Capítulo 17 de 20

Lo que no se compra en una joyería

La propuesta había llegado poco después del divorcio. Sara pasó el domingo tratando de distinguir su afecto por Ernesto de la urgencia que le producía otra caja de anillos. El lunes volvió al trabajo sin una respuesta nueva.

El lunes, Sara llegó a Vértice preparada para encontrar alguna diferencia.

Un saludo más breve.

Una reunión de la que ya no formara parte.

El silencio de Ernesto al pasar frente a su escritorio.

Había rechazado su propuesta de matrimonio el sábado y, aunque él recibió su respuesta con cuidado, una parte de ella seguía esperando que la cuenta llegara después.

A las nueve, Mónica le pidió revisar un presupuesto.

A las diez, Tomás discutió una cifra con ella.

A las once, Ernesto entró en la sala de reuniones, saludó a todos y escuchó la presentación de una nueva campaña.

Cuando Sara señaló que el plazo era demasiado corto, él preguntó cuánto tiempo necesitaban.

Ella respondió.

Ernesto anotó la fecha.

No había ninguna factura escondida en su conducta.

Sara salió de la reunión con un cansancio distinto: el de haber pasado una mañana entera defendiendo una puerta que nadie intentaba abrir.

• • •

Aquella noche lo llamó.

—¿Podemos hablar?

—Sí.

Sara estaba sentada en el borde del sofá. Había recogido los juguetes, pero quedaban dos coches debajo de una silla.

—Pensé que ibas a estar enojado.

Ernesto tardó unos segundos en responder.

—Me dolió. Quería que dijeras que sí.

Ella cerró los ojos.

—Lo sé.

—Pero no estoy enojado contigo por no querer casarte.

Sara pasó una mano por el cojín.

Agradeció que no fingiera indiferencia. Podía entender que su respuesta lo entristeciera; lo que no quería era convertirse en responsable de quitarle esa tristeza a cualquier precio.

—Quiero seguir contigo —dijo—. No puedo ofrecerte una fecha.

—Entonces sigamos viendo cómo nos sentimos. Si algo cambia, lo hablamos.

Sara respiró.

Después preguntó por su día.

No pasaron el resto de la llamada negociando el sábado.

• • •

Javier perdió una venta importante esa misma semana.

Llegó tarde a la firma, con aliento a alcohol y un error en los documentos que nadie había detectado porque él no los revisó. El comprador se negó a continuar y pidió trabajar con otro agente.

Su jefe lo llamó al despacho.

Javier intentó explicar que estaba pasando por problemas personales.

El hombre lo escuchó, pero abrió una carpeta donde había otros retrasos, llamadas sin contestar y una queja de una clienta.

—Necesitas hacerte cargo de esto.

Javier salió convencido de que todos estaban buscando una razón para perjudicarlo.

Patricia se ofreció a cubrir una cita para que pudiera ir al médico. Javier se ofendió: dijo que no estaba enfermo. Esa semana aún cerró una operación pequeña, pero destinó casi toda la comisión a ponerse al día con el departamento. Mandó solo una parte de la aportación de los niños y prometió completar el viernes. El viernes no lo hizo. Sara envió los comprobantes a Inés y reajustó su presupuesto; no llamó a Ernesto para que cubriera lo que Javier debía.

Esa noche fue al club donde había conocido a Deyanira.

El encargado lo reconoció.

También reconoció las dos cuentas que seguían pendientes.

—Primero arreglamos lo anterior.

Javier sonrió como si se tratara de una broma.

Nadie sonrió con él.

• • •

Sara no supo nada hasta que Teresa llamó para decirle que su hijo había pedido dinero.

—No le presté —añadió, en un tono que parecía esperar aprobación.

Sara estaba preparando una exposición de resultados.

—¿Está bien?

—Dice que sí. Pero lo escuché raro.

Teresa guardó silencio.

Por primera vez no le pidió que fuera a buscarlo.

Sara agradeció ese cambio sin decirlo.

—Si está bebiendo, necesita ayuda. Yo no puedo hacerme cargo de él.

—Ya sé.

La voz de su exsuegra sonó envejecida.

Sara pensó en la mujer que preparaba café cuando Javier lo pedía desde la sala.

Podía sentir compasión por ella sin abrir otra vez la puerta a su hijo.

Hablaron unos minutos de Liliana y Ángel.

Después terminaron la llamada.

• • •

El sábado Javier debía ver a los niños.

El encuentro estaba organizado en un lugar público, con las precauciones acordadas después del incidente en Vértice.

Sara llegó unos minutos antes.

Liliana llevaba un libro. Ángel sostenía un coche nuevo que había comprado con dinero ahorrado.

Javier apareció caminando deprisa.

Sara notó el olor antes de que él terminara de saludar.

No necesitó acercarse más.

—Hoy no se van contigo.

La sonrisa de Javier desapareció.

—No empieces.

Sara mantuvo a los niños a su lado.

—Has bebido.

—Una cerveza.

Verónica, presente para la entrega, se acercó. No intentó determinar cuánto había bebido Javier: señaló que olía a alcohol y que no entregarían a los niños. Guardó registro de la hora y del mensaje que enviaron a Inés para revisar cómo continuar las visitas.

Javier levantó la voz.

Ángel apretó el coche contra su pecho.

Sara se agachó.

—Vamos a irnos.

Liliana no discutió.

Eso le dolió más que si hubiera llorado.

• • •

En el automóvil, Ángel preguntó si su padre estaba enfermo.

Sara miró el retrovisor antes de responder.

—Hoy no estaba en condiciones de cuidarlos.

—Pero dijo que sí.

—A veces un adulto dice que puede hacer algo y no puede. Yo tengo que asegurarme de que ustedes estén bien.

Liliana cerró el libro sobre sus piernas.

—Olía como el señor de la tienda que se queda dormido afuera.

Sara no fingió que no había entendido.

—Había tomado alcohol.

Irene trabajó con ellos aquella semana el enojo, las preguntas y el miedo que dejó la visita frustrada. Sara habló con la psicóloga sobre lo ocurrido sin pedirle que convenciera a los niños de rechazar a su padre.

La niña miró por la ventana.

Ángel empezó a llorar en silencio.

Sara se detuvo en un estacionamiento y se pasó al asiento trasero.

No prometió que su padre estaría mejor el siguiente sábado.

Se quedó abrazándolo hasta que dejó de apretar el coche.

• • •

Ernesto iba a cenar con ellos esa noche.

Sara pensó en cancelar.

Luego lo llamó y le contó lo sucedido.

—Quizá estén callados.

—Podemos dejarlo para otro día.

Sara miró a Liliana, que dibujaba en la mesa.

—Quiero que vengas. Solo no intentes animarlos todo el tiempo.

—De acuerdo.

Ernesto llegó con los ingredientes que habían acordado para hacer pizza.

No traía juguetes.

No mencionó a Javier.

Ángel quiso colocar todo el queso en una sola mitad. Liliana corrigió la forma de una masa que parecía un mapa.

Ernesto aceptó instrucciones.

Cuando una pizza salió demasiado tostada, la puso sobre la tabla y la examinó.

—Esta necesita un nombre propio.

Ángel sonrió.

Fue suficiente.

Después de cenar, Liliana se quedó con él en la mesa mientras Sara lavaba unas verduras para el día siguiente.

La niña dibujaba pequeñas ventanas en una casa.

—¿Tú vas a dejar de venir? —preguntó.

Ernesto dejó su vaso.

—No tengo pensado hacerlo.

Liliana continuó con el lápiz.

—Mi papá tampoco tenía pensado irse.

Sara detuvo las manos debajo del agua.

Ernesto esperó antes de responder.

—Tienes razón. No puedo pedirte que me creas solo porque lo digo. Podemos seguir conociéndonos.

La niña levantó la cabeza.

—¿Y si te enojas con mi mamá?

—Hablaría con ella. No contigo.

Liliana observó su cara.

Después volvió al dibujo.

Sara cerró el grifo.

No intervino.

• • •

La respuesta la acompañó varios días.

No era una promesa impresionante. Ernesto no había ofrecido quedarse por toda la eternidad frente a una niña que ya sabía que los adultos podían marcharse.

Había aceptado que debía demostrar quién era.

Sara pensó en eso durante la consulta.

—Me siento mal porque él sí quiere casarse —dijo.

Elisa le preguntó si estaba deseando hacerlo o deseando dejar de sentirse culpable.

Sara se quedó callada.

Luego sonrió con tristeza.

—Esa pregunta arruina muchas respuestas bonitas.

—Tal vez permite encontrar una verdadera.

Hablaron de su miedo a ceder.

Sara descubrió que seguía describiendo el matrimonio como un lugar donde debía hacerse útil para que no la dejaran.

No bastaba cambiar de hombre si ella llevaba consigo el mismo contrato invisible.

• • •

Empezó a hablar con Ernesto de cosas menos románticas.

Quién limpiaba.

Quién organizaba los gastos.

Qué esperaba cada uno de vivir con alguien.

Si quería hijos.

Cómo protegerían el tiempo de Liliana y Ángel.

Una noche discutieron sobre la ayuda doméstica.

Ernesto la tenía en su casa y pensó que eso resolvería fácilmente el tema.

Sara negó.

—No quiero que la organización siga siendo responsabilidad mía, aunque haya alguien que limpie.

Él frunció el ceño, pensando.

—Entonces tendríamos que distribuir también lo que hay que recordar.

Sara asintió.

La conversación duró más de una hora.

No acabó con un beso que hiciera desaparecer los desacuerdos.

Acabó con ambos reconociendo que todavía había cosas por entender.

Durante las ocho semanas siguientes hicieron espacio para esas conversaciones. Ernesto no quería tener más hijos; Sara tampoco deseaba otro embarazo. Acordaron que ninguna decisión sobre Liliana y Ángel se tomaría como una extensión automática de la pareja. También hablaron de conservar dinero propio, amistades y tiempo a solas. A Sara le incomodó pedir una noche sin visitas. A Ernesto le costó admitir que a veces llegaba agotado y necesitaba silencio antes de conversar. No todo encajó a la primera.

• • •

En el trabajo, Mónica le ofreció coordinar el siguiente proyecto de investigación con tiendas.

Sara pidió revisar las responsabilidades.

Le entregaron una propuesta concreta, con un ajuste de sueldo y objetivos.

Tomás formaría parte del equipo.

Ernesto no intervino en la evaluación.

Sara aceptó después de hablar con Mónica sobre tiempos y recursos.

Mónica evaluó el trabajo; Laura y el responsable financiero revisaron el ajuste de sueldo. El correo de aprobación incluyó los criterios y responsables. Ernesto recibió después la noticia como director, sin votar ni firmar la decisión sobre Sara.

Al llegar a casa se lo contó a los niños.

Liliana quiso saber si ahora mandaba más.

—Voy a coordinar un proyecto.

Ángel levantó la mano.

—Yo coordino el puente.

Sara le pidió que no lo construyera sobre la mesa antes de cenar.

Se rio al escucharse.

Podía tener autoridad en una empresa y seguir perdiendo discusiones con piezas de plástico.

• • •

El viernes, Ernesto fue a recogerla para caminar.

Sara llevaba unos pantalones cómodos y los tenis de caminar. Había terminado una jornada difícil y no tenía ganas de convertir la salida en otra presentación de sí misma.

Caminaron hasta una banca.

Hablaron del nuevo proyecto y de una exposición a la que Liliana quería ir.

Después permanecieron callados.

Sara apoyó una mano sobre la suya.

—No quiero que me conquistes haciendo cada vez más cosas.

Ernesto volvió la cara.

—¿Qué necesitas?

Ella miró el sendero.

—Conocerte en una vida normal. Ver qué hacemos cuando estamos cansados. Cuando no tenemos ganas de ser encantadores.

Él sonrió apenas.

—Tengo bastante material para eso.

Sara se rio.

Luego se puso seria.

—Y necesito seguir reconociéndome.

Ernesto entrelazó sus dedos con los de ella.

—Si un día empiezo a dar eso por hecho, vas a tener que decírmelo —respondió—. Y yo tendré que escucharlo. No me gustaría descubrir tarde que volvimos a repartir mal las cosas.

• • •

De regreso, pasaron frente a una joyería.

Había una pareja mirando un escaparate iluminado.

Sara vio las alianzas acomodadas sobre pequeños soportes blancos. No sintió el impulso de entrar. Tampoco necesitó apartar la cara.

Siguió caminando.

En casa, Ernesto se despidió en la puerta.

Ella lo besó y, cuando él iba a marcharse, lo detuvo un momento.

—El próximo sábado hay una reunión de la escuela de los niños. Van a presentar sus proyectos.

—¿Quieres que vaya?

Sara miró hacia el interior.

Ángel estaba cantando mientras buscaba algo en su mochila. Liliana le pidió que bajara la voz.

—Sí. Si ellos están de acuerdo.

Ernesto asintió.

No era una boda.

No había anillo.

Era una mañana de sillas plegables, cartulinas y niños buscando entre el público una cara conocida.

Sara quería verlo allí.