Capítulo 2 de 35

La noche que olvidaste

Durante unos segundos, Nicolás creyó que se había quedado ciego.

Parpadeó, buscando la pantalla, el borde de la mesa, cualquier cosa. Escuchó una silla arrastrarse y luego el golpe de un cuerpo contra la puerta.

—¡Abran! —gritó Esteban.

Samuel sollozaba cerca de él.

Una mano cayó sobre el hombro de Nicolás.

Se apartó con tanta violencia que volcó su vaso.

—Soy Gabriel. Tranquilo.

—No me toques.

El agua le mojó los pantalones.

En algún lugar del comedor, Bruno empezó a maldecir. Tomás le ordenó que se callara. Alguien dejó caer una servilleta, o una hoja; el roce contra el suelo le pareció a Nicolás demasiado largo.

Entonces se encendieron unas luces bajo la mesa. Su resplandor azul iluminó las piernas de las sillas y los rostros desde abajo. Los hombres aparecieron alrededor de los platos como desconocidos sorprendidos en mitad de algo vergonzoso.

Elías seguía sentado en la cabecera.

Mateo tenía el sobre intacto entre las manos.

La puerta volvió a recibir un golpe desde el otro lado.

Samuel gritó.

—No hay nadie ahí —dijo Adrián.

Lo dijo mirando hacia la puerta, sin convicción.

La pantalla se encendió. Valeria permanecía en su silla.

—Vuelve a sentarte, Esteban.

—Que te sienten a ti cuando te encuentre.

Ella esperó.

En la pantalla lateral apareció la imagen del comedor. Esteban se vio junto a la puerta, con los puños cerrados. Debajo de su imagen surgió una palabra:

ADVERTENCIA

Por primera vez desde que había despertado, pareció medir el lugar en el que estaba.

Regresó a su silla.

Valeria dirigió la mirada hacia Nicolás.

—Vamos a ayudarte a recordar.

La pared situada detrás de Gabriel comenzó a moverse.

No cayó. No se abrió de golpe.

Una sección se deslizó hacia un costado con un rumor tenue, dejando al descubierto una habitación que ninguno había visto durante la inspección. Había una mesa para dos.

Una lámpara amarilla.

Una botella de vino.

Y una bolsa de papel sobre una silla.

Nicolás dejó de sentir el frío del agua.

Conocía aquella bolsa.

No podía ser la misma. La original había terminado en la basura años atrás. Sin embargo, tenía el mismo dibujo rojo, las mismas asas retorcidas y una mancha de grasa en una esquina.

—Entra —dijo Valeria.

Nicolás negó lentamente.

—No.

—Lleva la fotografía.

—Valeria, escúchame.

—Te estoy escuchando.

Él miró a los demás.

Gabriel bajó los ojos.

Tomás tenía los brazos cruzados. Bruno observaba la habitación con una mezcla de miedo y curiosidad que Nicolás detestó de inmediato.

Mateo fue el único que habló.

—¿Qué va a pasar ahí?

Valeria tardó en responder.

—Esta noche va a cenar.

Nicolás se levantó.

Lo hizo porque todos lo miraban, porque la puerta principal continuaba cerrada y porque aquella habitación, a pesar de todo, le resultaba menos aterradora que seguir sentado esperando.

Al pasar junto a Elías, escuchó su voz ronca:

—Contesta lo que te pregunte.

Nicolás lo miró.

—¿Y tú qué sabes?

Elías apartó las manos del borde de la mesa.

—Nada.

Nicolás entró.

La pared comenzó a cerrarse detrás de él.

Se volvió y alcanzó a ver a Gabriel levantándose, pero ya era demasiado tarde.

Quedó solo.

La habitación olía a comida caliente. El olor le revolvió el estómago de una manera distinta. Desde que había despertado no había comido, pero ahora tenía frente a él algo que reconocía incluso antes de mirar el plato.

Pasta con champiñones.

Valeria la preparaba con demasiada pimienta.

Nicolás solía quejarse.

Sobre la mesa había una vela sin encender y una caja pequeña envuelta en papel azul.

El regalo que había dejado sin abrir aquella noche. Reconoció el papel antes de acercarse.

La caja tenía el tamaño del que había recibido aquella noche: un regalo que no llegó a abrir delante de ella.

Tiró del papel.

Dentro había un reloj de pulsera.

No el suyo.

Una reproducción del mismo modelo que Valeria le había comprado ahorrando durante meses.

Nicolás cerró la caja.

—¿Dónde estás?

Una pantalla pequeña se encendió sobre la pared.

Valeria apareció de nuevo.

—En mi cumpleaños.

Él apretó los dientes.

—Ya sé qué noche fue.

—Entonces siéntate.

La silla estaba colocada frente al plato.

En el lugar opuesto había un vestido doblado.

Nicolás lo reconoció.

Verde oscuro. Tirantes delgados. Un botón pequeño junto al escote. Valeria lo había usado aquella noche.

Había llegado con el cabello recogido y un mechón suelto sobre la mejilla. Nicolás recordaba ese mechón con una claridad que lo avergonzó: se había quedado mirando allí para no tener que mirarla a los ojos.

Se sentó.

La voz de Valeria salió del altavoz.

—Cuéntame qué pasó.

Al principio, Nicolás había sido atento.

Eso era lo que más le costaba admitir ahora: que no necesitaba inventar un hombre distinto para explicar por qué Valeria se había enamorado.

Él había estado allí.

Había llevado sopa a su departamento cuando enfermó. Había esperado afuera de una entrevista de trabajo con dos cafés. Había leído las páginas que ella escribía por las noches y subrayado una frase que le gustó.

Valeria guardó esa hoja.

Una tarde, mientras caminaban junto a un parque, comenzó a llover. Corrieron hasta el portal de una farmacia y ella se rio tanto que tuvo que apoyarse contra la pared.

Nicolás la besó todavía riéndose.

—Voy a acordarme siempre de esto —dijo ella.

Él le acarició el cabello mojado.

—Yo también.

Durante los primeros meses, Nicolás decía cosas así sin sentir que mentía.

Le gustaba que Valeria lo mirara como si su llegada cambiara el día. Le gustaban los mensajes largos, las fotografías de cosas insignificantes que ella encontraba en la calle, el entusiasmo con que le contaba sus planes.

Hasta que empezó a considerarlo una obligación.

Primero tardó más en responder.

Luego dejó de avisar cuando no iría. Si Valeria preguntaba, él decía que estaba cansado. Si ella insistía, la acusaba de buscar discusiones.

Una noche, mientras ella intentaba contarle un problema con su madre, Nicolás siguió desplazando el dedo por la pantalla del teléfono.

—¿Me estás escuchando?

—Sí.

—¿Qué te acabo de decir?

Él suspiró.

—Valeria, no me examines.

Ella dejó de hablar.

Nicolás sintió alivio.

Ese alivio fue el comienzo de muchas cosas.

—Discutíamos mucho —dijo ante la pantalla.

Valeria no respondió.

La vela se encendió con un pequeño destello.

Nicolás se sobresaltó.

—Yo tenía trabajo. Ella… tú necesitabas atención todo el tiempo.

Un sonido breve salió del altavoz.

En la pantalla apareció una conversación.

Su nombre estaba arriba.

Debajo, los mensajes de Valeria:

¿Seguimos con lo de esta noche?

No hace falta salir. Podemos cenar en tu departamento.

Avísame para saber a qué hora llego. Había horas enteras entre cada mensaje.

Nicolás recordaba haberlos leído. No había contestado ninguno.

—Estaba ocupado.

La conversación avanzó.

Apareció un mensaje suyo enviado a otra mujer aquella misma tarde.

Ven a las nueve. Estamos solos.

Nicolás se inclinó hacia la pantalla.

—¿De dónde sacaste eso?

La imagen regresó a Valeria.

—Cuéntame qué pasó.

En el comedor, los ocho restantes observaban la prueba.

La pantalla mostraba a Nicolás sentado frente al vestido vacío.

Gabriel se frotaba las palmas contra los pantalones. Samuel no apartaba los ojos de la pared por la que había desaparecido.

—Tenemos que hacer algo —dijo.

Bruno miró las cámaras.

—¿Como qué?

Adrián se había arrodillado junto a la abertura, pasando los dedos por la unión entre los paneles.

—No se abre desde aquí.

—Pues rómpela.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Con qué?

Bruno no respondió.

Tomás miró a Elías.

—Tú estás muy tranquilo.

Elías se acomodó las gafas.

—Estoy sentado.

—Eso ya lo veo.

Mateo intervino antes de que Tomás se acercara más.

—Déjalo.

—¿Ahora vas a defender a todos?

—Estoy tratando de escuchar.

En la pantalla, Nicolás acababa de decir que Valeria necesitaba demasiada atención.

Gabriel cerró los ojos.

Había usado palabras parecidas.

La noche de su cumpleaños, Valeria había esperado hasta las ocho y media antes de decidir ir.

Se había vestido temprano.

Había comprado el vino de camino a casa, aunque después pensó que quizá Nicolás preferiría cerveza. Preparó la pasta, la guardó en un recipiente y envolvió el reloj tres veces porque las primeras dos no le quedaron bien las esquinas.

El regalo era para Nicolás, aunque la que cumplía años era ella. Durante la semana él había mencionado un reloj que no podía comprarse. Valeria quiso sorprenderlo y convertir su propia celebración en una noche compartida; no esperaba otro objeto a cambio. Esperaba que él hubiera reservado unas horas para estar con ella.

En el espejo se vio demasiado arreglada.

Se quitó los aretes.

Después volvió a ponérselos.

No quería admitir cuánto deseaba que Nicolás hubiera preparado algo.

Tal vez no respondía porque quería sorprenderla.

Esa idea la sostuvo durante el trayecto.

Al llegar al edificio, un vecino le abrió la puerta.

Subió por las escaleras con la bolsa contra el pecho para que no se inclinara el recipiente.

Oyó la risa antes de tocar.

Una risa de mujer.

Se quedó quieta.

Podía haber una explicación. Una amiga. Una compañera de trabajo. Alguien que había pasado a dejar algo.

Tocó.

Nicolás abrió apenas unos centímetros.

Estaba descalzo.

—¿Qué haces aquí?

Valeria miró la abertura de la puerta. Detrás había una chaqueta que no conocía sobre el respaldo del sofá.

—Te mandé mensajes.

—Ya sé.

—Hoy…

No terminó la frase.

Nicolás miró hacia adentro.

—Ahora no es buen momento.

Valeria bajó los ojos a la bolsa.

La mancha de grasa se había extendido por el papel.

—Es mi cumpleaños.

Algo cambió en la cara de Nicolás.

No fue alegría.

Fue el gesto de quien recuerda una cita incómoda.

—Se me pasó.

Ella asintió una vez, sin saber por qué.

Desde el interior, la mujer preguntó:

—¿Todo bien?

Nicolás respondió sin apartar la vista de Valeria.

—Sí. Un momento.

Valeria sintió que la bolsa pesaba mucho más.

—¿Quién es?

Él sacó el aire por la nariz.

—No hagas un drama.

Ella levantó la mirada.

Durante años recordaría la luz del pasillo sobre la mitad de su rostro. La otra mitad quedaba dentro del departamento, cerca de la mujer que podía preguntar si todo estaba bien.

—Solo dime quién es.

—No te debo explicaciones de cada persona que viene a mi casa.

—Soy tu novia.

Nicolás apretó la puerta.

—Últimamente ni siquiera sé qué somos.

Valeria dejó de respirar un instante.

Habían dormido juntos dos noches antes. Él le había pedido que se quedara.

Por la mañana, mientras ella preparaba café, le había rodeado la cintura y besado el cuello.

Nada de aquello había parecido una despedida.

—Podías habérmelo dicho —susurró.

—No todo tiene que convertirse en una conversación de tres horas.

La bolsa se le resbaló.

La sujetó a tiempo, pero uno de los recipientes se abrió y la salsa comenzó a filtrarse por el fondo.

Nicolás miró el suelo.

—Ten cuidado.

Valeria se agachó.

Le temblaban las manos.

Intentó recoger la bolsa mientras él sostenía la puerta, esperando que terminara.

Entonces salió la otra mujer. No llevaba zapatos.

Al verla, comprendió algo y dejó de sonreír.

—Nicolás…

—Entra —le dijo él.

La mujer no obedeció de inmediato.

Valeria no quiso mirar su cara.

Se incorporó con la bolsa arruinada entre las manos.

El regalo seguía seco.

Lo sacó y se lo ofreció.

Nicolás no lo tomó.

—No hagas esto más incómodo.

Ella dejó la caja en el suelo, junto al marco.

Después bajó las escaleras.

En el segundo descanso se sentó.

La comida se había derramado sobre su vestido.

Se quedó allí hasta que escuchó cerrarse la puerta del departamento.

Nicolás tenía los ojos fijos en el plato.

—No quería lastimarte.

En la pantalla, Valeria sostuvo su mirada.

—Pero querías que me fuera.

Él no contestó.

—Querías volver adentro.

Nicolás pasó la lengua por sus labios.

—Sí.

El silencio duró varios segundos. Por primera vez, las palabras parecían haber llegado a algún lugar.

Valeria inclinó la cabeza.

—¿Cuándo dejaste de quererme?

Nicolás miró el vestido.

Había una pequeña mancha oscura sobre uno de los pliegues.

Quiso decir que nunca.

Quiso decir que había estado confundido.

Quiso hablar de su trabajo, de su padre, de una época difícil.

Comprendió que ella tenía tiempo para desmontar cada una de esas respuestas.

—Antes de esa noche —dijo.

La imagen de Valeria no se movió.

—¿Cuánto antes?

—No sé.

Una pausa.

—Nicolás.

Él cerró los ojos.

—Meses.

Al otro lado de la pared, Gabriel bajó la cabeza.

—¿Y por qué seguiste conmigo? —preguntó ella.

Nicolás tardó en responder.

Cuando lo hizo, habló tan bajo que el micrófono tuvo que recogerlo en medio del zumbido de la habitación.

—Porque era fácil.

Valeria no dijo nada.

Nicolás sintió que necesitaba llenar aquel silencio.

—Siempre estabas. Si yo no quería salir, venías. Si me enojaba, esperabas. Pensé que…

Se detuvo.

—¿Qué pensaste?

Nicolás abrió los ojos.

—Que no te ibas a ir.

Valeria permaneció inmóvil.

Después miró hacia un lado, fuera del encuadre.

Nicolás no supo qué había allí.

—Come —dijo ella.

Él miró el plato.

—¿Qué tiene?

—La cena que dejaste enfriarse.

—No voy a comer eso.

La pantalla se apagó.

La luz de la lámpara quedó encendida.

Nicolás se levantó y fue hacia la pared por la que había entrado.

La golpeó con la palma.

—¡Valeria!

No obtuvo respuesta.

Regresó a la mesa.

La comida despedía vapor.

Junto al plato encontró otra tarjeta, pequeña, que antes no había visto.

Esta vez vas a esperar tú.

Una hora después, Nicolás seguía encerrado. Había probado todas las paredes. Había gritado hasta que la garganta le ardió. Había arrastrado la silla y golpeado con ella una esquina.

Solo consiguió quebrar el respaldo.

La pantalla del comedor continuaba mostrando su imagen. Los demás veían cómo caminaba alrededor de la mesa, cómo se sentaba y volvía a levantarse. Cada vez que pedía que abrieran, aparecía en la parte inferior una hora distinta.

20:43

21:16

22:08

Mateo lo entendió primero.

—Son los mensajes.

Gabriel lo miró.

—¿Qué?

—Las horas a las que ella le escribió.

Bruno se acercó a la pantalla.

En aquel momento, Nicolás apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¡Ya respondí!

Una nueva hora apareció.

23:51

Valeria seguía sin contestar.

Samuel se abrazó a sí mismo.

—¿Lo va a dejar ahí toda la noche?

Nadie respondió.

Elías se levantó.

Tomó la jarra de agua y llenó los vasos que habían quedado vacíos.

Cuando llegó al de Mateo, este lo sujetó por la muñeca.

Elías se quedó quieto.

—¿Qué dice tu sobre? —preguntó Mateo.

Los demás se volvieron.

Elías dejó la jarra sobre la mesa.

—No lo abrí. Tomás soltó una risa seca.

—Pues ábrelo.

La mano de Mateo seguía alrededor de su muñeca.

Elías lo miró hasta que lo soltó.

Después retiró el sobre de debajo del plato.

Lo abrió con cuidado y sacó una tarjeta.

Se la mostró.

TODO LO QUE DIGAS PODRÁ SER UTILIZADO EN TU CONTRA.

Bruno frunció el ceño.

—Eso no es una pregunta.

—No —dijo Elías.

Mateo observó la tarjeta durante unos segundos.

Luego volvió a mirar la pantalla.

Nicolás acabó comiendo.

Primero un bocado pequeño.

Esperó, aterrorizado por cualquier sensación en el cuerpo.

Después otro.

La pasta tenía demasiada pimienta.

Aquello lo hizo llorar.

No de inmediato. No de una forma que él pudiera detener antes de que las cámaras lo registraran.

Se llevó una mano a la cara y trató de respirar.

Recordó a Valeria frente a la estufa, apartándose el cabello con el antebrazo porque tenía las manos ocupadas. Recordó haberle dicho que no comprara más champiñones, que estaba cansado de lo mismo.

Recordó que ella había aprendido a preparar otro plato.

Para él. En la habitación no había pañuelos.

Se limpió con la servilleta negra.

—Perdón —dijo.

La palabra cayó dentro del cuarto sin provocar nada.

Nicolás miró la cámara.

—Perdón, Valeria.

Esperó.

Cuando la pantalla volvió a encenderse, levantó la cabeza con una esperanza tan rápida que después le daría vergüenza recordar.

No apareció ella.

Apareció una grabación de la entrada de su antiguo edificio.

Valeria estaba sentada en las escaleras.

El vestido verde manchado.

La bolsa a sus pies.

Nicolás se acercó lentamente.

Nunca había visto esa imagen.

No sabía que existía.

En la grabación, Valeria sacaba el teléfono y miraba la pantalla. Esperaba un poco. Lo dejaba sobre sus rodillas.

Después volvía a mirarlo.

La secuencia duró varios minutos. Ella no subió a tocar otra vez.

No llamó.

Solo esperó.

Nicolás se sentó en el suelo frente a la pantalla.

La pared se abrió cuando ya nadie esperaba que lo hiciera. Nicolás salió con el reloj azul entre las manos. Tenía el rostro hinchado y una pequeña herida en los nudillos.

Gabriel quiso acercarse, pero él lo apartó.

—Estoy bien.

Nadie lo creyó.

Elías recogió la fotografía que Nicolás había dejado caer junto a la entrada. Se la ofreció sin hablar.

Nicolás la tomó.

Durante un segundo, ambos sostuvieron el papel por extremos opuestos.

La cicatriz del pulgar volvió a llamar su atención.

Intentó recordar.

Elías soltó la fotografía.

En ese instante, la voz de Valeria regresó por los altavoces.

—Han terminado la primera actividad. Pueden descansar.

La puerta del comedor se abrió.

Esteban salió antes que nadie.

Se agachó al otro lado, buscando aquello que había golpeado la madera.

Solo encontró el pasillo vacío. Sobre el suelo no había marcas.

Miró hacia ambos extremos.

Elías pasó junto a él sin detenerse.

Nicolás se quedó cerca de la mesa.

—¿Eso es todo? —preguntó.

La pantalla se encendió una última vez.

Valeria lo observaba.

—Por esta noche.

Nicolás levantó la caja del reloj.

—¿Qué quieres que haga con esto?

Ella tardó unos segundos en contestar.

—Lo mismo que hiciste entonces.

Él recordó.

Había vendido el regalo meses después.

No porque necesitara dinero.

Porque no lo usaba.

Bajó la mano.

Valeria desapareció de la pantalla.

En su lugar apareció una frase:

MAÑANA HABRÁ UNA ELIMINACIÓN.

Bruno comenzó a leerla en voz alta, pero no terminó. Debajo surgieron los ocho nombres.

Nicolás.

Gabriel.

Tomás.

Adrián.

Bruno.

Samuel.

Mateo.

Esteban.

El nombre de Elías no estaba.

—¿Por qué tú no apareces? —preguntó Tomás.

Elías volvió la cabeza desde el pasillo.

Antes de que pudiera responder, los ocho nombres se borraron.

Solo quedó una palabra. DEFINITIVA.

Escrito por la aclamada autora canadiense de ascendencia mexicana Silvia Moreno-García. Se trata de una novela negra con elementos de fantasía urbana y vampiros.

¡Excelente se los recomiendo!