Capítulo 1 de 15

Lo que íbamos a ser

Alfonso le ofreció algo a Guadalupe fue la mitad de una torta.

Tenían catorce años. Ella llevaba dos semanas inscrita en la secundaria y todavía comía sentada junto a las escaleras, con la mochila sobre las rodillas. Aquel martes había dicho que no tenía hambre. Lo dijo cuando sus compañeras salieron hacia la cooperativa y lo repitió cuando él se detuvo enfrente.

Alfonso miró el recipiente vacío que asomaba de su mochila.

—Mi mamá hizo dos y no me las voy a acabar.

Guadalupe levantó la vista.

—Nada más traes una.

Él observó la torta envuelta en una servilleta, como si acabara de descubrirlo.

—Pero está grandota.

Se sentó a su lado sin esperar permiso y la partió con las manos.

Muchos años después, Guadalupe recordaría los detalles más pequeños de aquella mañana: la mayonesa en uno de sus dedos, el ruido de una pelota contra la pared, un hilo desprendido del suéter de Alfonso. Sobre todo recordaría que él siguió hablando mientras ella comía, permitiéndole aceptar aquella mitad sin tener que agradecer una ayuda.

—¿Ya hiciste lo de historia?

—Sí.

—¿Todo?

—Eran dos páginas.

Alfonso sacó de su mochila un cuaderno maltratado.

—Entonces sí era por los dos lados.

Guadalupe soltó una carcajada. Él sonrió, satisfecho de haberla hecho reír.

La secundaria quedaba a veinte minutos de sus casas, en una colonia del oriente de la ciudad donde las calles se inundaban durante las lluvias y los vecinos colocaban tablas para cruzar.

Vivían en la capital de un estado del centro del país. Para Guadalupe, la ciudad se dividía todavía entre los lugares a los que podía llegar caminando y aquellos para los que debía guardar el dinero de dos pasajes.

La madre de Guadalupe arreglaba ropa en una máquina instalada junto a la ventana. Su padre manejaba una camioneta de reparto que casi nunca podía llevarse a casa. Había semanas buenas y semanas en las que las monedas del pasaje se separaban desde el domingo.

Alfonso vivía con su madre y dos hermanos menores. Ella limpiaba oficinas; él ayudaba por las tardes en una refaccionaria.

Se hicieron amigos antes de tomarse de la mano.

Guadalupe le explicaba matemáticas. Alfonso la esperaba cuando salía tarde de la biblioteca. Compartían los audífonos de un teléfono con la pantalla estrellada y discutían sobre las canciones que escuchaban durante el camino.

El noviazgo empezó un viernes, afuera de una papelería.

—Me gustas —dijo él.

Guadalupe apretó contra el pecho las cartulinas que acababa de comprar.

—Ya sé.

Alfonso se quedó inmóvil.

—¿Cómo que ya sabes?

—Tu hermano me preguntó si quería ser su cuñada.

Él cerró los ojos.

—Lo voy a matar.

—No lo mates. Me cae bien.

—¿Y yo?

Guadalupe tardó unos segundos en contestar. Quería conservar aquel momento: él nervioso, las manos metidas en los bolsillos, una combi esperando pasajeros junto a la banqueta.

—Tú también.

Su primer beso fue torpe y breve. Después, Alfonso le quitó las cartulinas para cargarlas hasta su casa.

A los diecisiete años, Guadalupe descubrió que quería estudiar Derecho.

La dueña del local donde trabajaba su tía había cambiado la cerradura y retenido una máquina de coser por una deuda que nadie conseguía explicar con claridad. Durante varios días, Guadalupe acompañó a su madre de una oficina a otra. Les pedían copias, las remitían a otra ventanilla y les aconsejaban regresar temprano.

Un abogado que atendía gratuitamente dos tardes por semana consiguió que recuperaran la máquina.

Guadalupe lo vio leer los papeles, hacer preguntas y redactar un escrito. Su tía pudo volver a trabajar el lunes siguiente.

—Yo quiero aprender a hacer eso —le dijo a Alfonso.

Estaban sentados en la banqueta, frente a su casa.

—¿Qué?

—Saber qué decir cuando alguien quiere pasarse de listo.

Él arrancó un pedacito de la etiqueta de su refresco.

—Yo también voy a estudiar Derecho.

—No tienes que escoger lo mismo que yo.

—No estoy escogiendo por ti.

Guadalupe lo miró con una sonrisa.

—Bueno, no solamente por ti —admitió.

Alfonso llevaba meses hablando de la universidad. Le gustaban los debates, recordaba los nombres de los funcionarios que aparecían en las noticias y podía discutir durante una hora sobre las promesas de un candidato.

Una tarde le contó que había acompañado al dueño de la refaccionaria a entregar unas piezas en una casa enorme.

—Tenían un jardín más grande que toda nuestra calle.

—¿Y para qué quieres un jardín así? Tú ni riegas la planta de tu mamá.

Él se rio, pero enseguida volvió a ponerse serio.

—Imagínate no preocuparte nunca por cuánto cuesta algo.

Guadalupe apoyó la cabeza en su hombro.

—Con que podamos pagar una casa y vivir tranquilos.

Alfonso le besó el cabello.

—Vas a tener tu casa.

Entraron a una universidad pública el mismo año.

Para entonces, ambos habían cumplido dieciocho. Guadalupe llevaba el cabello recogido, cuadernos ordenados y una carpeta donde guardaba cada comprobante. Alfonso compró una camisa blanca para el primer día y la planchó tres veces.

El campus les pareció inmenso.

Se tomaron una fotografía frente a la facultad. En ella, Guadalupe sonreía mirando a la cámara; Alfonso observaba el letrero del edificio.

Durante los primeros semestres estudiaron en las mesas de una biblioteca que olía a papel húmedo. Ella trabajaba los fines de semana en una tienda de ropa. Él consiguió empleo sacando copias cerca de los juzgados.

Se veían cansados, a veces irritables, pero todavía encontraban tiempo para caminar juntos.

Alfonso aprendió pronto a identificar a los alumnos que llegaban en automóviles nuevos, a quienes conocían personalmente a los profesores y a quienes hablaban de despachos como si fueran casas de familiares.

Uno de ellos era Rodrigo Valdés.

Faltaba a clases, pedía apuntes y siempre parecía conseguir oportunidades que los demás apenas descubrían cuando ya estaban ocupadas.

En cuarto semestre obtuvo un lugar como auxiliar en una oficina legislativa.

—¿Tú viste la convocatoria? —preguntó Alfonso.

Guadalupe negó.

—A lo mejor la publicaron en otra parte.

Días después, Rodrigo les explicó que un tío lo había recomendado.

Lo dijo mientras buscaba las llaves de su coche, sin atribuirle demasiada importancia.

Alfonso no comentó nada hasta que llegaron a la parada.

—Nosotros aquí partiéndonos la espalda.

—Todavía podemos conseguir algo.

—Sí. Pero tenemos que empezar a conocer gente.

Guadalupe abrió su mochila para guardar un libro.

—También tenemos que pasar administrativo.

Él sonrió y le quitó la mochila del hombro.

—Eso te toca recordármelo a ti.

Se casaron a los veintitrés años, unos meses después de terminar la carrera.

Hubo comida en el patio de los padres de Guadalupe, sillas prestadas y flores compradas de madrugada. El vestido lo confeccionaron entre su madre y su tía.

Alfonso lloró cuando la vio entrar.

Ella se lo recordaría muchas veces, al principio para hacerlo sonreír.

—Tú dijiste que no ibas a llorar.

—Me entró tierra.

—Adentro de la casa.

—Había mucho movimiento.

En la fiesta bailaron una canción que escuchaban desde la secundaria. Guadalupe apoyó la mejilla en su pecho y sintió la mano de Alfonso firme sobre su espalda.

No deseó estar en ninguna otra parte.

Rentaron un departamento en un tercer piso. La mesa de la cocina tenía una pata más corta y la estufa solamente encendía con cerillos. Desde la ventana se veía una azotea llena de tinacos.

La primera noche cenaron pan con café porque todavía no habían comprado un refrigerador.

—Nuestra primera propiedad —anunció Alfonso, levantando una taza despostillada.

—Es rentado.

—La taza sí es nuestra.

Guadalupe se rio y brindó con él.

Alfonso dejó la taza y le pidió que bailaran. No había música; la buscaron en el teléfono y lo apoyaron contra una bolsa de pan. Ella pasó los brazos alrededor de su cuello. Bajo la camisa recién lavada reconoció el calor de alguien a quien había aprendido a querer mucho antes de compartir una casa.

—No vayas a pisarme —murmuró.

—Ya firmaste. Ahora te aguantas.

Guadalupe se apartó lo suficiente para mirarlo.

—Firmé para estar contigo. Lo demás me lo sigues preguntando.

Él dejó de bromear y le besó la frente.

—Entonces, ¿puedo besarte?

Ella respondió acercándolo. El beso perdió la prisa de los encuentros a la salida de clases; podían quedarse allí, volver a empezar y reírse cuando la mesa se moviera bajo una mano. Más tarde apagaron la luz de la cocina y fueron juntos al dormitorio. A la mañana siguiente, Guadalupe encontró la camisa de Alfonso sobre la única silla y la canción todavía abierta en el teléfono.

El trabajo llegó en fragmentos.

Una suplencia. Un contrato por tres meses. Expedientes que ordenar. Escritos que preparar para que alguien más los firmara.

Guadalupe encontró empleo en un despacho que atendía asuntos civiles y mercantiles. Alfonso entró como auxiliar en una oficina municipal, donde corregía documentos y acompañaba a un superior a reuniones.

Él salía antes del amanecer y regresaba hablando de personas que Guadalupe no conocía.

El licenciado tal. El asesor de alguien. Un empresario que había organizado una comida.

Comenzó a comprar corbatas.

Guadalupe celebró con él la primera vez que lo invitaron a una mesa de trabajo. También lo escuchó cuando descubrió que otro auxiliar, con menos experiencia, recibiría el nombramiento que llevaba meses esperando.

Aquella noche, Alfonso dejó sobre la mesa una bolsa con tacos que ninguno abrió.

—Ni siquiera sabe redactar.

Guadalupe se sentó frente a él.

—¿Hablaste con tu jefe?

—Mi jefe fue quien lo pidió.

—¿Por qué?

Alfonso soltó una risa breve.

—Porque su suegro puso dinero en la campaña.

Ella bajó la mirada.

—Podrías buscar en otra oficina.

—¿Para empezar otra vez desde abajo?

Él se levantó, abrió la ventana y permaneció allí un rato.

Guadalupe calentó los tacos. Cuando lo llamó, Alfonso volvió a sentarse y le pidió perdón por el tono.

La invitación llegó seis meses después.

Rodrigo Valdés los encontró a la salida de una conferencia. Llevaba un reloj que Alfonso observó antes de estrecharle la mano.

Hablaron de antiguos compañeros, de trabajo y del matrimonio.

—Tienen que venir a cenar con nosotros —dijo Rodrigo—. Mi esposa organiza reuniones. Va gente que les convendría conocer.

Alfonso aceptó enseguida.

Guadalupe preguntó qué debían llevar.

—Nada. Solamente vayan guapos.

El sábado llegaron a una casa detrás de una barda alta. Un guardia revisó sus nombres antes de abrir.

Guadalupe llevaba un vestido azul que Alfonso le había ayudado a escoger. Mientras esperaban en la entrada, él le acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Estás preciosa.

Ella le apretó la mano.

Dentro había música baja, meseros y unas veinte personas distribuidas entre la sala y la terraza. Guadalupe reconoció a un funcionario cuya fotografía había visto esa misma semana en un periódico.

La esposa de Rodrigo los recibió con besos en las mejillas.

—Por fin los conocemos. Rodrigo habla mucho de ustedes.

Alfonso pronto estaba conversando con dos hombres cerca del jardín. Guadalupe lo observó reír, inclinarse para escuchar y sacar su teléfono cuando uno de ellos le pidió su número.

Se sintió aliviada. Tal vez aquella noche serviría para algo.

Después de cenar, una mujer se sentó junto a ella.

Hablaron del despacho, de los horarios y de lo difícil que era encontrar tiempo para el matrimonio.

—¿Es su primera vez? —preguntó la mujer.

Guadalupe sonrió.

—En casa de Rodrigo, sí.

La mujer dejó la copa sobre una mesa.

—¿No les explicó?

Antes de que Guadalupe respondiera, Alfonso apareció con Rodrigo. Tenía una expresión distinta, una mezcla de entusiasmo y cautela.

—Lupita, ¿podemos hablar un momento?

La condujo hasta un pasillo junto al baño.

Desde allí todavía alcanzaban a escuchar las conversaciones.

—Estas reuniones tienen otra dinámica —dijo él.

Guadalupe esperó.

Alfonso se humedeció los labios.

—Son parejas que… conviven con otras parejas.

Ella lo miró sin comprender del todo. Entonces recordó la pregunta de la mujer, algunas caricias que había visto en la terraza, una mano sobre una cintura ajena.

—¿Intercambios?

Él asintió.

Guadalupe retiró lentamente su mano de la de Alfonso.

—Yo me quiero ir.

—Está bien.

Lo dijo rápido, pero miró hacia la sala.

Ella siguió la dirección de sus ojos. Rodrigo conversaba con el funcionario del periódico.

—¿Tú ya sabías? —preguntó.

—No. Me acaba de decir.

Guadalupe buscó su bolso.

Alfonso la acompañó a despedirse. Rodrigo no insistió; les dio una palmada en el hombro y dijo que podían regresar cuando quisieran.

En el automóvil permanecieron callados varias calles.

Después, Alfonso habló del hombre con quien había conversado en el jardín.

—Quiere que le mande mi currículum.

Guadalupe observó su reflejo en la ventanilla.

Todavía llevaba el vestido azul. Todavía podía sentir los dedos de su esposo acomodándole el cabello antes de entrar.