Capítulo 9 de 15

La noche en que cambiaron los nombres

Alfonso devolvió la llamada a las once y veinte.

Guadalupe había leído tres veces la solicitud de información. Tenía una hoja al lado donde anotó fechas, números de convenio y los nombres de las empresas que aparecían tanto en los programas públicos como en los archivos de la fundación.

—Estoy entrando a una reunión —dijo él—. ¿Qué pasó?

Ella comenzó a explicarle.

Al escuchar el nombre de una empresa, Alfonso la interrumpió.

—¿Quién te mandó eso?

—Llegó a la oficina.

—¿Es un requerimiento dirigido a ti?

—Es una solicitud de información. Piden expedientes en los que participé.

Él guardó silencio. Guadalupe escuchó una puerta cerrarse.

—No respondas nada hasta que lo vea Salvatierra.

Ella miró las hojas.

—Tenemos un plazo.

—Lo sé. Nada más no te adelantes.

Guadalupe colgó con la sensación de haber hecho una pregunta y recibido una orden.

Salvatierra llegó a la fundación después de comer.

Revisó la solicitud en el escritorio de Guadalupe y apartó una hoja.

—Esto va a aparecer en algún periódico antes de que termine la semana.

Ella dejó la pluma.

—¿Hay algo que no deba saber?

Él levantó la mirada.

—Hay una campaña en curso.

—Eso sí lo sé.

Salvatierra se acomodó en la silla.

Le explicó que los legisladores habían solicitado información sobre decenas de contratos. Algunos eran antiguos; otros ni siquiera habían pasado por sus oficinas.

—Van a mezclar todo para que parezca una sola operación.

Guadalupe señaló sus notas.

—Estas empresas sí aparecen relacionadas.

—Usted ya pidió aclaraciones.

—Y firmé después.

Él se quedó observándola.

—Firmó la revisión documental. No pierda de vista lo que hizo y lo que no hizo.

Guadalupe bajó los ojos.

Hasta entonces, aquella distinción le había servido para dormir. Ahora quería saber si resistiría fuera de su escritorio.

La nota se publicó el jueves.

Una fotografía de Alfonso acompañaba el encabezado, aunque su nombre no aparecía entre los responsables de los contratos.

Guadalupe abrió el enlace en su teléfono mientras esperaba un ascensor.

El reportaje describía empresas con domicilios compartidos, pagos por servicios difíciles de acreditar y vínculos con personas cercanas al partido gobernante.

Rodrigo aparecía mencionado en el cuarto párrafo.

Ella siguió leyendo hasta llegar a una cantidad que reconoció.

El ascensor abrió sus puertas.

Guadalupe no entró.

Volvió a su oficina y buscó el expediente correspondiente.

La cifra era correcta.

También lo era la fecha.

Esa noche discutieron por primera vez sobre dinero.

Alfonso sostenía que la nota estaba construida para perjudicarlo.

Guadalupe había dejado sobre la mesa una impresión del reportaje.

—No te estoy preguntando por la fotografía. Te pregunto por el pago.

Él se quitó el saco.

—Eso lo manejaban otras personas.

—¿Quiénes?

—Rodrigo, Fabián, el área administrativa. No sé cada movimiento.

Guadalupe acercó una de las hojas.

—Aquí dice que una empresa recibió recursos por talleres que nadie recuerda haber tomado.

Alfonso no miró el papel.

—¿Y tú cómo sabes a quién entrevistaron?

Ella sintió un golpe de rabia.

—Porque yo también pedí las listas.

Él levantó la vista.

El silencio que siguió fue distinto de sus discusiones anteriores. Guadalupe tuvo la impresión de que Alfonso acababa de recordar cuánto había pasado por sus manos.

—Necesitamos mantener la calma —dijo él.

Ella recogió la hoja.

—Necesito que me digas la verdad.

Alfonso no respondió aquella noche.

Se encerró en el estudio para hacer llamadas. Guadalupe escuchó su voz hasta después de las dos de la mañana.

A las siete, él ya estaba vestido.

Dejó un café junto a ella.

—Voy a hablar con Rodrigo.

Guadalupe se incorporó.

—¿Y después vas a hablar conmigo?

Él la miró desde la puerta.

—Sí.

Pero regresó tarde y cansado, con explicaciones que parecían preparadas entre varias personas.

Había errores administrativos. Había servicios subcontratados. Había información fuera de contexto.

Guadalupe escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, preguntó:

—¿Las empresas realmente prestaron todo lo que cobraron?

Alfonso se aflojó el nudo de la corbata.

—No puedo comprobar cada hora de cada taller.

Ella apartó la taza que tenía enfrente.

Ya no le quedaban preguntas pequeñas.

Evelardo la encontró sentada en una mesa del fondo de la cafetería.

Guadalupe llevaba el cabello recogido sin demasiado cuidado. No se había puesto los aretes que Alfonso solía elegirle para las fotografías.

Él se sentó.

—Vi la nota.

Ella asintió.

Durante varios minutos hablaron del reportaje y de las respuestas públicas. Evelardo conocía algunos nombres. Otros le resultaban ajenos.

Preguntó si Adriana ya había recibido una copia del reportaje.

Guadalupe agradeció que no lo hiciera.

Después él apoyó las manos sobre la mesa.

—Patricia y yo vamos a separarnos.

Ella levantó la vista.

La noticia le produjo una alegría inmediata, seguida de vergüenza.

—¿Por nosotros?

Evelardo tardó en responder.

—Lo nuestro hizo imposible seguir fingiendo que yo estaba conforme.

Guadalupe miró su anillo.

Él continuó:

—Le dije que ya no quería ir a las reuniones. Me preguntó desde cuándo.

—¿Qué le dijiste?

—Que desde el principio.

Guadalupe cerró los ojos un instante.

Conocía el peso de aquella respuesta.

Patricia no había llorado.

Según contó Evelardo, lo escuchó sentada a la orilla de la cama y luego le preguntó si estaba enamorado de alguien.

Él respondió que sí.

Guadalupe sintió calor en el rostro.

—No le dije tu nombre —añadió él.

Ella apoyó las manos en el regazo.

—Yo todavía no sé cómo irme.

Evelardo se inclinó apenas.

—No te lo estoy pidiendo para mañana.

—Pero estás tomando decisiones.

—Sobre mi matrimonio.

Guadalupe miró hacia la ventana.

Un hombre cruzaba la calle cargando una caja sobre el hombro. Lo siguió con los ojos hasta que desapareció detrás de un autobús.

—Me da miedo descubrir que puedo dejar de amar a alguien y seguir viviendo con él —dijo.

Evelardo no le ofreció una respuesta.

Cuando salieron, la abrazó junto al automóvil.

Guadalupe permaneció allí hasta que dejó de temblar.

Las elecciones llegaron en junio.

Durante las últimas semanas, Alfonso había dormido poco y hablado demasiado. Las encuestas cambiaban según quién las mostrara, pero en las reuniones privadas todos aseguraban que todavía podían ganar.

La noche de la votación se reunieron en un salón de hotel.

Había pantallas, teléfonos conectados y bandejas de comida que nadie terminaba.

Guadalupe permaneció junto a una ventana.

En una mesa cercana, Rodrigo revisaba mensajes. Salvatierra salía al pasillo cada vez que sonaba su teléfono.

Alfonso iba de un lado a otro.

Al principio, las diferencias parecían pequeñas.

Después dejaron de serlo.

El candidato a gobernador de su partido cayó varios puntos. Las proyecciones de distritos comenzaron a colorearse con las siglas de Alianza Renovadora.

Cerca de medianoche, alguien apagó una de las pantallas.

Nadie pidió que la encendieran.

Alfonso perdió por menos de dos mil votos.

El gobierno estatal también cambió de partido.

Guadalupe lo encontró solo junto al salón vacío, sentado en una silla que habían apartado de la mesa.

Se acercó sin hablar.

Él tenía la mirada fija en el teléfono.

—Se acabó —dijo.

Guadalupe se sentó a su lado.

Pensó que hablaba de la campaña.

Después vio el mensaje que acababa de recibir.

Tenemos que reunirnos. Sin teléfonos.

Lo enviaba Rodrigo.

Dos semanas más tarde, Alfonso la llevó a un despacho que Guadalupe no conocía.

Había cuatro personas esperándolos.

Sobre la mesa encontraron una relación de contratos, movimientos de varias sociedades y convenios de la fundación.

Su nombre aparecía en distintas páginas.

Guadalupe acercó la silla.

—¿De dónde salió esto?

Un abogado de cabello blanco respondió:

—De una revisión interna que debió hacerse antes.

Alfonso permaneció callado.

El hombre explicó que algunas empresas habían transferido parte de los recursos recibidos a otras sociedades. Después, ciertos montos reaparecían como aportaciones, honorarios o pagos sin un servicio claramente identificable.

Guadalupe sintió que algo se le hundía en el pecho.

No le enseñaron cómo se había organizado todo. Bastaba la secuencia para comprender que los expedientes no terminaban donde ella había dejado de mirar.

—Yo no revisé esas transferencias —dijo.

El abogado asintió.

—Pero necesitamos saber qué conocía cuando autorizó los convenios.

Guadalupe volvió la cara hacia Alfonso.

Él miraba la mesa.

Discutieron en el estacionamiento.

—¿Desde cuándo lo sabías?

Alfonso abrió el automóvil sin responder.

Guadalupe no se movió.

—Mírame.

Él se volvió.

Parecía envejecido.

—No todo.

—¿Qué parte sí?

Alfonso pasó una mano sobre el techo del coche.

—Sabía que había dinero para financiar cosas del grupo.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Y lo llamabas trabajo?

Él bajó la voz.

—Tú también recibiste bonos.

Guadalupe sintió la frase como una mano sobre la boca.

Durante unos segundos quiso negarlo todo. Hablar de sus observaciones, de los formatos corregidos, de las preguntas que había hecho.

Después recordó la llamada de Rodrigo y la pluma entre sus dedos.

Había sabido lo suficiente para detenerse.

No lo había hecho.

—Sí —dijo finalmente—. Los recibí.

Alfonso pareció aliviarse.

Aquello la lastimó más que la acusación.

Guadalupe abrió la puerta y se sentó sin volver a mirarlo.

La revisión oficial comenzó después del cambio de administración.

Primero llegaron solicitudes. Luego, requerimientos más precisos.

En la fundación suspendieron proyectos. Dos integrantes del patronato dejaron de contestar. Fabián renunció.

Salvatierra aseguró que contaban con abogados.

Rodrigo empezó a faltar a las reuniones.

Guadalupe pasaba horas reconstruyendo decisiones que, cuando ocurrieron, habían parecido separadas: una firma, una transferencia autorizada por otro, una cena, un favor, un nombramiento.

Ahora aparecían juntas.

A mediados de septiembre recibió una citación con su nombre completo, emitida por el ministerio público de la fiscalía estatal especializada en combate a la corrupción. Debía comparecer con asistencia jurídica para conocer los hechos que se investigaban y ejercer su defensa respecto de los convenios en los que había intervenido. La fecha estaba señalada para la semana siguiente.

La leyó de pie.

No era una orden de detención.

Tampoco incluía una prohibición de salir del país. Guadalupe comprobó las fechas antes de llamar a un despacho independiente. Aun así, ver los números de los convenios bajo el sello de una fiscalía hizo que el peligro dejara de parecer una discusión entre oficinas.

Era suficiente para que necesitara sentarse.

Evelardo acudió a verla al estacionamiento de la fundación.

Guadalupe le mostró el documento dentro del automóvil.

Él lo leyó dos veces.

—Necesitas un abogado que no dependa de Alfonso ni de Rodrigo.

Ella asintió.

—Ya estoy buscando.

Evelardo le tomó la mano.

—Puedo ayudarte.

Guadalupe apoyó la cabeza contra el asiento.

—No me prometas algo que no sabes si puedes hacer.

Él guardó silencio.

Después acercó su mano a los labios.

Esta vez ella no cerró los ojos.

Quería recordarlo con exactitud.

Esa noche, Alfonso la esperaba con dos maletas abiertas.

Guadalupe se detuvo en la puerta del dormitorio.

—¿Qué haces?

Él guardaba camisas sin doblarlas.

—Tenemos que salir unos días.

Ella dejó el bolso lentamente.

—¿A dónde?

Alfonso mencionó un país que habían visitado durante unas vacaciones.

Guadalupe miró los pasaportes sobre la cama.

—¿Nos vamos de viaje o estamos huyendo?

Él dejó de empacar.

Desde la calle llegó el sonido de una ambulancia.

Alfonso la miró como si le pidiera ayuda para pronunciar una palabra.

No pudo.

Guadalupe sacó el teléfono y abrió la conversación con Evelardo.

Escribió: Necesito verte.

Antes de enviarlo, Alfonso habló desde el otro lado de la cama.

—El vuelo sale mañana.