Capítulo 7 de 35
Lo que nadie quiso escuchar
Samuel soltó la manga de Tomás.
Desde una de las puertas llegaba una risa. Desde la otra, el llanto de una mujer que intentaba hablar sin conseguirlo.
La sala de espera olía a pintura reciente.
Tomás miraba el suelo.
—¿Eres tú? —preguntó Samuel.
La risa volvió a sonar.
Tomás se pasó una mano por la cara.
—Sí.
Samuel retrocedió hasta una de las sillas.
No quería acercarse a ninguna puerta.
En la pantalla, Valeria abrió el libro usado por la página de la dedicatoria.
—Tomás entrará en la habitación de lo que dijo. Samuel, en la de lo que calló.
—Yo no estaba ahí —respondió Samuel.
—Por eso vas a escuchar.
Samuel miró la puerta por donde habían entrado.
Estaba cerrada.
Tomás levantó la cabeza.
—Dijiste que uno iba a hablar y el otro a escuchar.
—Así será.
La imagen de Valeria desapareció.
En su lugar apareció una instrucción:
NO INTERRUMPAS.
La habitación de Tomás contenía un sillón, una cámara y una pantalla vertical. Frente al sillón había una pared transparente que permitía ver la habitación contigua.
Samuel entró del otro lado.
Se quedó cerca del umbral, mirando a Tomás a través del vidrio.
En su habitación había una mesa pequeña y unos audífonos.
Tomás probó la puerta apenas se cerró.
No pudo abrirla.
En la pantalla frente a él apareció una fotografía.
Valeria estaba sentada en una mesa de restaurante. Sonreía, con el mentón apoyado en una mano. En la otra sostenía una pequeña flor amarilla.
Tomás recordó haberla arrancado de un jardín durante el camino. Era una flor insignificante.
Valeria la había guardado toda la noche. Debajo de la imagen surgió una pregunta.
¿QUÉ LE PROMETISTE ESE DÍA?
Tomás se sentó.
Durante varios segundos intentó convencerse de que no lo recordaba.
Al otro lado del vidrio, Samuel se puso los audífonos.
Habían salido de la ciudad un domingo.
Una mañana de su segundo año juntos, Tomás condujo hasta el pueblo donde Valeria quería conocer una librería. Estaba cerrada. Ella leyó el horario pegado al vidrio y, en vez de pedirle que regresaran, lo llevó hacia el olor del pan recién hecho. Caminaron por calles estrechas, compraron pan y entraron en un restaurante donde las mesas estaban cubiertas por manteles de plástico.
Tomás quiso buscar otro lugar.
Valeria ya se había sentado.
—Aquí huele bien.
Él la miró.
Tenía una forma de decidir algunas cosas que le gustaba cuando nadie más estaba presente. Se dejaba convencer por un olor, por una ventana abierta, por una señora que vendía algo en la puerta.
Pidieron lo mismo porque ella no conseguía elegir.
Durante la comida, Valeria le habló de una presentación pública.
La habían invitado a leer uno de sus cuentos.
Parecía emocionada y asustada.
—¿Y si me trabo?
—Sigues.
—¿Y si nadie escucha?
Tomás extendió la mano sobre la mesa. Ella puso la suya encima.
—Yo voy a estar ahí.
Valeria sonrió.
—¿Aunque te aburras?
—Aunque leas todo el cuaderno.
Por eso lo miraba así en la fotografía.
Porque él acababa de prometerle que no tendría que enfrentarse sola a algo que deseaba.
—Le prometí ir a una lectura —dijo Tomás.
La pantalla mostró:
¿FUISTE?
—No.
En la habitación contigua, Samuel cerró los ojos.
Por los audífonos no escuchaba la respuesta de Tomás.
Escuchaba un mensaje de Valeria.
Ya casi empieza. Estoy junto a la entrada.
Hubo un silencio.
Después otro mensaje.
Guardé una silla.
Samuel abrió los ojos y miró el asiento vacío frente a su mesa.
Encima había una tarjeta con el nombre de Tomás.
Tomás no había olvidado la lectura.
Recordaba incluso la ropa que había elegido para ir.
Pero aquella tarde recibió una llamada de un amigo. Había una reunión, una persona importante, una oportunidad que quizá no volvería.
Le escribió a Valeria que el trabajo se había complicado. Ella respondió enseguida. No importa. ¿Llegas un poco después?
Tomás no contestó.
Durante la reunión dejó el teléfono boca abajo.
Cuando volvió a mirarlo, encontró una fotografía del pequeño salón donde ella había leído. Las sillas eran distintas entre sí y el micrófono estaba sujeto a un soporte reparado con cinta.
Valeria aparecía junto a otras dos personas.
En lugar de preguntarle cómo había salido, Tomás escribió:
Se ve tranquilo el evento.
Ella respondió:
Sí.
Más tarde él preguntó si quería cenar.
Valeria dijo que estaba cansada.
Tomás se molestó.
Le había ofrecido verla.
No entendía por qué tenía que seguir pagando por algo que ya había terminado.
—Tuve trabajo —dijo en la habitación.
La pantalla reprodujo una fotografía de aquella reunión. Él estaba junto a una mesa de bebidas.
Un brazo alrededor de los hombros de su amigo.
En la parte inferior apareció la hora. La misma hora de la lectura.
Tomás miró hacia Samuel.
El otro tenía los audífonos puestos y observaba la silla vacía.
—No fue algo que pudiera cancelar —añadió.
La pantalla no respondió. Apareció otra pregunta:
¿QUÉ LE DIJISTE CUANDO INTENTÓ EXPLICARTE POR QUÉ LE DOLÍA?
Tomás se inclinó hacia delante.
La memoria le devolvió la frase completa.
No quiso pronunciarla.
Valeria había llorado dos días después.
Esperó hasta que estuvieron solos, porque ya había aprendido que cualquier dolor suyo podía convertirse en vergüenza para él si había testigos.
Tomás estaba comiendo frente al televisor. Ella se sentó en el extremo del sofá.
—Quería que fueras.
—Ya te dije que no pude.
—Lo sé.
Él siguió mirando la pantalla.
Valeria buscó una forma distinta de decirlo.
—Cuando empecé a leer, seguía pensando que ibas a entrar.
Tomás dejó el plato sobre la mesa.
—No sé qué quieres que haga ahora.
—Nada. Solo que me escuches.
Él se quedó callado.
Ella interpretó ese silencio como una oportunidad.
Le contó que había preparado la lectura pensando en él. Que miró la puerta varias veces. Que después recibió felicitaciones y no supo a quién llamar para compartirlas.
Tomás suspiró.
Valeria se detuvo.
—¿Ves? —dijo él—. Por eso a veces no te cuento las cosas. Siempre terminas haciéndome sentir como una mala persona. Ella abrió la boca.
Él continuó:
—No puedes depender de mí para todo.
Valeria se limpió una lágrima antes de que cayera.
Tomás miró el televisor.
—Aprende a estar sola.
En los audífonos de Samuel se oyó aquella última frase.
La voz de Tomás, conservada en un mensaje enviado después de la discusión, sonaba cansada.
Aprende a estar sola, Valeria. No puedo ser tu público cada vez que quieres aplausos.
Samuel se quitó los audífonos.
Tenía los ojos húmedos.
Tomás lo observó a través del vidrio.
—No sabes lo que había antes de eso.
Samuel no podía oírlo.
Tomás lo comprendió al ver que no reaccionaba.
Golpeó el cristal con dos dedos.
Samuel levantó la vista.
Entonces las pantallas de ambas habitaciones cambiaron.
PRIMERA PARTE CONCLUIDA.
Las puertas hacia la sala de espera se abrieron.
Nicolás había visto toda la prueba.
La transmisión alternaba entre los mensajes de Valeria y las respuestas de Tomás. No podían ayudar. Tampoco apartarse sin que el sonido los alcanzara en cualquier lugar de la planta baja.
Esteban terminó alejándose hacia la cocina. Adrián fue detrás de él.
Bruno permaneció sentado.
Elías, junto al corredor, tenía las manos metidas en los bolsillos.
Mateo observó la silla vacía en la pantalla.
—Ella guardaba lugares —dijo.
Nicolás lo miró.
Mateo pareció arrepentirse de haber hablado.
—¿Qué?
—Nada.
Pero Nicolás recordó que Valeria también había hecho eso con él.
En una fiesta familiar.
En una función de cine.
En el lado de una cama donde ella dejaba espacio incluso cuando él llegaba tarde.
Pensó en preguntarle a Mateo cuándo había sido su novio.
No encontró una forma de hacerlo que no sonara a interrogatorio.
Samuel regresó a la sala de espera antes que Tomás.
Se sentó con las manos entre las rodillas.
Tomás salió y lo encontró mirando el reloj.
—No fue siempre así —dijo.
Samuel levantó los ojos.
—¿Qué?
—Con ella. No fue siempre así.
Samuel no contestó.
Tomás se quedó de pie.
Le molestaba que aquel hombre, al que apenas conocía, tuviera ahora una parte de su historia y pudiera mirarlo desde ella.
—También hice cosas buenas.
Samuel se frotó los ojos.
—Supongo.
La respuesta lo desarmó.
Tomás había preparado una defensa contra la acusación, no contra el cansancio.
En la pantalla apareció Valeria.
—Ahora Samuel va a hablar.
Samuel se puso rígido.
—¿De qué?
—De lo que acaba de escuchar.
Tomás miró la puerta detrás de ella, visible en la imagen.
Se preguntó dónde estaba.
Cuánto tardaría en llegar si la encontrara.
Valeria continuó:
—No necesito que lo defiendas. Tampoco que lo condenes. Quiero que le digas lo que viste.
Samuel miró a Tomás.
Este se sentó enfrente.
La pantalla mostró un contador.
03:00
—Ella te estaba esperando —empezó Samuel.
Tomás cruzó los brazos.
—Eso ya lo sé.
La pantalla emitió un sonido.
El contador se detuvo.
INTERRUPCIÓN: 1 Ambos miraron hacia arriba.
Valeria habló:
—Tres interrupciones terminarán esta parte de la prueba.
—¿Y después? —preguntó Tomás.
No hubo respuesta.
El contador volvió a avanzar.
Samuel respiró profundamente.
—No te estaba pidiendo que dejaras todo por ella. Te estaba pidiendo que hicieras algo que habías dicho que ibas a hacer.
Tomás apretó los dientes.
Samuel continuó:
—Y cuando no fuiste, quería contarte que le había dolido.
Miró hacia la pantalla, buscando alguna señal de que lo estaba haciendo bien.
Valeria había desaparecido.
Solo quedaban los minutos.
—No sé por qué te enojó tanto que estuviera triste.
Tomás movió una pierna.
Recordaba aquella discusión de otra manera: la casa pequeña, el trabajo pendiente, el cansancio.
Nunca había recordado con tanta claridad la silla que ella había guardado.
—Supongo que… —empezó.
El sonido lo interrumpió.
INTERRUPCIÓN: 2
Samuel cerró los ojos.
—Por favor —dijo—. Déjame terminar.
Tomás se quedó inmóvil.
Samuel bajó la voz.
—Yo también me cansaba cuando ella quería hablar.
La confesión no parecía haber sido planeada.
Tomás lo miró.
—A veces pensaba que si esperaba un rato, se le iba a pasar.
El contador avanzaba.
Samuel tenía la respiración entrecortada.
—Y luego, cuando dejaba de hablar, me convencía de que ya estaba bien.
Desde la sala, Mateo se acercó a la pantalla.
Samuel no miraba a la cámara.
Se había olvidado de los demás.
—No sé qué nos pasó para escucharla solo ahora que tenemos miedo.
El contador llegó a cero.
Ninguno habló.
Valeria apareció.
Durante varios segundos miró a Samuel.
Luego se volvió hacia Tomás.
—¿Qué escuchaste?
Él observó al hombre sentado enfrente.
Podía repetir las últimas palabras.
Podía decir algo que sonara suficientemente arrepentido.
Pero todavía recordaba la mano de Gabriel contra el cristal.
—Que ella esperaba que cumpliera —respondió.
Valeria no se movió.
Tomás tragó saliva.
—Y que cuando le dolió, hice que tuviera que cuidarme a mí. Samuel bajó la cabeza.
La pantalla se apagó.
Una de las puertas de la sala de espera se abrió.
Al otro lado había un corredor estrecho.
Al fondo, dos sillas colocadas frente a frente.
Tomás dejó escapar el aire.
Samuel se puso de pie.
—¿Ya terminó?
La voz de Valeria salió del altavoz.
—Todavía falta lo que hiciste cuando ella dejó de callarse.
Tomás se detuvo.
El final de su relación había ocurrido en una reunión pequeña.
Valeria no sabía que iba a terminar esa noche.
Llegó con un vestido sencillo, una bolsa de tela y un cuento impreso que una editora había aceptado publicar.
No pensaba leerlo.
Solo quería contarlo.
Durante la cena, una amiga de Tomás le preguntó por su trabajo.
Valeria habló de la revista.
Esta vez Tomás no pudo interrumpirla de inmediato porque alguien le pidió que explicara de qué trataba el cuento.
Ella respondió.
Habló apenas un minuto.
Tomás hizo una broma.
La de siempre.
Que pronto iba a tener que pedir cita para hablar con una celebridad. Valeria lo miró.
Los demás sonrieron.
Ella no.
—No necesitas hacer eso —dijo.
Tomás levantó las cejas.
—¿Qué cosa?
—Burlarte cada vez que cuento algo que me importa.
La mesa quedó en silencio.
Tomás dejó la copa.
—Era una broma.
Valeria sostuvo su mirada.
—No me dio risa.
Él observó a sus amigos.
Aquel pequeño gesto fue suficiente para que ella comprendiera que la conversación ya no trataba de su dolor.
Trataba de haberlo dejado mal delante de otros.
Tomás se levantó.
—Ven un momento.
Valeria negó.
—Podemos hablar aquí.
Él se acercó y le sujetó el brazo.
No con fuerza suficiente para que alguien interviniera de inmediato.
Sí para indicarle que no era una invitación.
Ella se soltó.
Una mujer al otro extremo de la mesa apartó la servilleta.
Tomás bajó la voz.
—No me avergüences. Valeria lo miró como si lo estuviera viendo sin la ayuda de sus propios recuerdos.
—Eso es lo que tú haces conmigo.
Él dejó de sonreír.
La llevó hacia la cocina con una mano en la espalda.
Allí le dijo que se estaba volviendo insoportable.
Que le debía una disculpa.
Que nadie quería estar cerca de una mujer que convertía todo en un problema.
Cuando regresaron al comedor, Valeria recogió su bolsa.
Tomás no la acompañó a la puerta.
Apenas ella salió, volvió a sentarse.
—Está muy sensible últimamente —dijo.
La conversación continuó.
En el corredor de la casa, las luces se encendieron una a una.
Las dos sillas estaban situadas bajo un único reflector.
No había vidrio entre ellas. Sobre una descansaba la bolsa de tela que Valeria había usado aquella noche.
Tomás se acercó.
Dentro encontró el cuento impreso.
La primera página estaba doblada.
Reconoció las correcciones en tinta azul.
Samuel permaneció unos pasos detrás.
—¿Qué pasó después? —preguntó.
Tomás no respondió.
La pantalla del fondo se encendió.
Mostró la grabación de una cámara situada frente a un edificio. Valeria salía sola.
Caminaba hasta la esquina.
Se detenía para sacar el teléfono.
La imagen no tenía sonido.
Debajo apareció la hora.
Tomás sintió una vergüenza nueva, distinta de la que había sentido ante las figuras de la fiesta.
Aquella era una escena en la que él no estaba. Había seguido cenando mientras ella intentaba decidir a quién llamar.
Valeria habló desde el altavoz del techo.
—Esa noche volví a mi casa y te pedí que no compartieras nada más de lo que te había dado.
En la pantalla surgió la conversación.
Tomás la leyó sin querer.
Su respuesta:
Si no quieres que la gente se ría, escribe algo mejor.
Samuel se quedó mirándolo.
Tomás apretó el cuento entre las manos.
—Estaba enojado.
Nadie contestó.
Él levantó la cabeza hacia la cámara.
—Estaba enojado porque me enfrentaste delante de todos.
La pantalla cambió.
Un solo mensaje de Valeria ocupó toda la superficie:
¿Y dónde podía hacerlo sin que dejaras de escuchar?
Abajo, Esteban regresó a la sala. Se había quitado la venda improvisada que llevaba en una mano. La piel estaba enrojecida por los golpes contra las puertas.
—Encontré algo —dijo a Adrián en voz baja.
Nicolás los vio acercarse junto a la cocina.
No alcanzó a escuchar el resto.
En la pantalla, Tomás seguía inmóvil con las páginas en las manos.
Elías se sentó.
Tenía el rostro orientado hacia la transmisión.
Bruno lo observó.
—¿No te da miedo?
Elías tardó en responder.
—Sí.
—Pues no parece.
Elías miró a Samuel en la pantalla.
—No sabes cómo me veo cuando tengo miedo.
Bruno no supo qué hacer con aquella respuesta.
Volvió a mirar la prueba.
Valeria les pidió que se sentaran.
Tomás ocupó la silla donde estaba la bolsa.
Samuel se acomodó enfrente.
Entre ambos había una pequeña mesa redonda. Sobre ella, dos tarjetas boca abajo.
—Lo que viene no depende de que me pidan perdón —dijo Valeria—. Depende de que puedan quedarse frente a algo que les incomoda.
Samuel miró las tarjetas.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Denles la vuelta.
Tomás fue primero.
Su tarjeta decía:
ESCUCHAR.
Samuel levantó la suya.
CONTAR.
En la pared apareció una cuenta de cinco minutos.
Samuel miró a Tomás.
La voz de Valeria continuó:
—Cuéntale cuándo empezaste a fingir que no me escuchabas.
Samuel dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Eso es mío.
Hubo un silencio.
—Sí —respondió Valeria.
Samuel alzó los ojos hacia la cámara.
—No quiero que todos lo oigan.
En la sala, las pantallas se apagaron.
Bruno se puso de pie.
—¿Qué pasó?
Nicolás miró la cámara.
Elías no se movió.
Dentro del corredor, Samuel vio desaparecer la pequeña luz que indicaba la transmisión.
No supo si creerlo.
Tomás se inclinó hacia delante.
—Estoy escuchando.
Samuel se frotó las manos. Comenzó con una noche de lluvia.
Con una llamada que no había querido contestar.
Con Valeria diciendo que necesitaba compañía.
Y con él decidiendo que el teléfono sonaría menos si lo dejaba en otra habitación.
Tomás no habló.
Esta vez consiguió escuchar hasta el final.
Cuando la transmisión regresó, la cuenta había terminado.
Samuel tenía las manos apoyadas sobre la mesa.
Tomás miraba las páginas del cuento.
Las puertas del corredor se abrieron.
Ambos levantaron la cabeza.
Podían ver la sala de espera.
Más allá, la entrada al pasillo de la casa.
Samuel se puso de pie.
Tomás también.
Avanzaron despacio.
La puerta principal de la prueba permanecía abierta.
Desde la sala, Mateo corrió hacia ellos.
Samuel cruzó primero.
Tomás lo siguió.
Antes de salir, se detuvo. Sobre una mesa junto a la entrada estaba el libro de la feria.
No había estado allí al comienzo.
La dedicatoria quedaba expuesta.
Tomás lo tomó. Durante unos segundos nadie habló.
Luego la campana sonó.
Todos se tensaron.
En la pantalla apareció Valeria.
—Hoy aprendieron que escuchar no les quita nada.
Tomás sostenía el libro contra el cuerpo.
—Entonces déjanos ir.
Valeria lo miró.
—Hoy no habrá eliminación.
Samuel comenzó a llorar.
Se cubrió el rostro y se apoyó contra la pared.
Mateo puso una mano sobre su hombro.
La imagen de Valeria desapareció.
Les sirvieron cena.
Nadie sabía si aquella tregua era un regalo, una estrategia o el principio de algo peor.
Samuel comió unos pocos bocados.
Tomás dejó el libro sobre la mesa y no se separó de él.
Bruno preguntó qué había dicho Samuel cuando apagaron la transmisión.
Mateo le respondió antes que él:
—No importa.
Bruno miró a Tomás.
Este bajó los ojos hacia la dedicatoria.
—No voy a contarlo.
Nicolás escuchó la respuesta.
Era la primera cosa que Tomás hacía dentro de la casa que no parecía destinada a protegerse. No supo si eso serviría de algo.
Más tarde, Adrián encontró a Nicolás junto a la escalera.
Le mostró su plano.
En el muro de la despensa había añadido una línea estrecha que terminaba detrás de la habitación de la prueba.
—Esteban encontró una corriente de aire junto al marco.
Nicolás miró el dibujo.
—¿Una salida?
—O un pasillo.
Ambos observaron las cámaras.
Adrián bajó la voz.
—Cuando las pantallas se apagaron, también dejó de girar la de la cocina.
Nicolás sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Cuánto tiempo?
—Casi cinco minutos.
Desde la sala llegó la voz ronca de Elías.
Preguntaba dónde iban a dormir.
Nicolás guardó silencio hasta que dejó de oírlo.
Luego miró otra vez el plano.
—Mañana —dijo.
Adrián dobló la hoja.
Tomás subió solo a buscar una manta.
Al pasar frente al salón de la fiesta, encontró la puerta entreabierta.
Las figuras seguían sentadas.
El reflector estaba apagado. No quiso mirar más.
Entró en su habitación.
Sobre la almohada había un sobre blanco.
Se quedó inmóvil.
Después lo abrió.
Dentro encontró una fotografía del jardín de la casa.
Árboles altos.
Tierra oscura.
Una verja apenas visible entre las ramas.
Por primera vez veía el exterior. Al fondo de la imagen, dos animales permanecían junto al límite del bosque.
Tomás acercó la fotografía a la lámpara.
No parecían perros.
Debajo había una tarjeta escrita con la letra de Valeria.
SIEMPRE TE PREOCUPÓ LO QUE LA GENTE DECÍA CUANDO TE IBAS.
La volteó.
En el reverso, una segunda frase:
AQUÍ TAMBIÉN PUEDES ESCUCHARLO.
Entonces se oyó una risa.
Tomás levantó la cabeza.
Llegaba de un altavoz pequeño, oculto junto a la lámpara.
Era áspera, entrecortada.
No pertenecía a ninguna de las personas que estaban abajo.
Volvió a mirar los animales de la fotografía.
Uno de ellos tenía el hocico abierto.
La risa sonó otra vez. Tomás dejó caer la tarjeta.

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