Capítulo 3 de 15
La firma al final de la página
El lunes siguiente, Guadalupe recibió una llamada mientras esperaba turno en la copiadora del despacho.
—¿La licenciada Guadalupe Hernández?
Se apartó del ruido de la máquina.
—Ella habla.
—Le llamo de parte del licenciado Salvatierra. Nos compartieron su contacto para una entrevista. ¿Podría presentarse mañana a las diez?
Guadalupe buscó una pluma dentro de su bolso. Anotó la dirección en el reverso de un recibo y repitió el número del edificio para comprobar que lo había entendido.
Cuando colgó, permaneció junto a la pared.
Había pasado meses enviando solicitudes sin respuesta. Ahora bastaba una cena para que una voz amable le ofreciera elegir entre dos horarios.
Su jefe apareció en la puerta.
—¿Ya están las copias?
Guadalupe guardó el recibo.
—En un momento.
Alfonso recibió la noticia con una sonrisa.
—Te dije que les habías causado buena impresión.
Ella dejó el bolso sobre una silla.
—No sé exactamente qué buscan.
—Una abogada. Tú eres abogada.
Guadalupe abrió el refrigerador, aunque todavía no sabía qué iba a preparar.
—No quiero que piensen que les debemos algo por lo del sábado.
Alfonso estaba quitándose la corbata. Detuvo el movimiento.
—¿Por bailar?
Ella cerró la puerta.
—Sabes a qué me refiero.
Él dejó la corbata sobre el respaldo del sofá.
—Lupita, también recomendé a un compañero para un trabajo y nadie pensó que me debía su vida. Nos están dando una oportunidad.
Guadalupe quiso preguntarle si habría llegado aquella llamada de haber rechazado la invitación. En lugar de hacerlo, sacó dos jitomates.
Alfonso se acercó.
—Ve a la entrevista. Pregunta todo lo que quieras. Si no te convence, no aceptas.
Ella asintió.
Esa noche preparó una carpeta con su título, su cédula y las constancias de sus empleos. Antes de dormir, revisó que no hubiera manchas en la única blusa blanca que conservaba en buen estado.
La oficina ocupaba el sexto piso de un edificio con ventanas que no podían abrirse.
Una mujer de traje gris recibió sus documentos y le pidió que esperara. Guadalupe acomodó la carpeta sobre las rodillas. Había una cafetera, revistas recientes y un reloj que no hacía ruido.
Salvatierra salió a buscarla.
—Qué bueno que vino.
En su escritorio no había fotografías familiares. Solamente una computadora, un portaplumas y varias carpetas alineadas.
Le explicó que un grupo de consultores necesitaba apoyo jurídico para revisar convenios, integrar expedientes y dar seguimiento a proyectos con entidades públicas.
—Todavía es un equipo pequeño. Aquí todos hacemos un poco de todo.
Guadalupe preguntó por el horario, las responsabilidades y el contrato.
Salvatierra respondió sin impaciencia.
Después mencionó el sueldo.
Ella creyó haber escuchado mal.
—¿Mensuales?
—Más prestaciones, cuando terminemos el periodo inicial.
Guadalupe apoyó las manos sobre la carpeta para que no se notara su nerviosismo.
—¿Podría revisar el contrato antes de darle una respuesta?
Salvatierra sonrió.
—Eso esperaba de usted.
Al salir, pidió permiso para usar el baño. Se encerró en un cubículo y leyó la cifra escrita en sus notas.
Por primera vez calculó cuánto podría enviarle a su madre sin dejar incompleta la renta.
Aceptó el jueves.
Su antiguo jefe le deseó suerte con una cordialidad que la sorprendió.
—Si allá no resulta, puede hablarme.
Guadalupe agradeció y recogió sus cosas en una bolsa de tela. No llenaban ni la mitad.
Alfonso la esperaba afuera con dos cafés.
Caminaron hasta una banca.
—Ya somos dos licenciados importantes —dijo él.
—Todavía no empiezo.
—Déjame presumirte cinco minutos.
Guadalupe tomó un sorbo. El café estaba demasiado caliente.
Él sacó del bolsillo una llave pequeña.
—¿Qué es?
—Un cajón.
Ella lo miró.
—Me dieron escritorio propio.
Guadalupe sonrió y le cerró los dedos alrededor de la llave.
Quiso contarle cuánto había llorado la noche del sábado. La alegría de Alfonso la hizo posponerlo una vez más.
El primer mes transcurrió entre documentos.
Guadalupe descubrió errores de fechas, poderes vencidos y convenios donde las obligaciones estaban redactadas con tanta ambigüedad que cualquiera podía interpretarlas a su favor.
Trabajaba con cuidado. Llegaba temprano y llevaba una libreta donde anotaba cada pendiente.
Salvatierra empezó a devolverle los expedientes con menos correcciones.
Un miércoles le pidió quedarse después de la salida.
—Necesito alguien que revise esto sin comentar fuera de aquí.
Puso sobre la mesa una carpeta verde.
Era un contrato de servicios para un municipio. La empresa cobraría por realizar un diagnóstico y diseñar un programa de capacitación.
Guadalupe revisó los anexos.
—Falta la documentación de experiencia.
—La están reuniendo.
—Y la fecha del informe es anterior a la firma.
Salvatierra siguió leyendo un correo.
—Seguramente es un error de formato. Señálelo.
Ella colocó dos notas adhesivas y continuó.
Al llegar a casa, Alfonso cenaba frente a la computadora.
—¿Mucho trabajo?
—Un contrato raro.
Él levantó la vista.
Guadalupe describió las inconsistencias sin mencionar nombres.
—Pídeles que las corrijan —dijo Alfonso—. Para eso te contrataron.
La respuesta la tranquilizó.
A la mañana siguiente entregó una lista de observaciones.
La carpeta regresó tres días después. Habían cambiado las fechas y agregado constancias. Guadalupe revisó las firmas, ordenó las hojas y marcó el expediente como completo.
No tenía cómo comprobar que la capacitación fuera a impartirse. Tampoco era ésa la tarea que le habían asignado.
Guardó una copia de sus observaciones.
La tercera invitación llegó acompañada de flores.
Las enviaba la esposa de Rodrigo, agradeciendo una recomendación profesional que Guadalupe le había hecho durante la cena.
La tarjeta incluía una fecha y una frase: Nos dará mucho gusto verlos otra vez.
Guadalupe dejó el arreglo junto a la ventana.
Alfonso leyó la tarjeta cuando regresó.
—Podemos no ir —dijo.
Ella agradeció que lo dijera. Sin embargo, él siguió mirando la fecha.
—¿Tienes algo ese día?
—No.
—¿Entonces?
Alfonso se sentó.
—Va a estar gente de la coordinación. Quieren integrar un equipo para el próximo proceso electoral.
Guadalupe rozó una hoja del arreglo.
—¿Van a hablar de trabajo allí?
—Siempre hablan de trabajo.
Hubo un silencio.
—Yo no sé hacer esas cosas —dijo ella al fin.
Alfonso frunció ligeramente el ceño.
—¿Cuáles?
A Guadalupe le ardieron las mejillas.
—Estar contigo y luego… actuar como si no me importara verte con alguien más.
Él se acercó.
—Sí te importó.
No era una pregunta.
Guadalupe bajó la mirada.
—Se me hizo difícil.
Alfonso se quedó callado un momento.
—Debiste decírmelo.
Ella apretó los dedos contra la palma.
—Estoy diciéndotelo.
Él la abrazó. Guadalupe hundió la cara en su camisa.
—Podemos ir despacio —murmuró Alfonso—. Nadie nos obliga a nada.
Ella deseó que hubiera dicho que no volverían.
Pero no se lo pidió.
Para la siguiente reunión, Guadalupe compró un vestido.
Lo pagó con una parte de su primer sueldo. En el probador se observó de frente y de perfil, intentando reconocer en su expresión a una mujer segura.
Alfonso la esperaba afuera.
Cuando salió, él sonrió.
—Te queda increíble.
Ella giró apenas.
—¿No está muy abierto?
—Está perfecto.
Guadalupe terminó comprándolo.
La reunión fue en la misma casa de la primera vez. Esta vez reconoció a varios invitados y supo dónde dejar el bolso.
Durante la cena, una mujer le preguntó por un problema sucesorio. Guadalupe explicó lo que podía sin conocer el expediente.
La mujer pidió su número.
Después, Rodrigo levantó la copa para felicitar a Alfonso por su próximo cambio de funciones.
Guadalupe volvió la cara hacia su esposo.
Él sonrió, sorprendido de que lo anunciaran.
—Todavía no es oficial.
—Pero va bien encaminado —respondió Rodrigo.
Varias personas brindaron.
Guadalupe también levantó la copa.
Más tarde, Teresa se acercó a Alfonso.
Guadalupe sintió el mismo golpe breve en el estómago. Esta vez lo disimuló bebiendo agua.
Daniel estaba a su lado.
—Podemos quedarnos aquí —le dijo.
Ella lo miró con gratitud.
Conversaron unos minutos. Él le contó que tenía una hija adulta y una librería pequeña que administraba su hermana.
Guadalupe respondió preguntas, incluso se rio.
Desde la terraza vio a Alfonso caminar hacia el interior de la casa con Teresa. Antes de cruzar la puerta, él la buscó con los ojos.
Guadalupe sostuvo su mirada.
Alfonso hizo un gesto leve, preguntando.
Ella asintió.
En cuanto desaparecieron, Daniel dejó de hablar.
—Guadalupe, ¿tú quieres estar aquí?
La pregunta la tomó desprevenida.
Él no intentó tocarla.
Guadalupe podía responder con sinceridad a un desconocido más fácilmente que a su esposo, y precisamente por eso sintió vergüenza.
—Estoy aprendiendo a acostumbrarme.
Daniel miró hacia la puerta.
—No tienes que acostumbrarte por nadie.
Ella acomodó el borde de su vestido sobre las rodillas.
—¿Podemos hablar de otra cosa?
—Claro.
Permanecieron en la terraza hasta que empezó a refrescar.
Esa noche, Guadalupe aceptó acompañar a Daniel a una habitación.
En el pasillo dudó. Él se detuvo y le preguntó si prefería regresar. Guadalupe pensó en Alfonso, en la sonrisa que había tenido durante el brindis, en la facilidad con que todos parecían habitar aquel lugar.
Dijo que quería seguir.
Después conservaría recuerdos fragmentados: una lámpara encendida, sus zapatos junto a una silla, la voz de Daniel preguntándole si estaba bien.
Daniel no la sujetó ni la amenazó. Guadalupe dijo que sí, pero el miedo a decepcionar a Alfonso seguía dentro de aquella respuesta. Haber podido caminar hasta la puerta no borraba esa presión ni convertía la experiencia en algo que hubiera deseado por sí misma.
Cuando salió, buscó un espejo y se arregló el cabello.
Ensayó una sonrisa antes de regresar a la sala.
Alfonso la abrazó en cuanto quedaron solos en el automóvil.
—Te amo —dijo.
Guadalupe percibió un perfume ajeno en su cuello.
—Yo también.
Él encendió el motor.
Durante varias calles habló poco. Después preguntó si ella había estado cómoda.
Guadalupe miró sus manos sobre el bolso.
—Daniel fue amable.
Alfonso pareció relajarse.
—Me alegra.
Ella esperó otra pregunta. Quería que él notara algo en su voz, que insistiera lo suficiente para que no tuviera que empezar.
Pero Alfonso comenzó a contarle lo del nuevo puesto.
Tendría personal a su cargo.
El lunes, Salvatierra dejó otra carpeta en el escritorio de Guadalupe.
Era verde, igual que la anterior.
—Necesitamos su visto bueno antes de las dos.
Guadalupe abrió el contrato y encontró su nombre al final, debajo de un espacio para la firma.
Esta vez no figuraba como auxiliar.
Leyó: Responsable de revisión jurídica.
Tomó una pluma y empezó por la primera página.
La lámpara del escritorio siguió encendida después de que la oficina quedó vacía. Guadalupe leyó dos veces la cláusula que establecía el alcance de su revisión. Quería entender qué aceptaba antes de volver a escribir su nombre.