Capítulo 3 de 35
El precio de quedarse
—¿Por qué tu nombre no estaba?
Tomás bloqueó el pasillo antes de que Elías pudiera alejarse.
La pantalla seguía mostrando aquella palabra.
DEFINITIVA.
Elías levantó la vista hacia él.
—No lo sé.
—Ocho nombres. Somos nueve.
—También dijo que ocho habían sido sus novios.
—Entonces, ¿tú qué eres?
La pregunta hizo que los demás se acercaran.
Elías tenía una mano metida en el bolsillo de la sudadera. La otra colgaba junto al cuerpo.
—Alguien que quiere salir.
Tomás le sujetó el brazo.
Elías reaccionó de inmediato: retrocedió, giró el hombro y se desprendió de su mano con un movimiento brusco.
Esteban se interpuso.
—Quieto.
No quedó claro a cuál de los dos se lo decía.
Mateo observaba desde el comedor.
—La tarjeta de su mesa estaba puesta antes de que llegáramos —dijo—. Ella lo esperaba.
—Nos esperaba a todos —respondió Bruno.
—Pero no lo incluyó en la lista. Tomás volvió a mirar a Elías.
—Enséñanos los bolsillos.
—No.
—Pues te los revisamos.
Una campana sonó sobre sus cabezas.
La pantalla cambió.
Apareció la imagen del pasillo y, debajo, un contador.
23:59:58
23:59:57
La voz de Valeria salió de los altavoces.
—La siguiente eliminación será dentro de veinticuatro horas. Les recomiendo dormir.
—¿Por qué él no está en la lista? —gritó Tomás.
—Elías tiene una función distinta.
—¿Cuál?
Hubo una pausa.
Nicolás pensó que podía estar escogiendo las palabras.
—Cuando corresponda, lo sabrán.
Esteban levantó la cara hacia la cámara.
—No puedes dejarnos aquí y esperar que hagamos lo que se te dé la gana.
El contador continuó.
23:59:31
—Las habitaciones están arriba —dijo Valeria—. Encontrarán sus nombres en las puertas.
Los altavoces quedaron en silencio.
Tomás soltó una maldición.
Elías se apartó de él y empezó a subir las escaleras.
Esta vez nadie lo detuvo. La habitación de Gabriel estaba al final del corredor izquierdo. Tenía una cama, un armario y un baño pequeño. No había ventanas visibles. Una cámara ocupaba la esquina situada frente al colchón.
Sobre la almohada encontró un sobre color crema.
No era como el del comedor.
Reconoció la letra de inmediato.
Se quedó en la puerta, mirando el papel.
Durante años había visto aquella escritura sobre notas pegadas en el refrigerador, listas de compras y tarjetas que Valeria dejaba en su mochila. Reconoció la inclinación de las letras y el descenso de la última línea, una costumbre que había visto en sus notas del refrigerador.
Entró.
Cerró la puerta.
El sobre decía:
Para cuando vuelvas a empezar.
Gabriel se sentó en la cama.
No necesitó abrirlo para recordar qué había dentro.
Conoció a Valeria en el patio de una pequeña casa cultural. Ella estaba leyendo un cuento frente a unas veinte personas. El micrófono fallaba cada vez que movía la cabeza y tenía que acercarse demasiado para que la escucharan.
Gabriel había llegado tarde.
No sabía quién organizaba el evento. Un amigo suyo exponía fotografías y él había ido porque necesitaba pedirle dinero.
Se quedó al fondo, junto a una mesa con vasos de plástico.
Valeria leyó una historia sobre una niña que guardaba palabras dentro de cajas de zapatos.
Gabriel no recordaría después el final.
Recordaría la voz. Cuando terminó, ella bajó del pequeño escenario y bebió agua con las dos manos alrededor del vaso. Alguien la felicitó. Ella agradeció con una sonrisa nerviosa.
Gabriel se acercó.
—Me gustó lo de las cajas.
Valeria levantó los ojos.
—¿Sí?
—Mi mamá guardaba cartas así.
Era verdad.
Su madre había conservado durante años las cartas de un hombre que dejó de escribirle.
Valeria le preguntó si todavía las tenía.
Gabriel dijo que no lo sabía.
Hablaron hasta que comenzaron a recoger las sillas. Él se ofreció a ayudarla con los libros.
Caminaron juntos hasta la parada del autobús.
Gabriel le contó que estaba intentando abrir un estudio de fotografía. Valeria le habló de sus cuentos, de lo mucho que le costaba terminarlos y de lo poco que le gustaba escucharse leyendo.
—Parecía que no tenías miedo —le dijo él.
Ella se rio.
—Entonces actué bastante bien.
El autobús llegó.
Antes de subir, Valeria escribió su número en la parte de atrás de un programa del evento.
Gabriel guardó aquel papel en la cartera.
Durante las primeras semanas la llamó todas las noches.
La llevaba a caminar cuando ella se quedaba atascada con una historia. Le pedía que le leyera fragmentos, incluso los que todavía no le gustaban. Una tarde le tomó una fotografía junto a una ventana y le dijo que quería verla impresa en la contraportada de su primer libro.
Valeria miró la imagen mucho tiempo.
—¿De verdad crees que voy a publicar?
—Claro.
Él lo dijo con tanta seguridad que ella pudo creerlo.
Gabriel abrió el sobre.
Dentro había una carta de tres páginas.
En la primera línea, Valeria había escrito:
No estás empezando de cero. Todo lo que sabes hacer sigue contigo.
Debajo, ella enumeraba cosas que él había olvidado en una época difícil: que conseguía hacer reír a la gente frente a una cámara, que tenía paciencia con los niños, que sabía encontrar belleza en lugares donde los demás no se detenían.
Gabriel pasó el pulgar por una doblez. Había leído aquella carta la noche en que recibió el primer dinero.
Valeria la había puesto sobre el comprobante de una transferencia. Él le prometió devolverlo en tres meses.
A las ocho de la mañana, según los relojes de las habitaciones, se encendieron los altavoces.
—Buenos días.
Gabriel llevaba horas despierto.
Cada vez que cerraba los ojos escuchaba otra vez el golpe contra la puerta del comedor.
Se levantó.
La carta seguía sobre la cama.
—El desayuno está servido —continuó Valeria—. Gabriel, lleva lo que encontraste.
Él miró la cámara.
Quiso preguntar cómo sabía que lo había abierto.
No lo hizo.
En el comedor había café, pan, fruta y huevos. Nadie empezó a comer.
Nicolás ocupaba su lugar de la noche anterior. Tenía el reloj regalado por Valeria dentro de la caja, junto al plato.
Samuel estaba pálido.
Adrián llegó con una toalla enrollada alrededor de la mano.
—¿Qué te pasó? —preguntó Mateo.
—Nada.
La toalla tenía una mancha de sangre.
Bruno señaló las pantallas.
—Trató de desmontar una cámara.
Adrián lo miró con enojo.
—El vidrio se rompió.
Esteban se acercó.
—¿La apagaste?
—No.
Todos levantaron la cabeza.
Las lentes continuaban moviéndose.
Elías llegó después, con la misma sudadera y la gorra bien ajustada.
Se sirvió agua.
Tomás observó sus manos.
Gabriel dejó la carta junto a su taza.
La pantalla central se encendió.
Valeria apareció en una habitación diferente. Detrás de ella había una pared gris y una mesa vacía.
—Hoy vamos a hablar de lo que cuesta quedarse con alguien.
Bruno empujó el plato.
—Yo quiero saber qué significa eliminación definitiva. Valeria lo miró.
—Lo sabrás antes de que termine el día.
—¿Nos vas a matar?
Samuel dejó escapar un pequeño sonido.
La pregunta permaneció en el aire.
Valeria tardó demasiado en contestar.
—Todavía pueden participar.
Gabriel sintió que la carta le pesaba sobre la mesa.
El estudio de fotografía nunca abrió.
Primero hubo un problema con el local.
Después, con el equipo.
Luego Gabriel perdió un trabajo temporal y comenzó a atrasarse con la renta.
Valeria escuchó todas las explicaciones.
Al principio lo ayudó de una manera que él podía aceptar sin sentirse humillado. Compraba comida y decía que había hecho demasiada. Le pagaba una sesión de fotografías que no necesitaba. Le dejaba dinero para taxis cuando él tenía que ir a una entrevista.
Gabriel la abrazaba.
Le decía que nadie había hecho tanto por él. Ella sentía que aquellas palabras los unían.
Después llegaron las cantidades más grandes.
Valeria tenía un ahorro separado para corregir y publicar un pequeño libro de cuentos. Había reunido el dinero dando clases, revisando trabajos por las noches y renunciando a gastos que no parecían importantes hasta que los sumaba.
Gabriel conocía ese ahorro.
Una tarde llegó a su departamento y se sentó en el suelo, junto al sofá.
Le dijo que iban a embargarle el equipo.
No era exactamente cierto, pero tampoco era una mentira que él considerara grave: había pagos pendientes, llamadas insistentes y una deuda que no sabía cómo explicar. Valeria se sentó a su lado.
—¿Cuánto necesitas?
Gabriel negó con la cabeza.
—No quiero meterte en esto.
Ella le tomó la mano.
Él comenzó a llorar.
Más tarde, al recordar aquel momento, no sabría decir si las lágrimas habían aparecido antes o después de comprender que podían ayudarlo.
Valeria hizo la transferencia esa misma noche.
Después escribió la carta.
No estás empezando de cero.
Gabriel leyó la primera página y la abrazó.
—Te lo voy a devolver todo.
Ella apoyó la cara en su pecho.
—Lo sé.
En una pantalla lateral apareció una cifra.
$48,600
Gabriel cerró los ojos.
Bruno se inclinó hacia delante.
—¿Le debías eso?
—Cállate.
Debajo surgieron varias fechas.
Transferencias pequeñas.
Pagos de una tarjeta.
Una mensualidad de renta.
Compras de equipo. Valeria habló desde la pantalla.
—No necesito que me expliques por qué lo pediste. Eso ya lo sé.
Gabriel abrió los ojos.
—Te dije que iba a pagarte.
—Sí.
—No me diste tiempo.
En la mesa, Nicolás dejó de mover las manos.
Valeria apoyó una palma sobre la superficie frente a ella.
—Tuviste tiempo para irte de vacaciones.
La pantalla mostró una fotografía.
Gabriel estaba en una playa.
Una mujer lo abrazaba por la cintura.
Él sonreía.
Valeria no aparecía.
Samuel miró primero la foto y después a Gabriel.
—¿Quién es?
Gabriel no contestó.
La voz de Valeria continuó, serena:
—A mí me dijiste que estabas en casa de tu hermano.
La primera vez que Valeria le pidió una fecha para devolverle el dinero, Gabriel se ofendió.
Estaban lavando los platos.
Ella había esperado hasta después de cenar porque no quería arruinar el momento.
—Solo necesito organizarme —dijo.
Gabriel dejó caer una cuchara dentro del fregadero.
—Pensé que me habías ayudado porque querías.
—Sí quería.
—Entonces no entiendo.
Valeria secó las manos.
—Querer ayudarte no significa que pueda olvidarme de mis ahorros.
Él permaneció de espaldas.
—Qué feo que me lo cobres así.
Valeria lo miró sin saber qué parte de la conversación se había torcido.
Terminó pidiéndole perdón.
La segunda vez, Gabriel dijo que ella no confiaba en él.
La tercera, habló de todo lo que le había contado, de la vergüenza que sentía y de lo difícil que era levantarse cuando alguien lo hacía sentirse un fracasado.
Valeria comenzó a ensayar las preguntas antes de hacerlas.
Buscaba una forma suave.
Una hora adecuada.
Una frase que no lo hiriera.
Mientras tanto, él gastaba.
No siempre grandes cantidades. Cenas, ropa, pequeñas compras que justificaba diciendo que necesitaba verse bien para trabajar.
Después apareció Lucía.
Valeria vio el nombre en una notificación.
Gabriel retiró el teléfono.
—Es una clienta.
Durante semanas fue una clienta.
Incluso después de aquella playa.
—No fue como parece —dijo Gabriel.
Bruno soltó una risa. Gabriel se volvió hacia él.
—¿Te parece divertido?
—Me parece que todos vamos a decir lo mismo.
Mateo sostuvo la mirada en la pantalla.
Valeria dejó que terminaran.
Después apareció otra conversación.
Gabriel reconoció los mensajes que había enviado a un amigo.
Con Valeria estoy viendo qué hago.
Está muy clavada.
Pero ahorita no puedo cortar. Me está ayudando con unos pagos.
Su estómago se contrajo.
—Eso era una conversación privada.
El silencio del comedor cambió.
Ya no era solo miedo.
Nicolás apartó la vista.
Adrián miró la carta que Gabriel había llevado.
Valeria dijo:
—También era privada mi vida contigo.
Gabriel quiso encontrar algo que responder.
No pudo.
La ruptura ocurrió en una cafetería.
Valeria llevó una libreta.
Había anotado las cantidades porque cada conversación sobre el dinero terminaba dispersándose entre reproches.
Gabriel la vio sacar la libreta y supo que la tarde iba a resultar desagradable. Ella no habló primero de Lucía. Le pidió que leyera los números.
—Podemos acordar pagos pequeños.
Gabriel se recargó en la silla.
—No tengo esa cantidad.
—No te estoy pidiendo todo hoy.
—Pues parece.
Valeria sostuvo la libreta abierta. Tenía las uñas cortas y una pequeña mancha de tinta en la mano.
—Ese dinero era para mi libro.
Gabriel miró hacia la ventana.
—Siempre volvemos a tu libro.
Ella se quedó inmóvil.
Él debió detenerse allí.
No lo hizo.
—A veces creo que te inventas esas cosas para hacerme sentir culpable.
Valeria cerró la libreta despacio.
—¿Qué cosas?
Gabriel se encogió de hombros.
—Que yo te arruiné la vida. Que por mi culpa no publicas. No sé si de verdad ibas a hacerlo.
El ruido de la cafetería siguió alrededor de ellos.
Una licuadora.
Una silla.
El timbre de la puerta.
Valeria tardó unos segundos en hablar.
—Te dejé leer todo.
—Sí. Y te dije que me gustaba.
—Me dijiste que creías en mí.
Gabriel apretó la boca.
—No puedo ser responsable de todo lo que tú entiendes cuando alguien te dice algo bonito.
Ella guardó la libreta.
Después preguntó por Lucía.
Esta vez él no negó la relación.
Dijo que con ella se sentía menos presionado.
Valeria lo escuchó hasta el final.
Antes de levantarse, dejó dinero suficiente para pagar los dos cafés.
Gabriel se lo permitió.
En el comedor, la carta había quedado abierta por la última página.
Gabriel miró la despedida.
Te quiero. Vamos a salir de esto.
La firma de Valeria tenía una curva larga debajo. Él pasó una mano por su cara.
—Fui un imbécil.
Valeria no respondió.
—No sé qué más quieres que diga.
La pantalla cambió.
Apareció una pregunta:
¿QUÉ ESTÁS DISPUESTO A PERDER?
Las puertas del comedor se abrieron. Al fondo del pasillo, una luz iluminó la puerta de una habitación que había permanecido cerrada durante la noche.
Esteban se levantó.
—Vamos todos.
—Gabriel entrará primero —dijo Valeria.
—No.
—Puede elegir a alguien para acompañarlo.
Gabriel miró alrededor.
Nicolás bajó los ojos.
Samuel negó antes de que se lo pidiera.
Bruno levantó ambas manos.
Tomás permaneció inmóvil.
Gabriel miró a Mateo, pero algo en su expresión lo hizo cambiar de idea.
Se volvió hacia Elías.
—Tú.
Elías dejó el vaso.
—¿Por qué?
—Porque no estás en la lista.
Los demás entendieron de inmediato.
Si había alguien a quien Valeria parecía reservar un trato distinto, Gabriel quería tenerlo cerca.
Elías miró hacia la pantalla.
Valeria no dijo nada.
Finalmente se puso de pie.
La habitación parecía una oficina pequeña. Había dos escritorios, dos sillas y una pared transparente que dividía el espacio.
Elías quedó de un lado.
Gabriel del otro.
Antes de que alguno pudiera volver al pasillo, la puerta se cerró.
Gabriel se acercó al vidrio.
—¿Me escuchas?
Elías asintió.
Sobre cada escritorio había una caja.
La de Gabriel contenía su cartera.
La abrió con alivio y revisó las tarjetas. Su licencia estaba allí. También una fotografía vieja de su madre.
El teléfono no apareció.
En el escritorio de Elías había una caja idéntica, cerrada.
La pantalla sobre la pared se encendió.
Valeria los observaba.
—La primera parte de esta prueba no tiene límite de tiempo —dijo—. Hasta esta noche.
Debajo apareció el contador.
14:22:06
Gabriel buscó algún picaporte.
No lo encontró.
—¿Qué tenemos que hacer?
En su pantalla apareció un documento.
Reconoció su nombre y el de Valeria.
La cantidad que le debía ocupaba el centro.
Debajo había dos opciones:
RECONOCER
DISCUTIR
Gabriel se quedó mirando.
Elías se sentó al otro lado del vidrio.
—Reconócelo —dijo.
Gabriel volvió la cabeza.
—No te pregunté.
—Es tu nombre.
—No todo lo que ella puso ahí fue un préstamo.
La voz de Valeria salió del altavoz.
—Puedes discutir cada cantidad. Las revisaremos juntos.
Gabriel deslizó el dedo por la pantalla.
Había comprobantes.
Mensajes.
Fechas.
En uno de ellos, su propia voz decía que devolvería el dinero antes de diciembre.
Desde aquella primera promesa habían pasado nueve diciembres.
Se sentó.
Pulsó RECONOCER.
La pantalla permaneció inmóvil unos segundos.
Luego apareció una nueva instrucción.
AHORA ELIGE QUÉ VAS A DEVOLVER.
En el comedor, Adrián había encontrado una libreta y un lápiz dentro de un cajón.
Dibujó un rectángulo.
Después otro.
Esteban se inclinó sobre él.
—¿Qué haces?
—El plano.
Marcó la cocina, las escaleras, el comedor y los pasillos que habían recorrido.
—No sabemos qué hay detrás de las paredes.
—Pues averigüémoslo.
Tomás señaló una cámara.
—Está viendo.
Adrián siguió dibujando.
—Que vea.
Nicolás permanecía junto a la pantalla donde aparecían Gabriel y Elías.
La transmisión no tenía sonido.
Vio a Gabriel abrir la cartera.
Vio a Elías sentarse.
Vio una discusión breve a través del vidrio.
Después Elías se quitó las gafas para limpiarlas.
Nicolás se acercó un paso.
La imagen estaba tomada desde arriba.
No alcanzaba a distinguir bien su rostro.
Por un instante pensó en la fotografía que aquel desconocido le había devuelto la noche anterior.
En el pulgar.
En la cicatriz.
Valeria se había cortado abriendo una lata durante el viaje a la cabaña. Él había buscado una venda.
La había besado en el nudillo y dicho que no volviera a cocinar de madrugada.
Nicolás sintió un golpe de frío.
Se acercó aún más.
Elías volvió a ponerse las gafas.
—¿Qué miras? —preguntó Mateo detrás de él.
Nicolás tardó en contestar.
—Nada.
Pero no se apartó. Gabriel leyó las opciones que acababan de aparecer.
TU SEGURIDAD
LA SUYA
Debajo, una línea más pequeña:
SOLO UNO PODRÁ ABANDONAR ESTA HABITACIÓN ANTES DE QUE TERMINE EL TIEMPO.
Gabriel levantó la cabeza.
Elías estaba leyendo su propia pantalla.
—¿Qué te salió? —preguntó.
El hombre no respondió de inmediato.
Gabriel golpeó el vidrio con los dedos.
—Elías.
Él lo miró.
—Que espere.
Gabriel volvió a leer.
Sentía los latidos en la garganta.
—Esto no tiene sentido. Tú no le debes nada.
Elías sostuvo su mirada.
—Eso dijiste anoche.
La pantalla de Gabriel cambió.
Apareció un último mensaje.
ANTES DE ELEGIR, RECUERDA QUIÉN PAGÓ PARA QUE TÚ PUDIERAS SEGUIR.
Entonces se apagó la luz del lado de Elías.
Gabriel se levantó de golpe.
La pared transparente se convirtió en un espejo oscuro.
Vio su propio rostro.
Detrás del vidrio, ya no podía distinguir al hombre que había llevado consigo.
—¿Elías?
No hubo respuesta.
Gabriel apoyó ambas manos sobre el cristal.
Por primera vez desde que había recibido aquella carta, comprendió que aceptar una deuda no era lo mismo que estar dispuesto a pagarla.
Escribe tus obras literarias aquí: