería una sorpresa agradable.
Ella dejó de sonreír.
—No puedo irme sin organizar a los niños.
—Podemos buscar quién se quede con ellos.
—Ya reservaste.
Ernesto se quedó callado.
La confirmación de la reserva seguía abierta en el teléfono de Ernesto. Sara no podía dejar de verla.
—No quiero enterarme de mis planes después de que otra persona los hizo.
Él miró la confirmación en su teléfono.
—Tienes razón.
La respuesta no terminó de calmarla.
Hablaron esa noche y volvieron a hablar al día siguiente. Ernesto canceló la reserva.
Sara le explicó por qué una sorpresa así podía sentirse como una obligación.
Él no le pidió que agradeciera antes de opinar.
• • •
Celebraron su cumpleaños en casa.
Hubo comida comprada, un pastel que Ángel quiso cortar antes de cantar y una guirnalda que Liliana pegó demasiado baja.
Sara cumplía cuarenta y un años.
Liliana había cumplido diez dos meses antes y Ángel acababa de cumplir siete. La niña empezó a elegir qué actividades quería conservar para el siguiente curso; su hermano ya escribía las etiquetas del puente con una letra grande y esforzada. Sara los escuchó discutir sobre la guirnalda y reconoció cuánto habían crecido durante aquel año.
Ernesto le regaló un libro que habían comentado y escribió una nota breve en la primera página.
Ella la leyó después, cuando los invitados se fueron.
Me gusta conocerte sin tener que adivinar quién deberías ser.
Sara pasó el dedo por la letra.
Luego cerró el libro y lo dejó junto a la cama.
No sabía si aquella relación duraría para siempre.
Por primera vez, esa incertidumbre no volvía inútil lo que estaban viviendo.
• • •
Un sábado, Ernesto invitó a Sara a cenar.
Los niños se quedaron con Verónica. Él había preguntado antes por el horario y por el lugar.
Durante la comida estuvo más silencioso de lo habitual.
Sara dejó el tenedor.
—¿Te pasa algo?
Él sonrió sin conseguir parecer despreocupado.
—Estoy nervioso.
—¿Por qué?
Ernesto respiró hondo.
Sacó una caja pequeña.
No se arrodilló en medio del restaurante ni llamó a ningún mesero.
La puso sobre la mesa, entre ambos.
Sara dejó de moverse.
—Quiero casarme contigo —dijo él—. Quiero construir una vida contigo y con Ángel y Liliana, sin pedirte que dejes la tuya.
• • •
Ella miró la caja cerrada.
El ruido del restaurante parecía venir de otra habitación.
Había imaginado muchas veces una propuesta de matrimonio cuando era joven. Después, durante años, ni siquiera había considerado que pudiera ocurrir de nuevo.
Ahora estaba allí.
Y no podía decir que sí.
—Ernesto…
Él la miró con atención.
Sara sintió que le ardían los ojos.
—No estoy lista.
Él asintió despacio.
—Está bien.
Ella negó, angustiada.
—No sé si voy a estarlo. No quiero que te quedes esperando porque yo…
La frase se quebró.
Ernesto guardó la caja.
—No necesitas prometerme una respuesta futura.
Sara se cubrió la boca con una mano.
Él esperó a que pudiera hablar.
• • •
—Tengo miedo de volver a convertirme en la mujer que hacía todo para que no la dejaran —dijo.
Ernesto apoyó las manos sobre la mesa.
—No quiero esa vida para ti.
—Pero yo tampoco la quería antes. Y terminé ahí.
Aquello era lo que más le costaba explicar: no desconfiaba únicamente de él. Desconfiaba de su propia capacidad para reconocer el daño a tiempo, de la rapidez con que podía empezar a ceder espacio si amaba a alguien.
—No puedo resolverte ese miedo con una propuesta —respondió Ernesto.
Sara lo miró.
—No.
Él asintió.
—Entonces no intentemos resolverlo esta noche.
Pidieron la cuenta.
La cena no continuó como si nada, pero tampoco se convirtió en un castigo.
• • •
Al llegar a recoger a los niños, Verónica abrió la puerta.
Vio la cara de Sara y no preguntó frente a ellos.
Ángel estaba dormido. Liliana se puso el suéter sin dejar de bostezar.
Ernesto ayudó a llevar la mochila hasta el coche y se despidió.
Sara lo abrazó.
Él no le dijo que lo pensara mejor.
En casa, cuando terminó de acostar a los niños, encontró un mensaje suyo.
Llegué bien. Te quiero. No tienes que contestar esta noche.
Sara se sentó en el borde de la cama.
Había dicho que no.
El afecto seguía allí.
Leyó el mensaje una segunda vez y luego dejó el teléfono sobre la mesa de noche.
No abrió ninguna caja.
No eligió ninguna fecha.
Se acostó con la puerta entreabierta, escuchando a sus hijos dormir, y permitió que aquella noche terminara sin darle una respuesta definitiva a nadie.