Capítulo 1 de 3

Mía abandonada y un experimento humano secreto

—Mía, Mía, ¿dónde estás? —llamó una y otra vez Lucy a su mascota, pero ésta no acudía a su llamado.


Después de que la buscó por toda la casa y no la encontró, fue al laboratorio de su papá a preguntarle por su perrita, aunque tenía prohibido acercarse cerca de allí. 


Tocó la puerta del laboratorio varias veces, pero su papá no le respondió. Lucy pensó en dar media vuelta y marcharse del lugar. Sin embargo, un leve soplido del viento le hizo ver que la puerta se encontraba entreabierta. Armándose de valor se atrevió a entrar en aquel lugar. 


Ya adentro, sigilosa caminó por los pasillos de aquel laboratorio sombrío, levemente iluminado por destellos de luz intermitente. Temblaba de miedo, pues todavía creía en los fantasmas y cosas paranormales, algo muy natural en una niña como ella de 8 años. 


La zozobra y el temor que la invadía le impedía pronunciar palabra alguna para  llamar a su padre, miraba de un lado a otro del laboratorio repetidamente con un semblante de pánico. El frío del ambiente erizaba los poros de su piel, dejándole una textura efecto piel de gallina. 


De pronto, un quejido parecido al alarido de un ser humano la dejó paralizada por completo. Por instinto, se llevó sus dos manos a la boca para sofocar el grito de espanto que sentía se le escapaba del alma. 


 —Ayuda… ayu…da… —suplicó con un frágil hilo de voz aquel hombre que se encontraba tendido en un camastro conectado a infinidad de cables y circuitos de sistemas computacionales. 


Lucy lo miró petrificada sin saber qué hacer ni cómo reaccionar. Sentía un terror profundo pero a la vez una inmensa angustia y compasión por aquel hombre, que parecía estar siento torturado por todos esos electrodos conectados a su piel, con salpicaduras de sangre seca.


—¡Niña!, ¡¿cómo te atreviste a entrar en mi laboratorio cuando te lo tengo estrictamente prohibido?! —gritó enfurecido el padre de Lucy al ver que la niña había descubierto su secreto. 


Los nervios de la niña se desbordaron con el grito intempestivo de su padre y cayó desmayada en el suelo de aquel macabro laboratorio.


Mientras tanto, muy lejos de allí, Mía caminaba asustada por entre una avenida llena de lotes baldíos y una que otra casa de paracaidistas, ubicadas en las periferias de la ciudad. El zumbido de los trailers hacían crujir el asfalto lleno de baches atiborrados de charcos por el chubasco reciente que acaba de caer en el lugar. 


Mía temblaba de frío y de miedo sin saber a dónde ir, hacía apenas unas horas que el papá de Lucy la había abandonado allí en esa ciudad perdida. Después de un largo rato, Mía pudo salir de aquella avenida que parecía no tener fin y se encontró con las orillas de un río de aguas negras, que corría pendiente abajo con toda la contaminación de desechos industriales de las fábricas ubicadas en esa zona.


Una manada de perros callejeros, llenos de roña, pulgas y garrapatas se acercaron curiosos para recibir a la nueva inquilina:


—Mira, mira, ¿qué tenemos aquí? ¡Carne fresca! Una perrita guapita, bien bañadita y despulgadita —dijo Rufián con tono intimidante mientras daba vueltas alrededor de Mía mirándola despectivamente de arriba abajo. 


—Me llamo Mía —respondió la perrita con voz frágil y temerosa.


—Ah, eres Mía, todita pa´ mí —agregó Rufián burlonamente. 


—No me hagan daño, por favor, aléjense de mí. Lucy pronto vendrá por mí y si me hacen algo ella los va a regañar. 


—¿Escucharon eso, perros? Esta perrita ingenua todavía cree que su dueña vendrá por ella —dijo Rufián dirigiéndose a los demás perros de la jauría que lo acompañaban y después soltó a reír burlonamente a carcajadas. 


Los demás perros le hicieron segunda y también comenzaron a reírse a carcajadas burlonamente de Mía.


—Lucy vendrá por mí —decía Mía convencida de que su dueña la rescataría. 


—Mía, reinita, tu dueña fifi ya te abandonó. No eres ni la primera ni la última, todos nosotros ya pasamos por eso. Nos usaron y nos desecharon. Ahora otros perros finos y de raza pura ocupan las casas y los corazones de nuestros dueños. Nosotros ya somos parte del gueto, los apestados. 


—¡No, no es verdad! Lucy no me abandonó, ella me ama. Nunca me cambiaría por nadie más, solo yo existo en su corazón —gritó Mía con gran impotencia y bañada en llanto, sintiendo que su alma se partía en mil pedazos de solo imaginar que Lucy pudiera olvidarla. 


Sin dejar de burlarse a carcajadas, todos los perros comenzaron a rodear a Mía para tirar mordidas y rasguños. Le echaron montón a la pobre perrita indefensa, que no podía defenderse sola contra todos ellos que furiosos la agredían. 


—Eres una perra tonta, tu dueña ya no te quiere por corriente. Ella jamás vendrá por ti. Te pudrirás en este gueto de miseria y pestilencias como todos nosotros —gritó Rufián eufórico sin parar de rasguñar y morder a Mía junto con su jauría de perros callejeros. 


—Lucy vendrá, ella vendrá. Mientes, mientes, Lucy jamás me abandonaría. Lucy jamás se olvidaría de mí —gritaba Mía indefensa llorando desconsolada mientras era sometida por aquellos perros salvajes.


—¡Ya eres parte del gueto, parte de nosotros! ¡Parte del gueto, parte de nosotros, los corrientes, los apestosos…! —le gritaban los perros malvivientes a Mía mientras la seguían rasguñando y mordiendo salvajemente.