Capítulo 11 de 35

La habitación que no estaba

Nicolás dejó la figura sobre la maqueta.

La cámara continuaba orientada hacia él.

—Yo no estuve en esa noche —dijo.

La voz de Valeria salió del altavoz situado sobre la mesa.

—Estás en esta.

Adrián miró las cuatro puertas. La primera permanecía abierta. Las otras seguían cerradas bajo relojes que mostraban horas distintas. Dentro de la reproducción del departamento había una mesa preparada para dos.

Nicolás distinguió dos platos.

Dos vasos.

La pequeña planta que Adrián había regalado a Valeria.

—No voy a entrar ahí —dijo Adrián.

El reloj sobre la puerta empezó a descontar.

00:09:59

Nicolás se volvió hacia la entrada por la que habían llegado.

El picaporte no se movió.

Golpeó dos veces.

Del otro lado escuchó a Esteban.

—¡Estamos aquí!

La cercanía de su voz le permitió respirar un poco mejor.

Valeria habló de nuevo.

—Encontrarán una tarjeta en cada habitación. Nicolás guardará lo que vea. Adrián decidirá qué recordar.

—Eso no es una instrucción —respondió Nicolás.

La pantalla mostró una línea.

PRIMERA PUERTA: LA PROMESA.

Adrián recogió su plano.

Lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo.

Después entró.

Nicolás fue detrás.

Había detalles que la reproducción no había conseguido copiar. El olor del departamento.

La luz que entraba por la ventana al final de la tarde.

Una grieta en el techo.

Pero Adrián encontró otras cosas tan exactas que tuvo que detenerse junto al sofá. Sobre el brazo descansaba una manta amarilla.

Valeria la colocaba allí después de doblarla tres veces.

Siempre tres.

Adrián lo había observado una noche y se había reído. Ella respondió que, si no lo hacía así, se resbalaba.

La manta de la habitación también tenía tres dobleces.

Nicolás se acercó a la mesa.

Junto a los platos encontró un calendario.

Una fecha estaba encerrada en un círculo.

Debajo, la letra de Valeria:

Adrián viene a cenar.

—¿Eso fue antes de que la vieras con Laura? —preguntó.

Adrián levantó los ojos.

—Ella me vio.

Nicolás lo miró.

—Sí. Eso.

Adrián pasó una mano sobre el respaldo del sofá.

No se sentó.

La pantalla del departamento se encendió.

Mostró una conversación.

El sábado me quedo contigo.

¿Seguro? Seguro. Te debo una noche tranquila.

Nicolás leyó los mensajes.

El último había sido enviado por Adrián. Sobre la mesa, una pequeña caja se abrió con un clic.

Dentro había una tarjeta.

PROMETIÓ IR.

Nicolás la tomó.

Adrián observó sus dedos.

—Podía cambiar de planes.

—Sí.

La facilidad de la respuesta lo sorprendió.

Nicolás guardó la tarjeta en el bolsillo.

—Podías avisarle que habías cambiado.

Adrián apartó la mirada.

La primera noche que pasaron juntos, Valeria se quedó dormida sobre el hombro de Adrián.

Habían puesto una película que ninguno siguió hasta el final. Él no se movió durante casi una hora porque no quería despertarla.

La habitación estaba iluminada por la pantalla. En la mesa había dos tazas y un plato con galletas.

Valeria abrió los ojos cuando la película terminó.

—Me dormí.

—Un poco.

Ella se incorporó, avergonzada.

—¿Por qué no me despertaste?

Adrián le acomodó el cabello detrás de la oreja.

—Estabas bien ahí. Valeria lo miró.

No recordaba la última vez que alguien había dicho algo parecido sin pedir después una recompensa.

Se acercó y lo besó. Él apoyó una mano sobre su mejilla.

Más tarde, mientras recogían las tazas, Valeria le contó que a veces le costaba sentirse tranquila con alguien.

Adrián escuchó.

Le preguntó si quería hablar de lo que había ocurrido antes.

Ella negó.

—Hoy no.

—Entonces hoy no.

Valeria volvió a abrazarlo.

Aquella paciencia fue una de las primeras cosas de las que se enamoró.

La segunda puerta se abrió cuando regresaron al cuarto de la maqueta.

El reloj sobre ella marcaba las ocho y media.

Adrián se detuvo.

Nicolás miró hacia dentro.

Había una ventana falsa y un banco de madera.

Al otro lado del vidrio se proyectaba una calle.

Un restaurante.

Dos personas frente a la entrada. La mujer levantó una mano hacia el cuello de la camisa del hombre.

Adrián se volvió antes de que se besaran.

—Ya dije quién era.

Valeria habló desde el altavoz del techo.

—Nicolás todavía no lo ha visto.

El hombre de la proyección se inclinó.

El beso fue breve.

Suficiente.

Nicolás se acercó al banco.

Encontró otra caja.

Dentro, una tarjeta:

LA BESÓ.

La tomó.

Adrián se quedó mirando la imagen detenida. Había algo humillante en verse desde el lugar donde Valeria había estado.

Siempre había imaginado aquella escena desde dentro: Laura frente a él, la conversación, la calle apenas presente.

Nunca desde la farmacia.

Nunca desde el sitio donde otra persona había esperado reconocerlo mal.

—Ella estaba aquí —dijo.

Nicolás observó el banco.

—Sí.

Adrián pasó la mano sobre la madera.

La retiró enseguida.

En la sala, los demás veían la transmisión.

Samuel no estaba sentado frente a la pantalla. Había escogido un lugar desde el que podía oír sin mirar constantemente.

Bruno permanecía de pie.

Esteban buscaba en un cajón cualquier objeto que pudiera servir para abrir la entrada de la prueba. Mateo miró a Elías.

—¿Cuándo conociste a Valeria?

El hombre tardó en responder.

—Hace tiempo.

—¿Antes de Nicolás?

Elías alzó los ojos.

—No sé cuándo la conoció él.

Mateo lo estudió durante unos segundos.

La respuesta era posible.

Eso no la volvía tranquilizadora.

—Ella dijo que tenías una función distinta.

Elías miró la pantalla.

—Ya lo escuché.

Mateo no insistió.

En la transmisión, Nicolás guardaba la segunda tarjeta.

La tercera habitación era más pequeña. Había una silla frente a una mesa y, sobre ella, una libreta azul.

Adrián se detuvo en el umbral.

La reconoció.

No por la cubierta.

Por una mancha circular que había dejado una taza de café.

Valeria comenzó a escribir allí después de encontrarlo con Laura.

Al principio lo hizo a escondidas.

No porque planeara denunciarlo ni porque estuviera preparando una discusión.

Necesitaba recordar sin depender de él. Una noche escribió:

Dijo que iba a venir.

Al día siguiente añadió:

Vi que besaba a Laura.

Después:

Me dijo que estaba lejos.

Las tres frases estaban separadas por espacios grandes.

Como si Valeria hubiera querido impedir que terminaran mezclándose.

Nicolás abrió la libreta.

Adrián dio un paso rápido.

—No.

Nicolás levantó la mirada.

—¿Por qué?

Adrián no pudo contestar.

En la primera página había una nota distinta de las demás.

Si vuelvo a dudar, empezar por esto: yo estaba allí.

Nicolás la leyó en silencio.

La pantalla reprodujo una grabación.

Adrián aparecía en el departamento de Valeria, sosteniendo la libreta.

—Esto es obsesivo —decía.

Valeria estaba cerca de la mesa.

—No estoy haciendo nada contra ti.

—Estás anotando cada cosa que digo.

—Porque después me dices que no la dijiste.

Él soltaba una risa breve.

—¿Ves cómo piensas? Siempre supones lo peor. La grabación continuó.

Nicolás vio a Valeria extender una mano para recuperar el cuaderno.

Adrián lo levantó fuera de su alcance.

No parecía una agresión espectacular.

Eso lo volvió más difícil de mirar.

La facilidad con que él mantenía algo suyo lejos de ella.

La paciencia con que Valeria intentaba no enfadarlo para que se lo devolviera.

Adrián recordó lo que había ocurrido después.

Valeria lloró.

Él dejó la libreta sobre un estante alto.

Se dijo que la ayudaría obligándola a dejar de escribir esas cosas.

Le habló de dormir mejor.

De no darle tantas vueltas.

De pedir ayuda si ya no podía distinguir una preocupación de un hecho.

Valeria escuchó hasta que dejó de llorar.

Luego le preguntó:

—¿Me estás diciendo que no puedo confiar en lo que veo?

Adrián respondió sin mirar el cuaderno.

—Te estoy diciendo que confíes en mí.

Al día siguiente, ella pidió una cita con una psicóloga. Él consideró aquello una victoria.

La caja de la tercera habitación se abrió.

Nicolás encontró una tarjeta.

NEGÓ LO QUE ELLA HABÍA VISTO. Adrián se sentó.

No en la silla.

En el suelo, junto a la pared.

Nicolás guardó la tarjeta.

—Levántate.

—Dame un momento.

El reloj seguía descontando.

Nicolás miró hacia la cámara.

—Está respondiendo. Déjalo respirar.

El tiempo no se detuvo.

Adrián apoyó la cabeza contra la pared.

—No pensaba en todo esto así.

Nicolás no supo qué decir.

Adrián se frotó los ojos.

—Pensaba que estábamos discutiendo.

La pantalla seguía mostrando la mano de Valeria extendida hacia su libreta.

Nicolás cerró el cuaderno.

No quería dejarla allí, esperando para siempre.

La cuarta puerta tardó en abrirse.

Cuando lo hizo, dejó ver una habitación vacía salvo por dos sillas.

Entre ellas había una mesa con un teléfono.

Adrián lo reconoció de inmediato.

Era el suyo.

O uno igual.

En la pantalla estaban abiertos los mensajes con Laura. Nicolás no lo tocó.

Un altavoz reprodujo la voz de Valeria.

No quiero seguir contigo.

Hubo unos segundos de silencio.

Después la voz de Adrián.

Otra vez estás tomando decisiones por algo que no entiendes.

Valeria respondió:

Entiendo lo suficiente.

La grabación se interrumpió.

Adrián bajó la cabeza.

Ese había sido el final.

No el día del restaurante.

No la libreta.

No las conversaciones en las que ella terminaba disculpándose por preguntar.

El final ocurrió una tarde en que Valeria llegó a su departamento con una bolsa y le devolvió las cosas que había dejado en casa de ella.

No lloró delante de él.

Eso le produjo un miedo que no había sentido mientras la veía sufrir.

La siguió hasta la puerta.

Le dijo que estaba exagerando.

Que después se arrepentiría.

Que no iba a encontrar a alguien dispuesto a aguantar sus dudas.

Valeria se volvió.

—Mis dudas empezaron cuando dejé de creerte.

Adrián recordó que quiso besarla.

No porque la conversación le hubiera despertado ternura.

Porque otras veces un beso había terminado lo que él no quería escuchar. Ella se apartó.

En la mesa se abrió la última caja.

La tarjeta decía:

ELLA SE FUE.

Nicolás la sostuvo un momento antes de guardarla.

Adrián miró el teléfono.

—La llamé después.

—Lo escuchamos.

—Muchas veces.

Nicolás esperó.

Adrián pasó un dedo por el borde de la mesa.

—No para pedirle perdón.

Valeria habló desde el altavoz del techo.

—¿Para qué?

Adrián miró la cámara.

—Para que me creyera otra vez.

Al regresar a la habitación de la maqueta, encontraron la mesa cambiada.

La figura negra estaba ahora junto a la salida.

Adrián no recordaba haberla dejado allí.

Nicolás tampoco.

Sobre la pantalla aparecieron las cuatro tarjetas.

PROMETIÓ IR.

LA BESÓ.

NEGÓ LO QUE ELLA HABÍA VISTO. ELLA SE FUE.

Debajo había cuatro espacios vacíos.

Valeria habló:

—El testigo colocará los hechos en orden.

Nicolás sacó las tarjetas.

Las acomodó.

La pantalla confirmó la secuencia con un sonido suave.

Un cerrojo se abrió detrás de ellos.

Nicolás se volvió de inmediato.

La entrada estaba abierta.

Podía ver a Mateo en el corredor.

Después a Esteban.

Samuel apareció unos pasos detrás.

Nicolás dio un paso hacia la salida.

Adrián lo siguió.

El reloj de la cuarta puerta comenzó a sonar.

No una alarma fuerte.

Un tic continuo.

Adrián se detuvo.

La pantalla mostró una nueva pregunta.

¿QUIÉN HIZO QUE TERMINARA LA RELACIÓN?

Debajo, dos opciones.

ADRIÁN.

VALERIA.

Nicolás miró hacia la puerta abierta.

—No contestes. Adrián permaneció frente a la pantalla.

Valeria habló:

—Solo tienes que elegir.

Nicolás se acercó a él.

—Ya ordenamos los hechos. Podemos irnos.

Adrián miró la última tarjeta.

Ella se fue.

Luego las dos opciones.

—Ella terminó —dijo.

Nicolás sintió que el alivio se le deshacía.

—Adrián.

—Es lo que pasó.

La salida seguía abierta.

Mateo llamó desde el corredor.

—¡Salgan!

Adrián alzó una mano hacia la pantalla.

Nicolás le sujetó la muñeca. El hombre se volvió con un movimiento brusco.

—No me vas a decir tú lo que recuerdo.

La frase los dejó inmóviles.

Nicolás retiró la mano.

Adrián miró sus propios dedos.

Después la cámara.

Por primera vez parecía haber escuchado exactamente cómo sonaba.

No eligió ninguna opción. Bajó el brazo.

—Ella se fue porque yo hice que quedarse fuera insoportable.

El tic se detuvo.

La pantalla se volvió negra.

Nicolás lo agarró del hombro.

Esta vez Adrián no se apartó.

Caminaron hacia la entrada.

La puerta permaneció abierta hasta que cruzaron.

Samuel dejó escapar un sollozo.

Esteban avanzó hacia el umbral, pero el cierre comenzó de inmediato.

Solo alcanzó a mirar dentro.

La maqueta seguía sobre la mesa.

La pequeña figura negra ocupaba el lugar de Adrián.

Nicolás se apoyó contra la pared.

Adrián permanecía de pie junto a él.

Bruno salió de la sala.

—¿Terminaron?

Nadie respondió enseguida.

Adrián miró las tarjetas que Nicolás todavía llevaba.

—Dámelas.

Nicolás dudó.

Después se las entregó.

Adrián leyó las cuatro.

Las guardó dentro del plano.

Mateo le observó la mano vendada.

—Hay que cambiarte eso.

Adrián asintió.

No discutió.

La casa no anunció una eliminación.

Tampoco felicitó a nadie.

Esa ausencia de instrucciones impidió que se sintieran a salvo.

Más tarde, Nicolás encontró a Adrián en el comedor. Había desplegado el plano y lo estaba comparando con las tarjetas.

Junto a la puerta olvidada del corredor dibujó un rectángulo.

Después escribió una nota.

La vi. No la recordé.

Nicolás se sentó enfrente.

Adrián levantó la mirada.

—Gracias por entrar.

Nicolás observó la libreta verde entre ambos.

—No sabía cómo iba a ser.

—Yo tampoco.

Durante unos segundos escucharon el zumbido de la ventilación.

Luego Nicolás habló:

—La figura se movió.

Adrián dejó el lápiz.

—Sí.

—Yo no la toqué después de dejarla.

—Yo tampoco.

Miraron hacia el corredor. Había pasillos detrás de las paredes.

Eso podía explicarlo.

Pero había otra cosa.

Nicolás señaló la maqueta que Adrián acababa de dibujar en una esquina del plano.

—Cuando entramos, miraste el cuarto que faltaba.

Adrián asintió.

—Porque las medidas no cuadraban.

—¿Y ahora?

Adrián recorrió la línea con el lápiz.

La sala.

La cocina.

La escalera.

El corredor donde habían visto el congelador.

Detuvo la punta junto al espacio vacío.

—Ahora tampoco.

Nicolás se inclinó.

—¿Qué significa?

Adrián miró hacia la cámara.

Bajó la voz.

—Que la habitación donde parecía estar Valeria no cabe ahí.

Nicolás sintió un frío lento.

Adrián dobló el plano antes de continuar.

—Lo que vimos por la pantalla pudo grabarse en cualquier lugar.

—Ya sabemos eso.

—Pero el vaso estaba frío.

Nicolás recordó las gotas sobre el vidrio. La silla frente al comedor.

La figura que alguien había cambiado mientras ellos estaban dentro de las otras habitaciones.

Adrián sostuvo su mirada.

—Alguien sigue entrando.

Desde la cocina llegó el sonido de una taza colocada sobre la encimera.

Ambos volvieron la cabeza.

Elías estaba allí.

No los miraba.

Tarareaba una melodía apenas audible. Nicolás creyó reconocerla, pero el motor del refrigerador se puso en marcha y ocultó las últimas notas. Quizá pertenecía a la música del salón; quizá la había oído mucho antes.

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María Magdalena. La Diosa Prohibida Del Cristianismo, De Picknett, Lynn. Editorial Maeva, Tapa Pasta Blanda, Edición 1 En Español, 2005

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