Capítulo 14 de 15

Lo que elegimos conservar

Evelardo acercó la invitación al centro de la mesa.

Guadalupe no volvió a leerla. Conocía la fecha, la dirección y la frase con que Julián aseguraba que les daría gusto verlos.

—Podemos dejar los trabajos —dijo ella.

Evelardo apoyó los antebrazos junto al plato.

—Sí.

La respuesta ya no la tranquilizó.

Guadalupe había esperado que alguno de los dos encontrara una razón definitiva para levantarse, abrir la computadora y escribir una renuncia. Habían hecho cuentas. Sabían que podían vivir con menos.

También sabían que no querían.

—A mí me gusta mi oficina —admitió.

Evelardo levantó los ojos.

Ella sintió vergüenza, pero continuó:

—Me gusta que me escuchen. Que alguien diga que tiene un problema y yo pueda resolver una parte. Me gusta no pensar en cuánto cuesta el supermercado.

Él asintió lentamente.

—A mí también.

Guadalupe miró sus platos.

La comida se había enfriado.

—Entonces tenemos que dejar de decir que no hay otra opción.

El sábado salieron a ver un local.

La madre de Guadalupe conocía a la dueña, que estaba dispuesta a rentarlo barato. Había funcionado como consultorio y todavía conservaba una división de tabla en la parte posterior.

La mujer abrió una ventana.

—En las tardes corre aire.

Evelardo recorrió el espacio midiendo con los pasos.

Cabían dos escritorios, un archivero y unas sillas para recibir clientes. Tendrían que pintar, cambiar una lámpara y arreglar el baño.

Guadalupe se acercó al cristal de la entrada.

Imaginó sus nombres escritos en letras discretas.

Hernández y Asociados.

Podían empezar allí.

La dueña les entregó una copia de las condiciones y prometieron responder el lunes.

Al salir, encontraron un puesto de fruta junto a la banqueta. Evelardo compró dos vasos y comieron apoyados en el automóvil.

—Está bien —dijo él.

Guadalupe asintió.

Ninguno habló de firmar el arrendamiento.

El lunes, Evelardo recibió la autorización de un proyecto que llevaba meses preparando.

Incluía rehabilitar instalaciones en varias comunidades y contratar personal técnico. Había presupuesto, calendario y un equipo que dependía de él para comenzar.

Pasó la tarde revisando planos.

Cuando llegó a casa, le contó a Guadalupe los avances con una emoción que no intentó disimular.

Ella lo escuchó desde la cocina.

Había llamado tres veces a la dueña del local y las tres había colgado antes de que respondiera.

—¿Le dijiste algo? —preguntó Evelardo.

Guadalupe negó.

Él dejó su carpeta sobre la mesa.

—Podemos pedirle unos días.

Ella apagó la estufa.

—No se trata de unos días.

Evelardo miró la carpeta que acababa de traer.

Guadalupe siguió la dirección de sus ojos.

Allí estaba una parte de la respuesta.

Volvieron a hablar de la reunión el martes.

Esta vez Guadalupe llevó una libreta.

Evelardo la observó sentarse enfrente.

—No quiero convertir esto en un contrato —dijo él.

Ella abrió la primera página.

—Yo pasé años aceptando cosas que nunca habíamos hablado. Necesito saber qué estamos diciendo.

Él apartó el teléfono.

Guadalupe tomó aire.

No habría encuentros privados ocultos. Ninguno tendría que aceptar a una persona para complacer al otro. Si alguno pedía marcharse, se irían sin discutirlo allí. Tampoco usarían su intimidad para prometer contratos o conseguir nombramientos.

Evelardo escuchó.

—Eso último ya está mezclado —dijo.

Ella bajó la pluma.

—Lo sé.

Durante un momento se quedaron mirando las palabras.

Después él añadió:

—Y si uno descubre que ya no quiere volver, buscamos cómo salir.

Guadalupe escribió la frase.

Antes de cerrar la libreta, ella le pidió que hablaran sin pensar en Julián.

—Si mañana conserváramos el sueldo aunque nunca volviéramos, ¿tú tendrías curiosidad?

Evelardo tardó en responder. Se levantó a buscar agua y regresó con un solo vaso; después se dio cuenta y fue por otro. Guadalupe agradeció aquella torpeza más que una respuesta inmediata.

—A veces sí —admitió él—. Hay personas que me atraen. Lo que nunca quise fue tener que demostrarlo para que Patricia se quedara.

Ella recorrió con la uña el borde de una página.

—Yo no sé todavía qué quiero con otras personas. Sí sé que me gusta bailar sin sentir que me están examinando. Y hay miradas que ya no me molestan siempre.

—Eso no te obliga a nada más.

—Ya sé. Necesito creerlo cuando estemos allí.

Hablaron de lo que preferían mantener entre ellos y de lo que ninguno deseaba intentar. No hicieron una lista de personas ni imaginaron una noche perfecta. Guadalupe dejó claro que no aceptaría acercarse a alguien que participara directamente en decisiones de su trabajo. Evelardo estuvo de acuerdo. Ambos reconocieron que ese límite no borraba a Julián de la invitación.

—Si dejamos de distinguir una cosa de otra, quiero que me lo digas —pidió ella.

—Aunque nos incomode.

Guadalupe añadió la frase al margen. Después cerró la libreta y lo besó. Esa noche se quedaron en casa. Poder desear algo y decidir no buscarlo todavía les pareció una libertad pequeña, pero comprobable.

—Aunque al otro sí le guste.

Evelardo asintió.

Ella no supo si aquella posibilidad le producía más miedo o alivio.

Dos días antes de la cena, Guadalupe fue a ver a Adriana.

La abogada tenía listo un escrito relacionado con las diligencias que todavía debían atenderse. Lo revisaron, corrigieron un dato y firmaron.

Cuando terminaron, Guadalupe permaneció sentada.

—No vamos a rentar el local —dijo.

Adriana dejó la carpeta.

—¿Encontraron otro?

Guadalupe negó.

La abogada esperó.

—Vamos a quedarnos en los puestos.

Adriana asintió despacio.

No preguntó por la cena. Guadalupe se lo contó de todos modos.

Al terminar, la abogada se quitó los lentes.

—¿Quieres que te diga qué pienso?

Ella dudó.

Después respondió que sí.

—Creo que sabes distinguir entre lo que deseas y lo que temes perder. Ahora te toca actuar sin confundirlos.

Guadalupe bajó los ojos.

Había ido preparada para defenderse de un reproche.

Aquella precisión le dejó menos palabras.

La noche de la reunión, Evelardo la encontró frente al armario.

Guadalupe sostenía dos vestidos.

—¿Cuál te gusta? —preguntó.

Él señaló uno y enseguida añadió:

—Pero ponte el que tú prefieras.

Ella dejó el primero sobre la cama y eligió el otro.

No hubo discusión.

Mientras se arreglaba, pensó en lo mucho que había llegado a significar un gesto tan pequeño.

Evelardo se acercó cuando ella terminó.

—¿Cómo estás?

Guadalupe observó su reflejo junto al de él.

—Nerviosa.

—Yo también.

Él le ofreció la mano.

Antes de salir, ella guardó la libreta en el cajón de su mesa de noche.

Julián los recibió junto a la entrada.

Felicitó a Evelardo por el proyecto y comentó que pronto habría novedades para la asociación de Guadalupe.

Ella no le dio las gracias por anticipado.

Preguntó qué clase de novedades.

Julián sonrió.

—Estamos viendo cómo ampliar el programa.

Durante la cena, Guadalupe escuchó a un empresario ofrecer instalaciones para una actividad comunitaria. Otra invitada habló de una compra pendiente y preguntó quién podía acercarla al funcionario responsable.

Las peticiones circulaban entre platos y copas.

Cuando mencionaron un asunto que correspondía a su oficina, Guadalupe respondió:

—Mándeme la propuesta por los canales de la asociación.

El hombre levantó la copa.

—Claro, licenciada.

Evelardo la miró desde su asiento.

Ella sostuvo su mirada unos segundos.

No sabía cuánto lograrían separar en aquel lugar. Quería reconocer cuándo dejara de intentarlo.

Después de cenar salieron a la terraza.

Beatriz estaba junto a una pareja que Guadalupe había visto antes. Los presentó sin insinuaciones y les ofreció sentarse.

Hablaron de viajes, de una película y de una librería que estaba por cerrar.

Por primera vez, Guadalupe consiguió escuchar sin estar pendiente de cada movimiento de Evelardo.

Más tarde, una de las personas se acercó a él y le preguntó si quería bailar.

Evelardo miró a Guadalupe.

Ella sintió el impulso de sonreír para tranquilizarlo.

Lo detuvo.

—Dame un momento —dijo.

Él se quedó a su lado.

La otra persona se apartó con naturalidad.

Guadalupe respiró hasta que el ruido de la fuente volvió a distinguirse entre la música.

—No sé si quiero seguir —admitió.

Evelardo le tomó la mano.

—Podemos irnos.

Ella lo observó.

Él no miró hacia Julián ni hacia el interior de la casa.

Guadalupe sintió que algo en su cuerpo aflojaba.

—Quiero quedarme un rato más. Sin decidir nada todavía.

—Está bien.

Permanecieron juntos casi una hora.

Algunas personas se retiraron. Otras entraron a las habitaciones del fondo. Nadie acudió a reclamarles una respuesta.

Guadalupe fue al baño y se miró en el espejo.

Estaba cansada de examinarse como si cada emoción debiera convertirse de inmediato en una decisión para toda la vida.

Podía no disfrutar. Podía sentir curiosidad. Podía cambiar de opinión.

Al regresar encontró a Evelardo en el mismo lugar.

Se sentó a su lado y apoyó una mano sobre su rodilla.

—Quiero que me preguntes otra vez —dijo.

Él volvió la cara.

—¿Quieres quedarte?

Guadalupe respiró despacio.

—Sí. Pero si te digo que paremos, paramos.

Evelardo asintió.

Aquella noche aceptaron algunos acercamientos y rechazaron otros. Guadalupe bailó con un invitado que no tenía relación con sus programas. Antes de que él la besara, ella lo miró y dijo que eso sí lo deseaba. Más tarde volvió junto a Evelardo; necesitaba saber cómo estaba él antes de decidir si quería continuar.

Se retiraron unos minutos a una sala tranquila. Evelardo la besó en la frente y Guadalupe le pidió que la besara de nuevo, esta vez en los labios. Entre ambos había nervios, cariño y preguntas que pudieron decir en voz alta. Cuando regresaron con los demás, siguieron conversando hasta que los acercamientos dejaron de sentirse como una prueba que debían aprobar.

Una puerta se cerró después de que quienes la cruzaron hablaran de sus límites. La intimidad de aquella habitación no quedó convertida en una promesa de trabajo. Sin embargo, afuera seguía la casa de los contactos y las decisiones. Guadalupe podía reconocer que había elegido una cercanía y, al mismo tiempo, saber que no había llegado a esa noche en condiciones completamente libres de presión.

Aun así, ambos sabían quién había hecho la invitación y por qué les importaba conservarla.

En el camino de regreso no encendieron la radio.

Guadalupe llevaba los zapatos en el suelo y el chal sobre las piernas.

Evelardo esperó hasta detenerse en un semáforo.

—¿Cómo estás?

Ella miró las luces del cruce.

Había sentido celos. También incomodidad, alivio y un instante de placer que todavía le costaba aceptar como propio.

—No lo sé del todo —respondió.

Él asintió.

—Yo tampoco.

Guadalupe volvió la cara hacia él.

—Hubo una parte que sí me gustó.

Evelardo tardó en contestar.

—A mí también.

La confesión no les produjo la alegría que ella había imaginado. Los dejó pensativos.

Al llegar a casa se abrazaron en la cocina.

Guadalupe apoyó la cabeza en su pecho.

No lloró.

Las semanas siguientes pusieron a prueba sus acuerdos.

Hubo una reunión a la que Guadalupe no quiso ir. Evelardo canceló.

En otra, él pidió marcharse antes de que terminara la cena. Ella recogió su bolso sin discutir.

También hubo noches que disfrutaron y conversaciones al día siguiente que pudieron tener sin acusarse.

Guadalupe empezó a reconocer deseos que no había podido escuchar cuando toda su atención estaba puesta en evitar una decepción de Alfonso. Evelardo descubrió que a veces su incomodidad provenía de no poder negarse, aunque otras simplemente no quería participar.

Nada de aquello cambió cómo habían llegado.

Las invitaciones seguían acompañadas de favores y contactos. Julián continuaba recordándoles, con una amabilidad impecable, las ocasiones en que había estado cerca.

Un mes después, Evelardo recibió una propuesta para ocupar una subsecretaría. La reorganización llevaba tiempo negociándose, según le dijeron, y su proyecto aprobado servía de respaldo profesional. También figuraba la recomendación de Julián. Evelardo no pudo separar cuánto pesaba cada cosa.

Guadalupe fue designada directora de una entidad de asistencia con un presupuesto mayor y presencia en todo el estado.

Los anuncios ocurrieron con tres días de diferencia.

En la ceremonia de ella, un fotógrafo les pidió acercarse.

Evelardo rodeó su cintura.

Guadalupe sonrió.

Desde la segunda fila, su madre aplaudía con las manos sobre el bolso. Adriana estaba a su lado.

Al terminar, Guadalupe bajó a abrazarlas.

Su madre le acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Se te ve tranquila.

Guadalupe la sostuvo un momento más de lo necesario.

—Estoy aprendiendo —dijo.

Esa noche sacó la hoja de cálculo que habían preparado para renunciar.

El archivo seguía guardado en una carpeta de la computadora. Lo abrió de nuevo y encontró intactas las cuentas que habían preparado juntos.

Podían haber vendido el automóvil. Rentado el local. Empezado de nuevo.

La dueña había encontrado otros inquilinos.

Guadalupe cerró la hoja sin borrarla.

Evelardo entró con dos tazas.

—¿En qué piensas?

Ella aceptó una.

—En que pudimos irnos.

Él se sentó a su lado.

—Sí.

Guadalupe miró por la ventana. La ciudad se extendía iluminada bajo el departamento.

Después apoyó la cabeza en el hombro de su esposo.

Ya no quiso llamar destino a la vida que estaban eligiendo.