Capítulo 6 de 35

El nombre que entregas

Nicolás permaneció frente a la puerta hasta que dejó de escuchar.

Nicolás había oído una exhalación corta. Al acercar la oreja ya no pudo distinguir si venía de una persona o del aire que circulaba detrás de la pared.

Acercó la oreja.

Nada.

Detrás de él, la voz de Esteban lo hizo enderezarse.

—¿Qué hay ahí?

—No sé.

Esteban miró el picaporte.

—¿Lo intentaste?

Nicolás negó.

No supo por qué mintió después:

—Está cerrado.

Esteban probó de todas formas.

La puerta no cedió.

Mientras Esteban seguía forcejeando, Nicolás intentó ordenar los nombres. Su historia con Valeria había comenzado trece años atrás. Gabriel había llegado después; luego Tomás, Adrián, Samuel, Esteban y Bruno, según las fechas que se habían arrancado unos a otros durante la primera discusión. Mateo había sido el último. Ninguno podía atribuir el encierro a una relación simultánea que justificara sus reproches. Eran historias sucesivas, separadas por años y por periodos en que ella había estado sola.

—Mañana volvemos —dijo—. Con algo que sirva.

Nicolás miró hacia la cámara del corredor.

Su luz roja permanecía encendida.

Cuando regresaron a la sala, Elías estaba sentado junto a Samuel. Tenía una taza entre las manos y escuchaba mientras el otro hablaba de su hermana.

No parecía el hombre que acababa de salir de una prueba mortal.

Nicolás se quedó mirándolo.

Elías levantó los ojos.

Luego volvió a prestar atención a Samuel.

Aquella noche nadie quiso dormir solo.

Esteban propuso llevar los colchones a la sala. Adrián comenzó a subir por el suyo antes de que alguien lo discutiera.

Tomás se quedó junto al sofá.

Seguía vestido con la chaqueta de la presentación. La última hoja del discurso sobresalía de su bolsillo.

Bruno lo miró.

—Si te dejó salir, será por algo.

Tomás no respondió.

—A lo mejor le gustó lo que dijiste.

—Cállate.

Bruno levantó las manos.

—Estoy intentando entender las reglas.

Tomás se quitó la chaqueta y la arrojó contra el respaldo.

—No hay reglas.

La frase hizo que todos se quedaran quietos.

Desde el suelo, Samuel habló casi en un susurro:

—Entonces no importa lo que hagamos.

Mateo se sentó junto a él.

—Sí importa.

—Gabriel eligió lo que decía la pantalla.

Nadie supo contestarle.

Elías dejó su taza en la mesa.

—Ella no prometió que las opciones fueran buenas.

Esteban se volvió.

—Tú saliste.

Elías sostuvo su mirada.

—Gabriel me llevó.

—Y tú regresaste.

—No sabía qué iba a pasar.

Esteban se acercó un paso.

Nicolás pensó que iba a golpearlo.

Adrián apareció en la escalera arrastrando un colchón y el ruido interrumpió la discusión.

Mateo se levantó para ayudarlo.

Durante unos minutos tuvieron algo sencillo que hacer: mover muebles, acomodar colchones, buscar mantas.

La cámara siguió sus desplazamientos. Al final, Elías eligió el lugar más cercano al corredor.

Nicolás se acostó donde pudiera verlo.

Tomás no se durmió.

Escuchaba las respiraciones de los otros y observaba la pared de pantallas. A veces una de ellas mostraba el contador de las nominaciones. Después volvía a apagarse. Había tratado de imaginar lo que diría si tenía otra oportunidad de hablar con Valeria.

La primera versión empezaba con una disculpa.

La segunda, con una explicación.

La tercera terminaba culpándola.

Descartó las tres.

En el bolsillo de la chaqueta seguía la hoja.

Salir de la habitación no significa haber ganado.

Pensó en la primera noche que Valeria durmió en su departamento.

Habían cenado tarde. Ella se quedó descalza en la cocina mientras él buscaba dos vasos.

Tomás recordaba haberla observado sin que lo advirtiera.

Valeria tenía el cabello sobre un hombro y tarareaba una canción que no terminaba de recordar. Él se acercó por detrás y le rodeó la cintura.

—Quédate.

Ella apoyó las manos sobre las suyas.

—¿Esta noche?

Tomás la besó junto a la oreja.

—Las que quieras.

Valeria giró entre sus brazos.

Lo miró como si le acabara de ofrecer algo mucho más grande que una cama.

Entonces él sí quiso que aquella mirada fuera para siempre. Lo que nunca quiso fue aprender a merecerla.

A las siete, las lámparas se encendieron de golpe.

Samuel se incorporó con un grito.

Bruno se cubrió la cara.

En la pantalla principal apareció Valeria.

No saludó.

—Hoy conocerán el confesionario.

Una puerta se abrió junto a la escalera.

Era distinta de la que Nicolás había examinado durante la noche. Dentro había una silla roja, una mesa pequeña y una cámara al frente. Sobre la pared, un letrero:

AQUÍ PUEDES DECIR LO QUE QUIERAS.

Esteban soltó una risa amarga.

—Claro.

Valeria continuó:

—Cada candidato deberá nominar a otro. La persona que reciba más votos acompañará a Tomás en la siguiente prueba.

Tomás se puso de pie.

—¿Y yo también voto?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para escoger compañía.

Bruno miró alrededor.

Nicolás vio el instante en que dejó de observarlos como personas y empezó a contarlos.

—¿Qué pasa si no votamos? —preguntó Adrián.

—La casa elegirá.

—¿Cómo?

Valeria no respondió a esa pregunta.

—No podrán nominar a Tomás. Su lugar ya está reservado. Elías no participa en esta ronda.

Esteban dio un paso hacia la pantalla.

—Otra vez.

La imagen cambió y mostró los nombres disponibles.

Nicolás.

Adrián.

Bruno.

Samuel.

Mateo.

Esteban.

—Entrarán en ese orden —dijo Valeria—. El voto es privado.

Nicolás miró la cámara.

Ya no creía que hubiera algo privado dentro de la casa.

Antes de entrar, fue al comedor.

La tarjeta de Gabriel seguía junto a su plato.

Nadie había retirado el lugar.

Nicolás tomó la tarjeta y la volteó.

El reverso estaba vacío.

Quiso guardarla. Después le pareció absurdo y la dejó donde estaba.

Cuando regresó, los demás lo esperaban.

Pasó junto a Elías.

Por primera vez vio claramente su pulgar.

La cicatriz no era idéntica a la que recordaba. La de Valeria estaba más cerca del nudillo.

O eso creyó.

Habían pasado años.

Elías cerró la mano alrededor de su taza.

Nicolás entró en el confesionario.

La puerta se cerró sin ruido.

El sillón rojo era demasiado cómodo.

Nicolás se sentó en el borde.

Frente a él, una pantalla mostraba su nombre.

Debajo apareció una pregunta:

¿A QUIÉN PREFIERES VER EN TU LUGAR?

—Eso no es lo que dijiste —murmuró.

La cámara permaneció inmóvil.

Aparecieron los nombres.

Nicolás apoyó las manos en las rodillas.

—No voy a elegir a alguien para que lo mates.

La voz de Valeria respondió:

—Vas a nominarlo para una prueba.

—Gabriel hizo una prueba.

Hubo un silencio.

Nicolás miró la lente.

—Valeria, por favor.

La pantalla mostró una cuenta de sesenta segundos. Él sintió que la habitación se encogía.

Pensó en Samuel llorando en el suelo. En Mateo acompañando a Tomás.

En Adrián intentando dibujar un plano.

En Esteban golpeando puertas.

Bruno había dicho que Gabriel eligiera de una vez.

Tomás no estaba disponible.

Nicolás pronunció un nombre.

—Bruno.

En la pantalla apareció:

VOTO REGISTRADO.

Se quedó sentado un momento más.

Lo que sintió después de votar no fue alivio.

Fue la necesidad de no encontrarse con Bruno al salir.

Adrián entró con la mano vendada.

Tardó menos.

Cuando salió, miró a Esteban y luego al suelo.

Bruno fue el tercero.

Se quedó de pie frente al sillón.

—Quiero dejar algo claro —dijo a la cámara—. Esto no significa que esté de acuerdo.

La lista de nombres apareció.

Bruno leyó cada uno.

Pensó en quién podía serle útil.

Nicolás parecía distraído por sus recuerdos.

Adrián encontraba cosas.

Esteban era capaz de golpear una puerta durante una hora.

Mateo no se quebraba con facilidad. Samuel no había dejado de llorar.

Bruno se sentó.

—Samuel.

La pantalla confirmó el voto.

Él alzó un dedo.

—Pero no porque quiera que le pase nada.

La cámara no contestó.

Samuel tuvo que entrar dos veces.

La primera llegó hasta el umbral y retrocedió.

Bruno suspiró.

—Es una silla, Samuel.

Mateo se volvió hacia él.

—Déjalo respirar.

Samuel apoyó las manos en las rodillas.

Cuando logró enderezarse, pasó al confesionario.

Se sentó y miró la cámara.

—No sé.

Los nombres aparecieron.

—No los conozco.

La cuenta comenzó.

Samuel respiró por la boca.

A los treinta segundos empezó a llorar.

A los quince, se limpió los ojos con ambas manos.

A los ocho dijo:

—Bruno. No alzó la vista después.

Mateo permaneció varios minutos dentro.

Cuando salió, tenía una expresión que Nicolás no consiguió interpretar.

Esteban entró a continuación.

Su voz atravesó la puerta antes de que se cerrara por completo.

—Si quieres que diga un nombre, lo digo. Pero no te confundas.

Tomás fue el último.

Al llegar al sillón rojo, encontró la misma pregunta.

¿A quién prefieres ver en tu lugar?

Se sentó.

Durante un momento miró el espacio reservado para el nombre de Mateo.

Era el único que había subido con él.

El único que había puesto una mano en la puerta antes de que se cerrara.

Tomás apartó los ojos.

Pronunció otro nombre.

Al salir, Mateo lo esperaba cerca de la escalera.

—¿Estás bien?

Tomás siguió caminando.

—No me preguntes eso.

La casa les dio una hora.

No les dijo para qué.

Bruno comenzó a preparar comida porque necesitaba mover las manos. Adrián volvió a su plano. Esteban examinó el marco de la puerta principal.

Samuel se sentó lejos de todos.

Mateo llevó un plato hasta él.

—Come un poco.

Samuel negó.

—Dije un nombre.

Mateo se quedó de pie.

—Todos dijimos uno.

—Pero yo lo dije.

Su voz se quebró.

Mateo dejó el plato a su lado.

En el otro extremo del comedor, Tomás escuchó la conversación.

Recordó otra mesa.

Una cena en casa de sus amigos.

Valeria había hablado poco aquella noche. Él lo consideró una mejora.

Después de descubrir que Tomás había compartido su manuscrito, Valeria dejó de enseñarle lo que escribía. Él notó el cambio enseguida.

Primero se alegró de no tener que leer.

Luego empezó a preguntarse a quién se lo mostraba.

Una tarde encontró el nombre de una editora en su teléfono.

Valeria había enviado un cuento por su cuenta.

Tomás leyó la conversación mientras ella estaba en el baño.

La editora proponía correcciones y pedía otro texto.

No había halagos exagerados.

Tampoco burlas.

Cuando Valeria salió, él dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Ahora ya no me cuentas? Ella miró la pantalla abierta.

—¿Por qué estabas leyendo eso?

Tomás no respondió.

—Te pregunté si ya no me cuentas.

Valeria tardó en hablar.

—No quería que lo mandaras a tus amigos.

Él retrocedió como si lo hubiera golpeado.

—Ya te pedí perdón por eso.

—No.

Tomás frunció el ceño.

Valeria se obligó a mantener la voz tranquila.

—Me dijiste que no aguantaba una broma.

Él soltó el aire.

—Es lo mismo.

Ella miró su manuscrito sobre el escritorio.

Tenía varias páginas corregidas.

Por primera vez en meses, había disfrutado trabajar en ellas.

Tomás siguió su mirada.

—No sé qué te estará prometiendo esa mujer.

—No me prometió nada.

—Solo digo que tengas cuidado. Hay gente que se aprovecha de cualquiera que quiere sentirse especial.

Valeria recogió el teléfono.

No discutió.

Eso fue lo que más lo enfureció.

Al terminar la hora, todas las pantallas mostraron a Valeria. Detrás de ella había una mesa con siete sobres.

—Las nominaciones han concluido.

Los hombres se reunieron en la sala.

Elías permaneció junto a la escalera.

Valeria tomó el primer sobre.

—Nicolás nominó a Bruno.

Bruno se volvió de inmediato.

—¿Qué?

Nicolás sostuvo su mirada unos segundos y luego la apartó.

—Dijiste que era privado —protestó Adrián.

Valeria dejó el sobre en la mesa.

—Lo fue mientras votaban.

Tomás sintió que se le enfriaban las manos.

El segundo sobre se abrió.

—Adrián nominó a Samuel.

Samuel lo miró.

Adrián se enderezó.

—Pensé que Tomás podía ayudarlo a pasar la prueba.

Bruno soltó una risa.

—Claro que pensaste eso.

Adrián se volvió hacia él.

—No hables.

Valeria tomó el tercer sobre.

—Bruno nominó a Samuel.

Samuel bajó la cabeza.

El cuarto:

—Samuel nominó a Bruno.

Bruno abrió la boca.

No dijo nada.

La casa parecía escuchar incluso lo que se quedaba sin decir.

El quinto sobre crujió entre los dedos de Valeria.

—Mateo nominó a Esteban.

Esteban lo miró fijamente.

Mateo no se apartó.

—Cuando tienes miedo, buscas a quién empujar —dijo.

Esteban dio un paso.

—Cuidado.

—Ahora mismo lo estás haciendo.

La voz de Valeria interrumpió:

—Esteban nominó a Samuel.

Samuel se llevó ambas manos a la cara.

Tres votos.

Nicolás los contó antes de que la pantalla los mostrara.

Tomás miró el último sobre.

Valeria lo abrió despacio.

—Tomás también nominó a Samuel.

Mateo se volvió hacia él.

Tomás apretó las manos.

—Tenía que decir alguien.

Samuel levantó la cabeza.

Ya no lloraba.

Aquello fue peor.

—Cuatro —dijo.

Nadie respondió.

Samuel miró a cada uno de los hombres que habían pronunciado su nombre.

Adrián.

Bruno.

Esteban.

Tomás.

Después se puso de pie.

—Ya entendí.

Valeria desapareció.

La pantalla mostró dos fotografías.

Tomás.

Samuel.

Debajo, una frase:

LA AUDIENCIA HA ELEGIDO.

—No somos una audiencia —dijo Mateo.

Valeria habló por los altavoces.

—Anoche miraron.

Mateo alzó la cara hacia la cámara.

—Intentamos abrir.

—Algunos.

Esteban golpeó el respaldo del sofá.

—No vas a ponerlo sobre nosotros. Tú cerraste la puerta.

Hubo una pausa.

Cuando Valeria volvió a hablar, su voz había perdido aquella amabilidad que usaba para anunciar comidas.

—Sí. Yo la cerré.

Nadie se movió.

—Y ahora voy a abrir otra.

En el pasillo inferior se encendió una luz.

La puerta frente a la que Nicolás había escuchado la risa comenzó a abrirse.

Elías miró hacia ella.

Nicolás lo vio hacerlo.

Luego la voz de Valeria pronunció los nombres de los nominados.

—Tomás. Samuel. Acérquense.

La habitación tenía el aspecto de una sala de espera.

Paredes color crema.

Dos sillas.

Una planta artificial.

Un reloj sin segundero.

Al fondo había dos puertas. Sobre la primera se leía:

LO QUE DIJISTE.

Sobre la segunda:

LO QUE CALLASTE.

Samuel se detuvo junto a Tomás.

—Yo no quiero entrar.

Tomás miró hacia atrás.

Los demás estaban reunidos en el corredor.

Por primera vez, Samuel le pidió algo mirándolo directamente.

—No me dejes solo. Tomás sintió que la frase le llegaba desde otro momento.

Valeria, junto al automóvil después de aquella cena.

No me dejes irme así. Él tenía la mano sobre las llaves.

Le dijo que necesitaba espacio.

La vio caminar hacia la avenida con el vestido color vino y no fue detrás.

Ahora Samuel esperaba.

Tomás miró las dos puertas.

—Estoy aquí —respondió.

No supo si era una promesa o solo una descripción.

La pantalla de la sala de espera se encendió.

Valeria apareció sentada junto a una mesa.

Delante de ella había una caja.

Tomás la reconoció por el papel floreado.

Valeria la abrió y sacó el libro usado que él había comprado en la feria.

Lo sostuvo frente a la cámara.

La dedicatoria seguía en la primera página.

Para que esta historia encuentre a alguien que sí se quede.

Tomás tragó saliva.

Valeria cerró el libro.

—Vamos a ver cuánto duran tus palabras.

Las puertas del pasillo se cerraron detrás de ellos.

Samuel agarró la manga de Tomás.

Nicolás dio un paso hacia la entrada, pero Esteban lo sujetó del brazo.

—Espera.

En las pantallas de la sala apareció la imagen de ambos hombres. La transmisión tenía sonido.

Valeria continuó:

—Esta prueba comienza con algo sencillo. Uno hablará. El otro escuchará hasta el final.

Samuel no soltó la manga.

Tomás miró hacia la cámara.

—¿Y después?

Valeria permaneció inmóvil.

Luego puso el libro sobre la mesa.

—Después van a decidir qué hacer con la verdad.

Las dos puertas del fondo se abrieron al mismo tiempo.

Desde una de ellas llegó una grabación de la voz de Tomás.

Se reía.

Desde la otra se escuchó a Valeria llorar.

Samuel volvió lentamente la cabeza hacia él.

Tomás no pudo sostenerle la mirada.

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