Capítulo 7 de 15
Los nombres detrás de las empresas
La primera vez que Guadalupe mintió para ver a Evelardo no necesitó inventar demasiado.
Le dijo a Alfonso que saldría tarde porque tenía que revisar un expediente.
Era verdad.
Omitió que, antes de volver a casa, se detendría en una cafetería donde alguien la esperaba sin pedirle que sonriera.
Llegó con quince minutos de retraso. Evelardo se levantó apenas la vio.
—Pensé que ya no podrías.
—Yo también.
Él apartó una silla.
Guadalupe dejó sobre la mesa la carpeta que llevaba consigo. Tenía una marca de sus dedos en una esquina, de tanto apretarla durante el trayecto.
—¿Mal día? —preguntó Evelardo.
Ella se quitó el saco.
—De esos en que una misma hoja regresa cinco veces y cada vez quieren que diga algo distinto.
—¿Y ya dice lo que quieren?
Guadalupe miró la carpeta.
—Todavía no.
Evelardo llamó al mesero.
No intentó preguntarle más.
Aquella reserva, que al principio la había sorprendido, se estaba convirtiendo en algo que esperaba durante toda la semana.
Comenzaron a verse cada diez o quince días.
A veces compartían un café de media hora. Otras caminaban alrededor de una plaza mientras esperaban que disminuyera el tráfico. Una vez compraron dos elotes y comieron sentados frente a una iglesia.
Guadalupe se manchó la manga con crema.
Evelardo le ofreció una servilleta y ella soltó una carcajada tan abierta que varias personas se volvieron.
Después se quedó seria.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Él esperó.
—Hacía mucho que no me reía así.
Evelardo dobló la servilleta que le quedaba.
—A mí me gusta escucharte.
Guadalupe bajó los ojos.
La frase la acompañó al volver a casa.
Alfonso estaba en el comedor, hablando por videollamada. Levantó una mano cuando ella entró y señaló un plato cubierto.
Había pedido cena para los dos.
Guadalupe sintió una culpa que le quitó el hambre.
En la oficina, la carpeta que había llevado a la cafetería seguía sin cerrarse.
Tres empresas participarían en la ejecución de un programa de asesoría y capacitación municipal. Las tres habían presentado propuestas distintas. Las tres tenían sus documentos en regla.
Guadalupe encontró un número telefónico repetido.
Pensó que podía pertenecer al mismo contador.
Después observó que dos domicilios correspondían a oficinas dentro del mismo edificio y que una tercera empresa utilizaba una dirección donde antes había funcionado un negocio de impresión.
Llamó a Fabián.
—Necesito aclarar quién está integrando estas propuestas.
Él llegó con una taza de café.
—Cada empresa tiene su representante.
—Pero comparten contacto.
Fabián revisó la hoja que ella le mostró.
—Pasa mucho.
—¿Y también comparten a la persona que preparó los archivos?
Guadalupe giró la pantalla. Los documentos conservaban el mismo nombre en sus propiedades.
Fabián dejó de beber.
Guadalupe ya no trabajaba para la consultoría. Su coordinación pertenecía ahora a un organismo estatal que daba seguimiento a los convenios con municipios. Fabián seguía como enlace de proveedores externos y Salvatierra había sido contratado como asesor jurídico de esos proyectos. Habían cambiado los membretes y la persona que pagaba su sueldo; las instrucciones seguían pasando por casi las mismas manos.
—Seguramente contrataron al mismo despacho.
Ella lo miró sin responder.
Él apoyó la taza sobre una esquina libre.
—¿Qué necesitas para continuar?
Guadalupe sintió un cansancio repentino.
—Una explicación que pueda poner por escrito.
Salvatierra la recibió esa misma tarde.
Escuchó sus observaciones y leyó la nota que ella había preparado.
—Aquí tiene razón —dijo, señalando un párrafo—. Debe quedar claro que la selección no la hizo su coordinación.
—No me preocupa solamente la selección.
Él levantó la vista.
Guadalupe eligió las palabras.
—Me preocupa que estemos tratando como independientes empresas que podrían estar relacionadas.
Salvatierra entrelazó las manos sobre el escritorio.
—¿Ha encontrado una incompatibilidad concreta?
—Encontré indicios que necesitan aclararse.
—Entonces solicite la aclaración. Pero tenga cuidado con convertir una sospecha en una acusación.
Guadalupe sintió calor en el cuello.
Salvatierra suavizó la voz.
—Su trabajo vale mucho aquí. No quiero que una mala interpretación la exponga innecesariamente.
Ella regresó a su oficina con la nota en la mano.
La había redactado para protegerse.
Ahora parecía que también podía perjudicarla.
Alfonso llegó aquella noche con una botella de vino.
Guadalupe estaba frente a la computadora, revisando por tercera vez la respuesta de una de las empresas.
—Te tengo noticias —dijo él.
Ella cerró el archivo.
Lo habían incluido en una lista de posibles candidatos para una diputación local.
Todavía no había una decisión. Faltaban acuerdos, mediciones y reuniones. Pero su nombre estaba allí.
Guadalupe se levantó para abrazarlo.
Durante unos segundos consiguió alegrarse sin reservas.
Alfonso la estrechó con fuerza.
—¿Te acuerdas de cuando no nos alcanzaba para el pasaje?
Ella apoyó la mejilla en su hombro.
Sí se acordaba.
Recordaba incluso la vergüenza con que él le pedía prestadas diez monedas.
Cenaron en la mesa del balcón. Alfonso habló del futuro, de un equipo propio y de las personas a las que podría ayudar desde un cargo.
Guadalupe esperó hasta que retiraron los platos.
—Necesito preguntarte algo del trabajo.
Él sirvió un poco más de vino.
Ella mencionó los nombres de las tres empresas.
La expresión de Alfonso cambió apenas.
—¿Por qué?
—Estoy revisando sus expedientes.
Él dejó la botella.
—Una de ellas trabaja con Rodrigo.
Guadalupe permaneció inmóvil.
—¿Y las otras?
—No sé.
Ella lo miró.
Alfonso apartó la vista hacia la calle.
—Creo que también.
El silencio duró lo suficiente para que se escuchara el ascensor detenerse en su piso.
—¿Tú lo sabías? —preguntó Guadalupe.
—Sabía que estaban armando un proyecto.
—Son tres propuestas para un mismo procedimiento.
Alfonso se pasó una mano por la cara.
—No decido esas cosas, Lupita.
—Yo estoy poniendo mi nombre.
Él se inclinó hacia ella.
—Tu nombre está en una revisión jurídica. No estás certificando quién es amigo de quién.
Guadalupe sintió que ya había tenido aquella conversación, con otras palabras, en otro departamento.
—Las propuestas parecen preparadas por la misma persona.
—Entonces que lo aclaren.
—¿Y si no pueden?
Alfonso tardó en responder.
—No vas a tirar todo por una suposición.
Ella se apartó de la mesa.
—¿Todo qué?
Él miró alrededor, sin hacer un gesto deliberado.
Bastó.
El balcón, las copas y la sala iluminada quedaron incluidos en la conversación.
—No me refiero al departamento —dijo Alfonso.
Guadalupe recogió su plato.
No tenía fuerzas para preguntarle a qué se refería.
Dos días después recibió una respuesta formal.
Las empresas declaraban no encontrarse en los supuestos de impedimento señalados en las bases del procedimiento. Cada representante había firmado por separado.
La explicación resolvía una parte de sus observaciones. No respondía quién había preparado los documentos ni por qué compartían contacto.
Guadalupe redactó una nueva nota.
Antes de enviarla, recibió una llamada de Rodrigo.
Nunca antes la había buscado directamente por un expediente.
—Alfonso me dijo que traes unas dudas.
Ella enderezó la espalda.
—Hay información que necesito completar.
—Claro. Te mandamos lo que haga falta.
Rodrigo mantuvo un tono amable.
Le preguntó por su recuperación, elogió unas fotografías recientes y mencionó que el presidente de la fundación seguía interesado en conocerla mejor.
Después volvió al asunto.
—Nada más ayúdanos a que no se atrase. Hay compromisos adquiridos.
Guadalupe miró la pantalla.
—Voy a dejar mis observaciones por escrito.
—Perfecto. Tú cuídate.
Cuando colgó, volvió a leer la nota.
Cambió una frase. Luego otra.
Donde había escrito posible relación entre participantes, puso coincidencias documentales que requieren aclaración.
La envió antes de arrepentirse.
Evelardo notó que algo iba mal en cuanto ella llegó.
Guadalupe se sentó sin quitarse el saco.
—¿Quieres comer? —preguntó él.
Ella negó.
Habían elegido un restaurante pequeño, lejos de sus oficinas.
Durante unos minutos, Guadalupe habló de asuntos insignificantes. Después dejó la servilleta sobre la mesa.
—¿Alguna vez firmaste algo que no debías?
Evelardo dejó la servilleta junto al plato.
La pregunta pareció envejecerlo.
—Sí.
Guadalupe sintió que el ruido del restaurante se alejaba.
—¿Y qué hiciste?
Él apoyó los antebrazos en la mesa.
—Al principio me dije que no era tan grave.
Ella lo miró.
—¿Después?
Evelardo volvió la cabeza hacia la ventana.
—Después ya tenía que explicar lo anterior para poder negarme a lo siguiente.
—Era una rehabilitación de caminos —añadió al fin—. Firmé una conformidad administrativa con actas de recepción que no había contrastado. Un supervisor me avisó después que faltaba parte de la obra. Pedí una revisión por correo y, cuando me dijeron que se regularizaría, autoricé que el trámite siguiera.
Guadalupe dejó de mover la cucharilla.
—¿Lo arreglaron?
—Una parte. Lo demás se quedó en explicaciones. Mi firma ya estaba.
Evelardo había conservado el correo del supervisor y su propia respuesta. No sabía si lo guardaba para demostrar que había preguntado o porque algún día tendría que reconocer que preguntar no había sido suficiente.
Guadalupe tragó saliva.
No le pidió detalles.
Por primera vez comprendió que él también llevaba a aquellas mesas una parte de su trabajo que evitaba nombrar.
Salieron cuando ya había oscurecido.
La banqueta estaba húmeda y Guadalupe buscó un lugar firme donde apoyar el tacón.
Evelardo le ofreció el brazo.
Caminaron así hasta su automóvil.
Antes de despedirse, ella dijo:
—A veces pienso que podría irme.
Él mantuvo la mano sobre la puerta abierta.
—¿De tu trabajo?
Guadalupe no contestó.
Evelardo la miró con una tristeza que ella reconoció.
—No tienes que decidir hoy.
Ella soltó una risa breve.
—Eso me digo todos los días.
Él bajó los ojos hacia sus manos.
Todavía seguían tomadas.
Guadalupe pudo apartarse. En cambio, cerró los dedos.
Permanecieron así unos segundos, junto al automóvil, mientras una pareja cruzaba la calle y un mesero recogía las sillas de la terraza.
Evelardo levantó la mano de ella y rozó sus nudillos con los labios.
Guadalupe cerró los ojos.
Fue un gesto pequeño.
Le temblaron las piernas.
Al llegar a casa encontró a Alfonso probándose un saco.
Había una caja sobre la cama y dos pares de zapatos en el suelo.
—¿Azul o gris? —preguntó.
Guadalupe dejó el bolso.
—Azul.
Él se observó de perfil.
—Mañana tengo una reunión importante.
Ella asintió.
El teléfono de Alfonso vibró. Él lo tomó, leyó y sonrió antes de advertir que Guadalupe seguía mirándolo.
Puso la pantalla boca abajo.
No hizo falta que ella preguntara para reconocer el movimiento.
Fue al baño y abrió el grifo.
En el espejo vio sus ojos húmedos.
Pensó en la mano de Evelardo alrededor de la suya y sintió, junto al miedo, una alegría que no pudo reprocharse por completo.
El viernes devolvieron el expediente a su escritorio.
Todas las hojas estaban ordenadas. Las respuestas de las empresas, incorporadas. Su nota, al final de los anexos.
Fabián permaneció frente a ella.
—Ya atendieron tus observaciones.
Guadalupe leyó el formato.
Habían limitado su responsabilidad a la revisión de los documentos presentados.
Aun así, sabía más que cuando empezó.
Por la ventana vio a dos empleados comer de pie junto a un puesto. Uno compartía una bolsa de pan con el otro.
Se quedó mirándolos hasta que Fabián preguntó:
—¿Licenciada?
Guadalupe tomó la pluma.
Firmó.
Al retirar la mano, descubrió una pequeña mancha de tinta junto a su apellido.
La frotó con el pulgar.
Solamente consiguió extenderla.