Capítulo 1 de 35

La bienvenida

La primera vez que Nicolás escuchó su nombre, creyó que todavía estaba soñando.

—Nicolás.

La voz llegó desde algún punto sobre su cabeza, suave y familiar. Durante un instante pensó en una mañana de domingo, en el roce de unas manos sobre su espalda y en una taza de café esperando junto a la cama.

Después abrió los ojos.

No había cama.

Estaba tendido sobre un sofá de cuero gris, con un dolor sordo detrás de la frente y la lengua pegada al paladar. Una luz blanca le hería los ojos. Intentó incorporarse, pero el movimiento le revolvió el estómago y tuvo que quedarse sentado, respirando con las manos apoyadas en las rodillas.

No reconocía el lugar.

Frente a él había una mesa baja, una alfombra oscura y una pared cubierta por pantallas apagadas. Más allá, una escalera se dividía en dos tramos hacia una planta superior. El techo era tan alto que las lámparas parecían suspendidas en una oscuridad distinta de la que había junto al suelo.

Sobre una de las paredes, un reloj digital mostraba:

00:00

Nicolás buscó su teléfono.

El bolsillo estaba vacío; también le faltaban la cartera y las llaves.

—¿Hola?

Su voz sonó pequeña dentro de la sala.

Entonces vio el ojo negro de una cámara. Estaba instalada en la esquina del techo, orientada hacia él. Un diminuto punto rojo brillaba debajo de la lente.

Nicolás se levantó demasiado rápido. Tuvo que sujetarse al respaldo del sofá para no caer.

Lo último que recordaba era el estacionamiento de un restaurante. Había cenado con un cliente, había rechazado una última copa y después había caminado hacia su automóvil. Recordaba el frío de la noche. Una notificación en el teléfono. El sonido de pasos detrás. Nada más.

—¿Hay alguien?

Una puerta se abrió a su derecha.

Un hombre apareció en el umbral, descalzo, con la camisa arrugada y el cabello húmedo de sudor.

Se miraron.

—¿Quién eres? —preguntó el desconocido.

—Nicolás. ¿Dónde estamos?

—Eso iba a preguntarte yo.

El hombre sostenía un cojín contra el abdomen, como si lo hubiera tomado para defenderse y acabara de advertir lo inútil que resultaba.

—Soy Gabriel —añadió—. Desperté en ese cuarto.

Nicolás miró detrás de él. Había una cama individual, una lámpara encendida y una cámara sobre la puerta.

—¿Viniste con alguien?

Gabriel negó.

—Estaba en mi departamento.

Se quedaron en silencio.

Desde otro pasillo llegó un golpe, seguido de una maldición.

Luego apareció un tercer hombre.

Era ancho de hombros y llevaba un reloj que consultaba una y otra vez. Cruzó la sala sin prestarles atención y se dirigió a una puerta de madera situada bajo la escalera.

Tiró del picaporte.

La puerta no cedió.

Volvió a intentarlo.

—Está cerrada —dijo Gabriel.

—Ya lo veo.

El hombre apoyó un pie en la pared y jaló con ambas manos. El esfuerzo le enrojeció el cuello. Nada.

—¿Quién tiene la llave?

Nicolás señaló la cámara.

El recién llegado levantó la vista.

—¡Oigan! —gritó—. ¡Abran esta puerta!

El punto rojo siguió encendido.

Durante los siguientes veinte minutos llegaron los demás.

Tomás apareció primero, con una expresión de enojo que parecía anterior al encierro. Después vino Adrián, que revisó las paredes con las manos antes de hablar con nadie. Bruno bajó por la escalera preguntando dónde estaban sus zapatos. Samuel salió de una habitación cercana a la cocina y pidió agua.

Mateo fue el último de los ocho. Tenía una pequeña herida en el labio y una pulsera de cuero en la muñeca izquierda. Al ver al grupo reunido, retrocedió un paso.

Nicolás sintió una punzada de reconocimiento. Había visto su cara antes.

No recordaba dónde.

—¿Tú también despertaste aquí? —preguntó Gabriel.

Mateo asintió.

—¿Cuánto tiempo llevamos?

Nadie pudo responder.

El reloj seguía marcando las doce.

Revisaron la planta baja juntos, aunque Bruno insistió en que separarse sería más rápido. Encontraron una cocina equipada, una despensa llena y un comedor dispuesto para nueve personas.

Había nueve platos.

Nueve vasos.

Nueve servilletas negras dobladas con una precisión extraña.

—Falta alguien —dijo Samuel.

—O sobra un plato —respondió Tomás.

En el lugar central de la mesa descansaba una tarjeta blanca.

Nicolás la levantó.

Tenía su nombre.

Recorrió los demás puestos con la mirada.

Gabriel.

Tomás.

Adrián.

Bruno.

Samuel.

Mateo.

Esteban.

En la cabecera, una última tarjeta:

ELÍAS

—¿Quién es Esteban? —preguntó Nicolás.

El hombre que había intentado abrir la puerta levantó la mano sin mirarlo.

—Yo.

—Entonces falta Elías.

Un ruido en el pasillo los hizo volverse.

El noveno hombre estaba parado junto a la entrada del comedor. Llevaba pantalones oscuros, una sudadera amplia y una gorra. Tenía barba corta y unas gafas de armazón grueso. Su cara permanecía parcialmente cubierta por la sombra de la visera.

—Soy yo —dijo.

Su voz era áspera, casi un susurro.

Esteban se acercó.

—¿De dónde saliste?

Elías señaló el corredor.

—Del cuarto del fondo.

—¿Y por qué no gritaste?

El hombre se tocó la garganta antes de contestar.

—Me duele hablar.

Gabriel le ofreció el vaso de agua que acababa de llenar.

Elías lo recibió con ambas manos.

Nicolás observó sus dedos. Eran delgados. En el pulgar derecho tenía una pequeña cicatriz blanquecina.

Algo se movió en su memoria, apenas un destello.

Después Bruno empujó una silla y el ruido lo distrajo.

—Bueno. Ya estamos todos. Vamos a buscar las ventanas.

Las encontraron detrás de unas cortinas gruesas.

O, más bien, encontraron lo que ocupaba su lugar.

Las ventanas estaban cubiertas por superficies metálicas que no dejaban pasar ni una línea de luz. Adrián golpeó una con los nudillos y luego apoyó la oreja.

—Tiene algo detrás.

—¿Qué?

—No sé.

Esteban probó con una silla.

El impacto hizo estremecerse a Gabriel, pero la superficie quedó intacta. Esteban volvió a golpear hasta que una de las patas se partió y salió rodando por el suelo.

Elías se apartó antes de que la madera llegara a sus pies.

—Por ahí no —murmuró.

—¿Cómo sabes? —preguntó Tomás.

Elías miró el fragmento de silla.

—Porque ya lo intentó.

Tomás sostuvo su mirada unos segundos y después se volvió hacia las ventanas.

Gritaron.

Primero sus nombres.

Luego pidieron auxilio.

Por último, Bruno empezó a insultar a quienquiera que pudiera estar al otro lado.

Cuando terminaron, lo único que escucharon fue el zumbido constante del aire acondicionado.

No había tráfico.

No había perros.

Ni siquiera el ruido del viento.

Samuel se sentó en el suelo.

—Esto es un secuestro.

Decirlo hizo que todos se quedaran quietos.

Hasta ese momento habían hablado de una confusión, de una broma, de una fiesta que ninguno recordaba. La palabra les quitó esas posibilidades.

Nicolás volvió a mirar la cámara.

La lente giró suavemente.

Lo siguió cuando caminó hacia la sala.

A las doce y treinta y siete, todas las pantallas se encendieron.

El reloj no había cambiado, pero Nicolás llevaba contando los minutos en el segundero de su reloj desde que lo encontró aún sujeto a su muñeca.

El destello de las pantallas iluminó el pasillo.

Se acercaron uno a uno.

En la imagen apareció una silla vacía. Detrás había un fondo oscuro y un florero con rosas blancas.

Nicolás conocía ese florero. Lo había comprado en una tienda pequeña, una tarde de lluvia. Había costado más de lo que quería gastar, pero ella había pasado los dedos por el vidrio azul y dicho que parecía un pedazo de mar.

Elías se quedó cerca del extremo del sofá.

Mateo no se sentó.

Nadie habló.

Una mujer entró en la imagen.

Vestía de negro.

Se acomodó en la silla, alisó la tela sobre las rodillas y levantó la mirada hacia la cámara.

Gabriel dejó caer su vaso.

El agua se extendió por la alfombra.

—Valeria —dijo.

Bruno soltó una risa breve, incrédula.

—No puede ser.

Nicolás sintió que se le vaciaba el pecho.

Habían pasado casi once años desde la última vez que la vio. Conservaba el cabello oscuro, ahora más corto, y aquel pequeño lunar junto al ojo izquierdo. Pero había algo distinto en la manera en que permanecía inmóvil.

Antes, Valeria siempre hacía algo con las manos.

Giraba una cucharita.

Doblaba la esquina de una servilleta.

Se tocaba el collar cuando estaba nerviosa.

En la pantalla tenía las manos quietas sobre el regazo.

—Bienvenidos —dijo.

Su voz era la misma que Nicolás había escuchado al despertar.

Esteban se adelantó.

—Valeria, abre la puerta.

Ella continuó:

—Antes de empezar, necesito que escuchen las reglas.

—¡Abre la maldita puerta!

Valeria inclinó ligeramente la cabeza.

—Esteban, sé que vas a gritar. Siempre lo haces cuando alguien no te obedece. Puedes terminar ahora o esperar. Tengo tiempo.

Esteban cerró la boca.

Gabriel miró hacia él.

Después miró a Nicolás.

—¿Tú la conoces?

La pregunta quedó suspendida entre todos.

Bruno se pasó una mano por la cara.

—No me jodan.

Mateo apretó los dedos alrededor de su pulsera.

Uno a uno, fueron comprendiendo.

Trece años antes, Nicolás había conocido a Valeria en una librería. Ella estaba sentada en el suelo, entre dos estantes, con cuatro novelas abiertas alrededor y un lápiz sostenido entre los labios. Nicolás se detuvo porque necesitaba pasar.

—Perdón —dijo ella, recogiendo los libros—. Estoy ocupando media tienda.

—Solo el mejor pasillo.

Valeria sonrió.

Más tarde le diría que se había enamorado primero de su voz. De cómo parecía escuchar incluso cuando no respondía. De que no se hubiera burlado al verla comparar finales como si estuviera resolviendo un asunto urgente.

Ese día salieron juntos a tomar café.

Valeria pidió una taza enorme y acabó bebiéndose también la mitad de la de él.

Cuando comenzó a llover, se quedaron bajo el toldo de la cafetería. Nicolás le ofreció su chamarra. Ella dijo que no tenía frío, pero terminó acercándose. Él la besó con una mano sobre su mejilla. Durante meses, Valeria conservó el recibo de aquella cafetería dentro de una novela.

Nicolás lo encontró una mañana al buscar un documento.

—¿Guardaste esto?

Ella se lo quitó con cuidado.

—Fue nuestro primer día.

Él soltó una pequeña risa.

—Tú sí te tomas en serio estas cosas.

Valeria también se rio, aunque menos.

Entonces Nicolás no supo que esa frase iba a quedarse.

—Ocho de ustedes tuvieron una historia conmigo —dijo Valeria desde la pantalla.

Elías levantó la vista.

Tomás se volvió hacia él de inmediato.

—¿Y este?

Valeria pareció esperar la pregunta.

—El noveno ocupante también participará en la convivencia.

—¿Por qué? —preguntó Samuel.

—Cada uno descubrirá lo que necesita saber cuando llegue el momento.

Bruno señaló la pantalla.

—Esto está grabado.

Valeria sonrió.

—Acabas de decir que esto está grabado, Bruno.

Él bajó lentamente el brazo.

En alguna parte de la casa sonó un clic.

—Van a permanecer aquí el tiempo necesario —continuó ella—. Tendrán comida, agua, habitaciones y actividades. Las cámaras no se apagarán. No habrá llamadas. No habrá visitas. Adrián se acercó a una pantalla lateral.

En ella aparecía la sala vista desde arriba.

Se vio a sí mismo.

Vio a los demás reunidos frente a Valeria. Había imágenes de la cocina, del comedor, de las escaleras y de cada pasillo.

—Nos está viendo —murmuró.

—Durante mucho tiempo —dijo Valeria— pensé que alguno de ustedes me había amado. De verdad. Cuando una relación terminaba, encontraba una explicación que me permitiera seguir creyéndolo. Estabas confundido. Tenías miedo. Habías tenido un mal día.

Gabriel se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Valeria, podemos hablar.

—Eso voy a hacer.

La sencillez de la respuesta lo calló. Ella miró hacia abajo un momento.

Al levantar los ojos, Nicolás creyó reconocer una tristeza antigua.

—Los reuní para saber quién fue el amor de mi vida.

Tomás soltó el aire.

—Estás enferma.

Valeria lo miró sin modificar la expresión.

—Vamos a recordar muchas cosas, Tomás. También las que decías cuando estábamos solos.

Él dio un paso atrás.

—Habrá pruebas —continuó ella—. Algunas tendrán que resolverlas juntos. En otras, cada uno deberá responder por sí mismo. No les recomiendo mentir.

—¿Y si no participamos? —preguntó Mateo.

Valeria guardó silencio.

Era la primera vez que él hablaba desde que había aparecido en la pantalla.

Nicolás notó que los dedos de ella se cerraban sobre la tela del vestido. Solo un segundo.

Después volvió a estar inmóvil.

—Las pruebas empiezan aunque ustedes decidan quedarse sentados.

Samuel se puso de pie.

—Yo no voy a hacer nada. Quiero irme.

—Todos quieren irse.

—Entonces déjanos salir.

Valeria acercó el rostro a la cámara.

—El hombre que demuestre haber sido el verdadero amor de mi vida podrá abandonar la casa.

Bruno se rio otra vez, pero esta vez el sonido no tuvo nada de divertido.

—¿Y los demás?

La pantalla cambió.

Apareció un corredor angosto, iluminado por una lámpara blanca. Al fondo había una puerta de acero.

Nicolás distinguió su propio nombre en una pequeña placa adherida a ella.

La imagen regresó a Valeria.

—Los demás deben intentar ganar.

La discusión comenzó en cuanto las pantallas se apagaron.

Esteban acusó a Gabriel de saber algo. Gabriel le respondió que él había sido el primero en llamarla por su nombre. Bruno exigió que cada uno dijera cuándo había salido con ella. Tomás declaró que no tenía por qué explicar su vida.

Mateo se apartó y se quedó mirando el florero que aún aparecía, congelado, en una de las pantallas pequeñas.

Nicolás pensó en las fechas.

Pensó en los dos años que había pasado con Valeria, en sus ausencias, en los periodos en que él aparecía y desaparecía de su vida convencido de que siempre encontraría la puerta abierta. ¿Habían sido todos después?

¿Algunos antes?

¿Alguno durante?

La idea le provocó un enojo inmediato, absurdo. Estaba encerrado en una casa y aun así una parte de él quería reclamarle algo.

Elías se agachó junto a Gabriel. Había recogido una servilleta de la mesa y la presionaba contra la alfombra mojada.

—Déjalo —dijo Gabriel—. No importa.

Elías siguió absorbiendo el agua.

—Alguien puede resbalarse.

Nicolás lo observó unos segundos.

Era el único que parecía haber encontrado algo que hacer.

Una campana sonó en los altavoces.

Todos levantaron la cabeza.

Valeria habló y los altavoces llevaron sus palabras a cada habitación.

—Su primera actividad está lista en el comedor.

Nadie se movió.

La campana volvió a sonar.

—Tienen cinco minutos para ocupar sus lugares.

Sobre las puertas apareció una luz roja.

Samuel comenzó a llorar en silencio.

Bruno lo miró con impaciencia.

—No ayuda.

—Déjalo —dijo Mateo.

—¿Qué?

—Que lo dejes. Durante un instante pareció que iban a golpearse.

Luego se encendió la pantalla del comedor y una cuenta regresiva empezó a descontar segundos.

Caminaron hacia la mesa.

Las tarjetas seguían en los mismos lugares, pero ahora cada plato tenía un sobre negro.

Nicolás se detuvo junto a su silla.

En la solapa de su sobre había una frase escrita a mano:

No hagas un drama.

Sintió un frío repentino en los brazos.

Recordaba haberlo dicho.

Recordaba, incluso, la habitación.

Valeria había llegado con una bolsa de papel y una botella de vino. Era su cumpleaños. El de ella.

Nicolás lo había olvidado.

Cuando la vio en la puerta, detrás de la cual se escuchaban las risas de otra mujer, lo primero que sintió fue fastidio.

Valeria no gritó.

Le preguntó quién estaba adentro. Él le respondió que no hiciera un drama.

En aquel momento ella había bajado la mirada hacia la bolsa.

Traía comida para los dos.

Nicolás tocó el borde del sobre.

A su lado, Gabriel estaba leyendo el suyo.

Si me amaras, me ayudarías.

Tomás tenía los labios apretados.

Nadie te va a querer como yo.

Cada uno encontró una frase distinta.

Ninguno preguntó quién las había escrito. Elías ocupó la cabecera.

Su sobre no tenía palabras en la parte visible.

Antes de que Nicolás pudiera mirarlo mejor, el hombre lo guardó bajo el plato.

La pantalla se encendió.

Valeria estaba de pie ahora. Detrás de ella, las rosas blancas parecían demasiado abiertas.

—Esta noche solo necesito que recuerden —dijo—. Abran sus sobres.

Dentro del de Nicolás había una fotografía.

Valeria dormía apoyada en su pecho. Él miraba a la cámara con una sonrisa despreocupada. La imagen había sido tomada en una cabaña, durante el primer viaje que hicieron juntos.

Ella había puesto el temporizador sin avisarle.

Cuando el teléfono disparó la foto, ambos se echaron a reír.

Nicolás le había dicho que quería muchas mañanas así.

Bajo la fotografía había una hoja doblada.

La abrió.

¿Cuándo dejaste de quererme?

Levantó la mirada.

Gabriel tenía una pregunta diferente.

Tomás también.

Mateo no había abierto el sobre.

Valeria esperó hasta que la cuenta regresiva llegó a cero.

Entonces las puertas del comedor se cerraron.

El golpe fue seco.

Esteban se levantó de inmediato y tiró del picaporte.

—¡Valeria!

La luz sobre la puerta cambió de rojo a blanco.

Desde el otro lado llegó un sonido de metal arrastrándose. Lento.

Pesado.

Esteban dejó de tirar.

Todos escucharon.

Algo golpeó la puerta una vez.

Después otra.

Samuel se cubrió la boca.

Elías permaneció sentado.

—Respondan —dijo Valeria.

Nicolás miró la fotografía, tratando de ordenar una respuesta que pudiera servirle. Se le ocurrieron explicaciones, excusas, reproches. Ninguna contestaba la pregunta.

En la pantalla, Valeria dejó pasar unos segundos.

—Tú primero, Nicolás.

Él tragó saliva.

—Yo…

El ruido detrás de la puerta cesó.

El silencio que quedó fue peor.

—Yo sí te quise.

Valeria bajó los ojos.

Cuando volvió a mirarlo, ya no había tristeza en su rostro.

—Esa no fue la pregunta.

Debajo de la mesa, alguien le rozó el tobillo.

Nicolás se volvió.

Elías estaba observándolo desde la cabecera, con el vaso sostenido entre ambas manos.

Por un instante, Nicolás creyó que Elías esperaba una respuesta distinta. La sombra de la gorra le impidió leer su expresión.

Luego la luz principal se apagó.

Y la voz de Valeria, tranquila y cercana, dijo:

—Bienvenidos a casa.

Máscara Halloween Disfraz De Látex Terror Cosplay Muñeco Saw

ÚLTIMAS 5 UNIDADES

$213