Capítulo 10 de 35
Tú estás recordando mal
Adrián no recogió el lápiz.
Permaneció mirando la página de la libreta verde, con la mano suspendida sobre el plano.
TÚ ESTÁS RECORDANDO MAL.
Debajo, su nombre.
Nicolás sostuvo el cuaderno abierto.
La campana dejó de sonar.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
—¿Qué significa? —preguntó Nicolás.
Adrián bajó la mano.
—Era algo que discutíamos.
—¿Qué cosa?
—Lo que ella recordaba.
Al decirlo, pareció escuchar su propia respuesta desde fuera.
Apartó la silla.
La pantalla principal se encendió.
Valeria apareció frente a una pared cubierta de marcos vacíos.
—Adrián, mañana vamos a reconstruir una noche.
Esteban se levantó del colchón que habían colocado junto al sofá.
—No va a entrar en ninguna habitación.
Valeria no reaccionó.
—Descansa —continuó—. Vas a necesitar estar seguro de lo que sabes.
La imagen desapareció.
Adrián miró hacia la cocina.
Elías había dejado la taza bajo el grifo.
El agua seguía corriendo. Nicolás cerró la libreta.
—No tienes que contarme ahora.
Adrián soltó una risa breve.
—Lo voy a tener que contar delante de todos.
Fue hasta la cocina y bebió agua directamente de un vaso que encontró junto al fregadero.
Elías cerró el grifo.
Ambos quedaron muy cerca.
Adrián miró sus gafas.
—¿Sabías que venía mi nombre?
Elías negó.
—Lo escuché con ustedes.
Adrián no se apartó.
—Llevas días escuchando.
Elías sostuvo su mirada.
—Tú también.
Adrián dejó el vaso.
Nicolás, desde la entrada, vio que iba a responder. Después pareció decidir que no valía la pena.
Regresó al comedor.
Se agachó a recoger el lápiz.
La punta estaba rota.
Valeria conoció a Adrián en una tarde de lluvia.
Salió de una papelería con una carpeta contra el pecho y se quedó bajo el toldo, esperando que disminuyera el agua. Había llevado varias páginas a imprimir. Algunas estaban recién corregidas y la tinta todavía le manchaba los dedos.
Adrián estaba junto a ella. Tenía un paraguas cerrado y una bolsa pequeña.
Durante unos minutos no hablaron.
Después una ráfaga de viento empujó la lluvia bajo el toldo. Valeria retrocedió demasiado rápido y la carpeta se le abrió.
Las hojas cayeron sobre la banqueta.
Adrián se agachó antes que ella.
Rescató varias del agua y las puso boca abajo sobre una caja seca.
Valeria soltó una maldición.
Él sonrió.
—No alcanzaron a mojarse todas.
Se quedaron ordenándolas por los números escritos en las esquinas.
Una página no tenía número.
Adrián leyó la primera línea para saber dónde colocarla.
Esa noche olvidó cerrar la puerta, pero recordó durante años el sonido de la llave.
—Me gusta —dijo.
Valeria levantó la cabeza.
—Está mal.
—¿La frase?
—El párrafo. Todavía no sé qué hacer con él.
Adrián le entregó la hoja.
—A lo mejor no necesita tanto.
No habló como quien corregía. Lo dijo con una tranquilidad que a ella le resultó agradable.
Cuando terminaron de recoger las páginas, él abrió el paraguas.
—¿Hacia dónde vas?
Valeria señaló la avenida.
—Yo también.
Caminaron juntos. Para que la carpeta no se mojara, Adrián sostuvo el paraguas inclinado hacia ella.
Llegó a la esquina con un hombro empapado.
Valeria lo notó.
—Te mojaste por mi culpa.
Él miró su camisa.
—Se seca.
Ella se rio.
Años después, seguiría recordando esa sencillez.
Al principio, Adrián era cuidadoso.
Confirmaba las citas.
Avisaba si iba a llegar tarde.
Cuando Valeria le contaba algo, recordaba nombres que ella misma olvidaba haber mencionado.
Semanas después, Adrián llegó con una planta pequeña. Valeria había olvidado que le contó cuánto echaba de menos tener algo vivo junto a la ventana; él lo recordó al pasar frente a un vivero.
No era un regalo caro.
Por eso le gustó tanto.
—¿Te acordaste?
Adrián dejó la maceta sobre la mesa.
—Claro.
Valeria lo abrazó.
Él apoyó el mentón sobre su cabeza.
Con Adrián, pensó, no tendría que estar preguntándose si había entendido mal una promesa.
Durante los primeros meses, él hizo que esa idea pareciera cierta.
A las ocho de la mañana, les pidieron reunirse en el comedor. Adrián llegó con el plano doblado dentro del bolsillo.
No había dormido.
Nicolás lo vio buscar una silla desde la que pudiera mirar la salida.
Bruno se sentó lejos del lugar de Tomás.
Samuel tenía los ojos hinchados.
Mateo sostuvo su taza sin beber.
Elías apareció al final.
La pantalla se encendió.
Valeria estaba sentada frente a dos carpetas.
Una azul.
Una gris.
—Adrián siempre decía que tenía mejor memoria que yo.
Adrián miró la pantalla.
—A veces era cierto.
Valeria abrió la carpeta azul.
—Hoy vamos a comprobarlo.
Sobre la mesa del comedor, una pequeña pantalla que ninguno había utilizado se iluminó.
Mostró tres preguntas.
¿DÓNDE ESTABAS?
¿CON QUIÉN?
¿QUÉ LE DIJISTE DESPUÉS?
Debajo apareció una fecha.
Adrián dejó de respirar por un momento.
Nicolás lo vio.
—¿La recuerdas?
Adrián tardó en responder.
—Sí.
Valeria pasó una página.
—Perfecto.
La fecha pertenecía a un sábado.
Valeria había preparado una cena para los dos.
No por un aniversario ni por una celebración. Simplemente quería verlo.
Adrián llevaba varios días distante.
Respondía con monosílabos y parecía irritarse cuando ella preguntaba si estaba bien. Valeria había decidido darle espacio, pero esa semana la soledad empezó a parecerse demasiado a otras que conocía.
Compró ingredientes.
Limpió el departamento.
Puso la planta que él le había regalado en el centro de la mesa.
A las siete recibió un mensaje.
Salgo de casa de mi hermano y voy.
Valeria encendió la estufa.
A las ocho, volvió a escribir.
¿Todo bien?
Adrián contestó a las ocho y media.
Se alargó una cosa. No me esperes despierta.
Valeria miró la mesa.
Solo había dos lugares.
Guardó la comida.
Después salió a comprar algo para el desayuno porque necesitaba hacer una cosa sencilla antes de acostarse.
Lo vio al otro lado de la avenida.
Adrián estaba frente a un restaurante. Una mujer le acomodaba el cuello de la camisa. Él le sujetó la mano.
Valeria se quedó junto al escaparate de una farmacia.
Vio cómo se besaban.
No fue una interpretación.
No fue un gesto tomado desde un ángulo extraño.
Vio su rostro antes de que él se inclinara.
Conocía la camisa.
Se la había regalado.
—Estabas con otra mujer —dijo Valeria desde la pantalla.
Adrián apoyó las manos sobre la mesa.
—No sabes todo lo que pasó.
—Por eso tienes tres preguntas.
Él miró a los demás.
Esteban estaba inmóvil.
Bruno bajó la vista hacia su taza.
Adrián volvió a la pantalla.
—Estaba en un restaurante.
La primera casilla se llenó.
RESTAURANTE.
—Con Laura.
La segunda.
LAURA.
La tercera permaneció vacía.
Adrián se humedeció los labios.
—Después discutimos.
Valeria levantó los ojos.
—Eso es lo que pasó. La pregunta es qué me dijiste.
Adrián observó la fecha.
Había pensado muchas veces en aquella noche, pero siempre la había detenido antes de llegar a la conversación.
Como si mirar el principio le permitiera conservar un final distinto.
Valeria lo llamó desde la farmacia.
Adrián miró el teléfono.
Ella lo vio hacerlo.
Lo vio levantar los ojos hacia la mujer que tenía enfrente.
Después la llamada terminó sin que contestara.
Valeria llamó otra vez.
Él se apartó unos pasos.
—¿Qué pasó?
Ella sintió un alivio absurdo al oír su voz.
Todavía quería una explicación que no le rompiera todo.
—Te estoy viendo.
Adrián miró hacia la calle.
Valeria permaneció bajo la luz del escaparate.
Él la encontró.
Durante un segundo ninguno habló.
Después Adrián bajó la cara.
—Ve a tu casa.
—¿Quién es?
—Ahora no.
—Me dijiste que estabas con tu hermano.
Adrián apretó el teléfono.
—Ve a tu casa, Valeria. Hablamos después.
Ella no se fue.
Esperó en una banca a unos metros.
Adrián se despidió de Laura y cruzó la avenida.
Llegó con una expresión que la hizo sentirse intrusa antes de que dijera una palabra.
—¿Qué haces siguiéndome?
Valeria lo miró.
—Salí a comprar.
Él observó la calle como si buscara algo que demostrara lo contrario.
—Qué casualidad.
Ella sintió que la conversación se desviaba y trató de traerla de vuelta.
—La besaste.
Adrián negó.
Valeria permaneció inmóvil.
—Te vi.
—No viste bien.
Ella sostuvo su mirada.
Adrián se sentó a su lado.
Bajó la voz.
—Estabas lejos.
Valeria comenzó a temblar.
No por la duda todavía.
Por la seguridad con que él intentaba introducirla.
—Te dije que habías visto mal —respondió Adrián.
La tercera casilla no se llenó.
Apareció debajo una nueva línea.
CONTINÚA.
Adrián miró la cámara.
—No voy a recordar cada palabra.
La pantalla del comedor mostró una fotografía de aquella banca.
Estaba vacía.
La tomó alguien después, en otro momento.
Aun así, Adrián sintió que lo devolvía exactamente al lugar.
Valeria habló:
—No hace falta cada palabra. Empieza con lo que repetiste.
Adrián apretó una mano contra la otra.
—Que estabas recordando mal.
La tercera casilla se llenó.
Samuel dejó su taza sobre la mesa.
El pequeño golpe pareció demasiado fuerte.
Adrián no se limitó a negar el beso.
Durante los días siguientes cambió partes de la historia.
Primero Laura era una amiga.
Después, una compañera de trabajo a la que Valeria ya conocía.
Más tarde dijo que había avisado que saldría con ella.
Valeria buscó el mensaje.
No estaba.
Adrián afirmó que se lo había dicho por teléfono. Ella trató de recordar la llamada.
No consiguió encontrarla.
Él suspiró.
—Últimamente te pasa mucho.
Valeria comenzó a anotar cosas.
Fechas.
Frases.
Horas.
No quería usar las notas contra él. Quería dejar de sentir que todo se movía cuando intentaba acercarse.
Una noche le mostró la libreta.
Adrián la hojeó.
—Esto no está bien.
Ella recogió las manos.
—Necesito acordarme.
—Necesitas confiar.
Valeria miró la página abierta. Había escrito que él prometió llegar a las siete.
Adrián le dijo que había dicho nueve. Ella recordó claramente su voz.
Pero recordar ya no le parecía suficiente.
En el comedor, Valeria cerró la carpeta azul.
Adrián miraba la mesa.
Nicolás lo observó con una inquietud que no tenía que ver únicamente con la prueba.
Era el hombre que había medido la casa.
Adrián llevaba años trabajando con planos en una empresa de mantenimiento de edificios. Reconocía un tabique añadido y sabía cuándo una distancia no coincidía. Esa experiencia les había permitido avanzar; no le daba ninguna certeza sobre lo que Valeria había colocado detrás.
El que llevaba días asegurando cuánto espacio había detrás de cada muro. El que les había pedido confiar en su plano.
Valeria pareció conocer la dirección de sus pensamientos.
—Les ha dibujado un mapa —dijo.
Adrián levantó la cabeza.
—No metas eso.
En la pantalla apareció una fotografía de la libreta.
El plano ocupaba toda la imagen.
—Hay distancias que no coinciden —continuó ella.
Adrián se puso de pie.
—Porque no tengo con qué medir.
—También hay puertas que no recuerdas haber visto.
—No las vi.
La pantalla cambió.
Mostró una grabación del día anterior.
Adrián avanzaba por el corredor de servicio. Se detenía frente a una puerta pequeña. La examinaba.
Después continuaba.
Nicolás miró el plano.
Esa puerta no estaba dibujada.
Adrián la reconoció en el video.
—La olvidé.
Valeria guardó silencio.
Él miró hacia la cámara.
Por primera vez, la frase le pareció tan indefensa como debía haberle parecido a ella.
La pantalla principal se apagó.
Una puerta de la planta baja se abrió. No era la oficina de Gabriel ni la sala de espera de Tomás.
Adrián se volvió hacia el sonido. Dentro había varias lámparas encendidas.
Valeria habló desde el altavoz del techo.
—Trae tu plano.
Nicolás cerró la libreta verde.
—Yo voy.
Adrián lo miró.
—No te lo pidió a ti.
—Voy hasta la puerta.
Esteban se acercó también.
La voz añadió:
—Puede acompañarte un testigo.
Nadie habló durante unos segundos.
Samuel retrocedió.
Bruno cruzó los brazos.
Mateo miró hacia el corredor.
Nicolás sostuvo los ojos de Adrián.
—Yo.
Adrián bajó la cabeza.
No le dio las gracias.
Quizá no sabía todavía si debía hacerlo.
La nueva habitación tenía cuatro puertas.
Todas iguales.
Todas blancas. Sobre cada una había un reloj.
Mostraban horas distintas.
En el centro, una mesa sostenía una maqueta de una casa.
Nicolás se acercó.
La distribución se parecía a la del plano de Adrián.
La cocina.
El comedor.
La escalera.
Los pasillos.
Pero en la maqueta había una habitación más.
En el lugar donde Adrián había dejado un espacio vacío.
Elías apareció en el umbral, detrás de Esteban.
Nicolás lo miró.
El hombre observaba la maqueta.
Su rostro no cambió.
La voz de Valeria habló:
—Nicolás será el testigo. Los demás esperarán fuera.
Adrián abrió el plano sobre la mesa.
Lo puso junto a la casa en miniatura.
La diferencia era evidente.
—Esto no es el plano real —dijo.
La puerta de entrada se cerró.
Nicolás sintió el golpe en el pecho.
Del otro lado, Esteban llamó una vez.
Luego dejó de oírse.
Una pantalla se encendió sobre la maqueta. Valeria apareció.
—Tienes razón.
Adrián la miró.
—Entonces, ¿qué es?
La imagen cambió.
Mostró el interior de un departamento.
Un sofá gris.
Una mesa.
Una planta junto a la ventana.
Valeria estaba de pie cerca de la entrada.
Adrián permanecía frente a ella.
Era una grabación antigua.
Nicolás volvió lentamente la cabeza hacia el hombre que tenía al lado.
En la pantalla, Valeria decía:
—Yo sé lo que vi.
El Adrián de la grabación se acercó.
—No. Tú crees que sabes.
La primera puerta se abrió. Detrás había una reproducción de aquel departamento.
La misma planta.
El mismo sofá.
La mesa preparada para dos. Sobre el mantel descansaba una libreta de cubierta azul.
Adrián no avanzó.
Nicolás miró hacia los otros relojes. Uno de ellos empezó a contar hacia atrás.
La voz de Valeria sonó dentro de la habitación.
—Para encontrar la salida, tendrás que escoger qué versión vas a seguir.
En la pantalla aparecieron dos frases.
LO QUE OCURRIÓ.
LO QUE CONSEGUISTE QUE ELLA CREYERA.
Adrián apoyó las manos sobre la maqueta.
Nicolás lo vio inclinarse y acercarse mucho a la pequeña habitación que faltaba en el plano. Dentro había una figura diminuta.
Vestía de negro.
No tenía rostro.
Adrián la levantó entre dos dedos.
Debajo, escrito en el suelo de la maqueta, encontró algo que no compartió de inmediato.
Nicolás se acercó.
Las letras eran pequeñas, pero claras.
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Entonces la cámara giró hacia él.

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