Capítulo 5 de 35
La mujer que te avergonzaba
Tomás no se movió.
La música bajaba desde la planta superior y se extendía por la sala, suave, casi amable. Era una canción que había escuchado cientos de veces sin prestarle atención. Ahora bastaron los primeros acordes para que sintiera el nudo de una corbata alrededor del cuello.
—No voy a subir —dijo.
Nadie le respondió.
Seguían mirando las pantallas apagadas.
Gabriel llevaba menos de una hora muerto. La taza permanecía en el comedor. Su habitación seguía cerrada. En el pasillo, junto a la oficina de la prueba, había fragmentos de la silla que Esteban había roto intentando entrar.
El aire acondicionado, las lámparas y la música seguían funcionando.
Esa continuidad era lo que más asustaba a Nicolás. La casa no había cambiado después de matar a un hombre.
—Tomás —repitió la voz de Valeria—. Te estoy esperando.
Él miró hacia el techo.
—Ya hiciste tu espectáculo.
La música se interrumpió.
Durante un instante se oyó únicamente el sistema de ventilación.
Después, Valeria habló:
—Todavía no.
Una luz se encendió en el primer escalón.
Luego otra.
El camino iluminado ascendió hasta el descanso.
Tomás miró a Esteban.
—Vamos juntos.
Esteban seguía sosteniendo el trozo de silla.
—No voy a entrar en otra de sus habitaciones.
Aquella negativa dejó a Tomás con una expresión extraña.
Hasta ese momento había podido esconder el miedo detrás del desprecio. Ahora tuvo que quedarse con él delante de los demás.
Mateo dio un paso hacia la escalera.
—Puedo acompañarte hasta la puerta.
Tomás asintió sin agradecer. Elías se apartó para dejarlos pasar.
Al subir, Tomás tuvo que tocar el barandal. Tenía las manos húmedas.
La puerta abierta estaba al final del corredor derecho.
Desde fuera parecía conducir a un salón pequeño. Había flores blancas, copas dispuestas sobre varias mesas y una pared cubierta de fotografías. Una lámpara de cristal arrojaba reflejos sobre el suelo oscuro.
Tomás se detuvo en el umbral.
Reconoció las flores.
Reconoció la distribución de las mesas.
Incluso reconoció el mantel mal acomodado en una esquina.
—¿Qué es esto? —preguntó Mateo.
Tomás no contestó.
En una silla, junto a la entrada, había un traje. Sobre la chaqueta descansaba una tarjeta.
EL ANFITRIÓN DEBE ESTAR PRESENTABLE.
Mateo miró el traje y luego a Tomás.
—¿Qué pasó aquí?
Tomás apartó la tarjeta.
—Una cena.
—¿Con ella?
Él apretó la mandíbula.
La pantalla situada frente a las mesas se encendió.
Valeria apareció con un vestido color vino y el cabello recogido. Llevaba los mismos aretes que Tomás había visto sobre ella la noche que estaba tratando de olvidar.
—Buenas noches —dijo—. Gracias por venir.
Mateo se volvió hacia Tomás. Este había palidecido.
—Déjanos solos —ordenó.
—Tomás…
—Que te vayas.
Mateo retrocedió hasta el pasillo.
Tomás entró.
La puerta comenzó a cerrarse.
Antes de que se juntara con el marco, Mateo puso una mano en el borde.
Tomás lo miró.
Durante un segundo pareció que iba a pedirle que se quedara.
Después bajó los ojos.
Mateo retiró la mano.
Valeria conoció a Tomás en una recepción donde no quería estar.
Una amiga le había conseguido trabajo para ayudar con los invitados. Debía recibir abrigos, indicar las mesas y revisar que nadie se llevara por error las bolsas de obsequios.
Llevaba zapatos nuevos.
A las dos horas le dolían tanto los pies que empezó a apoyar el peso en uno y luego en otro.
Tomás la vio desde el vestíbulo.
Se acercó con una copa de agua.
—Creo que necesitas esto más que yo.
Valeria sonrió.
—¿Se me nota tanto?
—Solo cuando piensas que nadie te está mirando.
Ella recibió la copa.
Él no se fue. Le preguntó su nombre, si trabajaba siempre allí, qué hacía cuando no tenía que vigilar abrigos ajenos.
Valeria le contó que daba clases y escribía.
Tomás levantó las cejas.
—¿Escritora?
Ella se encogió de hombros.
—Escribo. Lo otro todavía me da vergüenza decirlo.
—Pues deberías decirlo más.
Aquella frase le gustó.
No porque fuera extraordinaria, sino porque Tomás la pronunció sin ironía. Como si no hubiera nada ridículo en querer dedicarle una parte de la vida a algo que todavía no daba dinero.
Más tarde, al terminar la recepción, él la encontró sentada en un escalón detrás del edificio. Tenía un zapato en la mano.
—Eso se ve grave —dijo.
Valeria se rio.
Tomás se sentó a su lado sin preocuparse por ensuciar el pantalón.
Le ofreció llevarla.
Ella se negó al principio. Él no insistió de una manera que la hiciera sentirse obligada.
Se quedó conversando hasta que llegó el taxi que había pedido.
Antes de cerrar la puerta, le dio su número.
—Para cuando termines algo que quieras que lea.
Valeria lo guardó.
A la mañana siguiente le escribió.
Tomás se puso la chaqueta sobre la camisa que llevaba desde el secuestro.
No encontró otra. El traje le quedaba bien.
Demasiado bien.
Se palpó los bolsillos.
Vacíos.
Sobre la mesa principal había una copa de agua y un micrófono. Frente a ella, las sillas miraban hacia un pequeño atril.
Las flores desprendían un olor dulce.
Tomás buscó una salida.
Había una segunda puerta al fondo, pero estaba cerrada.
En la pantalla, Valeria esperó hasta que volvió.
—Hoy vas a presentar mi libro.
Tomás soltó una risa sin fuerza.
—¿Por eso es todo esto?
Ella mantuvo la mirada en él.
—Esta habitación, sí.
—Nunca te dije que no escribieras.
La pantalla cambió.
Apareció la portada de un manuscrito.
La casa de las ventanas abiertas
Valeria Montes
Tomás conocía el título.
Lo había escuchado demasiadas veces, según recordaba haber dicho.
Debajo apareció un video.
Se vio a sí mismo en aquella recepción, con una copa en la mano y la chaqueta desabrochada.
Una voz fuera de cuadro preguntó:
—¿Y Valeria a qué se dedica? El Tomás de la grabación sonrió.
—Da clases. Y tiene sus ocurrencias literarias.
Hubo risas.
En la habitación, Tomás dejó de sonreír.
Los primeros meses habían sido fáciles.
Tomás reservaba mesas en lugares que Valeria no conocía. Se acordaba de cómo tomaba el café y preguntaba por las historias que escribía. Cuando la acompañaba a casa, esperaba a verla entrar antes de arrancar.
Un sábado la llevó a una feria del libro. Ella se detuvo frente a un puesto y abrió una novela usada. En la primera página había una dedicatoria antigua.
Tomás observó cómo la leía.
—¿Qué dice?
Valeria se la mostró.
Él compró el libro sin que ella lo advirtiera.
Al entregárselo, había escrito debajo de la dedicatoria:
Para que esta historia encuentre a alguien que sí se quede.
Valeria pasó el dedo por la tinta.
Lo besó entre los puestos, rodeada de gente.
Tomás la sostuvo por la cintura.
Después le dijo al oído:
—Cuando salga el tuyo, voy a comprar el primero.
Ella lo creyó.
Lo creyó tanto que, durante semanas, al sentarse a escribir, imaginaba el libro terminado sobre una mesa y a Tomás llegando con un ramo de flores.
La transmisión apareció en las pantallas de la sala. Mateo bajó sin hablar.
Bruno se acercó.
—¿Qué hay arriba?
—Una fiesta.
Nicolás levantó la cabeza.
—¿Una fiesta?
Mateo señaló la pantalla.
Vieron a Tomás de pie junto al atril.
A su alrededor, las sillas parecían vacías.
Luego la cámara cambió de ángulo.
Samuel retrocedió.
En cada silla había una figura de tamaño natural.
Cabezas lisas.
Manos apoyadas sobre el regazo.
Trajes oscuros.
Vestidos de noche.
En la imagen frontal, la sombra los había ocultado.
Ahora parecían invitados que llevaran mucho tiempo esperando sin moverse.
—¿Eso estaba ahí cuando entraste? —preguntó Nicolás.
Mateo asintió.
—No los vi hasta el final.
Elías permanecía junto al brazo del sofá.
La canción volvió a sonar.
Algunos de los rostros sin facciones se iluminaron desde abajo.
Bruno se llevó una mano al pecho.
—Qué enferma. Mateo miró la pantalla.
—Tomás dijo eso también.
El cambio comenzó con comentarios pequeños.
Una corrección al hablar.
Una mirada hacia su ropa antes de salir.
Un silencio incómodo cuando Valeria contaba algo delante de sus amigos.
Tomás empezó a decirle que ciertas cosas era mejor reservarlas.
—No todos entienden tu sentido del humor.
—No les cuentes lo de tus cuentos todavía.
—Esa blusa está bien para otra ocasión.
Valeria confundió esas observaciones con ayuda. Él conocía a la gente.
Sabía cómo comportarse en lugares que a ella todavía la intimidaban.
La primera vez que la corrigió frente a otros, ella se rio.
La segunda se quedó callada.
La tercera habló menos durante toda la cena.
Tomás pareció disfrutar más de su compañía aquella noche.
En el coche le acarició la rodilla.
—Así estás preciosa.
Valeria miró por la ventana.
No supo cómo decirle que llevaba dos horas sintiéndose pequeña.
En el salón de la casa, un reflector se encendió sobre el atril.
Tomás se cubrió los ojos con una mano.
Valeria habló desde la pantalla.
—Encontrarás el discurso sobre la mesa.
Había cuatro hojas.
Tomás tomó la primera.
Empezaba con una frase escrita por ella.
Esta noche quiero presentarles a alguien de quien estoy orgulloso.
La arrugó.
—No voy a leer esto.
Un murmullo surgió entre los invitados inmóviles.
Tomás se volvió.
Las voces parecían salir de las mesas.
Risas breves.
El tintineo de una copa.
Una tos.
La grabación de aquella fiesta.
—No voy a hacerlo —repitió.
En el comedor, Adrián volvió a mirar su plano.
La habitación estaba justo encima de la despensa.
Levantó los ojos hacia Esteban.
Este comprendió sin que dijera nada.
Ambos salieron de la sala.
Nicolás los vio pasar.
No los siguió.
No quería dejar de mirar a Tomás.
La noche de la presentación había sido idea de él.
Al menos, así se la vendió a Valeria. Una reunión con personas que podían ayudarla. Un editor conocido de un amigo. Una mujer que organizaba eventos culturales. Alguien que administraba una revista.
—Tienes que moverte —le dijo—. No basta con escribir en tu departamento.
Valeria aceptó.
Compró el vestido color vino después de probarse otros seis.
Tomás lo vio colgado en el armario.
—Me gusta. Pero no lleves demasiadas cosas encima.
Ella se quitó el collar.
Conservó los aretes.
Durante la cena esperó que él la presentara.
Cada conversación parecía abrir una oportunidad que terminaba cerrándose.
Cuando un invitado preguntó por ella, Tomás respondió antes de que pudiera hacerlo.
—Da clases. Y tiene sus ocurrencias literarias.
Valeria sonrió porque todos sonrieron.
Después dejó de hacerlo.
Más tarde, una mujer le preguntó qué estaba escribiendo.
Valeria empezó a contarle la historia de una familia que convertía su casa en una forma de encierro. Había hablado apenas un minuto cuando Tomás intervino.
—Lo está haciendo sonar mucho más dramático de lo que es.
La mujer se rio con incomodidad.
Valeria lo miró.
—No he terminado.
Tomás levantó la copa.
—Bueno, tampoco vamos a dar toda la conferencia aquí.
Hubo otra risa.
Esta vez Valeria oyó claramente quiénes se habían unido. Tomás le tocó la espalda.
Desde fuera habría parecido una caricia.
Los dedos se cerraron un poco sobre la tela.
Ella calló.
La pantalla del salón mostró una fotografía tomada aquella noche.
Valeria estaba al borde de un grupo.
Tomás ocupaba el centro.
Su mano descansaba sobre la cintura de otra mujer.
—Era una amiga —dijo él de inmediato.
Valeria apareció.
—Yo no te pregunté quién era.
Tomás miró el atril.
La segunda hoja había quedado expuesta.
Mi novia no tenía que demostrarles nada para merecer respeto.
Se acercó a la pantalla.
—Estás mezclando cosas.
—Entonces sepáralas.
Tomás abrió la boca.
La cerró.
El murmullo de los invitados aumentó.
Reconoció una carcajada.
La suya.
En la cocina, Esteban vació un estante de la despensa.
Adrián examinó el muro detrás. Nada.
Pasaron al siguiente.
Esteban dejó caer varias cajas al suelo.
Adrián encontró una franja de pintura distinta junto a la puerta estrecha.
Se inclinó.
—Aquí.
Esteban colocó los dedos sobre la unión.
No cedió.
Detrás de ellos, Nicolás apareció con el reloj de Valeria en la mano.
—¿Qué hacen?
—Buscamos cómo llegar arriba sin entrar por su puerta —respondió Adrián.
Nicolás miró el muro.
Desde el techo llegó la voz de Tomás.
No podían distinguir las palabras.
Sí el tono.
Esteban golpeó la superficie.
—Está aquí al lado.
Una cámara giró.
Los tres la miraron.
No sonó ninguna advertencia.
Aquello les dio más miedo que si Valeria hubiera hablado.
Después de la fiesta, Valeria no quiso entrar al departamento de Tomás.
Se quedó junto al automóvil, con el bolso contra el cuerpo.
—Te dije que no había terminado.
Él suspiró.
—Otra vez.
—Me interrumpiste delante de todos.
—Porque no te estabas dando cuenta.
Valeria esperó.
Tomás se pasó una mano por el cabello.
—No era el momento. No puedes llegar a una cena y convertirla en una lectura de tus problemas.
—Me preguntaron por mi libro.
—Por cortesía.
Ella sintió la vergüenza antes que el enojo.
Él lo advirtió.
Su expresión se suavizó.
Se acercó y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—No lo digo para lastimarte.
Valeria permaneció quieta.
—Quiero que sepas moverte en esos lugares.
—¿Y por eso tenías que reírte de mí?
Tomás retiró la mano.
—No me hagas esto después de todo lo que organicé por ti.
Ella miró hacia la entrada del edificio. Había querido pedirle un abrazo.
Algo que devolviera a su lugar lo que se había roto durante la cena.
En cambio, terminó explicando por qué había hablado, cuánto tiempo había hablado y por qué no había entendido antes que incomodaba.
Tomás la escuchó con impaciencia.
Cuando Valeria comenzó a llorar, miró alrededor.
—Baja la voz. Ella dejó de hablar.
—La gente está mirando.
Valeria comprendió que eso le preocupaba más.
En el salón, las figuras inmóviles recibieron un estallido de aplausos.
Tomás retrocedió.
Una de las cabezas giró lentamente hacia el atril.
Después otra.
Él tropezó con una silla.
—¡Basta!
La pantalla mostró a Valeria.
—Vuelve a tu lugar.
Tomás se lanzó hacia la puerta.
Tiró del picaporte.
La puerta seguía cerrada.
Detrás de él, varias voces comenzaron a repetir una frase.
Baja la voz.
Baja la voz.
Baja la voz.
Tomás golpeó la madera.
En la cocina, Esteban apartó a Adrián y dio un golpe contra la puerta de la despensa.
No se abrió.
Nicolás levantó la cara.
—¡Tomás! ¿Nos escuchas?
Arriba hubo un silencio.
Después llegó un golpe desde el otro lado del techo. Uno solo.
Tomás los había oído.
Adrián buscó algo entre los utensilios de la cocina.
Esteban volvió a golpear.
La voz de Valeria sonó directamente sobre ellos.
—Pueden seguir. Él necesita saber qué se siente cuando alguien intenta ayudar y no llega.
Los tres se quedaron inmóviles.
Arriba, Tomás empezó a gritar sus nombres.
Valeria había enviado el manuscrito a Tomás antes de la fiesta. Él lo compartió con dos amigos.
No se lo dijo.
Ella lo descubrió semanas después, cuando uno de ellos hizo una broma sobre un personaje.
Recordaba demasiado bien una escena que nunca le había contado.
Valeria preguntó de dónde la conocía. El hombre miró a Tomás.
Luego dijo que tal vez la había oído mencionar.
Esa noche revisó los mensajes en el teléfono de su novio mientras él estaba en la ducha.
No encontró una conversación sobre el libro.
Encontró páginas fotografiadas.
Frases subrayadas.
Comentarios sobre ella.
Todas escriben lo mismo cuando quieren sentirse especiales.
Tomás había respondido con un audio.
Valeria lo reprodujo una sola vez.
Se oía su risa. Después, su voz:
Si no le digo que es buenísimo, se pone imposible.
Cuando Tomás salió del baño, ella seguía sentada al borde de la cama.
Le mostró el teléfono.
Él no preguntó cómo se sentía.
Preguntó por qué había revisado sus cosas.
La pantalla del salón reprodujo aquel audio.
Tomás cerró los ojos.
Los invitados sin rostro permanecían orientados hacia él.
Al terminar la grabación, el aplauso volvió.
Más fuerte.
Tomás se tapó los oídos.
—¡Sí, me reí! —gritó—. ¡Sí, fui un idiota! ¿Eso quieres?
El sonido cesó.
Su respiración quedó expuesta en la habitación.
Valeria lo observó.
—Quiero que termines el discurso.
Tomás miró las hojas.
La tercera estaba doblada por la mitad.
La abrió con las manos temblorosas.
Compartí algo que ella me había confiado para conseguir una risa.
Levantó la vista hacia la cámara.
Durante un instante pensó en negarse otra vez.
Después vio la puerta cerrada.
Vio las figuras. Recordó la mano de Gabriel contra el cristal.
Regresó al atril.
—Compartí algo que ella me había confiado —leyó— para conseguir una risa.
Su voz perdió fuerza al llegar al final.
La luz del reflector se hizo más suave.
Nada más.
Tomás pasó a la última página.
Era casi una hoja en blanco.
Solo había una pregunta.
¿TE AVERGONZABA MI LIBRO O QUE YO CREYERA EN ÉL?
Abajo, Nicolás regresó a la sala.
Adrián y Esteban seguían en la despensa.
Mateo estaba de pie frente a la pantalla.
Samuel se había sentado en el suelo, lejos del lugar que Gabriel había ocupado.
Bruno observaba a Tomás sin hablar.
Elías no estaba.
Nicolás miró hacia el pasillo.
—¿Dónde fue?
Mateo tardó en comprender.
—Al baño, creo.
Nicolás recordó la cicatriz.
El reloj le resbaló entre los dedos y tuvo que sujetarlo con ambas manos.
No sabía qué buscaba exactamente.
Tal vez una explicación para aquel detalle.
Tal vez una razón para dejar de pensar en él. En la pantalla, Tomás seguía mirando la pregunta.
Nicolás salió al corredor.
—Las dos cosas —dijo Tomás.
La respuesta sorprendió incluso al hombre que la pronunció.
Valeria permaneció en silencio.
Tomás apoyó las manos en el atril.
—Me avergonzaba que hablaras como si ya fueras alguien importante.
La pantalla no cambió.
—Me gustaba cuando escribías para mí —continuó—. Cuando me enseñabas algo y esperabas que yo dijera si estaba bien.
Respiró.
Las figuras parecían escucharlo.
—No me gustaba que no me necesitaras para hacerlo.
Al decirlo, recordó una mañana.
Valeria había recibido la invitación de una revista para publicar un cuento.
Corrió hacia él con el teléfono.
Tomás la abrazó.
Después, mientras ella celebraba, preguntó cuánto pagarían.
Cuando Valeria dijo que no habría pago, él sonrió.
Entonces tampoco es para tanto.
Recordaba su propia satisfacción al verla calmarse.
Ahora tuvo que quedarse frente a ella con ese recuerdo.
Valeria habló al fin.
—¿Por qué no te fuiste?
Tomás la miró.
La respuesta le llegó antes de que pudiera acomodarla de una forma más decente.
—Porque me gustaba cómo me mirabas.
En la pantalla, Valeria bajó los ojos.
Fue un movimiento breve.
Cuando volvió a levantar la cara, dijo:
—La presentación ha terminado.
La puerta se abrió.
Tomás no creyó que fuera a conseguirlo hasta que cruzó el umbral.
Salió despacio, esperando que algo lo detuviera.
Mateo subía la escalera en ese momento.
Se apartó para dejarlo pasar.
Tomás tenía la chaqueta torcida y una de las hojas todavía en la mano.
No la soltaba.
—¿Qué pasó? —preguntó Mateo.
Tomás siguió caminando.
—Déjame.
Al llegar a la sala, vio el asiento vacío de Gabriel.
Se quedó parado frente a él.
Bruno se levantó.
—¿Te dejó salir?
Tomás asintió.
Samuel comenzó a llorar otra vez, esta vez con una expresión casi aliviada.
Era posible salir de una prueba.
Era posible.
Entonces las pantallas se encendieron.
Aparecieron los siete nombres restantes. Junto a cada uno había una casilla vacía.
Valeria habló por los altavoces:
—Ya conocieron una parte de la historia de Tomás. Mañana decidirán quién merece quedarse con él.
Nadie entendió de inmediato.
Debajo de los nombres surgió una nueva instrucción.
NOMINACIÓN OBLIGATORIA.
Bruno miró a Mateo.
Esteban entró desde la cocina.
Tomás levantó la hoja que conservaba.
En el reverso, algo que no había visto dentro del salón:
SALIR DE LA HABITACIÓN NO SIGNIFICA HABER GANADO.
Nicolás encontró a Elías frente a una puerta del corredor inferior.
No era un baño.
Era una puerta sin nombre.
Elías se volvió antes de que pudiera acercarse más.
—Te estaban buscando —dijo Nicolás.
El hombre bajó una mano desde el picaporte.
—¿Quién?
—Yo.
Permanecieron quietos.
Nicolás miró la puerta.
Después las manos.
Elías llevaba la manga de la sudadera extendida hasta cubrir parte de los dedos.
—Tomás salió —dijo Nicolás.
Elías asintió.
—Escuché.
Desde la sala llegó la campana de las nominaciones.
Nicolás dio un paso.
—¿Qué te preguntó cuando te quedaste con Gabriel?
Elías sostuvo su mirada detrás de las gafas.
—Nada que ustedes no escucharan.
Nicolás apretó la caja del reloj. Elías había salido de una habitación donde otro hombre acababa de morir y hablaba de aquello sin tropezar con una sola palabra.
Elías miró el objeto.
Su expresión cambió apenas.
Un gesto demasiado rápido para interpretarlo.
Nicolás bajó los ojos hacia el regalo.
Cuando volvió a levantarlos, el hombre ya estaba caminando hacia la sala.
Nicolás se quedó frente a la puerta.
Del otro lado escuchó un sonido muy tenue.
Como si alguien acabara de contener una risa.
