Capítulo 14 de 35
La llamada que no contestaste
A las diez, las puertas de las habitaciones se cerraron.
Nicolás estaba de pie cuando escuchó el cerrojo.
Había dejado la llave de Adrián debajo de la almohada y el plano dentro de la funda. No porque fueran escondites buenos, sino porque necesitaba que algo quedara fuera de la vista de la cámara.
Probó el picaporte.
No cedió.
Desde el pasillo llegó la voz de Esteban.
—¡No abras nada de lo que encuentres!
El grito terminó con el golpe de otra puerta.
Después, silencio.
Nicolás se acercó a la cámara. La lente lo siguió.
Pensó en decir que había visto repetirse la imagen de Elías. En exigirle a Valeria que explicara dónde estaba el hombre mientras el monitor lo mostraba levantando una taza.
No lo hizo.
Todavía no tenía más que una secuencia breve y una sospecha que crecía demasiado rápido.
Si Elías trabajaba con ella, necesitaban saber cómo.
Y si no era así, Nicolás estaba empezando a hacerle a otro lo que Adrián le había hecho a Valeria: tratar una sospecha como un hecho para tener, por fin, alguien a quien señalar.
Se sentó en la cama.
En la pared había una pantalla pequeña.
Estaba apagada.
A las diez y siete se encendió.
No mostró a Valeria.
Mostró una cama.
Vacía.
La suya.
Nicolás levantó la cabeza.
En la imagen, la colcha seguía estirada.
Él estaba sentado encima.
Samuel encontró el teléfono sobre su almohada.
Lo vio apenas entró y se quedó junto a la puerta.
Era un aparato sencillo, negro, con el cristal rayado en una esquina.
Lo reconoció.
Había sido suyo antes de comprar el que usaba al momento del secuestro.
Lo había guardado en un cajón.
No sabía cómo había llegado hasta allí. Se acercó despacio.
La pantalla estaba encendida.
Tenía una llamada perdida.
VALERIA
Debajo aparecía una hora.
02:17
Samuel retrocedió.
Tropezó con la silla y tuvo que apoyarse en la pared.
El teléfono comenzó a sonar.
El ruido lo llenó todo.
Samuel lo miró hasta que dejó de sonar.
La pantalla mostró:
LLAMADA PERDIDA: 2
Conoció a Valeria en la entrada de un cine.
Una amiga había comprado entradas para varias personas y después cambió de planes. Samuel llegó tarde. Valeria esperaba junto a la cartelera con dos boletos en la mano.
Ninguno conocía bien al otro.
Se habían visto una vez en una reunión, pero solo recordaban el nombre.
—Parece que nos dejaron solos —dijo Samuel.
Valeria miró los boletos.
—Yo sí quiero entrar.
—Yo también.
Vieron una película que no les gustó.
Eso les dio de qué hablar al salir.
Samuel se rio de una escena absurda. Valeria intentó defenderla, no porque creyera que era buena, sino porque le gustaba discutir pequeñas cosas sin que nadie se enojara. Caminaron hasta una cafetería.
Se sentaron junto a la ventana.
Cuando el local empezó a cerrar, todavía no habían terminado.
Samuel la acompañó a tomar un taxi.
Antes de despedirse, le preguntó si podían volver a salir para ver una película mejor.
Valeria sonrió.
—O una peor. También funcionó.
Él le escribió al llegar a casa.
No dejó pasar horas.
No ensayó una distancia que lo hiciera parecer menos interesado.
Durante semanas, Valeria se durmió con el teléfono cerca porque Samuel llamaba antes de acostarse.
A veces hablaban veinte minutos.
A veces dos.
Bastaba con escuchar su voz.
El teléfono volvió a sonar.
Samuel lo tomó.
No contestó enseguida.
La pantalla mostraba el nombre de Valeria.
Debajo, un botón verde.
Lo pulsó.
—¿Hola?
Una respiración llegó desde el auricular.
Luego su voz.
—¿Estás despierto?
Samuel cerró los ojos.
—Sí.
—No quería molestarte.
Conocía aquella frase.
Conocía la pausa que venía después. Había escuchado ese mensaje muchas veces, siempre evitando el final.
—Valeria…
La grabación continuó.
—¿Puedes hablar un momento?
Samuel miró hacia la cámara.
La voz no podía oírlo.
No era una llamada.
Era la llamada que él no había contestado.
En la habitación de Mateo sonaba el mismo teléfono.
No había ningún aparato sobre la cama.
El ruido salía del altavoz.
Mateo se acercó a la puerta y golpeó.
—¿Samuel?
No obtuvo respuesta.
La pantalla frente a él mostró un corredor vacío.
La llamada terminó.
Después volvió a empezar.
Mateo se sentó en el borde del colchón.
En la habitación de Bruno, el sonido era idéntico.
Bruno se cubrió la cabeza con una almohada.
Esteban golpeó su puerta hasta cansarse. Elías no apareció en ninguna de las pantallas que Nicolás podía ver.
Samuel había sido cariñoso de una manera que Valeria necesitaba.
No organizaba grandes cenas ni prometía llevarla a lugares lejanos. Llegaba con pan. Se quedaba a recoger después de comer. Le mandaba mensajes cuando veía algo que sabía que a ella le gustaría.
Una noche, Valeria recibió una llamada de su madre.
No era nada grave, pero terminó inquieta.
Samuel estaba junto a ella.
Le preguntó si quería ir a verla.
Valeria negó.
—Solo necesito quedarme aquí un rato.
Él apagó el televisor.
No intentó distraerla.
Se sentó a su lado y la dejó hablar.
Más tarde, cuando ella se quedó dormida, Samuel le puso una manta sobre las piernas.
Valeria despertó de madrugada y lo encontró todavía allí. Había apoyado la cabeza contra el respaldo. Tenía una mano cerca de la suya. Ella se acercó y lo besó en la mejilla.
Samuel abrió los ojos.
—¿Todo bien?
Valeria asintió.
—Ahora sí.
Él sonrió, adormilado.
—Llámame cuando quieras. Aunque sea tarde.
Ella recordaría esa frase cuando el teléfono empezó a sonar a las dos y diecisiete. El mensaje terminó.
Samuel seguía sosteniendo el aparato contra la oreja.
No lo bajó hasta que escuchó el tono final.
En la pantalla apareció una pregunta.
¿POR QUÉ NO CONTESTASTE?
Se sentó.
—Estaba cansado.
La cámara permaneció inmóvil.
El teléfono mostró otra llamada perdida.
02:21
Samuel miró el registro.
Había siete.
La última a las dos y cuarenta y nueve.
No recordó que fueran tantas. Había borrado la lista al día siguiente.
La distancia llegó después de ocho meses.
Samuel comenzó a sentirse incómodo con la frecuencia de los mensajes.
No porque Valeria le exigiera contestar a cada instante.
Le incomodaba saber que una respuesta suya podía mejorar o empeorarle el día.
Le gustaba ser importante cuando eso significaba recibir cariño.
Cuando significaba acompañar un momento difícil, empezó a llamarlo dependencia.
Una noche, un amigo suyo vio que el teléfono se iluminaba.
—Otra vez.
Samuel sonrió.
—Ya sabes cómo es.
Valeria solo había enviado una fotografía de un perro dormido en la entrada de una tienda.
Después:
Se parece al que vimos el domingo.
Samuel dejó el teléfono boca abajo.
No respondió hasta el día siguiente.
Ella no le reclamó.
Eso lo tranquilizó.
Luego empezó a hacer lo mismo cuando los mensajes eran serios.
—Estabas en casa de Daniel —dijo la voz de Valeria desde el techo.
Samuel levantó la cara.
—Sí.
—El teléfono estaba junto a ti.
Él miró el aparato.
—Sí.
La pantalla de la pared se encendió.
Mostró una conversación con su amigo.
Está llamando otra vez.
La respuesta:
Ponlo en silencio.
Samuel había escrito:
Si le contesto, no acabamos.
Se llevó una mano a la boca.
No recordaba haberlo dicho con tanta claridad.
Prefería la versión en la que se había quedado dormido. La versión en la que no oyó.
La que, con el tiempo, también había empezado a creer.
Aquella noche, Valeria había encontrado mensajes de Samuel hablando de ella.
No con otra mujer.
Con sus amigos.
Habían tenido una discusión por la tarde. Ella le pidió que no compartiera con otros las cosas que le contaba cuando estaba triste.
Samuel dijo que no lo hacía.
Más tarde dejó abierto el chat en la computadora.
Valeria vio su nombre.
Después reconoció una frase que le había dicho en privado.
Una confesión sobre lo difícil que le resultaba sentirse suficiente después de sus relaciones anteriores.
Samuel la había copiado.
Debajo había risas.
Un comentario sobre que algunas mujeres necesitaban problemas para sentirse queridas. Él no lo había contradicho.
Había añadido:
Con esta siempre hay algo.
Valeria leyó el mensaje varias veces.
Samuel estaba fuera.
Lo llamó.
Una vez.
Después otra.
No quería discutir con todos sus amigos.
Solo quería saber por qué había entregado algo que ella le había confiado. A las dos y diecisiete dejó el primer mensaje.
No lloraba todavía.
Intentó hablar de una manera que no hiciera que él colgara antes de escuchar.
En su habitación, Samuel apoyó el teléfono sobre las rodillas.
—Me dio vergüenza —dijo.
La pantalla no cambió.
Él miró a la cámara.
—Cuando vi que llamabas, sabía por qué era.
Su voz se quebró.
—Daniel había dicho que te ibas a poner así.
El teléfono vibró.
Apareció una nueva pregunta.
¿QUIÉN TE HABÍA DICHO CÓMO ESTABA ELLA?
Samuel frunció el ceño.
Después comprendió.
Nadie.
Había decidido cómo se sentía antes de oírla. Había elegido la versión de su amigo porque le permitía quedarse sentado.
—Nadie —respondió.
La pantalla del teléfono volvió al registro de llamadas.
Siete intentos.
Siete momentos en los que él pudo contestar.
Nicolás dejó de mirar la imagen de su cama vacía.
Fue hasta la puerta. El sonido del teléfono seguía llegando por el altavoz.
Entre una llamada y la siguiente se escuchó la voz de Samuel.
No la conversación completa.
Solo una frase.
—No quería que me vieran salir por ti.
Nicolás cerró los ojos.
Recordó a Valeria en el pasillo de su edificio, con la comida derramándose sobre el vestido.
Adrián había defendido su versión.
Tomás, su imagen.
Samuel, el lugar que ocupaba entre sus amigos.
Nicolás apoyó la frente contra la madera. Él había defendido una noche que quería continuar sin ella.
No había una sola forma de abandonarla.
La casa estaba dedicada a mostrárselas.
La mañana después de las llamadas, Samuel llegó al departamento de Valeria.
Encontró una bolsa junto a la entrada.
Su ropa.
Un cargador.
El cepillo de dientes.
Ella le abrió.
Tenía los ojos hinchados, pero habló con calma.
—Lo que conté de mí no era para que se rieran.
Samuel miró la bolsa.
Había imaginado una discusión larga.
Algo que pudiera terminar con un abrazo.
—Daniel habla así de todo el mundo.
Valeria negó.
—Yo no salía con Daniel.
Samuel bajó los ojos.
Ella esperó.
Él dijo la frase que conservaría después como si hubiera sido razonable.
—También tienes que aprender a no tomarte todo tan en serio.
Valeria dejó de moverse.
Samuel no comprendió el daño al verla llorar.
Lo comprendió cuando dejó de hacerlo.
—Anoche te llamé porque quería hablar contigo —dijo ella—. Ahora ya no quiero.
Él tomó la bolsa.
Antes de irse, preguntó si podrían arreglarlo cuando estuviera más tranquila.
Valeria sostuvo la puerta.
—Estoy tranquila.
Samuel salió sin saber qué hacer con eso.
A medianoche, las llamadas cesaron.
El silencio hizo que Nicolás se apartara de la puerta.
La pantalla de su habitación cambió.
Ahora mostraba su cama tal como estaba.
La almohada movida.
La colcha arrugada.
El espacio vacío donde había dejado de sentarse.
Esperó a ver algo que pudiera demostrarle si la imagen era real.
Levantó una mano. La pantalla tardó un instante.
Luego mostró el movimiento.
Nicolás no supo cuánto significaba ese retraso.
Lo suficiente para seguir dudando.
Samuel recibió una última instrucción.
GUARDA EL TELÉFONO.
Abrió el cajón de la mesa.
Dentro había un sobre.
Tenía su nombre y una hora.
09:00
Samuel no lo abrió.
Dejó el aparato encima.
Se acostó sin quitarse la ropa.
La luz permaneció encendida.
Cada vez que empezaba a dormirse, creía escuchar el primer tono de la llamada.
A las siete, los cerrojos se abrieron.
Nicolás salió de inmediato.
Encontró a Mateo en el corredor.
Después apareció Samuel.
Llevaba el teléfono en una mano y el sobre en la otra.
Bruno salió con los ojos enrojecidos.
Esteban miró hacia el cuarto de Elías.
La puerta estaba abierta.
El hombre se encontraba dentro, poniéndose las gafas. Nicolás lo observó.
No había dormido con la gorra.
La tenía ahora en la mano.
Por un segundo vio una marca junto a la línea del cabello.
Elías se colocó la gorra antes de que pudiera mirar mejor.
—¿También lo escuchaste? —preguntó Mateo.
Elías asintió.
Samuel bajó la cabeza.
—Era una llamada para mí.
Nadie supo cómo responder.
En el comedor encontraron seis lugares.
Cinco nombres de candidatos.
Y Elías.
Habían retirado las sillas de Gabriel, Tomás y Adrián. Sobre una repisa seguían sus tarjetas.
Nicolás dejó el plano junto a ellas.
Luego se sentó cerca de Samuel.
El teléfono permanecía entre ambos.
—¿Qué te pidió? —preguntó.
Samuel le mostró el sobre.
La hora estaba escrita con tinta negra.
—Todavía no lo abrí.
Nicolás miró el reloj.
07:12
No tocó el sobre. Samuel pasó una mano por el borde.
—Anoche escuché todo —dijo—. Hasta los mensajes que había borrado.
Mateo se sentó enfrente.
Samuel levantó los ojos.
—Yo pensaba que no le había hecho tanto como los demás.
Bruno apartó su taza.
Esteban miró hacia la cámara.
Elías permaneció de pie junto a su silla.
Samuel sostuvo el teléfono con ambas manos.
—Eso era lo que me decía.
A las ocho y cincuenta y nueve, el aparato comenzó a vibrar.
Samuel lo dejó sobre la mesa.
La pantalla mostraba un número.
Sin nombre.
Nicolás sintió que todos se inclinaban un poco hacia él.
La llamada continuó.
Samuel contestó y activó el altavoz.
—¿Hola?
Al otro lado se escuchó estática.
Después una respiración.
Y una voz de mujer.
—¿Samuel?
Él se puso rígido.
Nicolás miró su rostro.
Aquella reacción era distinta de las anteriores. No estaba reconociendo a Valeria.
—¿Julia?
La voz respondió con un sollozo.
Samuel se levantó tan rápido que derribó la silla.
—¿Dónde estás?
La pantalla principal se encendió.
Valeria apareció.
—Te dije que no habría contacto con el exterior.
Samuel sostuvo el teléfono contra el pecho.
Su hermana seguía hablando.
No conseguían entender las palabras.
Valeria miró hacia la cámara.
—Así que, antes de creer lo que escuchas, tendrás que averiguar desde dónde te están llamando.
Nicolás volvió la cabeza hacia Elías.
Elías tenía el vaso apoyado contra la sudadera. Nicolás no alcanzó a verle la otra mano.
El teléfono de Samuel dejó de emitir sonido.
Y detrás de una pared del comedor, alguien golpeó tres veces.
