Capítulo 6 de 15
Alguien con quien quedarse callada
Evelardo tenía una copa entre las manos, pero Guadalupe no lo vio beber.
Desde la terraza llegaba el olor de la tierra húmeda. Alguien había regado el jardín poco antes de que empezara la reunión. Detrás de las puertas de cristal, los invitados seguían conversando alrededor de la mesa.
—¿Te lastimaste? —preguntó él.
Guadalupe acomodó las piernas.
—¿Por qué?
—Caminaste con cuidado.
Ella bajó la mirada hacia sus zapatos.
—Todavía me estoy recuperando de una operación.
Evelardo asintió sin pedir detalles.
Aquella discreción la hizo sentirse agradecida de una manera desproporcionada. Durante meses, cada persona parecía tener una pregunta, un consejo o una opinión sobre su cuerpo. Incluso quienes no decían nada lo recorrían con los ojos antes de saludarla.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿También saliste a descansar?
Él miró hacia el interior.
—Un poco.
Guadalupe distinguió a Alfonso junto al empresario que había hablado de la fundación. Reían. Su esposo tenía la mano apoyada sobre el respaldo de una silla vacía.
—¿Vienes seguido? —preguntó.
—Desde hace unos meses.
—Yo no te había visto.
—Tampoco a ti.
Se quedaron callados.
Guadalupe esperaba que él llenara el silencio con una insinuación o que comenzara a explicarle su importancia. Evelardo solamente dejó la copa sobre una mesa.
—Hay agua, si prefieres —dijo.
—Sí, gracias.
Cuando él volvió del interior, traía dos vasos.
Evelardo tenía treinta y cinco años y trabajaba en la administración de un organismo de infraestructura del estado.
Eso fue lo que contó cuando Guadalupe le preguntó.
No mencionó a quién conocía ni cuánto tiempo llevaba cerca de los dirigentes del partido. Habló de sus traslados, de una oficina sin ventanas y de los correos que llegaban los domingos por la noche.
También confesó que dibujaba los cruces de las calles en los márgenes cuando una reunión se alargaba. Le gustaban los mapas y las construcciones viejas; podía perder una mañana buscando por dónde había pasado una vía de tren.
—¿Y llegas puntual a alguna parte? —preguntó Guadalupe.
—Cuando no tengo que estacionarme.
Ella se rio. Más tarde descubriría que Evelardo discutía con los navegadores, compraba libros que ya tenía y podía ser obstinado con asuntos tan pequeños como la forma de preparar el café.
—Suena familiar —dijo ella.
Él sonrió.
Después le preguntó por su trabajo.
Guadalupe habló de contratos y expedientes. Por costumbre, eligió las palabras con cuidado.
—A veces siento que paso el día corrigiendo cosas que nadie quiere leer.
—Hasta que hay un problema.
Ella lo miró.
—Entonces todos quieren saber quién revisó la última versión —añadió Evelardo.
Guadalupe soltó una risa breve.
—Exactamente.
Una mujer apareció al otro lado del cristal y levantó la mano.
Era alta, con el cabello corto y un vestido color cobre.
Evelardo respondió con un gesto.
—Mi esposa —explicó.
La mujer les sonrió y volvió a entrar.
Guadalupe tomó agua.
—¿Cómo se llama?
—Patricia.
Antes de que pudiera preguntar algo más, Alfonso salió a buscarlos.
—Aquí estabas.
Puso una mano sobre el hombro de Guadalupe.
Ella levantó la cara.
—Me senté un momento.
Alfonso saludó a Evelardo. Se conocían de una reunión de trabajo.
Intercambiaron dos comentarios sobre un proyecto detenido y otro sobre una próxima visita a la capital.
Después Alfonso miró los dos vasos.
—Qué bueno que ya se hicieron compañía.
Guadalupe sintió que el momento cambiaba de forma en cuanto él lo nombró.
Patricia se acercó a ellos media hora después.
Besó a Evelardo en la mejilla y se presentó con Guadalupe. Tenía una facilidad para conversar que parecía aprendida desde niña.
En pocos minutos supo que ambos habían estudiado Derecho, que llevaban algo más de cuatro años de casados y que Guadalupe acababa de incorporarse a un nuevo proyecto.
—Alfonso habla con mucho orgullo de ti —dijo Patricia.
Guadalupe miró a su esposo.
Él sonrió.
La conversación avanzó entre nombres y coincidencias. Patricia colaboraba con una asociación empresarial y conocía al presidente del patronato de la fundación.
Alfonso empezó a hacer preguntas.
Guadalupe reconoció aquella atención: la ligera inclinación del cuerpo, el teléfono listo para guardar un contacto, la sonrisa que aparecía antes de una petición.
Más tarde, cuando Patricia le rozó el brazo, él no se apartó.
Evelardo estaba sentado junto a Guadalupe.
Ella miró sus manos.
Tenía los dedos entrelazados con tanta fuerza que una de las uñas había perdido el color.
La propuesta llegó sin solemnidad.
Patricia la hizo en voz baja, acercándose a su esposo. Alfonso buscó a Guadalupe con los ojos.
Había otras personas en la sala. Una pareja se levantaba hacia el pasillo. Alguien pedía otra bebida.
Guadalupe sintió el cansancio de una escena conocida.
—Podríamos quedarnos conversando —dijo Evelardo.
Patricia lo observó.
—Claro, si quieren.
Alfonso se inclinó hacia Guadalupe.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
No quería discutir delante de nadie. Tampoco sabía explicar por qué la idea de quedarse con aquel hombre le producía alivio.
Alfonso le besó la sien.
Después se alejó con Patricia.
Guadalupe siguió sus pasos hasta que cruzaron una puerta.
Cuando volvió la cara, Evelardo estaba mirando su vaso.
Encontraron una pequeña sala al final de otro pasillo.
La puerta quedó abierta.
Había dos sillones, una lámpara y una mesa con revistas antiguas. Guadalupe se sentó despacio. Evelardo eligió el sillón de enfrente.
Durante un rato hablaron de asuntos sin importancia.
De la lluvia. Del estacionamiento. De una avenida cerrada desde hacía meses.
Después Guadalupe dejó de intentar sonreír.
Evelardo lo notó.
—No tenemos que hacer nada —dijo.
Ella levantó la vista.
La frase era conocida. La había escuchado de Alfonso, de Rodrigo y de la mujer que los recibió la segunda noche.
Sin embargo, Evelardo se mantuvo en el otro sillón.
—Gracias —respondió.
Él apoyó los codos sobre las rodillas.
—¿Te duele todavía la operación?
—Un poco.
—Podemos pedir que te lleven a casa.
Guadalupe negó demasiado rápido.
No quería irse sola. No quería llamar a Alfonso y encontrar en su cara esa breve decepción que después él aprendería a disimular.
—Aquí estoy bien.
Evelardo aceptó la respuesta.
El silencio se alargó hasta que ella habló.
—¿A ti te gusta venir?
Él pasó el pulgar por el borde del vaso.
—A Patricia le gusta.
Guadalupe esperó.
Evelardo levantó los ojos.
—A mí me gusta que ella esté contenta.
Ella sintió una punzada en el pecho.
—No te pregunté eso.
Él bajó la mirada.
Por primera vez, Guadalupe vio que alguien más podía quedarse sin respuesta ante aquella pregunta.
Evelardo llevaba nueve años casado.
Patricia había propuesto las primeras reuniones después de una temporada difícil. Habían discutido, se habían separado unas semanas y luego intentaron empezar de nuevo.
—Me dijo que necesitaba sentirse libre —contó.
Guadalupe observó una costura suelta en el sillón.
—¿Y tú qué necesitabas?
Él tardó.
—Que no se fuera.
La respuesta quedó entre ambos.
Guadalupe cerró los dedos alrededor de su vaso.
Evelardo se echó hacia atrás, como si acabara de hablar más de lo que había previsto.
—Perdón. No acostumbro contar estas cosas.
—Yo tampoco.
Él la miró con atención.
Guadalupe sintió que podía detenerse. Bastaba con cambiar de tema, preguntar por un proyecto o fingir que Alfonso estaba a punto de regresar.
En cambio, dijo:
—A veces lloro cuando llegamos a casa.
Evelardo no se movió.
Ella se cubrió los ojos un instante.
—Nunca se lo he dicho así.
Él acercó la caja de pañuelos desde la mesa.
Guadalupe tomó uno.
Evelardo acercó los pañuelos y se recostó en su sillón. Guadalupe pudo terminar de hablar sin tener que responder a una caricia.
Cuando Alfonso y Patricia regresaron, los encontraron hablando de la universidad.
Guadalupe acababa de contar que una profesora la había hecho repetir una exposición porque hablaba tan bajo que nadie la escuchaba.
Evelardo se estaba riendo.
Alfonso se detuvo junto a la puerta.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Guadalupe.
La palabra le salió con facilidad.
Patricia le acomodó el cuello de la camisa a su esposo.
—Vámonos antes de que empiece a llover.
Intercambiaron teléfonos porque Patricia propuso una comida para la semana siguiente. Crearon un grupo entre los cuatro mientras Alfonso comentaba que tenía una idea de colaboración.
Guadalupe guardó el contacto de Evelardo sin fotografía.
Durante el regreso, su esposo parecía satisfecho.
—Son buena pareja —dijo.
Ella observó las luces que corrían por la ventanilla.
—Son amables.
—Patricia conoce a muchísima gente.
Guadalupe no respondió.
Alfonso extendió una mano y la dejó sobre su muslo.
—¿Te sentiste cómoda con él?
Ella pensó en la caja de pañuelos.
—Sí.
Él sonrió.
Por una vez, Guadalupe se alegró de que no preguntara más.
El martes recibió un mensaje privado.
Soy Evelardo. Quería saber si te sentiste mejor.
Guadalupe lo leyó dos veces antes de responder.
Sí. Gracias por preguntar.
Dejó el teléfono boca abajo.
Pasaron unos minutos.
Volvió a tomarlo.
También gracias por escucharme.
La respuesta llegó enseguida.
Me hizo bien hablar contigo.
Guadalupe sonrió sin darse cuenta.
Su asistente apareció con unos documentos.
—Licenciada, necesitan su autorización.
Ella guardó el teléfono y revisó la primera hoja.
Durante el resto de la mañana, la conversación permaneció en algún lugar de su atención, como una ventana abierta.
Se encontraron dos semanas después en una cafetería cerca de los edificios públicos.
Evelardo tenía una reunión en la zona. Guadalupe disponía de cuarenta minutos antes de volver a la oficina.
Eligieron una mesa junto a la ventana.
Él llegó con una carpeta bajo el brazo. Ella dejó el bolso en la silla contigua.
Al principio hablaron con la cautela de quienes todavía intentan justificar una cita.
Después Evelardo preguntó:
—¿Cómo eras antes?
Guadalupe miró hacia la calle.
—¿Antes de qué?
Él no contestó enseguida.
Ella entendió.
Le contó de la secundaria, de las tortas compartidas y del departamento donde la mesa cojeaba. Mientras hablaba, descubrió que recordaba el lugar con una precisión dolorosa: el ruido de los camiones, la estufa encendida con cerillos, Alfonso dormido sobre un libro.
—Éramos felices —dijo.
Luego corrigió:
—Yo era feliz.
Evelardo removió su café, aunque no le había puesto azúcar.
—A veces extraño tener problemas pequeños.
Guadalupe lo miró.
—A mí me parecían enormes.
Ambos sonrieron.
El teléfono de ella vibró.
Era Alfonso.
Guadalupe vio su nombre y sintió una culpa inmediata.
—Tengo que irme.
Evelardo pidió la cuenta.
No intentó alargar el encuentro.
Aquella noche, Guadalupe se detuvo frente al espejo del dormitorio.
Alfonso hablaba por teléfono en el balcón. Reía en voz baja, con la puerta cerrada.
Ella se quitó los aretes.
Observó su rostro, el cabello cuidadosamente arreglado, la ropa que ahora compraba sin mirar primero la etiqueta.
Evelardo le había preguntado cómo era antes.
Nadie llevaba años haciéndole esa pregunta.
Sobre la cómoda seguía la fotografía de la secundaria.
Guadalupe la tomó.
En el cristal se superpusieron durante un instante su cara actual y la de aquella muchacha de brackets.
El teléfono vibró sobre la cama.
La próxima vez me cuentas qué pasó con la profesora.
Guadalupe leyó el mensaje y sintió ganas de reír.
Después miró hacia el balcón.
Alfonso le daba la espalda.
Ella sostuvo el teléfono con ambas manos y escribió:
Aprendí a hablar más fuerte.
Antes de enviarlo, permaneció unos segundos mirando la frase.
Luego pulsó la pantalla.