Capítulo 12 de 35
La primera llave
Elías dejó de tararear cuando advirtió que lo miraban.
Nicolás permanecía sentado frente a Adrián. Entre ambos estaba el plano doblado.
—¿Qué canción es esa? —preguntó.
Elías miró la taza que acababa de dejar sobre la encimera.
—No sé el nombre.
—¿Dónde la escuchaste?
El hombre levantó los ojos.
—Aquí.
Nicolás sintió que algo se detenía dentro de él.
—No recuerdo que haya sonado aquí.
Elías guardó silencio un momento.
Después señaló la escalera.
—Durante lo de Tomás.
Nicolás intentó recordar.
Había música en el salón. Una canción lenta que se interrumpía cuando Valeria hablaba. No había prestado atención suficiente para afirmar que era otra.
Adrián observaba a Elías sin intervenir.
—Puede ser —dijo Nicolás.
No lo creyó del todo.
Elías tomó su taza y salió hacia la sala.
Nicolás esperó a que desapareciera.
—No lo pierdas de vista —murmuró.
Adrián apoyó una mano sobre el plano.
—¿Crees que trabaja con ella?
Nicolás miró la entrada de la cocina.
—Creo que no sabemos por qué está aquí.
La casa les concedió una tarde sin pantallas.
No hubo mensajes.
No hubo nuevas instrucciones.
Aquella calma los mantuvo separados: Samuel se quedó cerca de Mateo; Bruno subió a buscar ropa limpia; Esteban recorrió las puertas que ya habían intentado abrir.
Adrián permaneció en el comedor. Había sacado las cuatro tarjetas de la prueba y las había colocado junto a su plano.
Nicolás lo encontró repasando las líneas.
—La entrada del corredor de servicio está aquí —dijo Adrián—. Pero el cuarto desde el que se ve el comedor queda más adentro de lo que pensé.
Nicolás se sentó.
Adrián corrigió una medida.
Luego añadió una nota: No comprobado.
Era la primera vez que escribía eso.
—La maqueta tenía otra puerta —continuó—. No la dibujé porque no sabía si era parte del juego.
—¿Dónde?
Adrián señaló el extremo de un pasillo.
Nicolás reconoció el lugar.
La puerta frente a la que había escuchado la risa. La misma que después habían usado para la prueba de Tomás y Samuel.
—Ya entramos ahí.
Adrián negó.
—Entramos por delante.
Trazó una línea paralela.
—Puede haber un acceso detrás.
Nicolás pensó en la figura que alguien había movido.
En el libro que había aparecido sobre una mesa mientras Tomás y Samuel estaban encerrados. Había una persona que podía llegar a aquellos lugares.
Una persona que no necesitaba atravesar las mismas puertas que ellos.
Adrián recordó una noche en el departamento de Valeria. Ella había perdido una llave.
La buscó dentro de la bolsa, entre los cojines y debajo de una pila de cuadernos.
Adrián estaba acostado en el sofá.
La llave había quedado debajo de su chaqueta. Él la había encontrado unos minutos antes.
No la devolvió enseguida. Al principio le pareció una broma.
Esperó a que Valeria mirara bajo la mesa.
Después a que revisara otra vez la bolsa.
Ella comenzó a inquietarse.
—La dejé aquí.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Seguro?
Valeria asintió.
Él observó cómo repasaba mentalmente lo que había hecho al llegar.
Había dejado la bolsa.
Había abierto una ventana.
Había puesto agua a calentar.
—A veces haces las cosas sin fijarte —dijo.
Valeria apretó los labios.
Continuó buscando.
Adrián esperó un poco más.
Ya no tenía gracia, pero devolver la llave significaba admitir que la había visto.
Cuando ella entró al dormitorio, él la puso junto a la bolsa.
Valeria la encontró al regresar.
Se quedó mirando.
—Revisé ahí.
Adrián se encogió de hombros.
—Pues no bien.
Ella sostuvo la llave entre los dedos.
Después pidió perdón por el desorden.
Adrián le dijo que no importaba. Ahora, sentado frente al plano de una casa donde todo podía desaparecer y volver en otro lugar, comprendió cuánto había disfrutado aquella disculpa.
A las seis, la campana sonó.
Adrián dejó el lápiz.
La pantalla del comedor mostró una llave.
Era pequeña, de metal oscuro.
Giraba lentamente sobre un fondo blanco.
Debajo apareció una palabra:
RECOMPENSA.
Bruno bajó la escalera.
—¿Qué abre?
Valeria apareció en la pantalla central.
—Una puerta que todavía no han podido cruzar.
Esteban se acercó.
—¿La principal?
—Una puerta.
La precisión de la respuesta les quitó parte de la esperanza.
Adrián miró la imagen de la llave.
La voz de Valeria continuó:
—Hoy alguien podrá conseguirla.
Samuel retrocedió hacia Mateo.
—¿Quién?
En la pantalla apareció un nombre.
ADRIÁN.
Nicolás se puso de pie.
—Acaba de salir de una prueba. Valeria miró hacia la cámara.
—Y ahora sabe por dónde empezar.
Una luz se encendió en el corredor de la maqueta.
La puerta volvió a abrirse.
Adrián no se movió.
—¿Tengo que ir solo?
—Esta vez sí.
Esteban negó de inmediato.
—No.
Valeria continuó:
—Puede quedarse. La llave también.
La pantalla volvió a mostrar el objeto.
Nicolás observó a Adrián.
Vio cómo empezaba a medir la distancia entre el comedor y la puerta.
Cómo buscaba una forma de convencerse de que aquello podía ser una oportunidad.
—No sabemos qué abre —dijo.
Adrián miró el plano.
—Puede abrir el paso de atrás.
—O nada.
Adrián guardó las tarjetas en el bolsillo.
—Ayer salimos.
Nicolás sintió una punzada de enojo.
—Ayer Tomás pensaba lo mismo.
Adrián bajó la cabeza.
No volvió a discutir. Durante varios minutos, nadie decidió nada.
La puerta permanecía abierta.
Elías se sentó junto a la escalera, fuera del grupo reunido en el comedor.
Bruno miraba la llave.
Esteban buscaba un obstáculo que pudiera dejar en el marco.
Mateo fue hasta Adrián.
—Si no quieres entrar, no entres.
Adrián sostuvo su mirada.
Aquella posibilidad, expresada sin reproche, lo hizo vacilar más que todas las advertencias.
—Quiero intentarlo —dijo al fin.
Nicolás se apartó de la mesa.
—Entonces deja el plano.
Adrián lo sacó.
Nicolás lo recibió.
—No quiero que también se lo quede.
Adrián asintió.
Al dirigirse al corredor, pasó junto a Elías. El hombre alzó la cabeza.
Sus miradas se encontraron apenas un segundo.
Adrián quiso preguntarle qué sabía.
Siguió caminando.
La habitación de la maqueta estaba vacía.
Habían retirado la casa en miniatura.
La mesa del centro sostenía una caja de vidrio. Dentro estaba la llave. Las cuatro puertas seguían allí. Sobre una de ellas, el reloj marcaba:
00:15:00
Adrián se acercó a la caja.
No tenía cerradura visible.
Al tocarla, la pantalla se encendió.
Valeria apareció sentada junto a una ventana cubierta por una cortina.
—La llave está en el lugar donde la ves —dijo—. No va a moverse.
Adrián miró hacia la entrada.
La puerta se cerró.
No intentó alcanzarla.
Sabía que no llegaría.
—¿Cómo abro la caja?
La pantalla cambió.
Apareció la imagen de la libreta azul de Valeria.
Debajo:
ENCUENTRA LA ÚLTIMA PÁGINA.
La primera puerta se abrió.
Adrián entró.
El departamento reproducido estaba casi vacío.
No había platos sobre la mesa.
La planta había desaparecido.
El sofá estaba cubierto por una tela blanca. Sobre el suelo había dos bolsas.
Adrián reconoció la escena. Valeria había preparado sus cosas para devolvérselas.
Junto a las bolsas encontró la libreta azul.
La abrió por el final.
Varias páginas estaban arrancadas.
En la última que quedaba había una frase:
Hoy no voy a pedirle que confirme lo que sé.
Adrián se sentó en el borde del sofá.
El reloj continuaba.
En la pared apareció una fotografía de Valeria con una caja entre las manos.
La había tomado él durante una mudanza.
Recordó aquella tarde.
El departamento olía a pintura y las ventanas estaban abiertas. Valeria había llevado pocas cosas: libros, ropa, la manta amarilla y una mesa desmontada.
Adrián la ayudó a subir todo.
Al terminar, ella se dejó caer en el suelo.
Estaba agotada y contenta.
—Todavía se ve vacío —dijo.
Adrián se sentó a su lado.
—Se va a llenar.
Valeria apoyó la cabeza en su hombro. Él le tomó la mano.
Por un momento, Adrián había imaginado dejar allí también algunas cosas suyas.
Una camisa.
Una taza.
El cepillo de dientes.
Quedarse sin convertirlo en una discusión sobre quién necesitaba más a quién.
La había querido aquella tarde. Eso era lo que le costaba entender ahora. Había podido quererla y, aun así, escoger después hacerle daño para no perder una ventaja.
La última página tenía algo pegado al reverso.
Una tira de papel.
Adrián la desprendió.
Era una impresión de un mensaje suyo.
La llave estaba en tu bolsa. Tú estás recordando mal.
Lo leyó dos veces.
Había olvidado que también se lo había escrito.
Valeria intervino por los altavoces.
—¿Dónde estaba?
Adrián levantó la cabeza.
—Debajo de mi chaqueta.
El reloj se detuvo.
Durante un instante creyó haber terminado.
Luego la pantalla mostró otra pregunta.
¿POR QUÉ NO LA DEVOLVISTE?
Adrián permaneció sentado.
Miró la puerta abierta detrás de él.
—Al principio era una broma.
El reloj volvió a descontar.
—Después —añadió rápidamente— no quise admitir que la tenía.
La cuenta se detuvo otra vez.
La luz de la habitación se apagó.
Solo quedó una lámpara junto al sofá. Adrián se puso de pie.
Al hacerlo, escuchó un movimiento al otro lado de la pared.
No un zumbido.
Un paso.
Se volvió.
La voz de Valeria habló:
—Vuelve a la caja.
En la sala, la transmisión mostraba a Adrián saliendo del departamento.
Nicolás tenía el plano extendido sobre las rodillas.
Mateo permanecía junto a él.
—No vuelvas a mirar solo lo que ella nos enseña —dijo Nicolás en voz baja.
Mateo siguió su mirada.
Elías había ido a la cocina.
Samuel estaba cerca del confesionario.
Bruno se paseaba entre la sala y la escalera.
Esteban no dejaba de observar la puerta de la prueba.
Todos estaban a la vista.
Eso no explicaba el paso que Adrián acababa de oír.
Tampoco lo descartaba.
Nicolás apretó el papel.
Había demasiados caminos que no conocían.
La caja seguía sobre la mesa.
La llave estaba dentro.
Adrián vio que una de las paredes de vidrio había desaparecido. No la oyó moverse.
Acercó la mano.
Se detuvo.
Sobre el metal había una tarjeta que antes no estaba.
AHORA SABES QUE LO QUE VISTE PUDO HABER SIDO REAL.
Adrián miró la cámara.
—Lo fue.
Tomó la llave.
La pantalla se apagó.
La puerta de entrada se abrió.
Adrián quedó inmóvil.
Había conseguido salir demasiado fácilmente.
Esperó.
La voz de Valeria regresó:
—La recompensa es tuya.
Adrián apretó la llave.
Caminó hasta el corredor.
Nicolás lo esperaba al otro lado.
Al verlo, se puso de pie.
Esteban también.
Adrián cruzó el umbral.
La puerta no se cerró.
Desde dentro se encendió una segunda luz.
La cuarta puerta de la habitación estaba abierta. Detrás se veía un pasillo sin terminar.
Igual al de la despensa. En el fondo había una puerta de acero. Sobre ella, una pequeña placa.
ARCHIVO.
Esteban miró la llave.
—Es esa.
Nicolás sujetó el brazo de Adrián.
—No lo sabemos.
Adrián observó el metal.
Después la puerta del fondo.
La cámara giró hacia ellos.
Bruno llegó desde la sala.
—¿Por qué no se cierra?
Nadie respondió.
Adrián mostraba la llave en la palma.
No parecía satisfecho.
Parecía obligado a utilizarla.
Mateo se colocó junto a Nicolás.
—Podemos esperar.
Esteban dio un paso hacia la habitación.
—Si esperamos, la cierra.
—No decidas por todos —respondió Mateo.
La discusión creció en el umbral.
Samuel se acercó, pero no entró.
Elías permanecía detrás de Bruno.
Adrián dejó de escucharlos. Miraba el pasillo del fondo.
Durante días había intentado dibujar la parte oculta de la casa.
Ahora la tenía delante.
Una puerta real.
Una llave real.
Algo que podía comprobar sin pedirle a nadie que confiara en sus recuerdos.
Nicolás advirtió que se había apartado demasiado tarde.
—¡Adrián!
El hombre ya caminaba hacia la cuarta puerta.
Esteban fue detrás.
Un panel descendió entre ellos.
Esteban retrocedió para no quedar atrapado.
Adrián se volvió.
Quedó al otro lado.
La llave seguía en su mano.
—No abras —dijo Nicolás.
Adrián lo miró a través del cristal.
La voz llegaba por un altavoz situado junto al panel.
—Necesitamos saber qué hay.
—Necesitamos que regreses.
Adrián miró hacia la puerta del archivo.
En la pantalla sobre el pasillo apareció una instrucción:
USA TU RECOMPENSA.
Samuel comenzó a negar con la cabeza.
Esteban buscó el borde del panel. Adrián avanzó.
La puerta de acero tenía una cerradura pequeña.
La llave entró.
Giró.
El clic se escuchó en los altavoces de toda la casa.
Adrián empujó.
La puerta se abrió unos centímetros.
Entonces se encendió la luz del interior.
Era una habitación larga.
Las paredes estaban cubiertas por monitores.
En todos aparecía Valeria.
Vestida de negro.
Con el vestido color vino.
Sentada junto a las rosas.
Frente a los marcos vacíos.
Cada imagen estaba detenida en un gesto distinto. Debajo de las pantallas había etiquetas.
BIENVENIDA.
RESPUESTA A NEGACIÓN.
RESPUESTA A AMENAZA.
SOLICITUD DE PERDÓN.
Adrián permaneció en el umbral.
No había una silla ocupada.
No había nadie frente a una cámara.
Solo rostros de Valeria esperando que alguien los hiciera hablar. En una mesa encontró un libro de cubierta gastada. El mismo que habían dejado junto a la tarjeta de Tomás.
Adrián retrocedió.
Había visto ese libro en la repisa al comenzar la tarde.
Nicolás también.
Alguien lo había llevado hasta allí.
En la sala habían permanecido juntos durante parte de la tarde, pero no sabían si la imagen del monitor pertenecía a esos mismos minutos.
—Nicolás —dijo.
Su voz sonó quebrada.
Una de las pantallas comenzó a reproducirse.
Valeria levantó la mirada.
—Encontraste el archivo.
Adrián se quedó inmóvil.
La imagen sonrió apenas.
—Ahora deja de buscarme en las pantallas.
Detrás de él, la puerta de acero empezó a cerrarse.
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