Capítulo 10 de 15

El país que dejamos atrás

Guadalupe envió el mensaje.

Alfonso seguía junto a la maleta, sosteniendo una camisa que no encontraba dónde acomodar.

—¿Quién te dijo que saliéramos? —preguntó ella.

—Rodrigo.

—¿El mismo Rodrigo que ya no contesta?

Él dejó la camisa.

—Hoy contestó.

Guadalupe miró los pasaportes. El suyo conservaba una etiqueta del último viaje, cuando todavía podían convertir cualquier incomodidad en una fotografía junto al mar.

—Tengo una reunión con una abogada mañana.

—Puedes hablar con ella por teléfono.

—Quería llevarle mis documentos.

Alfonso cerró los ojos.

—Lupita, por favor.

Aquella súplica le produjo más miedo que las maletas.

Hasta entonces, él siempre había sabido a quién llamar, qué prometer y dónde sentarse. Ahora metía calcetines dentro de unos zapatos con la torpeza de quien acaba de despertarse en una casa ajena.

El teléfono de Guadalupe vibró.

Dime dónde, respondió Evelardo.

Ella apretó el aparato contra la palma.

—Voy a salir.

Alfonso la miró.

—¿A estas horas?

—Necesito hablar con alguien que no me diga solamente que confíe.

Evelardo la esperaba en el estacionamiento de un restaurante cerrado.

Guadalupe detuvo el automóvil junto al suyo. Él salió antes de que ella pudiera abrir la puerta.

Al verla, no preguntó nada. La abrazó.

Ella permaneció rígida unos segundos. Después hundió el rostro en su pecho.

—Alfonso compró boletos.

Evelardo aflojó los brazos para mirarla.

—¿Para cuándo?

—Mañana.

Él volvió la cara hacia el restaurante. Una luz de seguridad iluminaba las mesas recogidas.

—¿Ya hay una orden?

—No que yo sepa.

—¿Hablaste con la abogada?

—La veo mañana. O la iba a ver.

Evelardo le apartó un mechón de la mejilla.

—Llámala antes de decidir.

Guadalupe asintió.

No había acudido a él para que le ordenara quedarse. Aun así, una parte de ella había esperado escuchar que existía una salida sencilla.

La abogada atendió después del tercer intento.

Se llamaba Adriana Castañeda. Guadalupe la conocía por su trabajo, aunque nunca habían colaborado.

Escuchó sin interrumpir.

Después hizo preguntas concretas: qué notificación había recibido, cuáles eran sus funciones, quién había contratado su defensa hasta ese momento.

Guadalupe respondió desde el asiento del automóvil. Evelardo esperaba afuera, dándole espacio.

—Necesito revisar todo antes de aconsejarle sobre el fondo —dijo Adriana—. Pero salir no elimina su responsabilidad ni impide que la investiguen. Si pretende regresar y defenderse, tendremos que trabajar con eso en mente.

Guadalupe miró a Evelardo a través del parabrisas.

—¿Me recomienda quedarme?

—Le recomiendo que no decida únicamente por miedo ni por instrucciones de las personas que pueden tener intereses distintos de los suyos.

La frase quedó suspendida.

Acordaron hablar temprano y organizar la entrega de la documentación.

Cuando colgó, Guadalupe dejó el teléfono sobre sus piernas.

Evelardo abrió la puerta.

—¿Qué te dijo?

Guadalupe buscó dónde dejar el teléfono antes de contestar.

—Que tengo que tomar una decisión.

Caminaron unos metros entre los automóviles vacíos.

Guadalupe sentía frío, aunque llevaba el saco cerrado.

—Podría quedarme contigo —dijo.

Evelardo se detuvo.

La miró con una esperanza tan visible que ella sintió ganas de llorar.

—Podrías quedarte —respondió.

Guadalupe bajó la cabeza.

Pensó en su nombre dentro de los expedientes. En las llamadas de Rodrigo. En la posibilidad de que alguien tocara la puerta antes de que ella comprendiera qué debía responder.

También pensó en Alfonso empacando solo.

Había dejado de confiar en él, pero todavía no sabía abandonarlo en medio del desastre que habían construido juntos.

—No puedo hacerlo así —murmuró.

Evelardo apartó la mirada.

Aceptó la frase antes de poder disimular cuánto le dolía.

—¿Te vas con él?

Guadalupe asintió.

—Por ahora.

Él apoyó las manos en la cintura.

Durante un momento no dijo nada.

Después preguntó:

—¿Es porque todavía lo amas?

Ella se cubrió la boca con los dedos.

—Es porque tengo miedo.

Se besaron junto al automóvil.

Guadalupe lo hizo con una desesperación que la avergonzó apenas se apartaron.

—No quiero perderte —dijo.

Evelardo le sostuvo el rostro.

—Entonces no desaparezcas.

Ella asintió.

Él apoyó la frente contra la suya.

No le prometió ir a buscarla. No sabía todavía qué podía hacer ni cuánto tardaría en volver a verla.

Al despedirse, Guadalupe caminó dos veces hacia el automóvil y dos veces regresó para abrazarlo.

La tercera consiguió cerrar la puerta.

Evelardo permaneció de pie hasta que ella salió del estacionamiento.

Alfonso estaba sentado sobre la cama cuando volvió.

Las maletas ya estaban cerradas.

No preguntó dónde había estado.

Guadalupe agradeció aquella omisión y la odió al mismo tiempo.

—Hablé con una abogada —dijo.

Él asintió.

—Está bien.

—Va a representarme a mí.

Alfonso levantó la vista.

—¿Qué quieres decir?

Ella dejó el bolso.

—Que no quiero que decidas mi defensa.

Él abrió la boca y volvió a cerrarla.

Después se frotó la cara.

—Haz lo que necesites.

Guadalupe fue al baño. Guardó sus medicinas, el cepillo de dientes y una crema que apenas había usado.

Frente al espejo vio el rostro por el que habían pasado tantas consultas, fotografías y opiniones.

Pensó que se parecía a una mujer que sabía organizar un viaje.

No a una que estaba dejando su vida.

Llamó a su madre al amanecer.

La despertó.

—¿Pasó algo, hija?

Guadalupe se sentó en el borde de la cama.

—Voy a salir del país unos días.

Hubo un silencio.

—¿Por lo que dicen en las noticias?

Ella miró hacia la puerta. Alfonso hablaba en voz baja desde la sala.

—Hay cosas que tenemos que aclarar.

Su madre no respondió enseguida.

Guadalupe escuchó el ruido de una ventana al abrirse.

—¿Hiciste algo malo?

La pregunta llegó sin dureza.

Por eso le resultó insoportable.

—No sé cómo explicártelo.

Su madre respiró despacio.

—Entonces no me digas que no pasó nada.

Guadalupe comenzó a llorar.

Hablaron hasta que Alfonso llamó desde el pasillo.

El automóvil había llegado.

Antes de colgar, su madre dijo:

—Avísame cuando aterrices.

Guadalupe prometió hacerlo.

No se atrevió a pedirle que confiara.

En el aeropuerto, Alfonso compró dos botellas de agua y un sándwich que ninguno terminó.

Guadalupe observaba los paneles de salidas.

A su alrededor había familias, personas cargando regalos y una pareja que discutía por el peso de una maleta.

Todo continuaba con una normalidad que le pareció ofensiva.

Cuando llamaron a abordar, recibió un mensaje de Evelardo.

Ya estoy despierto.

Ella sostuvo el teléfono unos segundos.

Después escribió:

Yo tampoco pude dormir.

Alfonso se levantó.

Guadalupe guardó el aparato y lo siguió.

Dentro del avión, él le ofreció el asiento junto a la ventana.

Ella aceptó.

Mientras la ciudad se hacía pequeña, recordó a su madre mirando el jardín del departamento nuevo.

No quiero que se aprieten por aparentar.

Guadalupe apoyó la frente contra el cristal.

Llegaron a Panamá al mediodía.

Era la segunda quincena de septiembre. El nuevo gobierno estatal llevaba pocas semanas instalado y la campaña de junio empezaba a parecerles una vida anterior.

El departamento donde se alojaron pertenecía a un conocido de Rodrigo. Tenía muebles claros, una cocina limpia y una vista parcial al mar entre dos edificios.

Alfonso abrió las cortinas.

—Aquí podemos estar tranquilos mientras se acomoda todo.

Guadalupe dejó la maleta junto a la puerta.

Ya no soportaba aquella expresión.

—¿Qué se tiene que acomodar?

Él no respondió.

El teléfono comenzó a sonar.

Alfonso salió al balcón.

Guadalupe recorrió el departamento. En un cajón encontró cubiertos envueltos en una servilleta. En otro, instructivos de aparatos que no conocía.

No había fotografías.

Se sentó en el sofá y escribió a su madre.

Después a Adriana.

Evelardo fue el último.

Ya llegué.

La respuesta tardó menos de un minuto.

Gracias por avisarme.

Guadalupe leyó aquellas cuatro palabras hasta que se le nublaron los ojos.

Los días siguientes tuvieron horarios extraños.

Alfonso hablaba de madrugada con México y dormía hasta tarde. Guadalupe se levantaba temprano para revisar documentos con Adriana.

Su abogada le pedía distinguir entre lo que recordaba y lo que podía acreditar.

—No intente completar vacíos con suposiciones —le decía.

Guadalupe reconstruía fechas, revisaba correos propios y anotaba conversaciones.

Por indicación de Adriana, comunicó su domicilio temporal y dejó constancia de que estaba disponible para atender los requerimientos. La abogada presentó la solicitud correspondiente para reorganizar la comparecencia y obtuvo una nueva fecha; no dejó que la citación simplemente venciera mientras Guadalupe permanecía fuera.

La fundación había suspendido su contrato al detener varios programas. El último sueldo, sus ahorros y el dinero que Alfonso aún conservaba pagaban la estancia y los honorarios. El conocido de Rodrigo no les cobraba renta. Guadalupe anotó también ese favor cuando Adriana le pidió una relación de gastos: empezaba a desconfiar de todo lo que parecía gratuito.

Una tarde encontró el mensaje donde había solicitado aclaraciones sobre las empresas relacionadas.

Más abajo estaba su firma final.

Permaneció mirando ambas cosas.

Adriana no la felicitó por la primera ni la condenó por la segunda.

Le pidió que enviara el intercambio completo.

Aquella manera de trabajar le produjo una confianza incómoda. Su abogada no parecía necesitar que Guadalupe fuera inocente para escucharla.

En México, Evelardo dejó de recibir algunas llamadas.

Su cargo había terminado con la administración anterior. Tenía ahorros y un despacho donde podía trabajar, pero conocía el sonido de una puerta que se cerraba.

Patricia acudió a recoger las últimas cosas de la casa una semana después.

Lo encontró frente a la computadora.

—¿Es ella? —preguntó.

Evelardo levantó la vista.

Sobre la pantalla estaba abierto un reportaje con una fotografía de Guadalupe.

No respondió.

Patricia dejó una caja en el suelo.

—Está muy metida, Evelardo.

Él cerró la computadora.

—No sabes todo.

—Tú tampoco.

La frase lo detuvo.

Patricia se sentó.

Lo observó durante unos segundos, sin hostilidad.

—Si vas a intentar ayudarla, averigua primero a quién le estás pidiendo el favor.

Él bajó los ojos.

Patricia tomó la caja.

Antes de marcharse, mencionó un nombre.

Evelardo lo conocía.

Era un operador cercano al nuevo gobernador.

Esa noche, en Panamá, Guadalupe despertó al escuchar a Alfonso discutir.

La voz llegaba desde la cocina.

—Yo también tengo papeles —decía él—. Que no se les olvide.

Ella se incorporó.

Alfonso terminó la llamada cuando la vio.

—¿Con quién hablabas?

Él apoyó el teléfono sobre la barra.

Durante varios segundos pareció considerar una mentira.

—Con Rodrigo.

Guadalupe se acercó.

—¿Qué papeles?

Alfonso miró hacia la ventana.

—Cosas que guardé.

Ella sintió que el miedo cambiaba otra vez de tamaño.

No estaban esperando a que todo se aclarara.

Estaban esperando a ver quién entregaba primero a los demás.

En México, Evelardo llegó a una casa donde nunca había estado.

Un empleado le abrió la puerta y lo condujo hasta una sala pequeña.

El hombre que lo esperaba no se levantó.

—Patricia me dijo que necesitabas hablar.

Evelardo tomó asiento.

Sobre la mesa había una carpeta cerrada.

En la pestaña pudo leer el apellido de Guadalupe.

El hombre apoyó una mano encima.

—Antes de empezar —dijo—, quiero saber qué estás dispuesto a hacer por ella.

Evelardo miró la carpeta.

Tardó en levantar los ojos.

—Escucho.

El hombre sonrió apenas y llamó a alguien para pedir café.