Capítulo 9 de 35
La última ovación
A las ocho y cincuenta, Tomás dejó el libro en el lugar vacío de Gabriel.
Lo acomodó junto a la tarjeta con su nombre y retiró la mano despacio.
Nicolás lo observaba desde el otro extremo del comedor.
—Puedes llevarlo —dijo.
Tomás negó.
—Ya lo leí.
No era cierto. Había leído la dedicatoria muchas veces, pero apenas recordaba las primeras páginas de la novela.
Nicolás no lo corrigió.
Durante el día habían intentado abrir de nuevo la puerta de la despensa. Esteban terminó con los hombros doloridos y Adrián con una lista de medidas que ya no sabía cómo utilizar. La libreta verde permanecía sobre la mesa, junto al plano.
Ninguna de las frases que contenía les había ayudado a encontrar una salida.
A las nueve menos cinco se encendió una lámpara sobre la escalera.
Tomás levantó la cara.
Samuel estaba junto a él.
—Voy contigo.
Tomás lo miró.
Ayer lo había elegido porque le parecía el más débil.
Ahora aquel hombre era el único que se ofrecía a caminar a su lado.
—Hasta la puerta —dijo. Samuel asintió.
Esteban tomó una pata de la silla rota.
Mateo lo vio hacerlo.
—No te adelantes.
—No voy a quedarme mirando.
Nicolás se puso de pie.
Esta vez subieron todos.
El salón había cambiado.
Las flores blancas habían desaparecido. También las mesas, las copas y los manteles. Las figuras sin rostro estaban colocadas en filas, orientadas hacia un pequeño escenario al fondo. Sobre él había una silla.
Un atril.
Una pantalla.
Tomás se detuvo en la entrada.
La chaqueta que había arrojado sobre el sofá estaba extendida en el respaldo de la silla.
Nicolás sintió un escalofrío.
Nadie la había subido.
O nadie lo había visto hacerlo.
En la pantalla apareció Valeria.
—Buenas noches.
Tomás no buscó respuesta en los demás.
—¿Qué tengo que hacer?
—Terminar la presentación.
Él miró el atril.
Esta vez no había hojas.
—Ya lo hice.
Valeria sostuvo la mirada en la cámara.
—Leíste lo que escribí para ti. Ahora vas a decir algo tuyo.
Esteban se acercó al umbral.
—Entonces que hable aquí.
La imagen de Valeria permaneció inmóvil.
Su voz llegó desde los altavoces:
—Tomás puede entrar. Los demás permanecerán fuera.
Adrián miró las bisagras, el marco, el techo.
Nicolás sabía que estaba buscando un punto débil.
Samuel tomó el antebrazo de Tomás.
—No tienes que ir.
Tomás observó su mano.
Pensó en negarse.
En sentarse en el pasillo y obligarla a hacer lo que fuera a hacer allí, delante de todos.
Entonces las pantallas de la casa emitieron una campana.
La voz de Valeria se volvió más baja.
—La función empieza en dos minutos.
Tomás entró.
Esteban avanzó detrás de él.
Una puerta transparente descendió desde el marco. El hombre tuvo que apartarse.
La pata de silla chocó contra el borde y quedó del otro lado.
Esteban tiró de ella.
No consiguió recuperarla.
Tomás se volvió. Los siete rostros del pasillo quedaron separados del suyo por el vidrio.
Elías estaba al fondo.
Cerca de la escalera.
Tomás conoció a la madre de Valeria una tarde de invierno. La mujer vivía en una casa pequeña y puso una manta sobre las piernas de su hija mientras conversaban en el patio.
Tomás llevó flores.
Valeria lo había visto detenerse frente a una florería y elegirlas sin pedirle consejo. Aquel gesto la conmovió más de lo que quiso admitir.
Durante la comida, su madre le preguntó qué le gustaba de ella.
Tomás miró a Valeria.
Podía haber dicho muchas cosas.
Que leía hasta quedarse dormida.
Que escuchaba de verdad.
Que tenía una risa que empezaba tímida y terminaba sacudiéndole los hombros.
En cambio, dijo:
—Hace que todo sea más fácil.
La madre sonrió.
Valeria también.
Más tarde, mientras lavaban los platos, ella se apoyó contra su brazo.
—Nunca había traído a nadie aquí.
Tomás le besó la frente.
—Entonces voy a portarme bien.
Valeria levantó los ojos hacia él.
Él recordaba aquella confianza.
Recordaba haberla recibido como si fuera algo que le correspondía. El reflector se encendió.
Tomás avanzó hacia el atril.
La silla detrás de él tenía la chaqueta cuidadosamente doblada.
Frente al escenario, las cabezas lisas de los invitados comenzaron a orientarse hacia su lugar.
Una a una.
La primera fila.
Después la segunda.
Tomás tuvo que obligarse a no retroceder.
En la pantalla apareció una pregunta.
¿QUÉ AMABAS DE ELLA CUANDO NADIE TE ESTABA MIRANDO?
Nicolás la leyó desde el pasillo.
Samuel apoyó una mano en el vidrio.
Tomás miró hacia la cámara.
—Me gustaba estar con ella.
La pantalla no cambió.
Él bajó los ojos.
No había nada que leer.
—Cuando estábamos solos —continuó—, no tenía que pensar tanto en lo que decía.
Las figuras permanecieron inmóviles.
Tomás se aferró al borde del atril.
—Podía llegar cansado y ella me escuchaba. Me preguntaba cosas que los demás no preguntaban.
Se detuvo.
Estaba describiendo lo que recibía.
Todavía no había dicho nada de ella. La última llamada de Valeria llegó tres semanas después de la ruptura.
Tomás estaba en su automóvil.
Vio el nombre en la pantalla y esperó hasta el cuarto tono antes de contestar.
—¿Qué pasó?
Valeria respiró del otro lado.
—Quiero pedirte algo.
Él cerró los ojos.
—Si es por lo mismo…
—Borra mis textos.
Tomás miró hacia el parabrisas.
—No sé dónde están.
—Te los mandé. Están en tus correos. En el teléfono.
—Tengo cosas que hacer, Valeria.
Ella guardó silencio un momento.
Después habló con una voz que ya no intentaba tranquilizarlo.
—No son tuyos.
Tomás sintió el enojo antes de comprenderlo.
—Nunca dije que fueran míos.
—Entonces deja de enseñarlos.
Él colgó.
Al llegar a casa, abrió el correo.
Encontró el manuscrito.
Lo descargó otra vez.
No sabía para qué.
Lo guardó en una carpeta y siguió con su noche. Ahora, frente al atril vacío, ese recuerdo le pareció más desagradable que cualquiera de las bromas que habían reproducido.
Porque estaba solo cuando lo hizo.
Porque no había público al que culpar.
—Me gustaba cómo veía las cosas —dijo Tomás.
Su voz había cambiado.
—Podía hablar de una taza como si tuviera una historia. Y yo me burlaba, pero después me acordaba.
La pantalla mostró una fotografía de la taza agrietada de Valeria.
Tomás levantó la cara.
—No sé cómo tienes todo esto.
No hubo respuesta.
Volvió a mirar al frente.
—Me gustaba que se emocionara. Al principio.
La última parte le costó pronunciarla.
—Después empecé a sentir que todo lo que ella quería hacer me dejaba fuera.
En el pasillo, Mateo escuchaba con los brazos pegados al cuerpo.
Bruno no miraba a nadie.
Tomás continuó:
—Yo quería ser la persona a la que le enseñara las cosas. La persona que dijera si estaban bien.
Se humedeció los labios.
—Y cuando empezó a hacerlas sin pedirme permiso, me enojé.
La pantalla quedó negra.
Durante unos segundos, el silencio le permitió escuchar su respiración.
Luego apareció una nueva pregunta.
¿POR QUÉ NECESITABAS QUE SE SINTIERA MENOS? Tomás cerró los ojos.
La respuesta estaba allí.
No tenía una forma elegante.
—Porque así me necesitaba.
Samuel golpeó el vidrio con la palma.
—Ya respondió.
La voz de Valeria llegó al pasillo.
—Sí.
—Entonces abre.
No hubo respuesta.
Dentro del salón, la pantalla mostraba el rostro de Tomás desde un ángulo cercano. Él se vio bajo el reflector.
Sudando.
Con las manos aferradas al atril. Detrás de su imagen apareció una palabra.
CONTINÚA.
Tomás miró hacia la puerta.
Nicolás estaba al otro lado.
No hablaba.
Esa falta de palabras le hizo pensar en cuántas veces él había esperado que Valeria dejara de hablar para poder volver a sentirse cómodo.
Soltó el atril.
—Te pedí que fueras distinta en cada lugar —dijo hacia la cámara—. Y después te reproché no ser la misma.
Valeria apareció en la pantalla.
Esta vez no sonreía. Tomás sintió una esperanza dolorosa.
—No creo que puedas perdonarme por todo. Pero quiero…
Se detuvo.
La imagen de ella permanecía inmóvil.
Recordó la grabación de aquella mañana.
—No sé si me estás escuchando.
La voz respondió desde el techo.
—Te escucho.
Tomás alzó los ojos.
—Yo no te escuché.
El aplauso comenzó en la última fila.
Dos manos rígidas se golpearon con un movimiento torpe.
Después se unieron otras.
El sonido creció por toda la habitación.
Tomás retrocedió.
Las figuras permanecían sentadas, pero sus manos continuaban aplaudiendo. Unas demasiado rápido. Otras con pausas que no coincidían.
En la pantalla apareció el video de la cena.
Su risa.
La expresión de Valeria cuando él la interrumpía.
Una mujer bajando la mirada hacia su copa.
La mano de Tomás cerrándose sobre el brazo de su novia.
—Apágalo —dijo.
El aplauso aumentó.
Tomás se llevó las manos a los oídos.
El video pasó a la escena siguiente. Valeria salía del edificio con su bolsa. Él seguía sentado a la mesa.
Nadie iba tras ella.
La imagen se detuvo.
Debajo apareció:
EL PÚBLICO PERMANECIÓ EN SU LUGAR.
Las luces del pasillo se apagaron.
Solo quedó iluminado el salón.
Los hombres se vieron reflejados en el vidrio, superpuestos a las figuras sin rostro.
Samuel retiró la mano.
Nicolás sintió que el reflejo los colocaba también entre los invitados.
Esteban golpeó la puerta.
—¡Valeria!
La última noche de Tomás y Valeria juntos, ella le pidió que no se riera.
Estaban acostados.
Había pasado una semana desde la fiesta.
Valeria todavía intentaba explicarle qué le había ocurrido delante de sus amigos.
Tomás escuchó hasta que sintió que ella estaba pidiendo algo que no sabía dar.
—No fue tan grave —dijo.
Valeria se incorporó.
—Para mí sí.
Él miró su espalda.
La luz del pasillo dibujaba la línea de sus hombros.
—No puedo pasarme la vida vigilando cada cosa que digo.
Ella tardó en responder.
—Yo sí lo estoy haciendo contigo.
Tomás no encontró qué decir.
La dejó allí sentada.
Después se dio vuelta y fingió dormir.
Al despertar, ella seguía a su lado.
Eso lo tranquilizó.
Confundió que se hubiera quedado con que nada pudiera hacerla irse.
El reflector cambió de color.
Tomás empezó a sentir calor.
Al principio creyó que era el miedo.
Después vio una línea de humo bajo el escenario.
Se apartó del atril.
—¿Qué es eso?
El aplauso no se detuvo.
La pantalla mostró una última instrucción.
DESPÍDETE.
Tomás miró hacia la puerta transparente.
Samuel estaba pegado al vidrio.
Mateo y Esteban intentaban encontrar una unión en el marco.
Adrián señalaba algo junto al suelo.
Nicolás lo observaba sin moverse.
—No —dijo Tomás.
La voz de Valeria respondió:
—La función termina aquí.
Él corrió hacia la puerta. Chocó contra el vidrio y buscó a Esteban del otro lado.
—¡Ábrela!
Esteban golpeó con ambas manos.
Mateo fue a buscar una silla.
El humo subía entre las figuras.
El aplauso sonaba cada vez más lejos, aunque no había disminuido.
Tomás tosió.
Se volvió buscando otra salida.
Al fondo, detrás del escenario, había una puerta que no había visto.
Se lanzó hacia ella.
Nicolás sintió una esperanza inmediata.
Después vio el mensaje que se iluminó encima.
SOLO PARA LA AUTORA.
Tomás tiró del picaporte.
No cedió.
Elías se había apartado de la escalera.
Nicolás lo encontró junto a la pared del pasillo, con la vista puesta en el salón.
—¡Ayúdanos!
El hombre tomó la silla que Mateo acababa de traer.
Entre los dos la levantaron contra el vidrio.
El impacto hizo vibrar el marco.
No lo rompió.
Volvieron a golpear.
Dentro, Tomás regresaba hacia ellos arrastrándose.
Esteban le gritaba que mantuviera la cabeza abajo. Samuel repetía su nombre.
Tomás apoyó una mano contra la puerta.
Nicolás quedó frente a él.
Separados por unos centímetros que no podía vencer.
—No quiero —dijo Tomás.
La frase se perdió detrás de una tos.
Nicolás golpeó otra vez.
La silla se partió.
Elías soltó el fragmento que sostenía.
Tomás levantó los ojos.
Ya no miraba a la cámara.
Miraba a Nicolás.
—Dile…
No pudo terminar.
Intentó respirar.
Detrás de él, una cortina del escenario comenzó a arder.
La luz se extendió por la tela con una rapidez que hizo retroceder a Samuel.
El humo ocultó las primeras filas.
Las manos de las figuras siguieron aplaudiendo.
Nicolás no supo en qué momento dejó de ver a Tomás.
Una vez estaba allí.
La siguiente, solo distinguía una silueta baja junto al vidrio.
El aplauso continuó unos segundos más.
Luego cesó.
La ausencia de sonido los dejó sin fuerzas. Esteban seguía golpeando.
Adrián lo sujetó.
—Espera.
—¡Está adentro!
—Lo sé.
Esteban se desprendió de él.
Pero ya no tenía con qué golpear.
La pantalla del salón se volvió blanca.
Un nombre apareció sobre ella.
TOMÁS
Debajo:
ELIMINADO.
Samuel comenzó a golpear el vidrio con los puños.
Mateo lo abrazó desde atrás y lo apartó.
Samuel se resistió.
—¡Me escuchó! —gritó—. ¡Esta vez sí me escuchó!
Nadie respondió.
Mucho después, cuando el humo comenzó a desaparecer, Valeria habló.
Su voz llenó la casa.
—Quedan seis candidatos.
Nicolás miró hacia la cámara.
Tenía los nudillos abiertos.
No sentía el dolor.
—No te importa lo que digamos.
Hubo una pausa.
—Hoy escuchaste a Tomás —continuó—. Dijo lo que querías. Se quedó. No interrumpió. Y lo mataste.
Valeria no respondió.
Nicolás se acercó a la lente.
—No estás buscando al hombre que te amó.
La luz roja permaneció encendida.
Él esperó.
Desde los altavoces llegó una respiración leve.
Después, la voz:
—Vayan a descansar.
Bajaron sin hablar.
Samuel necesitó ayuda.
Esteban se quedó un momento en el descanso, mirando el salón cerrado. Adrián tuvo que llamarlo dos veces.
En el comedor seguían el libro y la lista doblada.
Nicolás los recogió.
Llevó ambos hasta la repisa donde habían puesto la tarjeta de Gabriel.
Ahora había dos lugares vacíos.
Bruno abrió un cajón buscando un paño.
Encontró una caja pequeña.
La dejó de inmediato.
No quería abrir más cosas.
Elías fue a la cocina.
Mateo permaneció junto a Samuel.
Adrián se sentó frente al plano.
El fracaso de aquella puerta quedó anotado junto a las medidas. Adrián tachó el vidrio como posibilidad inmediata y marcó el corredor de servicio. La próxima búsqueda tendría que llegar al otro lado de las habitaciones, aunque la casa siguiera enviándolos a mirar desde fuera.
Durante un momento lo miró como si no supiera qué era. Luego tomó el lápiz. Sobre la habitación del salón escribió:
NO ENTRAR.
Nicolás no se acostó.
Esperó a que los demás dejaran de moverse.
Después abrió la libreta verde.
La palabra APLAUSOS seguía encerrada en un círculo. Debajo encontró una marca que no recordaba.
Una línea corta.
El papel estaba limpio, sin arrugas.
Miró hacia la cocina.
Elías lavaba una taza.
Nicolás pasó las páginas despacio.
En la siguiente había otra frase.
TÚ ESTÁS RECORDANDO MAL.
A su lado, un nombre escrito en letras pequeñas.
Adrián.
Nicolás levantó los ojos.
Adrián tenía el lápiz suspendido sobre el plano.
También había visto la página.
El zumbido de las cámaras llenó el silencio entre ambos.
Luego sonó la campana.
Y Adrián dejó caer el lápiz.

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