Capítulo 15 de 35

Al otro lado de la voz

Samuel llegó a la pared antes que los demás.

Apoyó ambas manos sobre la superficie y acercó la cara.

—¿Julia?

Los tres golpes se repitieron.

Samuel respondió con otros tres. Nicolás lo sujetó del hombro.

—Espera.

Samuel se desprendió de él.

—Es mi hermana.

—Escuchaste su voz. No sabemos si está aquí.

Samuel se volvió con los ojos abiertos de miedo.

—¿Y si sí?

Nicolás no encontró una respuesta que pudiera detenerlo sin parecer cruel.

Esteban apartó una silla y golpeó la pared con el puño. El sonido fue opaco. Probó unos centímetros más abajo.

Nada.

En la pantalla, Valeria permanecía sentada.

Samuel levantó el teléfono.

—¿Qué le hiciste?

La imagen no reaccionó.

Su voz llegó desde los altavoces.

—Abre el sobre.

Samuel miró la mesa.

El papel seguía junto a su plato.

Fue a buscarlo con las manos temblando.

Lo rasgó.

Dentro encontró una tarjeta y una fotografía.

La tarjeta decía:

NO TODAS LAS VOCES ESTÁN PIDIENDO LO MISMO.

La fotografía mostraba a Julia junto a Valeria.

Ambas sonreían.

Samuel sintió que le faltaba el aire. Conocía aquella imagen.

La había tomado él.

Julia había conocido a Valeria durante una comida familiar.

Samuel estaba nervioso, aunque intentaba esconderlo preparando cosas que no hacían falta. Movía los vasos, revisaba la estufa y preguntaba si habían comprado suficiente pan.

Valeria se acercó.

—¿Siempre haces esto?

—¿Qué?

Ella señaló la mesa perfectamente acomodada.

—Revisar diez veces.

Samuel se rio.

—Solo cuando me importa.

Valeria lo besó junto al refrigerador.

Fue un beso breve, pero él la sostuvo un poco más.

Julia entró en ese momento.

—Ah. Ya entendí por qué tardan tanto.

Valeria se apartó riendo.

Durante la comida hablaron como si se conocieran desde antes. Julia le preguntó por sus clases, por los cuentos, por lo mucho que a Samuel le gustaba quedarse dormido durante las películas.

Él fingió indignación.

Valeria lo defendió.

—No se duerme siempre.

Julia alzó una ceja.

—¿Todavía no?

Samuel tomó la fotografía después.

Su hermana había rodeado a Valeria con un brazo. Las dos seguían riéndose. Al mirar la imagen, él pensó que podía acostumbrarse a esa vida.

Las dos personas que quería en la misma mesa.

Nada difícil de explicar.

Nada que esconder.

—Julia me llamó después de que terminamos —dijo Valeria.

Samuel levantó los ojos hacia la pantalla.

—¿Cuándo?

—Cuando tú le contaste que yo te perseguía por teléfono.

El teléfono volvió a vibrar.

Samuel miró la pantalla.

No era una llamada.

Un archivo de audio estaba listo para reproducirse.

Lo pulsó.

La voz de Julia llenó el comedor.

Samuel reconoció el ruido de platos que acompañaba el mensaje. Era el audio que su hermana había enviado meses atrás después de hablar con Valeria. No una conversación de ese instante. La grabación devolvía a la casa una voz que seguía viviendo fuera de ella.

—Samuel, contéstame cuando escuches esto. Hablé con Valeria.

Hubo una pausa.

Nicolás miró a Samuel.

El hombre tenía la boca entreabierta.

—No sé qué ocurrió entre ustedes —continuó Julia—, pero no me gustó cómo hablaste de ella ayer. Si no quieres estar con alguien, puedes terminar. No necesitas convencer a todos de que está loca.

Samuel bajó la cabeza.

El mensaje terminó.

Bruno se apartó de la mesa.

Esteban miró hacia la cámara.

Mateo permaneció junto a Samuel.

—¿Eso te lo mandó tu hermana? —preguntó.

Samuel asintió.

—Lo borré.

La pantalla central cambió.

Mostró el principio de otra grabación.

Julia miraba a la cámara de su teléfono.

Sonreía.

—¿Samuel?

El sollozo que habían escuchado durante la llamada apareció después.

Pero ahora vieron por qué.

Julia estaba riéndose tanto que tuvo que limpiarse los ojos.

Alguien fuera de cuadro sostenía una bolsa rota. Varias naranjas rodaban por el suelo.

—¿Samuel? —repitió—. Ayúdame.

La grabación se detuvo.

Samuel miró el teléfono como si acabara de volverse desconocido.

No había sido una llamada de auxilio.

Habían tomado dos fragmentos de un video familiar.

Su nombre.

Una respiración.

Una palabra.

Eso había bastado para hacerlo correr hacia la pared.

Los golpes sonaron otra vez.

Esteban se acercó de inmediato.

Apoyó la oreja.

Esta vez todos permanecieron quietos. Tres impactos.

Una pausa.

Otros tres.

En la pantalla apareció una imagen del espacio detrás del comedor.

No había nadie.

Un pequeño objeto se movía contra una superficie de madera.

Samuel retrocedió.

Se sentó en la silla que había derribado minutos antes.

Valeria habló:

—Tu hermana no está en esta casa.

Nicolás miró a Elías.

El hombre había sacado la mano del bolsillo.

La tenía apoyada sobre el respaldo de su silla.

—¿Cómo sabemos que ahora dices la verdad? —preguntó Esteban.

Valeria no respondió.

Samuel dobló la fotografía.

Se detuvo antes de marcar los rostros.

La dejó sobre la mesa.

—Ella no tenía nada que ver.

Su voz era tan baja que apenas se escuchó.

La respuesta llegó desde el altavoz:

—Tampoco tenía nada que ver con lo que contaste de mí. La llamaste de todos modos.

Samuel había hablado con Julia al día siguiente de llevarse su ropa del departamento de Valeria.

No le contó los mensajes que ella había encontrado.

Ni las llamadas que vio entrar mientras estaba sentado con sus amigos. Dijo que Valeria había pasado la noche llamándolo sin parar.

Que se había vuelto imposible.

Que todo lo convertía en una prueba de amor.

Julia lo escuchó.

Al principio le dio la razón en algo sencillo: nadie estaba obligado a continuar una relación.

Samuel sintió alivio.

Después ella preguntó:

—¿Y por qué te llamó tantas veces?

Él miró el teléfono.

—Porque no acepta que tenga mi vida.

Julia guardó silencio.

Samuel llenó ese espacio con detalles que no habían ocurrido exactamente así.

Una discusión antigua.

Una frase de Valeria separada de lo que él había dicho antes.

Una noche en la que ella pidió verlo, contada como si hubiera exigido que abandonara a todos por ella.

Cuando terminó, su hermana no sabía qué responder. Él interpretó aquella falta de palabras como apoyo.

Más tarde, Julia llamó a Valeria para preguntar si estaba bien.

Y la historia cambió.

La puerta del confesionario se abrió.

Samuel levantó la cabeza.

Sobre el sillón rojo había una caja.

La voz de Valeria anunció:

—Hoy no vas a escuchar lo que dijiste de mí.

La pantalla mostró su nombre. Debajo:

LO QUE HICISTE CON MI VOZ.

Samuel se quedó mirando la puerta.

Mateo se acercó.

—No vayas todavía.

—Va a cerrarnos aquí si no entro.

—No lo sabes.

Samuel miró el teléfono.

Un nuevo mensaje apareció.

PUEDES LLEVARLO CONTIGO.

Se puso de pie.

Nicolás alcanzó a hablar antes de que avanzara.

—Esta vez no sigas otra puerta solo porque se abra.

Samuel lo miró.

Recordó a Adrián entrando en el archivo.

La llave.

El panel entre ellos.

—No voy a hacerlo —dijo.

Mateo caminó con él hasta el confesionario.

Samuel entró.

La puerta se cerró suavemente. Dentro de la caja encontró unos audífonos.

Debajo había una hoja.

La primera línea estaba escrita con su letra.

Samuel reconoció una nota que había enviado junto con varios mensajes de voz de Valeria. Escuchen esto y díganme si soy yo el problema.

Se sentó.

No había llevado el teléfono de la computadora a aquella conversación por accidente. Había elegido los audios. Había cortado uno donde ella hablaba de los comentarios de sus amigos y conservado solo la parte en la que lloraba.

Así parecía que Valeria lloraba porque él había salido sin ella.

Era más fácil de explicar.

Era más fácil conseguir que se rieran.

Samuel apoyó la hoja sobre las rodillas.

En la pantalla apareció una instrucción.

ESCUCHA LA VERSIÓN COMPLETA.

Se puso los audífonos.

Al principio, Samuel guardaba los mensajes de Valeria porque le gustaba su voz.

Una tarde recibió uno mientras trabajaba. Ella intentaba contarle algo, pero se había equivocado tres veces con la misma palabra.

Terminó riéndose.

Samuel lo reprodujo al salir.

Lo escuchó otra vez en el autobús.

Al llegar a su casa, llamó.

—Me gustó tu mensaje.

Valeria se avergonzó.

—No pude decir nada.

—Dijiste suficiente.

Hablaron hasta tarde.

Ella le leyó un párrafo nuevo.

Samuel no entendió todo lo que quería hacer con la historia, pero escuchó. Cuando terminaron, Valeria le preguntó si estaba cansado.

—Un poco.

—Podemos colgar.

—Todavía no.

Ella sonrió del otro lado. Él supo que sonreía por la manera en que respiró antes de volver a hablar.

Mucho después, utilizaría esa misma voz para demostrar ante otros lo difícil que supuestamente era quererla.

El primer audio comenzó.

Valeria hablaba con dificultad, pero sus palabras eran claras.

—No me molesta que salgas con ellos. Me molesta que les mandes lo que te cuento cuando estoy mal.

Samuel cerró los ojos.

—Te dije cosas que no le había dicho a nadie. Y ahora siento que cada vez que entro en un lugar con tus amigos, ya saben algo de mí que yo no elegí contar.

Hubo una pausa.

La respiración temblorosa.

El llanto.

Ese era el fragmento que él había compartido.

Pero el mensaje continuaba.

—No quiero convencerte de que te quedes conmigo. Quiero que dejes de hacer eso.

Samuel se quitó un audífono.

La pantalla mostró una pregunta.

¿POR QUÉ CORTASTE EL PRINCIPIO?

Él miró la cámara.

—Porque así parecía otra cosa.

La respuesta quedó suspendida. No sonó ninguna campana.

La pantalla no lo felicitó.

Samuel volvió a ponerse el audífono.

En la sala, los demás escuchaban también.

Esta vez Samuel sabía que la transmisión estaba abierta.

Valeria lo había indicado en una pequeña línea al pie de la pantalla.

AUDIENCIA: CINCO.

Nicolás contó sin querer.

Mateo.

Bruno.

Esteban.

Él.

Elías.

Todos los que quedaban fuera.

Samuel vio el número y bajó la cabeza.

No tenía forma de pedir intimidad sin recordar que él se la había quitado a ella.

Bruno empezó a caminar hacia la cocina.

La voz de Valeria lo detuvo.

—Quédate.

Él se volvió hacia la cámara.

—No tengo por qué escuchar esto.

En el confesionario, Samuel levantó la cara.

Valeria respondió:

—Entonces ya sabes qué debiste decir cuando alguien te ofreció escuchar algo privado.

Bruno permaneció de pie. No regresó al sofá.

Tampoco salió.

El segundo audio era más corto.

Valeria no lloraba.

—Borra lo que mandaste.

Samuel abrió los ojos.

Recordaba haber respondido que no podía controlar los teléfonos de sus amigos.

La grabación terminó.

En la pantalla apareció su respuesta.

Ya se me fue de las manos. No era para tanto. Debajo surgió una nueva pregunta.

¿PEDISTE QUE LO BORRARAN?

Samuel tardó en contestar.

—No.

¿POR QUÉ?

Se pasó las manos por el rostro.

La vergüenza no tenía dónde esconderse.

—Porque iban a burlarse de mí.

Del otro lado de la puerta, Mateo cerró los ojos.

Nicolás miró el teléfono sobre la mesa.

Julia había pedido ayuda en una grabación familiar. Unos cortes bastaron para convertir aquella risa en una amenaza.

Samuel había hecho algo parecido con Valeria.

Eso no volvía justo lo que estaba ocurriendo.

Lo volvía exacto.

Nicolás empezó a odiar aquella exactitud. Una ranura se abrió junto al sillón. Dentro había un dispositivo con una sola pantalla.

Samuel lo tomó.

Mostraba una conversación.

Los nombres de sus amigos.

Sus propios mensajes.

Los archivos que había enviado. Al fondo apareció un texto preparado.

Les mandé fragmentos privados para que pareciera que Valeria estaba reclamando algo distinto. No les conté lo que hice antes. No quiero que vuelvan a compartir esos audios.

Samuel leyó.

Debajo había un botón.

ENVIAR.

Se quedó inmóvil.

—Dijiste que no había contacto con el exterior.

La voz de Valeria respondió:

—No lo hay.

—Entonces esto no se va a mandar.

—Esta pantalla no está conectada a ellos.

Samuel la miró.

—¿Para qué sirve?

Valeria tardó un momento.

—Para saber si lo harías sin que yo te prometiera nada a cambio.

Samuel leyó otra vez el texto.

Añadió una frase.

Lo que escucharon no era una broma. Pulsó el botón.

La pantalla mostró:

DECISIÓN REGISTRADA.

El dispositivo se apagó.

La puerta del confesionario se abrió.

Mateo estaba sentado en el suelo, al otro lado.

Se levantó cuando vio a Samuel.

No le preguntó cómo estaba.

Le puso una mano en el hombro.

Samuel llevaba los audífonos y la hoja.

Dejó ambas cosas sobre la mesa.

Nicolás se acercó.

—¿Terminó?

Samuel miró la puerta abierta.

—No sé.

El teléfono volvió a vibrar.

Todos se quedaron quietos.

Un mensaje ocupaba la pantalla.

AHORA ESCUCHA SIN CORTAR.

Debajo había un archivo de sonido.

Samuel lo reprodujo.

Se oyó el zumbido de una habitación.

Después pasos.

Un ruido de metal.

Y una voz.

—Nicolás…

Samuel levantó la cara.

Nicolás reconoció a Adrián.

La grabación continuó.

—La imagen de la sala…

El golpe de la puerta.

El agua.

La respiración.

Era el mensaje que Adrián no había terminado antes de morir.

Nicolás tomó el teléfono.

Lo sostuvo con tanta fuerza que Samuel tuvo que soltarlo.

Se escucharon cuatro palabras más.

Palabras que el altavoz del corredor no había transmitido.

—Está puesta en repetición.

Nicolás miró hacia la pantalla principal.

Elías observaba el teléfono desde el otro extremo de la mesa.

El archivo terminó.

Nadie habló.

Nicolás volvió a reproducir los últimos segundos.

La voz de Adrián.

La imagen.

La repetición.

No había mencionado un nombre.

Aquello lo dejaba otra vez con una prueba incompleta.

Esteban se acercó.

—¿Qué significa?

Nicolás miró a Elías.

Después a la cámara.

—Que no todo lo que nos enseñan está pasando al mismo tiempo.

Mateo se volvió hacia las pantallas.

Bruno soltó una maldición.

Samuel se sentó despacio.

En el teléfono apareció una frase.

GRACIAS POR ESCUCHAR HASTA EL FINAL.

Nicolás levantó la cabeza.

No comprendía por qué Valeria acababa de entregarle aquello.

Tal vez quería que desconfiaran entre ellos.

Tal vez el descubrimiento también era parte de la prueba.

O tal vez sabía que, incluso mirando la verdad de frente, todavía no podían reconocerla.

A las seis de la tarde, la casa anunció una nueva actividad.

La pantalla mostró un corredor oscuro. Al fondo había una puerta con un teléfono dibujado.

Samuel se puso de pie antes de que apareciera su nombre.

Ya sabía.

Valeria habló:

—Esta noche habrá una sola llamada.

Mateo se colocó junto a él.

Nicolás dejó el aparato sobre la mesa.

—No tienes que seguirla.

Samuel miró la puerta de la pantalla. La voz continuó:

—No va a esperar para siempre.

El sonido comenzó.

Un tono.

Una pausa.

Otro tono.

Samuel apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla.

La primera vez había elegido no escuchar.

Ahora no sabía si contestar sería la forma de sobrevivir o la última cosa que haría.

Al tercer tono, las luces del corredor se encendieron.

Y la puerta real apareció al fondo.

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