Capítulo 4 de 35

El primero en irse

Gabriel golpeó el cristal.

—¿Elías?

Su reflejo le devolvió el movimiento.

Al otro lado no había luz. Tampoco una respuesta.

Miró de nuevo la pantalla de su escritorio.

TU SEGURIDAD

LA SUYA

Debajo seguía descontándose el tiempo.

14:19:32

Tocó la opción situada a la izquierda, pero retiró el dedo antes de que la yema alcanzara la superficie.

—¿Qué significa seguridad?

La respuesta llegó por el altavoz del techo.

—Lo que no quisiste arriesgar cuando estabas conmigo.

Gabriel levantó la cara hacia el altavoz.

—Estoy hablando de ahora.

No hubo respuesta.

Se acercó a la puerta y buscó una ranura, algún lugar donde introducir los dedos. La superficie era lisa. Dio varias patadas hasta que el dolor le subió por la pierna. Luego volvió al vidrio.

—Háblame, por favor.

Escuchó una tos.

Muy leve.

Gabriel pegó la frente al cristal.

—¿Estás bien?

—Sí.

La voz ronca de Elías llegó amortiguada.

Gabriel cerró los ojos.

Ese pequeño alivio le hizo comprender hasta qué punto había empezado a temer la respuesta contraria.

—¿Hay una puerta de tu lado?

—Cerrada.

—¿Y qué te pide?

Elías tardó en contestar.

—Que espere tu decisión.

Gabriel miró la pantalla.

Las dos opciones permanecían intactas.

En el comedor, la transmisión de la prueba mostraba únicamente la mitad iluminada.

Gabriel iba de la puerta al escritorio y del escritorio al cristal.

Del lado de Elías, una oscuridad compacta llenaba la imagen.

—Lo está haciendo para que elija —dijo Bruno.

Samuel se volvió hacia él.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces que elija.

Mateo miró la pantalla.

—No sabemos qué pasa después.

Bruno señaló a Gabriel.

—Él tampoco. Pero quedarnos aquí mirando no va a abrir la casa.

Adrián seguía dibujando.

Había marcado la habitación de la prueba con dos rectángulos paralelos. Junto al muro del fondo trazó una línea y la borró.

Esteban apoyó ambas manos en la mesa.

—Tiene que haber un lugar desde donde controle todo.

—Puede estar fuera —dijo Samuel.

—No está fuera.

Todos lo miraron.

Esteban señaló el techo.

—Una casa así necesita mantenimiento. Alguien tiene que revisar las cosas, cargar comida, abrir las puertas que no vemos.

Tomás miró hacia el corredor.

—O tiene ayuda.

Nicolás volvió los ojos a la imagen oscura.

No dijo nada.

A Gabriel le había gustado que Valeria no le preguntara cuánto ganaba.

Con otras mujeres, el asunto aparecía pronto. A qué se dedicaba, si tenía coche, por qué compartía departamento.

Valeria le preguntaba qué quería fotografiar.

Qué parte del trabajo le gustaba.

Qué imagen habría querido tomar si hubiera estado en el lugar adecuado.

Una noche, sentados en la azotea de su edificio, Gabriel le habló de una fotografía de su madre que había perdido.

—Estaba junto al fregadero —dijo—. No sabía que le estaba tomando la foto. Tenía las manos mojadas y estaba riéndose de algo que dijo mi hermano. Valeria lo escuchó sin interrumpir.

—Era la única donde se parecía a como yo la recuerdo.

Él bajó la cabeza.

Ella apoyó una mano en su nuca.

No le dijo que podía tomar otras. No trató de llenar el silencio.

Gabriel la besó allí mismo.

Fue un beso lento, torpe al principio, porque había hablado demasiado y tenía la garganta apretada. Valeria le acarició la cara.

Después se quedaron juntos mirando las ventanas del edificio de enfrente.

—Contigo puedo descansar —le dijo él.

Valeria cerró los ojos al oírlo.

Durante mucho tiempo, Gabriel supo que bastaba con repetir aquella frase para que ella volviera a acercarse.

Pasaron varias horas.

La casa tenía un comedor lleno de comida, pero nadie sintió hambre.

A través del cristal de la oficina, Gabriel pidió agua.

La recibió por una pequeña abertura junto al escritorio.

El vaso apareció acompañado de una tarjeta.

NO TE FALTA LO NECESARIO.

Bebió despacio.

Al terminar, miró hacia el lado oscuro.

—¿Te dieron agua?

—Sí —respondió Elías.

—¿Puedes verme?

Una pausa.

—Un poco. Gabriel alzó la cara hacia el cristal.

La posibilidad lo incomodó.

Llevaba horas mirándose a sí mismo, creyendo que el otro estaba tan aislado como él.

—¿Tienes luz?

—Muy poca.

Gabriel se quedó callado.

La voz de Elías volvió a atravesar el vidrio.

—¿Por qué me elegiste?

—Ya lo dije. No estabas en la lista.

—Pensaste que conmigo no te iba a pasar nada.

Gabriel se sentó en el suelo.

—Sí.

Elías no respondió.

El contador marcaba poco más de nueve horas.

Gabriel apoyó la espalda contra la pared.

Pensó en lo que debía estar pasando fuera. En el trabajo al que no había ido. En las llamadas que no contestaba.

Pensó en Lucía.

Hacía seis meses que ella lo había dejado.

La discusión final también había sido por dinero.

Aquello le pareció, por primera vez, algo más que una coincidencia.

Valeria había intentado recuperar sus ahorros durante un año.

Al principio enviaba mensajes largos.

Luego comenzó a escribir solo la cantidad y la fecha que Gabriel había prometido. Él aprendió a no abrirlos.

Así podía decirse que todavía no había leído lo que ella pedía. Una tarde le devolvió una suma pequeña.

Valeria le agradeció.

Gabriel sintió alivio y después enojo: aquel agradecimiento parecía confirmar que ella esperaba algo de él.

Pasó otro mes sin pagar.

Cuando ella volvió a insistir, él envió un mensaje de voz.

Si me amaras, me ayudarías sin estar recordándome cada cinco minutos lo que te debo.

Valeria escuchó el audio mientras viajaba en autobús.

No contestó.

Al llegar a casa lo reprodujo otra vez.

Después abrió la carpeta donde guardaba sus cuentos. Había dejado de corregirlos. Cada presupuesto para publicar le recordaba una conversación pendiente con Gabriel.

Se sentó frente a la computadora.

Durante una hora no escribió nada.

Esa noche imprimió todos los comprobantes.

Al día siguiente le pidió que firmara un acuerdo sencillo.

Gabriel se rio al verlo.

—¿Ahora vas a tratarme como a un desconocido?

Valeria mantuvo el papel sobre la mesa.

—Necesito que me devuelvas mi dinero.

Él la miró con una frialdad que ella todavía no le conocía.

—Qué manera de arruinar lo bonito que tuvimos.

Valeria recogió la hoja.

Años después, Gabriel recordaría el gesto de sus manos antes que la expresión de su cara. Había doblado el documento con cuidado.

Como si todavía importara no estropearlo. La tarde se consumió en el contador.

Adrián y Esteban recorrieron de nuevo la casa.

Encontraron una puerta estrecha detrás de la despensa. No tenía nombre ni pantalla.

Esteban apoyó el hombro contra ella.

—Esta.

Adrián examinó el marco.

—Puede ser un armario.

—Entonces que se abra.

Desde la sala, una campana interrumpió el intento.

La voz de Valeria llegó a la despensa.

—Esa puerta no forma parte de la actividad de hoy.

Esteban se apartó apenas unos centímetros.

—¿Y de cuál forma parte?

No hubo respuesta.

Adrián miró hacia la cámara instalada encima de los estantes.

Esteban sonrió por primera vez desde el encierro.

Era una sonrisa breve y desagradable.

—Ahí hay algo que no quiere que veamos.

En la cocina encontraron a Samuel sosteniendo una taza vacía. Había estado intentando recordar el número de teléfono de su hermana.

Lo repetía en voz baja para no olvidarlo.

Esteban pasó junto a él sin detenerse.

Adrián, en cambio, apoyó una mano sobre su hombro.

Samuel se encogió.

—Perdón —dijo Adrián.

Retiró la mano. Aquella pequeña disculpa hizo que ambos se quedaran incómodos.

No parecía una palabra que usaran con facilidad.

Cuando faltaban diez minutos, la luz del lado de Elías volvió a encenderse.

Gabriel se levantó.

El hombre estaba sentado frente a su escritorio. Tenía la gorra puesta, las manos apoyadas en los muslos y el vaso casi lleno.

Parecía cansado.

Gabriel se acercó al vidrio.

—Vamos a salir los dos.

Elías lo miró.

—No es lo que dice.

—Tiene que haber una forma.

La pantalla se iluminó de nuevo.

Valeria apareció.

Gabriel sintió una esperanza inmediata al verla. Una parte de él seguía convencida de que podía hablarle como antes.

—Ya reconocí el dinero —dijo—. Cuando salgamos, te lo pago.

Ella permaneció en silencio.

—Todo. No importa cuánto tarde.

Valeria bajó la mirada un instante.

Al volver a levantarla, preguntó:

—¿Y él?

Gabriel miró hacia Elías.

—También sale.

—La instrucción está escrita.

El contador siguió bajando. 00:08:41

Gabriel se humedeció los labios.

—¿Qué pasa si elijo su seguridad?

—Tendrás que quedarte.

—¿Cuánto tiempo?

La imagen de Valeria se interrumpió.

Solo quedaron las opciones.

Gabriel golpeó el escritorio.

—¡Respóndeme!

En el comedor, todos escucharon el grito. El sonido de la transmisión acababa de activarse.

Nicolás se acercó a la pantalla.

Gabriel estaba temblando.

—¡No puedo elegir sin saber!

La voz de Valeria llenó ambas habitaciones y el comedor.

—Cuando no elegías, yo también tenía que esperar sin saber.

00:05:12

Gabriel caminó hasta el cristal.

Elías se puso de pie al otro lado.

Quedaron frente a frente.

—No te conozco —dijo Gabriel.

Lo dijo suavemente, casi como una disculpa.

Elías no se movió.

—Ya lo sé.

—No es justo que me pidan esto.

—No. Gabriel buscó algo en aquella respuesta. Una autorización. Un acuerdo que le permitiera escoger sin cargar con la decisión.

—Tú tienes una función distinta. Ella lo dijo.

Elías siguió mirándolo.

—Puede que no te haga nada.

El hombre bajó la vista.

Gabriel sintió que el corazón se le aceleraba.

—A mí sí me puede hacer algo.

En el comedor, Mateo apartó la mirada de la pantalla.

Bruno murmuró:

—Va a elegir por él.

Nicolás no respondió.

Recordaba a Valeria en las escaleras de su edificio.

El reloj seguía dentro de la caja que había dejado junto a su plato.

00:02:03

Gabriel regresó al escritorio.

Apoyó el dedo sobre la opción de la izquierda.

TU SEGURIDAD

Apareció una última pregunta.

¿CONFIRMAS QUE LA OTRA PERSONA ASUMA EL RIESGO?

Gabriel retiró la mano.

Elías estaba inmóvil.

—Lo siento —dijo.

Su voz apenas salió.

Después pulsó:

CONFIRMAR El contador se detuvo.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Gabriel miró hacia la puerta.

Elías miró la suya.

Un cerrojo se abrió.

Fue del lado de Elías.

Gabriel se quedó quieto.

—No.

El hombre no avanzó.

Parecía estar esperando una instrucción que todavía no había recibido.

La puerta del lado de Gabriel permaneció cerrada.

En su pantalla apareció un mensaje:

ELECCIÓN REGISTRADA.

Debajo, una segunda línea:

HAS DEMOSTRADO A QUIÉN ESTABAS DISPUESTO A SACRIFICAR.

Gabriel se lanzó contra el vidrio.

—¡Elegí mi seguridad!

Elías levantó la cabeza.

Valeria intervino por los altavoces.

—Sí.

Gabriel sintió que aquella única palabra lo dejaba sin aire.

—¡Lo decía la pantalla!

—La pantalla te pidió elegir.

Él buscó de nuevo las opciones.

Habían desaparecido. Elías salió al pasillo.

Mateo lo recibió junto a la puerta de la oficina.

—¿Y Gabriel?

Elías se volvió.

La puerta se había cerrado detrás de él.

—Sigue adentro.

Esteban corrió hacia la entrada.

Golpeó con ambas manos.

—¡Abre!

Desde la pantalla de la sala escucharon a Gabriel gritar.

Todos regresaron.

La luz de su habitación estaba cambiando. El blanco se había vuelto un rojo tenue que dejaba las esquinas oscuras.

Gabriel arrastró el escritorio contra la puerta.

Después buscó algo para romper el vidrio.

En la pared detrás de él se encendió una frase.

SI ME AMARAS, ME AYUDARÍAS.

La misma que había encontrado sobre su plato.

Samuel comenzó a negar con la cabeza.

—No. No, por favor.

Nicolás golpeó la cámara más cercana con la palma.

—¡Valeria, ya basta!

La lente se movió hacia él.

Aquello hizo que retirara la mano.

Gabriel se llevó la camisa a la boca.

La habitación comenzaba a llenarse de una bruma pálida.

No podían ver de dónde salía.

—¡Apágalo! —gritó Adrián.

Esteban tomó una silla y corrió de nuevo al pasillo.

Los golpes llegaron hasta la sala.

Uno.

Otro.

Luego el crujido de la madera.

Gabriel estaba arrodillado junto al vidrio.

Buscaba a alguien al otro lado.

Ya no había nadie.

Elías permanecía detrás del sofá. Tenía los brazos pegados al cuerpo.

Tomás se volvió hacia él.

—¡Haz algo!

Elías no respondió.

En la pantalla, Gabriel levantó la cabeza.

—Valeria…

No fue un grito.

La casa entera pudo escucharlo porque el micrófono recogía cada respiración.

—Por favor.

Samuel dio un paso hacia la imagen como si pudiera alcanzarlo.

Gabriel apoyó una mano en el cristal.

La otra buscó el cuello de su camisa.

Después se inclinó hacia delante.

La cámara siguió grabando.

En la azotea, aquella primera noche, Gabriel había prometido llevar a Valeria al mar. Ella le dijo que llevaba años sin verlo.

—Vamos cuando abra el estudio —respondió él.

Valeria sonrió.

—Entonces voy a ayudarte a elegir las cortinas.

Gabriel se rio.

La besó en la frente.

Mucho después, estando con Lucía en la playa, había tomado una fotografía del amanecer.

Pensó en enviársela a Valeria.

No por ternura.

Porque necesitaba mantenerla tranquila hasta que dejara de pedirle el dinero.

Al final no la envió.

La bruma se hizo más densa.

Gabriel dejó de moverse.

Nicolás esperó que levantara la cabeza.

Esperó un brazo.

Un gesto.

Cualquier cosa.

La transmisión continuaba.

Esteban volvió del pasillo con la silla rota.

Al ver la pantalla, se detuvo.

—¿Qué pasó?

Nadie contestó.

La mano de Gabriel permanecía cerca del cristal.

La fotografía de su madre había caído de la cartera y estaba junto a su rodilla.

Entonces la imagen se apagó. Apareció una tarjeta blanca.

GABRIEL

Debajo:

ELIMINADO

Samuel cayó sentado en el suelo.

Bruno se tapó la boca.

Tomás retrocedió hasta chocar con una mesa.

Nicolás siguió mirando.

Esperaba que la pantalla se encendiera de nuevo, que Valeria se riera, que Gabriel apareciera tosiendo en el pasillo.

Una campana sonó.

Fue la misma que había anunciado el desayuno.

Valeria habló con una calma que ninguno pudo soportar.

—Quedan siete candidatos.

No los dejó entrar en la oficina.

Esteban volvió a intentar forzar la puerta, pero esta vez Mateo lo apartó.

—Vas a lastimarte.

—¡Lo mató!

Mateo sostuvo su mirada.

—Lo sé.

Decirlo cambió la casa.

Hasta entonces, la muerte había sido una posibilidad escondida detrás de una palabra. Una amenaza que podían discutir, negar o interpretar de otra forma.

Ahora tenía un nombre.

Gabriel.

Tenía una taza sin terminar sobre la mesa. Una silla vacía.

Una carta.

Nicolás regresó al comedor y la recogió.

La última página seguía abierta.

Te quiero. Vamos a salir de esto.

La dobló sin leer más.

No supo por qué le importaba que los demás dejaran de verla.

Mucho después, los llamaron a la sala.

Nadie quiso sentarse.

Valeria no apareció.

La pantalla mostró un corredor blanco.

Era el mismo que habían visto durante la bienvenida.

La cámara avanzaba lentamente hasta la puerta de acero.

Esta vez se abrió.

Dentro había una luz fría y varias superficies cubiertas. Sobre la más cercana descansaba la cartera de Gabriel.

Samuel se volvió de inmediato.

Adrián dejó escapar el aire.

Nicolás distinguió una placa.

El nombre de Gabriel acababa de ocuparla. Al fondo quedaban otras siete placas vacías.

La imagen se detuvo.

En la pantalla surgió una frase:

NADIE ABANDONA LA CASA ANTES DE QUE TERMINE EL JUEGO. Elías observaba desde el extremo de la sala.

Nicolás se volvió hacia él.

Buscó alguna señal de alivio en su rostro. Elías mantenía las manos en los bolsillos y la vista apartada de la cámara.

Antes de que pudiera acercarse, la voz de Valeria pronunció el siguiente nombre.

—Tomás.

Tomás levantó la cara.

Una puerta se abrió en la planta superior.

Desde dentro llegó música.

Una canción lenta.

Valeria continuó:

—Ponte algo bonito. Esta noche vamos a recordar lo orgulloso que estabas de mí.

Tomás palideció.

Reconocía la canción.

Y, por primera vez, no encontró nada que decir.


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María Magdalena. La Diosa Prohibida Del Cristianismo, De Picknett, Lynn. Editorial Maeva, Tapa Pasta Blanda, Edición 1 En Español, 2005

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