Capítulo 8 de 15
Lo que ya sabíamos
Guadalupe guardó la copia del expediente en el último cajón.
No volvió a abrirla aquella tarde.
Atendió dos llamadas, corrigió un convenio y respondió un correo sobre una reunión que podía haberse resuelto con tres líneas. A las seis, su asistente se asomó.
—¿Necesita algo más, licenciada?
Guadalupe negó.
Cuando se quedó sola, sacó de nuevo la carpeta.
Su firma estaba al final.
Leyó la nota donde había delimitado su responsabilidad. Las palabras seguían siendo correctas. También era cierto que había decidido continuar después de conocer la relación de Rodrigo con las empresas.
Cerró el cajón con llave.
El teléfono vibró.
¿Cómo terminó tu día?, preguntaba Evelardo.
Guadalupe escribió que estaba cansada. Borró la respuesta.
Hice algo que no me deja tranquila.
Él llamó unos segundos después.
—¿Puedes hablar?
Guadalupe miró la puerta cerrada.
—Sí.
—¿Quieres que vaya por ti?
Ella estuvo a punto de aceptar.
En cambio, apoyó la frente sobre una mano.
—Mejor te veo mañana.
Se encontraron en un parque.
Evelardo llegó con dos cafés y una bolsa de galletas. Guadalupe aceptó el vaso, aunque tenía el estómago cerrado.
Caminaron hasta una banca alejada de los juegos infantiles.
Ella le contó lo suficiente: las propuestas, las coincidencias, la llamada de Rodrigo. No le mostró documentos ni mencionó cantidades.
Al terminar, Evelardo permaneció en silencio.
Guadalupe sintió una punzada de irritación.
—Dime algo.
Él dejó su café junto a la banca.
—¿Qué quieres que te diga?
La pregunta la hizo volver la cara.
—No sé. Que no hice nada malo.
Evelardo se frotó las manos.
—No puedo saberlo sin conocer todo.
Ella apretó el vaso.
—Alfonso dice que me estoy haciendo responsable de cosas que no me corresponden.
—Puede ser que una parte no te corresponda.
—¿Y la otra?
Él la miró.
Guadalupe bajó los ojos.
Por un momento deseó no haber ido.
Un niño perdió una pelota cerca de ellos. Evelardo se levantó para devolverla.
Cuando regresó, Guadalupe tenía lágrimas en las mejillas.
—Perdón —dijo ella—. No debí hablarte así.
Él se sentó a su lado.
—No tienes que disculparte por estar asustada.
Guadalupe se limpió con una servilleta.
—Yo quería trabajar bien.
Evelardo tardó en responder.
—Todavía puedes decidir qué haces con lo que sabes.
Ella observó a una mujer que ayudaba al niño a subir a un columpio.
—Todo el tiempo siento que ya decidí antes.
Evelardo observó el vaso que ella sostenía entre las manos.
Se quedó allí.
Guadalupe apoyó la mano sobre la banca, entre ambos. Él la cubrió con la suya.
Ninguno se movió durante varios minutos.
Alfonso consiguió la candidatura en marzo.
La noticia llegó una noche en que Guadalupe estaba lavando una taza. Él entró a la cocina con el teléfono pegado al oído, levantó un puño y sonrió.
Ella entendió antes de que colgara.
Se abrazaron junto al fregadero.
Alfonso temblaba.
—Ya está —dijo—. Ya está, Lupita.
Guadalupe sintió una emoción antigua, anterior a los cargos y a las reuniones privadas. El muchacho que había estudiado con ella acababa de lograr algo que durante años parecía reservado para otras familias.
Le acarició la espalda.
Después él comenzó a llamar.
A Rodrigo. A Salvatierra. A Esteban.
Guadalupe secó la taza y la colocó en su sitio.
La campaña ocupó cada espacio del departamento.
Llegaban cajas de propaganda, personas que hablaban demasiado fuerte y asesores que nunca encontraban el momento de marcharse.
Guadalupe acompañaba a Alfonso los fines de semana. Entre semana seguía en su oficina.
En los recorridos lo veía abrazar a mujeres mayores, escuchar quejas y agacharse para hablar con niños. Recordaba nombres con una facilidad asombrosa.
A veces la presentaba.
—Mi esposa, la licenciada Guadalupe Hernández.
Entonces ella estrechaba manos, sonreía y respondía preguntas sobre trámites que casi siempre excedían sus funciones.
Una mañana entraron en una colonia parecida a aquella donde habían crecido.
Una mujer les ofreció agua en vasos desiguales.
Guadalupe aceptó.
Alfonso habló de oportunidades y de jóvenes que necesitaban apoyo para estudiar.
La mujer lo escuchó con atención.
—Nada más no se olviden de nosotros cuando lleguen —dijo.
Guadalupe sintió la mirada de su esposo buscarla durante un instante.
Él prometió regresar.
La nueva dirección jurídica de Guadalupe se anunció antes del cierre de campaña.
El puesto pertenecía a una fundación que administraba programas de asistencia y colaboraba con varias entidades públicas.
El sueldo era alto. También lo eran las exigencias de disponibilidad.
Le dieron una oficina con puerta de cristal y una asistente de tiempo completo.
En su primer día encontró un arreglo de orquídeas.
La tarjeta de Alfonso decía: A la mujer que está a mi altura.
Guadalupe leyó la frase varias veces.
Colocó las flores lejos de su escritorio.
Esa tarde, el presidente del patronato le explicó que algunas empresas harían aportaciones para proyectos educativos.
—Necesitamos que los convenios estén listos pronto.
Ella pidió información sobre el origen y destino de los recursos.
Él sonrió.
—Por eso la queríamos aquí.
Guadalupe ya conocía aquella respuesta.
Con Evelardo empezó a hablar casi todos los días.
A veces eran mensajes breves. Una fotografía de la lluvia, una queja sobre el tráfico, el nombre de un libro que ninguno había terminado.
Otras veces él llamaba cuando Guadalupe salía de una reunión y la escuchaba respirar antes de preguntar cómo estaba.
Una tarde, ella le contó lo de las flores.
Evelardo guardó silencio.
—¿Te molestó la tarjeta? —preguntó.
Guadalupe miró el arreglo, que empezaba a perder una hoja.
—No sé por qué.
—¿Qué habrías querido que dijera?
Ella apoyó la espalda en la silla.
Tardó en responder.
—Que me extraña.
Al otro lado escuchó a Evelardo tomar aire.
—Yo te extraño —dijo él.
Guadalupe cerró los ojos.
No había manera de fingir que aquella frase pertenecía a la misma amistad que habían iniciado en la terraza.
Se citaron el jueves siguiente.
Guadalupe pasó toda la mañana pensando en cancelar.
Le parecía injusto llegar con Evelardo para hablar otra vez de Alfonso. También le parecía injusto buscarlo por una razón que ya no podía nombrar sin alterar su matrimonio.
Lo encontró esperando afuera de una librería.
Había llovido. La banqueta olía a polvo mojado.
Caminaron sin entrar.
Evelardo preguntó por su nuevo trabajo. Guadalupe respondió con frases cortas.
En una esquina, él se detuvo.
—¿Estás incómoda conmigo?
Ella negó.
—Estoy incómoda con lo que estoy haciendo.
Él soltó lentamente el aire.
—Podemos dejar de vernos.
Guadalupe sintió que la propuesta le abría un hueco en el pecho.
—¿Eso quieres?
—No.
Ella lo miró.
Evelardo tenía las manos a los lados, sin intentar acercarse.
—Pero no quiero que vengas porque te sientes obligada a no lastimarme.
Guadalupe bajó la cabeza.
Aquella consideración la desarmó más que cualquier caricia.
Se refugiaron bajo el toldo de un local cerrado cuando volvió a llover.
Una gotera golpeaba un bote junto a la puerta.
Guadalupe observó el agua correr por la orilla de la banqueta.
—Cuando estoy contigo, puedo decir que no me gusta algo —murmuró.
Evelardo no respondió.
—Hasta cosas tontas. Que no quiero café. Que tengo frío. Que prefiero caminar.
Ella se rio con vergüenza.
—Suena ridículo.
—No.
Guadalupe levantó la cara.
Él estaba cerca, pero todavía dejaba entre ambos una distancia que ella podía conservar.
Fue Guadalupe quien lo besó.
Un beso breve, interrumpido casi enseguida.
Se apartó y se llevó una mano a los labios.
Evelardo no intentó retenerla.
—Perdón —susurró ella.
Él negó suavemente.
Guadalupe volvió a acercarse.
Esta vez el beso duró más.
Cuando terminó, ninguno sonrió.
Ambos sabían que habría un después.
La lluvia disminuyó, pero no se separaron enseguida. Guadalupe le acomodó una solapa mojada y dejó la mano allí, sorprendida por la confianza del gesto.
—Quiero volver a verte —dijo—. Y no quiero seguir diciendo que solamente hablamos.
Evelardo apoyó la mejilla en su mano.
—Yo tampoco.
Se besaron otra vez, despacio. Cuando pasó una persona junto al toldo, Guadalupe no se escondió detrás de él. Fue la conciencia de sus dos matrimonios, y no la presencia del desconocido, la que finalmente la hizo apartarse. Se despidieron antes de que la cercanía les permitiera aplazar de nuevo aquella conversación.
Esa noche Alfonso regresó poco antes de medianoche.
Guadalupe estaba sentada en la cama, con un libro abierto que no había leído.
Él se quitó el saco.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
La mentira le salió sin esfuerzo.
Eso fue lo que más la asustó.
Alfonso dejó el teléfono sobre la cómoda y entró al baño.
La pantalla se encendió unos segundos después.
Guadalupe vio el nombre de Teresa.
El mensaje era breve: Todavía tengo tu camisa.
Permaneció inmóvil.
No tomó el teléfono.
Cuando Alfonso salió, ella levantó la mirada.
—¿Sigues viéndola?
Él siguió sus ojos hasta la pantalla.
Su expresión se cerró.
—Guadalupe…
—Te pregunté algo.
Alfonso recogió el aparato.
—Sí.
Ella asintió lentamente.
Había imaginado tantas veces descubrir una nueva mentira que la confirmación le produjo, antes que dolor, un cansancio enorme.
—Me prometiste que no.
—Las cosas cambiaron.
Guadalupe cerró el libro.
—No me enteré.
Alfonso se sentó al otro lado de la cama.
—No quiero perderte.
Ella miró la línea que separaba dos tablas del piso.
—Pero tampoco quieres dejar de hacerlo.
Él no respondió.
Guadalupe sintió el beso de Evelardo todavía presente en su memoria.
Podía confesarlo. Podía herir a Alfonso con un nombre.
No quiso convertirlo en una defensa.
—No sé cuánto tiempo más puedo vivir así —dijo.
Él se inclinó hacia ella.
—Terminemos la campaña. Después nos vamos unos días. Solos.
Guadalupe lo miró.
Alfonso parecía sincero en aquel momento.
Eso hacía todo más difícil.
Ella apagó la lámpara de su lado.
—Hoy quiero dormir.
A la mañana siguiente llegó temprano a la fundación.
El patio estaba vacío. Desde su oficina escuchó al personal de limpieza mover sillas.
Encontró un sobre sin membrete entre la correspondencia.
Dentro había una copia de un oficio de la comisión de vigilancia del congreso local, remitida por la entidad pública que financiaba parte de los programas. El requerimiento formal se dirigía a esa entidad; a la fundación le correspondía reunir los convenios y comprobantes de los recursos recibidos. La directora administrativa había turnado a Guadalupe la revisión jurídica de la respuesta. El oficio abarcaba varios convenios de la administración estatal. Algunas empresas habían colaborado también con la fundación.
Reconoció dos nombres.
Uno pertenecía al expediente de la carpeta verde.
Leyó hasta el final.
Un grupo de legisladores de oposición pedía aclarar pagos, servicios y posibles vínculos entre proveedores.
Todavía era una solicitud. No una investigación en su contra.
Guadalupe dejó las hojas sobre el escritorio y miró su nombre en el directorio nuevo de la oficina.
Después llamó a Alfonso.
Él no contestó.
En la pantalla permaneció abierta la conversación con Evelardo.
El último mensaje decía: Necesitamos hablar de nosotros.
Guadalupe apoyó el teléfono junto al sobre.
Por primera vez, no supo cuál de las dos conversaciones le daba más miedo.