Capítulo 2 de 3
Mía hace una nueva amiga en el gueto
—¡Rufián, perros! ¡Qué barbaridad están haciendo! ¡Basta! ¡Ya basta! —gritó con firmeza la perrita Lorena al llegar a aquel lugar y ver la escena de aquella jauría de perros agrediendo a la pobrecita de Mía.
Enseguida Rufián y los demás perros se apartaron de la pobrecita perrita, todos avergonzados agacharon la cabeza sin poder mirar a los ojos a Lorena ni tampoco al cuerpo tendido y mal herido de Mía sobre el lodo de aquella terracería baldía del río putrefacto.
—¡Montoneros, cobardes! Me dan lástima, ¡qué bajo han caído todos ustedes! ¿Esta es la forma de recibir a un perrito que ha caído en la misma desgracia que todos nosotros?
—Lorena morena… —dijo Rufián avergonzado queriendo disculparse.
—Qué Lorena ni que morena ni que nada, aléjate de mí Rufián no me dirijas la palabra. Luego te preguntas por qué no te hago caso, ¿cómo voy a enamorarme de ti si tienes el alma tan negra, Rufián? No es la miseria, no es el gueto, es lo que hay en tu corazón, no hay nada. Está vacía tu alma —Terminó de decir esto y apartó la mirada de Rufián con desaire y luego se dirigió hacia Mía y con amabilidad le tendió la mano para ayudarle a ponerse cuatro patas.
Mientras tanto un silencio sepulcral se apoderó del lugar, nadie decía nada, todos estaban avergonzados. Rufián más que todos, porque las palabras de Loreana le habían calado hondo.
—Hola, me llamo Lorena, pero me dicen Lorena la morena ¿Tú cómo te llamas? —saludó amablemente a Mía mientras la ayudaba a incorporarse.
—Me llamo Mía —contestó con voz frágil apesadumbrada de la paliza que había recibido de aquellos perros salvajes.
—Mucho gusto Mía, bienvenida al gueto.
—Gracias, igualmente.
—Ven, te llevaré a mi hogar para curarte esas heridas.
—¿Tienes un hogar? ¿Vives con tu amo?
—No, Mía, al igual que tú todos aquí fuimos abandonados. Pero hice un jacalito con unas chacharillas para cubrirme de la lluvia y el frío.
—No a mí no me abandonaron, Lucy vendrá por mí.
—Eso pensamos todos al inicio, Mía, pero cuando pasan los días, los años, terminamos aceptando la verdad: estamos solos en este mundo. Abandonados por aquellos que juraron amarnos, pero nos olvidaron.
—No, Lucy no es así. Ella jamás se olvidaría de mí. Ella me ama —lloró Mía desconsolada.
—Tranquila, no llores, linda. Aún queda una última esperanza para nosotros los perritos corrientes que no somos de raza pura.
—¿Una esperanza…?
—Sí, los niños o las personas pobres que viven en el gueto igual que nosotros. Ellos vienen a buscar cartón y desperdicios de comida al basurero municipal que está aquí cerca. Nosotros también vamos a comer allí y aprovechamos para hacer nuestras mejores gracias para ver si alguno quiere adoptarnos.
—No, yo no quiero que nadie más me adopte, yo quiero a Lucy. La extraño —dijo Mía triste comenzando a llorar de nuevo desconsoladamente.
—Tranquila, no pensemos en eso ahora. Ven, vamos a curarte esas mordeduras y rasguños en mi hogar —dijo con voz dulce a Mía mientras la sostenía sobre su hombro—. Y ¿ustedes qué nos ven, perros cochinos? largo de aquí, malvivientes, chakales —gritó con fiereza a Rufián y los demás perros que todavía seguían allí cerca de ellas dos mirándolas con incertidumbre y curiosidad.
Al día siguiente, al amanecer en la casa de Lucy:
—¿Qué me ves? —preguntó molesto el padre de Lucy mientras ambos desayunaban en el comedor y ella no probaba bocado por estar viéndolo.
—Tuve una pesadilla…
—No me interesan tus sueños tontos de niña de kinder, desayuna rápido que se nos hace tarde para llevarte a la escuela —dijo con voz dura sin permitir que la niña continuará hablando.
—Hay un hombre herido en tu laboratorio.
—¡Qué barbaridad estás diciendo! Saca ya esas ideas tontas de tu cabeza, no existen los fantasmas y tú nunca has entrado a mi laboratorio. No sé de qué estás hablando.
—Yo lo vi, papá.
—Tú inventas muchas fantasías, niña. Si sigues diciendo barbaridades te voy a llevar con un loquero.
—¿Dónde está Mía, papá?
—Yo qué voy a saber dónde está esa perra tonta callejera, le gustaba pasársela en la calle, de seguro debe andar por allí en casa de algún otro niño que se la robó.
—Mientes, papá. Mía no se fue con otro niño.
—Come rápido, que tenemos que irnos ya a la escuela.
—No, no quiero.
—Ah, no quieres comer. Pues entonces te vas a ir sin tragar a la escuela y ni creas que te voy a dar un solo peso para gastar en el recreo. A mí no me vas a hacer tus estúpidos berrinchitos —gritó molesto el papá de Lucy mientras se levantaba y jaloneaba bruscamente a la niña del brazo para llevarla a la escuela.
—¡Mi mochila! —suplicó la niña al ser arrastrada rumbo a la salida de la casa sin su mochila escolar.
Entonces su papá la soltó toscamente y le dijo tajantemente:
—Ve por tu estúpida mochila y te quiero aquí rapidito.
La niña se fue corriendo a su cuarto asustada a buscar su mochila de la escuela.