Capítulo 2 de 15

La segunda invitación

El domingo, Guadalupe despertó con el sonido de la plancha.

Desde la cama alcanzaba a ver a Alfonso en la pequeña estancia. Había colocado una toalla sobre la mesa y repasaba el cuello de una camisa. A su lado estaba la computadora que habían comprado a crédito durante el último semestre de la carrera.

—¿Vas a salir? —preguntó ella.

Alfonso levantó la vista.

—No. Quería adelantar esto.

Guadalupe se incorporó. Sobre el respaldo de una silla seguía el vestido azul.

—¿Ya mandaste tu currículum?

Él dejó la plancha de pie.

—Lo estoy actualizando.

La noche anterior apenas habían hablado al llegar. Guadalupe se había lavado la cara mientras Alfonso revisaba el teléfono. Después, en la oscuridad, él le acarició el hombro y le preguntó si estaba enojada.

Ella respondió que estaba cansada.

Ahora deseó haber encontrado otras palabras.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—¿Quién?

—El señor que te lo pidió.

—Héctor Salvatierra. Coordina asuntos jurídicos para un grupo de asesores.

Alfonso giró la computadora para mostrarle el documento.

—Mira. Puse lo de la oficina municipal primero. ¿O debería empezar por las prácticas?

Guadalupe se acercó descalza. Corrigió una fecha y eliminó una frase repetida. Durante unos minutos hicieron lo que tantas veces habían hecho en la universidad: inclinarse sobre una pantalla, discutir una palabra, ayudarse.

Cuando terminaron, Alfonso la abrazó por la cintura.

—Gracias.

Ella apoyó las manos sobre sus brazos.

—Lo de anoche…

Él esperó.

Guadalupe miró el vestido.

—No quiero volver a encontrarme en una situación así sin saber.

—Yo tampoco sabía, Lupita.

—Ya sé. Pero me sentí muy incómoda.

Alfonso la soltó suavemente.

—Nos fuimos cuando me dijiste.

—Sí.

Él le besó la frente y volvió a la computadora.

Guadalupe permaneció un momento junto a la mesa. Había conseguido decir algo, aunque no lo que más le preocupaba.

Salvatierra respondió el martes.

El jueves, Alfonso acudió a una entrevista en un edificio donde le pidieron identificación, le entregaron un gafete y lo hicieron esperar frente a una pared cubierta de fotografías.

Regresó al departamento con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que Guadalupe conocía desde los días de exámenes.

—Me quieren allá.

Ella dejó el cuchillo sobre la tabla.

—¿Te dieron el puesto?

—Todavía tienen que formalizarlo, pero sí. Enlace jurídico.

Guadalupe lo abrazó. Alfonso la levantó apenas del suelo.

El sueldo era casi el doble de lo que ganaba. El contrato duraría seis meses, con posibilidad de renovación.

Esa noche hicieron cuentas en una libreta. Podrían liquidar la computadora, arreglar una muela de Guadalupe y ahorrar para una lavadora.

—Ya no vas a tener que tallar mis camisas —dijo él.

—También puedes tallarlas tú.

—Por eso necesito la lavadora.

Se rieron.

Guadalupe quiso quedarse en aquella alegría. Sin embargo, al recoger los platos preguntó:

—¿Te dijo algo de la reunión?

Alfonso tardó un instante en responder.

—¿Salvatierra?

—Sí.

—Nada. Hablamos de trabajo.

Ella asintió, avergonzada de sentir alivio.

Durante las semanas siguientes, Alfonso comenzó a llegar más tarde.

Traía nuevos nombres, encargos urgentes y un entusiasmo que a veces lo mantenía despierto después de medianoche. Le contó que preparaba notas para reuniones, revisaba contratos y acompañaba a Salvatierra a comidas donde debía escuchar más de lo que hablaba.

Un viernes apareció con una bolsa de pan dulce.

—Le gustó mi análisis.

Guadalupe estaba quitándose los zapatos junto al sofá.

—¿A Salvatierra?

—Al diputado.

Él se sentó a su lado y le explicó durante veinte minutos cómo había localizado una contradicción en un documento. Guadalupe lo escuchó con orgullo. Eso sí era suyo: las

horas de estudio, la facilidad para argumentar, la memoria que le permitía recordar una cláusula después de leerla dos veces.

—Te lo ganaste —dijo.

Alfonso la miró.

—Necesitaba que me dejaran demostrarlo.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Era Rodrigo.

Alfonso leyó el mensaje y dejó el aparato boca abajo.

Guadalupe lo advirtió, pero esperó a que él hablara.

—Nos invitan el próximo sábado.

Ella sintió un pequeño endurecimiento en el estómago.

—¿A su casa?

—A otro lugar. Una reunión privada.

—Alfonso…

—Podemos ir un rato. Ya sabemos de qué se trata.

Guadalupe se apartó el cabello de la cara.

—Precisamente.

Él guardó silencio.

En la televisión, que nadie estaba mirando, una conductora anunciaba el pronóstico del tiempo.

—No tenemos que hacer nada —añadió Alfonso—. Rodrigo me lo dijo claramente. Podemos cenar, conversar y venirnos.

—¿Y para qué quieres volver?

Él bajó la mirada hacia la bolsa de pan.

—Porque me cayeron bien varias personas.

Guadalupe esperó.

—Y porque estoy empezando allá —admitió—. No quiero que piensen que los despreciamos.

Ella habría preferido una respuesta menos razonable.

El lunes, en el despacho, Guadalupe tuvo que esperar cuarenta minutos para que su jefe revisara un escrito.

Cuando por fin la llamó, firmó sin levantar la vista.

—Déjelo en oficialía antes de que cierren.

—También quería preguntarle por el ajuste de sueldo que hablamos.

El hombre abrió otro expediente.

—Ahorita está complicado, licenciada. Aguánteme un poco.

Llevaba ocho meses aguantando.

Al salir, encontró un mensaje de Alfonso: una fotografía de su nueva credencial, sostenida frente al pecho.

Guadalupe amplió la imagen. Él sonreía con la camisa que había planchado aquel domingo.

Le respondió con un corazón.

Después guardó el teléfono y corrió hacia los juzgados.

El sábado se probó tres vestidos.

Alfonso la encontró frente al espejo, sosteniendo uno negro contra su cuerpo.

—Ese te queda bonito.

—Lo usé en la graduación.

—Por eso sé que te queda bonito.

Guadalupe sonrió apenas.

Había aceptado ir la noche anterior, después de repetir que solamente cenarían. Alfonso se lo había asegurado sin molestarse.

Ahora, mientras se colocaba unos aretes, intentó convencerse de que la incomodidad disminuiría al dejar de imaginar.

En el automóvil, él le ofreció la mano.

—Si quieres irte, me dices.

Guadalupe entrelazó los dedos con los suyos.

El lugar estaba en una calle tranquila. Desde afuera parecía un restaurante pequeño, sin letrero.

En recepción verificaron sus nombres y les explicaron las reglas: discreción, teléfonos guardados, ninguna fotografía. Una mujer de cabello corto les habló con amabilidad.

—Cualquier acercamiento se pregunta. Cualquiera puede decir que no o cambiar de opinión. Estar aquí no los compromete a participar.

Guadalupe miró a Alfonso.

Él asintió, como si aquellas palabras confirmaran todo lo que le había prometido.

La cena transcurrió con una normalidad desconcertante.

Una pareja discutía sobre colegios. Otra se quejaba de una remodelación. Salvatierra preguntó a Guadalupe dónde trabajaba y escuchó con atención cuando ella describió los asuntos que llevaba.

—Necesitamos gente cuidadosa para revisar algunos expedientes —comentó—. Pídale a Alfonso que me pase sus datos.

Guadalupe enderezó la espalda.

Por primera vez en meses, alguien parecía interesado en lo que sabía hacer.

Después de cenar, varios invitados pasaron a una sala contigua. La música subió un poco. Las conversaciones se hicieron más cercanas.

Una mujer llamada Teresa se sentó junto a Alfonso.

Guadalupe la había visto hablar con él durante la cena. Ahora apoyó una mano sobre su antebrazo y le preguntó algo al oído.

Alfonso sonrió.

Guadalupe bajó los ojos hacia su copa.

—¿Bailas?

El hombre frente a ella se llamaba Daniel. Se había presentado como esposo de Teresa.

Guadalupe estuvo a punto de negarse. Miró a Alfonso, que ya se levantaba.

Él le tendió la mano.

—Vamos.

Bailaron primero juntos. Guadalupe reconoció su olor, la presión de sus dedos en la espalda. Se permitió respirar.

Después Teresa se acercó y preguntó si podían cambiar de pareja.

Alfonso miró a Guadalupe.

La pregunta estaba allí, abierta, esperando.

Ella pensó en decir que no. Podía hacerlo. Se lo habían explicado en la entrada. Incluso imaginó la frase completa: Prefiero seguir bailando con mi esposo.

Pero Alfonso tenía aquella expresión ilusionada que ella había visto cuando recibieron los resultados de admisión a la universidad.

Guadalupe asintió.

Daniel mantuvo una distancia prudente.

—¿Estás cómoda? —preguntó.

—Sí.

Al otro lado de su hombro, Guadalupe vio a Teresa acercarse a Alfonso. Él inclinó la cabeza para escucharla y luego le sonrió de una manera que Guadalupe no le conocía.

Se equivocó de paso.

—Perdón —murmuró.

—No pasa nada.

Daniel aflojó la mano para que pudiera separarse.

Ella permaneció.

Cuando Teresa besó a Alfonso, Guadalupe dejó de escuchar la música durante un instante.

Ella había aceptado un baile. No recordaba que hubieran hablado de besarse con otras personas. La diferencia se le volvió evidente justo cuando ya no sabía cómo interrumpir la escena sin sentirse culpable por arruinarla.

No fue un accidente ni un saludo confuso. Él la recibió, le puso una mano en la cintura y respondió.

Guadalupe sintió que Daniel se detenía.

—Podemos sentarnos —dijo él.

Ella asintió demasiado rápido.

Caminaron hacia un sofá. Daniel le consiguió agua y comenzó a hablarle del tráfico, del clima, de cualquier cosa que le permitiera recuperar el aire sin sentirse observada.

Guadalupe agradeció aquel cuidado.

Alfonso llegó poco después.

Se agachó frente a ella.

—¿Todo bien?

Guadalupe miró su boca.

Tenía una pequeña marca de labial junto a la comisura.

Podía decirlo entonces. Bastaba con pedirle que fueran por sus abrigos.

—Me dio calor —respondió.

Alfonso le acarició una rodilla.

—¿Quieres que salgamos un momento?

Ella negó.

Temía llorar en cuanto estuvieran solos.

No se quedaron hasta el final.

En el trayecto a casa, Alfonso parecía animado, aunque la miraba de vez en cuando.

—Daniel es agradable —comentó.

—Sí.

—Teresa dice que al principio todos se sienten raros.

Guadalupe apoyó la frente contra el cristal frío.

—¿Tú te sentiste raro?

Él tardó en contestar.

—Un poco. Después se me pasó.

El semáforo cambió. Avanzaron entre dos camiones.

—¿Te molestó? —preguntó Alfonso.

Guadalupe volvió la cara hacia él.

Pensó en la torta dividida sobre una servilleta, en el patio de su boda, en la libreta donde habían calculado cuánto tardarían en comprar una lavadora. Todo aquello parecía reunido en el asiento trasero, esperando también su respuesta.

—Fue extraño —dijo.

Alfonso soltó el aire.

—Tenemos que hablar todo, Lupita. Si no, esto no funciona.

Ella asintió.

Al llegar, él la abrazó en la cocina. Guadalupe permaneció entre sus brazos mientras escuchaba el motor del refrigerador y las voces de los vecinos al otro lado de la pared.

—Te amo —le dijo Alfonso.

—Yo también.

Más tarde, cuando él se quedó dormido, Guadalupe fue al baño.

Se sentó sobre la tapa del inodoro para no hacer ruido y se cubrió la boca con una toalla.

Sobre el lavabo había dejado los aretes que su madre le prestó para la graduación.

Los guardó uno por uno en su estuche.

Luego se lavó la cara, esperó a que desapareciera el enrojecimiento de sus ojos y regresó a la cama.