Capítulo 13 de 35
El archivo de las mentiras
Adrián se lanzó hacia la puerta.
La alcanzó antes de que terminara de cerrarse y apoyó el hombro contra el metal. Durante un segundo sintió que podía detenerla.
Después tuvo que apartarse.
El golpe resonó en la habitación.
La llave seguía puesta del otro lado. Adrián miró el lugar donde debería haber estado la cerradura.
Por dentro no había nada.
Ni manija.
Ni ranura.
Solo una superficie lisa que reflejaba los monitores.
—¡Nicolás!
Golpeó con ambas manos.
Su nombre regresó por un altavoz.
—¡Adrián! Estamos aquí.
La voz llegó deformada, pero cercana.
Adrián apoyó la frente contra la puerta.
—Se cerró.
—Busca otra salida.
Se volvió.
Había pantallas en tres paredes. La cuarta tenía una mesa, varios cajones y el libro de Tomás.
No vio otra puerta.
Nicolás seguía delante del panel que separaba el corredor.
La entrada de la habitación de la maqueta permanecía abierta. Podía regresar a la sala, pero Adrián había quedado dos cierres más adentro.
Esteban golpeó el cristal con una silla.
Una grieta diminuta apareció cerca de una esquina.
Todos la vieron.
Fue suficiente para que siguiera.
Mateo lo ayudó a levantar la silla.
El siguiente impacto ensanchó la marca. Nicolás miró hacia la cámara.
Por primera vez, algo dentro de la casa parecía capaz de romperse.
—¡Estamos entrando! —gritó.
Desde el altavoz llegó la respiración de Adrián.
—Apúrense.
Samuel se quedó junto al umbral, sosteniendo una manta que nadie sabía por qué había llevado.
Bruno observaba el pasillo.
Elías permanecía detrás de ellos.
Cuando Esteban volvió a golpear, el cristal produjo un sonido distinto.
Más grave.
Elías retrocedió un paso.
En el archivo, una pantalla comenzó a reproducirse.
Valeria miraba directamente a la cámara.
—Cuando negabas algo, yo buscaba pruebas.
Adrián tiró de un cajón.
Encontró carpetas.
Fechas.
Nombres.
—Ahora no —murmuró.
La grabación continuó.
—Cuando encontraba una prueba, cambiabas la pregunta.
Adrián abrió otra gaveta.
Había fotografías impresas.
La banca frente al restaurante.
La mesa preparada para dos. La planta junto a la ventana.
Su vida con Valeria reducida a imágenes que ya no podía corregir hablando encima de ellas.
—No te estoy negando nada —dijo.
Otra pantalla se encendió.
La misma mujer.
Otro vestido.
—Nunca dije eso.
Adrián levantó la cabeza.
La frase sonaba como una imitación de él.
No exagerada.
No caricaturesca.
Precisamente por eso le hizo daño.
Una tercera pantalla:
—Lo entendiste mal.
Una cuarta:
—Estabas lejos.
Las voces comenzaron a superponerse.
Adrián se cubrió un oído mientras seguía buscando.
Valeria conservó la planta mucho después de que Adrián se fuera.
Al principio le pareció una contradicción.
Podía tirar los mensajes.
Guardar la camisa en una bolsa.
Borrar las fotografías del teléfono.
Pero la planta seguía allí, inclinándose hacia la ventana, ajena a todo.
Una amiga le preguntó por qué no la regalaba. Valeria acarició una hoja.
—Porque está viva.
La respuesta la hizo llorar cuando se quedó sola.
Durante semanas había esperado que una conversación final ordenara lo ocurrido. Que Adrián admitiera algo concreto. Que dijera, sin añadir una explicación, que sí había besado a Laura.
Él seguía escribiéndole.
En algunos mensajes parecía arrepentido.
En otros, indignado.
No puedo creer que hayas tirado todo por esto.
Después:
Podemos hablar con calma.
Y más tarde:
Te estás inventando una historia para dejarme como el malo.
Valeria empezó a dejar el teléfono boca abajo.
Cada notificación le producía una inquietud que tardaba horas en desaparecer.
Una tarde abrió la libreta azul.
Leyó las primeras frases.
Dijo que iba a venir.
Vi que besaba a Laura.
Me dijo que estaba lejos.
Escribió una más.
No necesito que esté de acuerdo para saber que ocurrió.
Esa noche bloqueó su número.
La planta siguió junto a la ventana.
Adrián encontró la libreta azul en el último cajón. La auténtica.
La mancha de café atravesaba la cubierta y dos páginas.
Se quedó mirándola.
Durante la prueba anterior había pensado que era una copia.
Ahora reconocía el pequeño pedazo de cinta que Valeria había puesto sobre el lomo.
La abrió.
Al final encontró la frase que había leído en la habitación:
Hoy no voy a pedirle que confirme lo que sé.
Debajo había otra línea.
No volver a quedarme donde tengo que presentar pruebas de mi propia vida.
Adrián pasó los dedos por la tinta.
—Tenías razón —dijo.
No lo dijo hacia una cámara.
Lo dijo mirando el papel.
Las voces continuaron.
No le dieron tregua.
El panel se quebró al quinto golpe.
No cayó entero.
Se abrió un hueco irregular cerca del borde.
Esteban dejó la silla y trató de retirar un fragmento.
Se cortó la mano.
Mateo lo apartó.
—Usa esto.
Samuel extendió la manta.
La habían traído sin pensar. Ahora les permitió cubrir los bordes y apartar suficiente vidrio para pasar.
Nicolás miró a Samuel.
El hombre no dijo nada.
Solo sujetó la tela mientras él cruzaba.
Esteban fue detrás.
Mateo sostuvo el hueco desde fuera.
El corredor olía a polvo recién levantado.
La puerta del archivo estaba al fondo.
Nicolás vio la llave.
La tomó.
Giró.
No ocurrió nada.
Volvió a intentarlo.
La cerradura se movió, pero la puerta permaneció fija.
Esteban llegó a su lado.
—Déjame.
Tiró con ambas manos.
Del interior llegó un golpe.
Adrián estaba haciendo lo mismo.
Las pantallas cambiaron a la vez.
Las grabaciones de Valeria desaparecieron.
En su lugar surgieron imágenes del departamento.
El sofá.
La cocina.
La puerta de entrada. Adrián vio una escena que había olvidado.
Valeria estaba sentada en el suelo. Tenía la libreta en las manos. Él pasaba junto a ella sin detenerse.
La grabación no tenía sonido.
En la parte inferior apareció una fecha.
La mañana después de esconderle la llave.
Adrián se acercó a la pantalla.
No sabía que ella hubiera grabado aquello.
En la imagen, Valeria levantaba la cabeza cuando él cruzaba hacia la cocina.
Parecía que iba a decir algo.
No lo hacía.
Aquel silencio le resultó más difícil de soportar que todos los mensajes.
—¿Por qué grababas? —preguntó.
La respuesta llegó por el altavoz del techo.
—Porque había empezado a creer que no podía confiar en mí.
Adrián miró la cámara.
La respuesta había llegado demasiado rápido para que supiera si era otra grabación.
—Ya no tienes que demostrarlo.
Hubo una pausa.
Después:
—Lo sé.
Nicolás escuchó la conversación por el altavoz del corredor.
Golpeó la puerta.
—¡Valeria, abre! La voz respondió desde algún punto detrás de él.
—Esa puerta no se abre con la llave.
Nicolás se volvió.
Esteban también.
No había nadie.
Solo el corredor iluminado y, más atrás, Mateo junto al panel roto.
—Entonces, ¿para qué se la diste? —preguntó Nicolás.
No obtuvo respuesta.
Esteban empezó a patear cerca del marco.
Nicolás miró hacia arriba.
Buscó la cámara.
Había una al fondo.
Otra cerca del panel.
Una tercera sobre la puerta del archivo.
Las lentes le robaban atención: mientras buscaba una respuesta en ellas, dejaba de mirar las puertas del corredor.
Mientras los miraban, dejaban de mirar otros lugares. Dentro del archivo, Adrián encontró un monitor diferente. Estaba situado bajo la mesa.
Mostraba la sala principal.
Elías aparecía junto a la escalera.
Bruno estaba cerca del confesionario.
Samuel sostenía la manta en la entrada de la prueba.
La imagen tenía un pequeño reloj en una esquina.
Adrián observó a Elías.
El hombre levantó una taza. La sostuvo un instante.
La dejó.
Después volvió a levantarla.
Exactamente de la misma manera.
Adrián se inclinó.
El reloj cambió.
La taza regresó al punto anterior.
La secuencia había comenzado otra vez.
—Nicolás.
Su voz apenas salió.
La repitió más fuerte.
—¡Nicolás!
Del otro lado respondieron de inmediato.
—Aquí.
Adrián miró el monitor.
Elías levantó la taza.
La dejó.
—La imagen de la sala…
Un ruido lo interrumpió.
Al principio pensó que alguien golpeaba detrás de los monitores.
Después vio una línea oscura descender por la pared.
Agua.
Una gota cayó sobre la mesa.
Otra sobre el libro de Tomás.
Adrián miró el techo.
La luz parpadeó.
—¿Qué imagen? —preguntó Nicolás.
Adrián no respondió.
El altavoz recogió un golpe, una respiración y el arrastre de un mueble.
Esteban dejó de patear.
Ambos escucharon.
—¡Está entrando agua! —gritó Adrián.
Nicolás apretó la llave hasta hacerse daño.
Mateo cruzó el panel y llegó hasta ellos.
Bruno apareció detrás.
—¿Qué pasa?
Esteban señaló la puerta.
—Hay que abrirla.
Esta vez Bruno no hizo preguntas.
Los cuatro apoyaron los hombros.
Empujaron juntos.
La puerta no cedió.
Elías se acercó desde el otro extremo del corredor.
Nicolás lo vio llegar.
No supo cuánto tiempo había pasado desde que lo había visto por última vez.
Adrián subió a la mesa.
El agua cubría ya parte del suelo.
Los monitores seguían encendidos.
Su reflejo se movía sobre la superficie oscura.
Una pantalla mostraba a Valeria riéndose en una terraza. Otra, el mensaje que él le había enviado después de la ruptura.
No eres tan fácil de querer como crees.
Adrián levantó la libreta azul para que no se mojara.
El ruido del agua llenaba la habitación.
—No era verdad —dijo.
Se volvió hacia la cámara.
—Lo que te dije. No era verdad.
La imagen de la terraza desapareció.
Valeria apareció con las manos sobre el regazo.
Adrián la reconoció.
Era la misma postura de la primera noche.
Un mensaje grabado.
No podía responderle.
Se sintió más solo que cuando la puerta se cerró.
La última vez que vio a Valeria, ella estaba acompañada.
Una amiga permanecía junto a la entrada de su edificio mientras Adrián recogía la bolsa con sus cosas. Él se había molestado por aquel testigo.
—¿Ahora necesitas público?
Valeria sostuvo la bolsa.
—Necesito que te la lleves.
Adrián la tomó.
La amiga no habló.
No se apartó.
Él miró hacia el departamento.
La planta seguía junto a la ventana. Sintió una esperanza absurda.
Si conservaba aquello, tal vez no había terminado del todo.
—Cuando se te pase, me llamas —dijo.
Valeria negó.
—No me está pasando algo. Estoy tomando una decisión.
Él no supo cómo discutir esa frase.
Se fue.
Durante meses creyó que la llamada llegaría.
El agua alcanzó el borde de la mesa.
Adrián se puso de pie.
Una lámpara se apagó.
Después otra.
La habitación quedó iluminada únicamente por los rostros de Valeria.
Desde la puerta llegaban golpes.
Nicolás.
Esteban.
Los demás.
Todavía estaban intentando.
Adrián abrazó la libreta contra el pecho.
Podía oírlos, pero ya no distinguía las palabras.
La cámara se inclinó hacia él.
En una de las pantallas apareció una frase.
¿SIGUES CREYENDO QUE NO OCURRIÓ?
Adrián negó.
Una vez. Después otra.
—Ocurrió.
El agua movió la mesa. Él perdió el equilibrio y tuvo que agacharse.
La libreta cayó.
Intentó alcanzarla.
La cubierta azul se abrió sobre la superficie y comenzó a alejarse.
Adrián se lanzó hacia ella antes de pensar.
Nicolás escuchó el golpe.
Luego a Adrián llamarlo.
No volvió a hablar con Valeria.
No buscó la cámara.
Golpeó la puerta con todo lo que tenía.
Hasta que Mateo lo sujetó.
—Nicolás.
Se soltó.
Volvió a golpear.
La voz de Adrián ya no llegaba por el altavoz.
Solo se oía agua.
Bruno retrocedió.
Esteban apoyó la frente contra el metal.
La puerta estaba fría.
Elías permanecía a pocos pasos.
Nicolás lo miró.
Sintió un odio repentino que no sabía todavía dónde colocar. Entonces las luces del corredor se apagaron.
Cuando regresaron, la puerta del archivo seguía cerrada.
El altavoz había quedado en silencio.
En la pantalla de la sala apareció el nombre de Adrián.
Mateo lo vio primero a través del hueco del panel.
No quiso decirlo.
Samuel miró hacia él.
Comprendió por su cara.
La campana sonó.
ADRIÁN
ELIMINADO
Esteban golpeó una última vez.
No con fuerza suficiente para intentar abrir.
Solo para no quedarse inmóvil.
Nicolás seguía sosteniendo la llave.
El metal había dejado una marca profunda en su palma.
Regresaron a la sala.
Bruno se sentó en el suelo.
Samuel tomó el plano de la mesa y lo alisó.
No sabía dónde guardarlo.
Nicolás se acercó.
Lo dobló por las mismas líneas que Adrián había marcado y lo dejó junto al libro que ya no estaba.
El lugar vacío le hizo levantar la cabeza.
El libro de Tomás seguía dentro del archivo. Había desaparecido antes de que entraran.
Alguien lo había movido.
Elías se quitó las gafas y las limpió con el borde de la sudadera.
Nicolás observó sus manos.
Después miró la pantalla.
La sala aparecía en una de las transmisiones pequeñas.
Elías levantaba una taza.
La dejaba.
La levantaba otra vez.
Nicolás se volvió.
El hombre real tenía las gafas entre los dedos.
No sostenía ninguna taza.
Nicolás sintió que el suelo se alejaba bajo sus pies.
La voz de Adrián regresó a su memoria.
La imagen de la sala…
No había terminado la frase.
No había podido.
Las pantallas se apagaron antes de que Nicolás dijera nada.
Valeria apareció en la central.
—Quedan cinco candidatos.
Esteban arrojó un cojín contra la imagen.
Cayó sin causar daño.
Nicolás no se movió.
Miró a Elías.
El hombre acababa de ponerse las gafas. Samuel lloraba junto a Mateo.
Bruno tenía la cara entre las manos.
En la pantalla, Valeria ladeó la cabeza.
—La casa necesita descansar.
Elías bajó los ojos.
Una nueva instrucción apareció.
TODOS EN SUS HABITACIONES A LAS 22:00.
Debajo, una segunda línea:
ESTA NOCHE NO DORMIRÁN JUNTOS.
Nicolás apretó la llave.
Ahora sabía que las cámaras podían mostrar a alguien en un sitio donde no estaba.
Y que Adrián había muerto antes de conseguir decirle a quién había descubierto.
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