Capítulo 8 de 35
Detrás de las paredes
Tomás bajó la escalera con la fotografía en una mano.
No llevaba la manta.
Nicolás lo vio detenerse en el descanso y mirar hacia el techo, como si algo hubiera venido siguiéndolo desde su habitación.
—¿Qué pasó?
Tomás no respondió.
Se acercó a la mesa y dejó la imagen frente a los demás.
Bruno fue el primero en tomarla.
—¿De dónde sacaste esto?
—Estaba en mi cama.
Samuel se inclinó para mirar.
En la fotografía, el jardín desaparecía entre troncos oscuros. Dos animales permanecían cerca de una verja, con el cuerpo inclinado y las cabezas levantadas hacia la casa.
Adrián acercó la imagen a la lámpara.
—Son hienas.
Samuel retrocedió.
—Aquí no hay hienas.
—En la foto sí.
Esteban tomó la tarjeta que acompañaba a la imagen.
Leyó ambas caras.
Luego la dejó sobre la mesa.
—Quiere que tengamos miedo de salir.
—Ya tenemos miedo de quedarnos —dijo Tomás. Bruno miró hacia la escalera.
—¿Las escuchaste?
Tomás asintió.
—Por un altavoz.
Esteban señaló la fotografía.
—Puede ser cualquier bosque. Puede haberla tomado en otro lugar.
Nicolás examinó la esquina inferior.
Entre la vegetación se distinguía un trozo de pared clara y una tubería que descendía hasta el suelo. Había visto una parecida detrás del fregadero.
No era una prueba de nada.
Tampoco podía dejar de mirarla.
Elías permanecía junto al sofá.
—Si hay una verja —dijo—, no están sueltas en todo el bosque.
Todos volvieron la cabeza hacia él.
Elías señaló la imagen.
—Se ve detrás.
Esteban le quitó la fotografía a Adrián.
—O está para que nosotros no salgamos.
A la mañana siguiente, la casa no los llamó.
Las lámparas se encendieron a la misma hora de siempre, pero no hubo saludo, campana ni instrucciones.
Encontraron pan y fruta en el comedor.
El lugar de Gabriel seguía dispuesto.
Bruno retiró su plato.
Lo puso sobre la encimera de la cocina sin decir nada. Samuel observó el movimiento.
Después acercó la silla vacía a la pared.
Nicolás sintió ganas de protestar.
No lo hizo.
La tarjeta con el nombre quedó sobre el mantel, aislada entre dos lugares.
Tomás llegó sin la chaqueta.
Traía el libro usado bajo el brazo.
Lo dejó junto a su taza.
Mateo señaló la fotografía del jardín, todavía sobre la mesa.
—¿Dormiste?
—No.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos, aquella respuesta los dejó en el mismo sitio.
Luego Esteban apareció con la libreta de Adrián.
Se sentó.
La abrió por el plano.
—Hoy vamos a comprobar esto.
Nicolás miró hacia la cámara.
La lente estaba orientada al comedor.
—Nos está escuchando.
Esteban no bajó la voz.
—Que escuche.
El plan de Adrián tenía más huecos que líneas. Había medido distancias contando pasos. Dibujó habitaciones que no había visto por dentro y dejó espacios blancos donde las medidas no coincidían.
Uno de esos espacios recorría el costado de la cocina. Terminaba cerca de la oficina donde Gabriel había muerto.
—Puede ser solo el grosor de los muros —dijo.
Esteban golpeó el plano con un dedo.
—Es demasiado ancho.
—No lo sé.
—Por eso vamos a mirar.
Mateo acercó la libreta.
—Si se abre, entramos juntos.
Esteban levantó los ojos.
—Todos no cabemos.
—Entonces nadie se adelanta.
Bruno señaló a Elías.
—Él puede ir primero.
Elías no respondió.
Samuel dejó su taza.
—No hagan eso.
Bruno lo miró.
—¿Qué?
—Elegir a otro cada vez que hay una puerta.
El silencio se prolongó.
Esteban cerró la libreta.
—Voy yo.
La puerta estrecha de la despensa seguía cerrada.
Esteban probó el picaporte.
Nicolás observó la cámara situada sobre los estantes. Su luz roja estaba encendida.
Adrián se arrodilló y pasó la mano junto al marco.
La corriente de aire continuaba allí.
—Se siente más abajo.
Tomás se quedó en la entrada de la despensa.
Samuel y Bruno esperaban en la cocina.
Mateo se acercó a Nicolás.
—¿Qué buscamos exactamente?
Nicolás miró el plano.
—Un lugar donde la casa no nos esté mirando.
Al pronunciarlo supo que era eso.
No una salida todavía.
Solo unos metros donde pudieran respirar sin imaginar a Valeria observando cada gesto.
Esteban volvió a tirar.
La puerta cedió.
Ninguno se movió.
El picaporte quedó en su mano, inclinado hacia abajo.
Adrián se puso de pie lentamente.
—Ayer estaba cerrada.
Esteban miró hacia la cámara.
No hubo campana.
No hubo voz.
Empujó.
Una franja de luz apareció al otro lado.
El corredor era estrecho y tenía las paredes sin terminar. Olía a polvo, metal y humedad. Había cables sujetos a lo largo del techo y varias puertas pequeñas. El suelo descendía suavemente.
Esteban entró primero.
Adrián lo siguió.
Nicolás avanzó detrás de ellos.
Mateo esperó en el umbral.
—No se alejen.
Elías apareció junto a la entrada de la cocina.
Tomás lo miró.
—¿Vienes?
El hombre negó.
—Alguien tiene que quedarse.
Tomás no insistió.
Entró al corredor.
La puerta de la despensa permaneció abierta.
Desde el interior, Nicolás todavía veía a Samuel junto a la mesa y a Bruno buscando algo que pudiera servir para sostenerla.
Ese rectángulo de cocina iluminada le pareció más seguro que cualquier lugar que hubieran encontrado hasta entonces.
La primera puerta daba a un armario de limpieza.
La segunda, a una habitación donde zumbaban equipos que ninguno supo identificar.
Adrián se acercó, pero Esteban le sujetó la muñeca.
—No toques nada.
—Si no tocamos nada, seguimos aquí.
—Y si apagamos lo único que mantiene abiertas estas puertas, también.
Adrián retiró la mano. La discrepancia no desapareció: dejó de buscar un único interruptor que pudiera salvarlos y empezó a fijarse en los accesos que no dependían de las pantallas.
Nicolás miró las luces diminutas. Había pensado en un cuarto de control con una silla y muchas pantallas.
No en aquel espacio frío donde las máquinas parecían trabajar sin necesitar a nadie.
En el costado de un armario había una placa gastada: SERVICIO ESCÉNICO. Bajo una capa de polvo, Adrián encontró etiquetas de inventario, números de decorados y el nombre de una empresa que ninguno conocía. Parte de las paredes móviles era más antigua que las cámaras. La casa había tenido otro uso antes de convertirse en su prisión.
Nicolás siguió con la mirada una guía empotrada en el suelo. Terminaba junto al corredor blanco; sobre ella descansaba una plataforma baja, de las que había visto mover equipos pesados en los teatros. Una manta oscura estaba enganchada en su borde. No quiso acercarse a comprobar la mancha que llevaba. Tomás avanzó hasta la siguiente puerta.
Tenía una pequeña ventana rectangular.
Miró dentro.
Después se apartó.
—Aquí.
Los otros se acercaron.
Al otro lado había un pasillo blanco.
Nicolás lo reconoció antes de ver la puerta de acero.
El corredor del congelador.
Esteban empujó.
No se abrió.
Adrián se inclinó hacia la ventana.
La puerta de acero estaba cerrada, pero junto a ella había una mesa auxiliar.
Encima descansaban una cartera y una bolsa transparente.
Nicolás vio el borde de una fotografía.
La madre de Gabriel.
Retrocedió.
Ya no quería mirar.
Tomás permaneció junto al vidrio.
—Está aquí.
Lo dijo como si todavía hubiera sido posible que Gabriel estuviera en otro lugar.
La primera vez que Tomás visitó el departamento de Valeria, ella se disculpó por el tamaño. Había libros sobre dos sillas, ropa secándose junto a una ventana y una mesa que servía para comer y trabajar.
Tomás recorrió el espacio.
Valeria se quedó cerca de la puerta, observándolo.
—Puedo quitar los libros.
—No hace falta.
Él tomó una taza.
Tenía una pequeña grieta cerca del asa.
—Me gusta.
Ella sonrió.
Esa noche cocinaron juntos.
Tomás cortó las verduras demasiado grandes. Valeria se burló y él le arrojó un trozo de servilleta.
Después comieron junto a la ventana.
No había mantel.
No había nada que él quisiera corregir.
Más tarde, acostados en la cama, Tomás escuchó cómo Valeria le hablaba de la casa que quería tener algún día.
Una habitación para escribir.
Un jardín pequeño.
Una mesa larga donde pudiera sentarse gente a la que quisiera.
—Yo puedo ayudarte con eso —dijo.
Valeria giró la cabeza hacia él.
—No te estoy pidiendo una casa.
Tomás le acarició el hombro.
—Ya sé.
Él recordaba haber disfrutado de aquella respuesta.
De sentirse generoso sin haber dado nada.
Ahora estaba delante de una puerta detrás de la cual guardaban a un hombre muerto.
La casa que Valeria había imaginado no se parecía a esa.
Tomás tuvo que recordárselo dos veces. Más adelante encontraron una abertura cubierta por una cortina negra.
Esteban la apartó.
El espacio del otro lado era pequeño. Había una silla, un monitor y una ventana larga.
Adrián se acercó al vidrio.
Dio un paso atrás.
—Es el comedor.
Nicolás se puso a su lado.
Podía ver la mesa completa.
La tarjeta de Gabriel.
La taza de Tomás.
El libro junto al plato.
Desde allí, alguien podía observarlos a pocos metros sin que ellos lo supieran.
Tomás entró despacio.
Miró la silla.
Luego el monitor.
Estaba encendido.
Mostraba la cocina.
Samuel permanecía junto a la entrada de la despensa.
Bruno había colocado una caja pesada contra la puerta.
Elías estaba sentado al fondo, con las manos entre las rodillas.
Nicolás soltó el aire.
No sabía que había estado reteniéndolo.
Esteban observó la habitación.
—Desde aquí los ve. Adrián señaló el monitor.
—O los graba.
Sobre una repisa había un vaso de agua.
Todavía tenía pequeñas gotas en el exterior.
Nicolás lo tocó.
Estaba frío.
Alguien había estado allí hacía poco.
En la cocina, Samuel miró a Elías.
—¿Crees que van a encontrar algo?
Elías levantó la cabeza.
—Sí.
Samuel se sentó frente a él.
—Yo no quiero volver a entrar en otra habitación.
Elías guardó silencio.
—Ayer, cuando se apagaron las pantallas, pensé que me iba a dejar decirlo sin que los demás escucharan.
—Lo hizo.
Samuel observó la puerta de la despensa.
—Pero tú no sabes eso.
Elías se quedó inmóvil.
Bruno dejó la caja en el suelo con un golpe.
—¿Cuánto más van a tardar?
Samuel se volvió hacia él.
Cuando miró de nuevo a Elías, este se había puesto de pie para recoger los vasos.
Nicolás encontró una libreta sobre la repisa. Era pequeña, de cubierta verde.
La abrió.
Las primeras páginas tenían líneas vacías.
En la cuarta había una lista.
No eran los nombres de los hombres.
Eran frases.
No hagas un drama.
Si me amaras, me ayudarías.
Nadie te va a querer como yo.
No era para tanto.
Algunas tenían una marca junto a ellas.
Otras no.
En el margen inferior había una palabra encerrada en un círculo:
APLAUSOS
Tomás se acercó.
Vio la palabra.
Después la silla colocada frente al comedor.
—Llévatela —dijo Esteban.
Nicolás cerró la libreta.
Al hacerlo, cayó una hoja doblada.
Adrián la recogió.
Tenía una fecha y una lista de objetos.
Flores.
Vino.
Vestido.
Libro. Tomás extendió la mano.
Adrián se la entregó.
Reconoció su propia letra antes de comprender qué estaba mirando.
Era la lista que había hecho para preparar aquella cena donde presentó a Valeria como una mujer con ocurrencias literarias.
En la parte inferior había anotado:
Que no lea.
Tomás se quedó mirando las tres palabras. Había decidido avergonzarla antes de que ella llegara.
No había sido un comentario desafortunado.
No había sido el mal humor de una noche.
Dobló la hoja.
La guardó en el bolsillo.
El monitor cambió de imagen.
Nicolás levantó la cabeza.
La cocina desapareció.
En su lugar apareció el cuarto donde estaban.
Se vieron frente al vidrio.
Esteban junto a la cortina.
Adrián cerca de la repisa.
Tomás con una mano en el bolsillo.
En la esquina superior brillaba una indicación:
EN DIRECTO
Mateo llamó desde el corredor.
—¿Nicolás?
Su voz sonaba más cerca de lo que parecía. Nicolás miró hacia la cortina.
En el monitor, una cuenta empezó a descontar.
00:30
Esteban se lanzó hacia la salida.
La cortina se movió.
Detrás de ella comenzaba a descender una puerta.
Esteban alcanzó a pasar.
Adrián lo siguió.
Nicolás tomó a Tomás del brazo.
—¡Vamos!
Tomás no se movió.
Estaba mirando el vidrio.
Al otro lado, en el comedor, las pantallas se habían encendido.
Valeria aparecía en todas.
Sentada.
Inmóvil.
Esperándolos.
Nicolás tiró con fuerza.
Tomás reaccionó.
Ambos cruzaron justo antes de que la puerta terminara de bajar.
El golpe sacudió el corredor.
Mateo los esperaba unos pasos más allá.
—La entrada sigue abierta —dijo.
Corrieron.
Bruno retiró la caja al verlos regresar. Uno tras otro salieron a la cocina.
Adrián se apoyó en la encimera.
Esteban volvió la cabeza hacia el corredor.
La puerta estrecha comenzó a cerrarse.
La sostuvo con ambas manos.
—¡Algo! ¡Traigan algo!
Mateo agarró la caja.
No llegó a tiempo.
Esteban tuvo que soltar para no dejar los dedos atrapados.
El cierre sonó con una suavidad ofensiva.
Después, silencio.
Samuel miró sus rostros.
—¿Qué encontraron?
Nicolás tenía la libreta verde bajo el brazo.
La dejó sobre la mesa.
Elías la observó.
No se acercó.
Tomás salió de la cocina sin responder.
Valeria los esperaba en la pantalla principal.
Nicolás se detuvo frente a ella.
La imagen de la mujer le pareció menos importante que el cuarto donde habían encontrado una silla todavía colocada para mirar.
—Estuviste ahí —dijo.
Valeria lo observó.
—Encontraron una parte de la casa.
Esteban se acercó.
—Hay pasillos detrás de las paredes.
—Sí.
—Y puedes entrar y salir sin que te veamos.
Valeria no respondió.
Nicolás alzó la libreta.
—¿Por qué nos dejaste encontrar esto?
En la pantalla, ella miró hacia abajo. El mismo gesto breve de otras veces.
Nicolás sintió una duda.
¿Lo estaba mirando a él?
¿O sabía qué momento venía después?
Valeria levantó la cara.
—Porque querían buscar.
La respuesta no encajaba del todo. Él dio un paso más.
—Hay una silla. Un vaso. Estuviste ahí mientras comíamos.
Valeria permaneció inmóvil.
Durante dos segundos pareció no escuchar.
Después habló:
—Ahora conocen el lugar desde donde alguien puede observar sin participar.
Tomás se volvió desde la escalera.
Elías estaba detrás de Samuel.
Nicolás lo buscó con la mirada.
Seguía allí.
Con los ojos puestos en la pantalla. Valeria levantó el libro usado.
En el comedor, junto a la taza de Tomás, seguía el mismo libro.
Tomás miró de la pantalla a la mesa.
Nicolás también.
La cubierta tenía la misma doblez. La misma mancha junto al lomo.
—Ese libro está aquí —dijo Tomás.
Valeria pasó un dedo por la dedicatoria.
No reaccionó.
Tomás avanzó.
—Te estoy hablando.
La mujer de la pantalla cerró el libro.
—Hay promesas que caben en una página.
Nicolás miró a Mateo.
Mateo había advertido lo mismo.
La imagen continuó.
—Y hay hombres que necesitan una casa entera para escucharlas.
Valeria dejó el libro sobre la mesa.
La pantalla se apagó.
Nadie habló durante varios segundos.
Luego apareció un mensaje:
GRABACIÓN CONCLUIDA.
Bruno soltó una maldición.
Esteban miró las cámaras.
—¿Cuántas veces?
Nicolás comprendió la pregunta. ¿Cuántas veces habían suplicado delante de una grabación?
¿Cuántas respuestas habían creído dirigidas a ellos?
Elías se apartó del grupo.
Samuel lo vio ir hacia la cocina.
—¿Adónde vas?
El hombre levantó un vaso vacío.
—Agua.
La voz de Valeria regresó por los altavoces.
Esta vez no había imagen.
—No todas las conversaciones necesitan que yo esté frente a ustedes.
Esteban levantó la cabeza.
—Entonces aparece.
—Todavía no.
Nicolás observó el corredor de la cocina.
Elías no estaba a la vista.
Pero había cámaras, micrófonos y pasillos.
Podía estar en cualquier lugar.
No consiguió ordenar la sospecha.
Tomás sacó la hoja doblada de su bolsillo.
La abrió frente a la pantalla apagada.
—Yo escribí esto.
La casa quedó en silencio.
—Decidí que no leyeras antes de que llegaras —continuó—. Y te dije que la cena era para ayudarte.
No miró a los demás.
—No sé qué quieres que haga con eso ahora. Valeria tardó en responder.
Cuando habló, su voz llegó desde el altavoz situado justo encima de él.
—Ponlo junto al libro.
Tomás obedeció.
Nicolás miró hacia la cocina.
Elías regresaba con un vaso.
Al mediodía, retiraron el plato de Gabriel.
Esta vez fue una instrucción.
La campana sonó y la pantalla mostró el comedor vacío.
Después apareció el nombre de Tomás.
Debajo, una hora.
21:00
Samuel se puso de pie.
—Dijiste que no habría eliminación.
La voz de Valeria respondió:
—Ayer.
Tomás dejó la taza.
El reloj digital de la sala, el que durante la primera noche había permanecido detenido, cambió por fin.
12:00
Nueve horas.
Nicolás vio a Tomás contar los lugares alrededor de la mesa.
Vio cómo se detenía en la silla de Gabriel.
Luego Tomás recogió el libro.
Lo abrió por la dedicatoria.
Las palabras seguían intactas. Para que esta historia encuentre a alguien que sí se quede.
Tomás pasó la mano por la página.
Ahora sabía que, a las nueve de la noche, quedarse podía significar algo que nunca había querido prometer.

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