Capítulo 4 de 15

Las cosas que firmamos

Guadalupe no firmó antes de las dos.

A la una con cuarenta y siete encontró que uno de los anexos correspondía a una empresa distinta. Después descubrió que el representante legal había cambiado seis meses antes y que el poder incluido en el expediente ya no coincidía con el nombre escrito en el contrato.

Llevó la carpeta al despacho de Salvatierra.

—Así no puedo darle el visto bueno.

Él levantó un dedo mientras terminaba una llamada. Guadalupe esperó de pie, sosteniendo los documentos contra el pecho.

Cuando colgó, le señaló una silla.

—Dígame.

Ella explicó las inconsistencias. Salvatierra escuchó sin interrumpir y pidió que le mostrara las páginas.

—Hizo bien en detectarlo.

Guadalupe sintió que los hombros se le aflojaban.

—Necesitamos los documentos correctos.

—Pídaselos a Fabián. Él lleva la relación con la empresa.

Antes de que ella se levantara, Salvatierra añadió:

—Su firma sirve precisamente para esto. Para que las cosas salgan bien.

Guadalupe regresó a su escritorio con la tranquilidad de haber demostrado que merecía el puesto.

Esa semana le habilitaron también un usuario en la plataforma de convenios. Los expedientes conservaban copias en papel, pero algunas autorizaciones se cerraban electrónicamente mediante su contraseña y un código que llegaba a su teléfono. La asistente podía cargar anexos; la validación final le correspondía únicamente a Guadalupe.

En la capacitación le explicaron que el sistema registraba quién validaba, a qué hora y desde qué equipo. Ella preguntó cómo obtener el comprobante y empezó a guardarlo junto con cada versión revisada. Firmar con pluma o confirmar en una pantalla no cambiaba para ella la obligación de leer.

Fabián llegó después de las cinco.

Era un hombre de unos cuarenta años, con lentes delgados y una manera de hablar que convertía cualquier retraso en una pequeña falta de cortesía.

Dejó una memoria sobre el escritorio.

—Aquí está todo, licenciada.

Guadalupe revisó los archivos mientras él consultaba su teléfono.

El nuevo poder coincidía. El anexo tenía el membrete correcto. También habían sustituido una declaración donde la empresa aseguraba disponer de instalaciones propias.

Ahora decía que contaba con los medios necesarios para prestar el servicio.

—¿Qué medios? —preguntó ella.

Fabián levantó la vista.

—Los que requiera el proyecto.

—Necesito que se especifiquen.

Él guardó el teléfono.

—Es una consultoría. No una fábrica.

Guadalupe volvió a leer la cláusula.

—Entonces agreguemos la relación del personal responsable.

Fabián exhaló, pero hizo una llamada.

A las siete recibió una lista con seis nombres.

Guadalupe no reconocía a ninguno. Comprobó que los documentos estuvieran completos, redactó sus observaciones y firmó al final.

Al salir, encontró tres mensajes de Alfonso.

El último decía: Te tengo una sorpresa.

La sorpresa era una caja de zapatos.

Guadalupe la abrió sentada en la cama. Dentro había unos tacones color vino, envueltos en papel blanco.

—Los viste el domingo —dijo Alfonso.

Ella pasó un dedo sobre la hebilla.

—Costaban mucho.

—Ya podemos darnos algunos gustos.

Guadalupe levantó la vista.

Él sonreía, orgulloso de haberlos comprado sin preguntarle cuánto quedaba para la renta.

Se los probó. Alfonso se arrodilló para ayudarla a cerrar una correa.

Durante unos segundos, aquel gesto le devolvió una ternura conocida.

—Gracias —susurró.

Él le besó la rodilla y después apoyó la frente en sus piernas.

—Nos está yendo bien, Lupita.

Guadalupe le acarició el cabello.

Quiso creer que podían conservar aquella parte de su matrimonio y dejar las demás dentro de las casas donde nadie hacía fotografías.

En tres meses cambiaron de departamento.

El nuevo tenía elevador, dos habitaciones y una cocina donde podían abrir el refrigerador sin mover una silla.

La madre de Guadalupe llegó con una maceta de albahaca.

Recorrió la sala despacio.

—Aquí sí entra luz.

Guadalupe la acompañó hasta el balcón.

Abajo había un jardín pequeño y un vigilante que levantaba una barrera para dejar pasar los automóviles.

—¿Les alcanza bien? —preguntó su madre.

—Sí, mamá.

—No quiero que se aprieten por aparentar.

Guadalupe sonrió.

—No estamos aparentando.

La frase le dejó una sensación extraña.

Su madre no la notó. Estaba mirando las plantas del jardín.

Aquella tarde comieron pollo comprado en una rosticería. Alfonso contó algunas cosas de su trabajo y evitó otras. Cuando la madre de Guadalupe se despidió, le apretó las manos.

—Cuídense mucho entre ustedes.

Alfonso respondió que sí.

Guadalupe bajó con ella hasta la entrada y la vio alejarse con su bolsa de mandado doblada bajo el brazo.

Las reuniones empezaron a tener un lugar fijo en el calendario.

Dos al mes, algunas veces tres.

Guadalupe aprendió a reconocer las invitaciones disfrazadas de cenas, aniversarios o encuentros entre amigos. No todas terminaban del mismo modo, pero siempre existía una puerta hacia otra parte de la casa.

También aprendió a sonreír antes de entrar.

En ocasiones se quedaba conversando. Otras aceptaba acercamientos que después repasaba en silencio durante el trayecto de regreso. Daniel dejó de asistir con frecuencia, y Guadalupe descubrió cuánto había dependido de su presencia para sentirse menos sola.

Alfonso parecía cada vez más cómodo.

Se movía entre los invitados sin esperar a Rodrigo. Recordaba nombres, preguntaba por proyectos y sabía cuándo acercarse a una conversación.

Una noche, mientras ella buscaba el baño, lo encontró besando a un hombre junto a una biblioteca.

Alfonso tenía una mano apoyada en su nuca.

Guadalupe se detuvo.

Él la vio por encima del hombro del otro y se separó apenas.

—¿Todo bien?

Ella tardó en responder.

—Buscaba el baño.

Alfonso señaló el pasillo.

Guadalupe entró, cerró la puerta y abrió el grifo.

La imagen la había sorprendido, pero el dolor le resultaba conocido. Lo había sentido al verlo con Teresa. No sabía dónde ponerlo ahora que Alfonso parecía esperar de ella una tranquilidad que nunca habían acordado.

Se mojó las muñecas.

Cuando regresó, él conversaba con el mismo hombre sobre una campaña.

El martes siguiente, Alfonso recibió un nombramiento como coordinador jurídico de un equipo territorial.

La ceremonia fue pequeña. Había una lona, varias sillas y una mesa con botellas de agua.

Guadalupe llegó temprano y se sentó en la segunda fila.

Alfonso la buscó antes de empezar. Ella levantó una mano.

Mientras lo escuchaba agradecer la confianza, recordó al muchacho que ensayaba exposiciones frente al espejo de su casa. Seguía acomodándose el puño izquierdo cuando estaba nervioso.

Después de las fotografías, un hombre se acercó a felicitarlo.

Guadalupe lo reconoció.

Era el de la biblioteca.

Se llamaba Esteban.

Le estrechó la mano con naturalidad.

—Tu esposo tiene mucho futuro.

Ella sostuvo la sonrisa.

—Trabaja mucho.

—Eso se nota.

Esteban se alejó para hablar con Salvatierra.

Alfonso puso una mano en la espalda de Guadalupe y la condujo hacia el automóvil.

—¿Comemos fuera?

Ella miró hacia el lugar donde Esteban se había detenido.

—¿Él trabaja contigo?

—Asesora a varias personas.

—No sabía que lo conocías de antes.

Alfonso abrió la puerta.

—Lo estoy conociendo.

Durante la comida habló de responsabilidades, de municipios, de la posibilidad de obtener una candidatura en unos años.

Guadalupe cortó un pedazo de carne que ya estaba frío.

En la oficina, las carpetas comenzaron a acumularse.

A Guadalupe le asignaron una asistente y una mesa más grande. Su nombre apareció en los correos junto a la frase coordinación de revisión contractual.

El aumento llegó antes que la modificación del contrato.

Una tarde le pidieron revisar un informe de cumplimiento relacionado con la primera consultoría que había firmado.

Buscó fotografías, listas de asistencia y comprobantes de entrega.

Las imágenes mostraban un salón, una mesa con carpetas y varias personas de espaldas.

Guadalupe amplió una de ellas.

La misma fotografía aparecía dos veces, con fechas distintas.

Llamó a Fabián.

—Necesito las evidencias originales.

—Son las que mandó el proveedor.

—Hay imágenes repetidas.

—Entonces que las sustituyan.

Guadalupe apoyó el teléfono contra el hombro.

—No es solamente sustituirlas. Necesito saber qué actividades se hicieron.

Al otro lado hubo una pausa.

—Eso lo valida el área que recibió el servicio.

—Me están pidiendo que yo firme.

—La integración jurídica del expediente, licenciada. No que certifique dónde estuvo cada persona.

Guadalupe colgó sin responder de inmediato.

Al revisar el formato descubrió que el encabezado decía: Conformidad con la documentación presentada.

Debajo de su nombre, sin embargo, había una frase más amplia: Se hace constar el cumplimiento de las obligaciones.

La marcó con tinta roja.

Esa noche llevó el asunto a casa.

No sacó documentos. Le explicó a Alfonso lo suficiente para que entendiera.

Él escuchó mientras se quitaba el reloj.

—Pide que cambien la redacción.

—Eso voy a hacer.

—Entonces ya está.

Guadalupe permaneció sentada al borde del sofá.

—¿Y si no hicieron el trabajo?

Alfonso la miró.

—¿Tienes pruebas?

—Tengo dudas.

Él se sentó frente a ella.

—Pues déjalas por escrito. Pero no puedes hacerte responsable de todo lo que pase alrededor de un contrato.

Guadalupe se frotó las manos.

—No quiero terminar metida en algo.

—Ni yo dejaría que te metieran.

Aquello la calmó más de lo que después querría admitir.

Salvatierra aceptó modificar el formato.

Guadalupe firmaría únicamente la revisión documental. El área receptora conservaría la responsabilidad sobre la prestación del servicio.

Él le mostró la nueva versión.

—Necesitamos gente que cuide estos detalles.

Después le ofreció un bono por la carga de trabajo.

Guadalupe pensó en rechazarlo. No encontró una razón que pudiera explicar sin acusar a nadie.

El dinero llegó el viernes.

Ese mismo día transfirió una parte a su madre para reparar el techo.

La respuesta fue una fotografía de la máquina de coser y un mensaje: Que Dios te lo multiplique, hija.

Guadalupe dejó el teléfono sobre el escritorio.

Durante el resto de la tarde evitó mirar la notificación del banco.

El sábado por la mañana, Alfonso salió a cortarse el cabello.

Guadalupe recogió la ropa, puso una lavadora y cambió las sábanas.

Cuando se agachó para levantar la funda de una almohada, encontró un recibo junto a la cama.

Era de un restaurante al que nunca habían ido juntos.

Dos personas. Jueves. Once y media de la noche.

Alfonso le había dicho que ese día se quedó corrigiendo un discurso.

Guadalupe dejó el papel sobre la cómoda.

No revisó su teléfono ni buscó nada más.

Esperó.

Él regresó con café y una bolsa de pan.

La besó antes de advertir el recibo.

Guadalupe vio el momento exacto en que lo reconoció.

—¿Con quién fuiste? —preguntó.

Alfonso dejó la bolsa.

—Con Esteban.

Ella sintió que la habitación se volvía demasiado pequeña.

—¿Por trabajo?

Él sostuvo su mirada unos segundos.

—También.

Guadalupe se cruzó de brazos para contener el temblor de las manos.

—No me dijiste.

—Pensé que lo entenderías.

Ella miró la cama recién tendida.

Había estirado las esquinas, alisado las arrugas y puesto las fundas limpias mientras él estaba fuera.

—Yo entendí que íbamos juntos —dijo.

Alfonso abrió la boca, pero Guadalupe continuó:

—A las reuniones. Juntos.

Por primera vez desde la segunda invitación, no sonrió para ayudarlo a responder.