Capítulo 13 de 15

La casa del otro partido

Guadalupe no apartó la vista de Evelardo.

La invitación permanecía entre los dos, junto al frutero que habían comprado una semana antes.

—¿Qué estás pensando? —preguntó.

Él dejó el sobre.

—Que Julián no suele invitar sin una razón.

—Entonces llámalo.

Evelardo tomó el teléfono, buscó el contacto y se detuvo.

Guadalupe reconoció aquella vacilación.

—No quiero empezar otra vez adivinando —dijo.

Él asintió y marcó.

Julián respondió con ruido de conversaciones alrededor. Evelardo puso el altavoz después de preguntarle si podía hacerlo.

—Estoy con Guadalupe. Queríamos saber un poco más de la cena del sábado.

Hubo una pausa breve.

—Gente cercana. Algunos colaboradores. Nada formal.

—¿Qué clase de reunión? —preguntó Guadalupe.

Julián la saludó con calidez.

—Una cena en casa de amigos, licenciada.

Ella apoyó los dedos sobre la mesa.

—¿Habrá intercambio de parejas?

Esta vez el silencio duró más.

Evelardo levantó los ojos.

—Puede haber una convivencia más privada después —respondió Julián—. Nadie está obligado a quedarse.

Guadalupe miró la tarjeta.

—Gracias por aclararlo.

Colgaron poco después.

El refrigerador emitió un sonido leve.

Evelardo seguía sosteniendo el teléfono.

—No quiero ir —dijo ella.

—Yo tampoco.

Guadalupe sintió alivio.

Duró hasta que él añadió:

—Tenemos que pensar cómo decirlo.

Evelardo llevaba seis meses como director de una unidad de proyectos estratégicos.

Había llegado al puesto con el respaldo de Julián y la experiencia de años anteriores. Trabajaba bien. Conocía los expedientes, preguntaba por los costos y tenía la costumbre de regresar documentos mal sustentados.

Su equipo lo respetaba.

A veces Guadalupe lo observaba preparar una reunión y pensaba que, en otras circunstancias, habría podido llegar por su cuenta.

Sin embargo, cada nombramiento de su personal, cada presupuesto y cada autorización pasaban por personas que respondían las llamadas de Julián.

Guadalupe tampoco estaba fuera.

Una asociación vinculada con programas estatales le había ofrecido la dirección de cumplimiento jurídico. Adriana revisó el contrato antes de que aceptara.

El trabajo era real. El sueldo también.

En el contrato de Guadalupe se establecía que revisaría el cumplimiento de los programas y que no decidiría sola la contratación de proveedores. La asociación era privada, aunque ejecutaba recursos sujetos a convenios estatales. Más adelante, dirigir una entidad pública de asistencia requeriría otro nombramiento y otras obligaciones; Adriana insistió en que no confundiera ambos espacios.

La revisión administrativa del antiguo proyecto de caminos terminó para Evelardo con una sanción económica, que pagó antes de su nombramiento, y una observación en su expediente. Su cooperación ayudó a esclarecer responsabilidades de otros, pero también dejó registrada su autorización. Julián lo recomendó aun con ese antecedente. Evelardo conocía el valor de aquella excepción.

Durante meses, Guadalupe se aferró a ambas cosas para no preguntarse por qué habían elegido a una mujer cuyo nombre acababa de salir de tantos expedientes.

El jueves, Evelardo llamó para declinar.

Guadalupe estaba a su lado.

—Tenemos un compromiso familiar —dijo él.

Ella cerró los ojos.

No habían acordado mentir.

Julián preguntó si era algo grave. Evelardo respondió que no y ofreció reunirse otro día.

La conversación terminó con amabilidad.

Cuando dejó el teléfono, Guadalupe lo miró.

—Podíamos haber dicho que no queríamos.

Él se pasó una mano por la nuca.

—No quería abrir una discusión.

—Ahora tendremos que recordar qué compromiso inventamos.

Evelardo asintió.

—Tienes razón.

Guadalupe esperó que dijera algo más.

Él tomó la tarjeta y la guardó en un cajón.

Aquella noche cenaron frente a la ventana abierta. Durante un rato, Guadalupe consiguió creer que el problema había terminado allí.

El lunes siguiente cancelaron una reunión de Evelardo.

El martes no liberaron una autorización presupuestal.

El miércoles, un colaborador cercano recibió instrucciones de reportar directamente a otra oficina.

Cada cosa tenía una explicación.

La reunión se posponía por ajustes de agenda. El presupuesto requería una revisión adicional. El cambio de enlace formaba parte de una reorganización.

Evelardo volvió temprano el jueves.

Guadalupe lo encontró sentado en la sala, todavía con el saco puesto.

—¿Qué pasó?

Él le contó.

Ella escuchó de pie.

—¿Crees que es por la cena?

Evelardo miró hacia el cajón donde habían guardado la invitación.

—No puedo probarlo.

Guadalupe se sentó frente a él.

—Podría ser otra cosa.

—Sí.

Ninguno creyó demasiado en esa posibilidad.

La llamada para Guadalupe llegó el viernes.

El presidente de la asociación quería verla antes de aprobar la continuidad de un programa.

La recibió con una carpeta cerrada y un café intacto.

Después de hablar diez minutos sobre metas, cambió de tema.

—Julián me comentó que no pudieron acompañarlos.

Guadalupe mantuvo las manos sobre sus piernas.

—No fuimos.

—Le hubiera gustado celebrar con ustedes. Ha estado muy pendiente de que las cosas se normalicen.

Ella escuchó el resto sin interrumpir.

Al salir, recordó cómo había llorado cuando Evelardo anunció que la apartarían de la acusación principal.

Entonces sintió gratitud.

Ahora empezaba a distinguir las condiciones que nadie había pronunciado.

Fue a ver a Adriana.

La abogada la recibió al final de la tarde, cuando ya no quedaba personal en el despacho.

Guadalupe le contó la invitación y lo que había ocurrido después.

Adriana escuchó apoyada en el respaldo de su silla.

—¿Hubo una amenaza directa?

—No.

—¿Les pidieron participar a cambio de conservar sus puestos?

Guadalupe negó.

—No con esas palabras.

Adriana bajó la vista hacia sus notas.

—Conviene documentar los cambios y separar lo que sabemos de lo que sospechamos.

Guadalupe sintió una impaciencia que no quería descargar sobre ella.

—¿Y mientras tanto?

La abogada levantó los ojos.

—Mientras tanto pueden decidir qué trabajo están dispuestos a perder.

Guadalupe miró la ventana.

Era una respuesta demasiado sencilla para todo lo que se había complicado.

Adriana pareció comprenderlo.

—Lo que hicieron para favorecerte puede exponerte otra vez si quieren manipularlo. Eso merece atención legal. Tu puesto, en cambio, no es una obligación de por vida.

Guadalupe asintió.

No respondió enseguida.

Esa noche abrió una hoja de cálculo.

Anotó los gastos de la casa, el crédito del automóvil, los honorarios pendientes y el apoyo mensual para su madre.

Evelardo se sentó junto a ella.

No preguntó qué estaba haciendo.

Revisaron las cifras hasta después de medianoche.

Podían vender un automóvil. Rentar un lugar más pequeño. Reducir gastos. Buscar clientes para un despacho propio mientras resolvían los asuntos todavía abiertos.

No sería cómodo.

Tampoco imposible.

Guadalupe dejó de teclear.

Durante meses había esperado encontrar una cifra que justificara su miedo.

La pantalla no se la dio.

—Podemos irnos —dijo.

Evelardo observó los números.

—Sí.

Ella lo miró.

Él tardó en continuar.

—Me cuesta pensar en dejar todo el trabajo.

Guadalupe volvió los ojos hacia la pantalla.

A ella también.

Le gustaba que escucharan sus opiniones. Tener una oficina propia. Resolver un problema con una llamada que antes nadie le habría contestado.

Había sufrido para entrar en aquel mundo y comenzaba a descubrir cuánto deseaba permanecer dentro.

Julián citó a Evelardo el lunes.

Lo recibió en un despacho distinto de la casa donde habían hablado de Guadalupe.

Esta vez no había expedientes sobre la mesa.

Desde la transición, Julián coordinaba de manera informal la relación con varios grupos empresariales y recomendaba cuadros para áreas de gobierno. Las decisiones llevaban firmas de funcionarios, no la suya. Evelardo había visto cómo una llamada suya reunía en una tarde a responsables que por oficio tardaban semanas en responder. Eso volvía difícil medir su influencia y todavía más difícil ignorarla.

—Te noto distante —dijo.

Evelardo eligió una silla.

—He tenido problemas con varias autorizaciones.

Julián asintió con seriedad.

—Lo estamos revisando.

Hablaron de proyectos durante unos minutos.

Después Julián preguntó por Guadalupe.

Evelardo respondió que estaba bien.

—Me alegra. Se les ve tranquilos.

Él sostuvo su mirada.

Julián giró lentamente una pluma entre los dedos.

—Aquí valoramos mucho la confianza. No me refiero al trabajo nada más. Todos hemos dejado algo en manos de los demás.

Evelardo sintió que la conversación había llegado al lugar previsto.

—Nosotros no queremos participar en encuentros de parejas.

Julián dejó la pluma.

No parecía ofendido.

—Entonces no participen.

Evelardo esperó.

—Pero tampoco conviertan a mis amigos en gente de la que necesitan esconderse —añadió—. La otra noche hubo quienes preguntaron si ya no se sentían cómodos con nosotros.

Al salir, Evelardo comprendió que había recibido permiso para negarse y un aviso sobre cómo interpretarían su negativa.

Aceptaron la siguiente cena.

Antes de salir, Guadalupe se sentó en la cama mientras Evelardo buscaba sus llaves.

—No quiero que decidamos nada allí —dijo.

Él se volvió.

—Vamos a cenar y regresamos.

—Aunque nos pidan quedarnos.

—Aunque nos lo pidan.

Guadalupe asintió.

Eligió un vestido que le permitía moverse sin estar acomodándose la tela. Se recogió el cabello y guardó un chal en el bolso.

Evelardo la observó desde la puerta.

—Si quieres cancelar, cancelamos.

Ella lo miró a través del espejo.

—Ya sé.

Aquella vez lo sabía de verdad.

Eso no le hizo más fácil levantarse.

La residencia tenía un jardín amplio y una fuente junto a la entrada.

Guadalupe reconoció el procedimiento: nombres en una lista, teléfonos guardados, sonrisas discretas.

Lo que cambió fue la gente.

Había colaboradores del nuevo gobierno, empresarios que meses antes criticaban a la administración anterior y una mujer que había exigido públicamente investigar a todos los responsables de los contratos.

La mujer saludó a Guadalupe con dos besos.

—Qué gusto verte recuperada de todo ese horror.

Guadalupe sintió la mano de Evelardo sobre su espalda.

Respondió el saludo.

En el comedor, Julián los presentó como una pareja cercana.

Alguien preguntó por el proyecto de Evelardo.

Otro aseguró que la asociación de Guadalupe tendría pronto más recursos.

Las conversaciones avanzaban con una familiaridad que hacía difícil localizar el momento exacto de cada acuerdo.

Guadalupe conocía ya aquella manera de trabajar.

Después de cenar, una mujer llamada Beatriz los acompañó a la terraza.

Les habló sin rodeos de lo que podía ocurrir más tarde y de las reglas de la casa.

Guadalupe sintió que Evelardo buscaba su mano.

—Esta noche no vamos a participar —dijo ella.

Beatriz asintió.

—Está bien.

No hubo insistencia.

Conversaron unos minutos y luego se despidieron.

En el automóvil, Guadalupe comenzó a llorar.

Evelardo detuvo el coche antes de llegar a la avenida.

—¿Qué pasó?

Ella se limpió las mejillas.

—Nos dejaron ir.

Él permaneció callado.

Guadalupe miró hacia la casa, oculta ya detrás de una barda.

Nadie había tenido que sujetarlos. Bastaba con todo lo que seguía esperándolos al día siguiente.

El martes se liberó el presupuesto de Evelardo.

El jueves confirmaron la continuidad del programa de Guadalupe.

Ambos recibieron felicitaciones por su trabajo.

Esa noche cenaron en silencio.

Después, Evelardo sacó del bolsillo una nueva invitación.

La dejó junto al plato.

Guadalupe la leyó y miró el calendario del teléfono.

Estaba libre.

Durante unos segundos quiso escribir a Adriana, preguntarle por el despacho que podrían abrir, retomar la hoja de cálculo.

En cambio, bloqueó la pantalla.

—Tenemos que hablar antes de responder —dijo.

Evelardo asintió.

Acercó su silla a la de ella.

Sobre la mesa seguía la invitación, esperando que pusieran en palabras lo que hasta entonces habían evitado admitir.